Vice Blog

Entramos en el mayor campo de refugiados de Alemania

1300 personas viven en cubículos en el antiguo aeropuerto de Tempelhof.

por Grey Hutton
24 Mayo 2016, 3:00am

Haidar lleva seis meses esperando a conocer su futuro inmediato en un espacio de 25 metros cuadrados, que comparte con otras tres personas. Y él es uno de los afortunados: los hay que comparten un cubículo de esas mismas dimensiones con otras once personas, e incluso hay espacios de solo 12 metros cuadrados. Hablamos del campo de refugiados habilitado en el aeropuerto berlinés de Tempelhof, una estructura construida en 1927 y ampliada por los nazis durante la década de 1930. Con un polémico diseño arquitectónico y unas dimensiones descomunales, este emblemático lugar, conocido también por ser la vía de escape de los ciudadanos de Berlín occidental durante el bloqueo de la ciudad, alberga hoy a 1.300 refugiados (cifra estimada por Tamaja, la organización para la ayuda a los refugiados que dirige el campamento de Tempelhof) que esperan encontrar alojamientos permanentes y una oportunidad para reintegrarse en la sociedad. Es el mayor campo de refugiados de Alemania en el que, teóricamente, sus ocupantes deberían permanecer un máximo de seis semanas. Sin embargo, la falta de disponibilidad de alojamientos dignos en Berlín supone que muchos de los refugiados se vean obligados a prolongar su estancia en Tempelhof durante más tiempo.

En el interior, el aire es cálido y denso, y todas las salidas están fuertemente vigiladas por equipos de seguridad. Deambulamos por los pasillos entre los habitáculos mientras los equipos de limpieza recogen la ropa para lavar y los niños juegan. Si bien los refugiados de Tempelhof duermen bajo techo, tienen tres comidas al día y disponen de instalaciones relativamente adecuadas, la falta de espacio y de integración parece estar generando cierta inseguridad en la comunidad. Quise ofrecer una mirada íntima y diferente a este espacio (o las "cajas", como lo llaman sus ocupantes) y a lo que significa vivir en estas condiciones.

Issa, 25 años, Bagdad, Irak

Llevo en Tempelhof desde noviembre de 2015. Vivo con dos amigos de Bagdad. En mi caso, tenemos mucha suerte, porque solo somos tres en esta "caja". No nos podemos quejar, pero no deja de ser una "caja". La principal diferencia entre vivir aquí y en Bagdad es que en casa estaba muy cómoda, pero en cuanto salía a la calle, me sentía muy insegura. Aquí, en cambio, es al revés: no me siento cómoda en el espacio en el que vivo y me noto más segura cuando salgo.

Sayed, 37 años, Mazar-i-Sharif, Afganistán

Vinimos directamente aquí, a Tempelhof, y ya llevamos cuatro meses. No tengo ni idea de qué será de mí o cuánto tiempo voy a tener que vivir aquí. Aquí no estoy a gusto y estoy peor psicológicamente. No hay noticias sobre nuestro destino y no me satisface el comportamiento de algunas personas de aquí. Esta mañana hemos tenido un problema gordo con algunos de los de seguridad. El tema del curso de integración también parece estar paralizado. Yo vivo con otras dos familias en mi cubículo, con lo que en total somos doce. No me queda otra que resignarme.

Hamza, 28 años, Qunatitra, Siria y Akram, 16 años, Qunatitra, Siria

Llevamos seis meses y medio en Tempelhof y así no se puede vivir. Nuestros hermanos están luchando en Siria y nosotros libramos nuestra lucha aquí. Lo más duro es el espacio donde tenemos que vivir y la forma en que se nos trata. Nos tratan como a refugiados, no como a personas. Lo bueno es que nos hemos habituado a esta vida de mierda. Los ocho que vivimos en este cubículo nos conocimos de camino a Alemania. Imagínate cómo es vivir en un sitio al que todo el mundo llama "caja". No nos dejan entrar comida o bebida al recinto. Pensábamos que un sitio como Alemania nos ofrecería un sitio mejor en el que vivir; por eso nos arriesgamos a venir aquí.

Abdulrahman, 19 años, Damasco, Siria

Llevo cinco meses y medio en Tempelhof. Vivo con mi hermana y mi tío y otro hombre de Damasco. Aquí las condiciones de vida son muy malas. No me parece muy saludable convivir con tanta gente en un espacio tan pequeño. Por suerte, somos un grupo de buenos amigos, casi todos de Palestina y Siria. También tenemos amigos que viven fuera del campamento y a veces vamos a visitarlos a su casa. Ahí se ve la enorme diferencia con la vida que tenemos aquí. Sus casas son mucho más limpias, tienen electricidad, frigoríficos para guardar la comida y gas para cocinar. El criterio de selección que tienen para decidir quién se va a vivir a casas me parece muy injusto. Hay gente que vino después de nosotros y se ha marchado antes. Según dicen, las familias tienen prioridad, pero nosotros también formamos una familia: yo estoy con mi hermana y mi tío. Mi alma no es feliz, pero debo seguir sonriendo.

Ahmed, 31 años, Al-Hasakah, Siria

Llegué aquí hace seis meses con mi primo de doce años. Estaba haciendo un máster en Economía agrícola cuando tuve que marcharme de Siria. Vivíamos en una tierra de nadie llena de milicias. Mi primo ha estado expuesto a mucha violencia y temíamos que pudiera traumatizarse. Como es un niño, no lleva mal lo de vivir en un espacio reducido, pero echa de menos a sus padres y su hogar. No conocía de nada a la gente con la que convivimos aquí, aunque venimos de la misma ciudad. Pronto empezaré un curso en la TU, y me preocupa saber dónde voy a estudiar, porque necesitaré espacio y algo de intimidad. No sé cómo me las voy a apañar.

Nadia, 37 años, provincia de Logar, Afganistán

Llevo cuatro meses viviendo aquí con mi marido y mis cuatro hijos. Es muy duro estar aquí, sobre todo por el ruido. Mi hija tiene una enfermedad mental y con el ruido su situación empeora. Mis hijos no pueden estudiar cuando vuelven del colegio, pero estoy contenta porque están aprendiendo alemán. Mi hijo procura quedarse siempre aquí, tengo que obligarlo a que salga a jugar. Le cuesta relacionarse con los otros niños y hacer amigos. Mi sueño es que mis hijos estudien aquí y consigan cumplir sus sueños.

Omar, 20 años, Damasco, Siria

Llevo en Tempelhof y en Alemania desde octubre de 2015. Vivo con siete personas más que conocí aquí y nos llevamos todos muy bien. Vivir aquí como soltero no está mal, pero si estuviera casado o tuviera familia, les diría que no vinieran porque las condiciones de vida no son buenas. Es como estar en el servicio militar. La comida no es buena, pero como la mayoría de nosotros hemos estado en el ejército, estamos acostumbrados. Eso sí: los lavabos estaban más limpios en el ejército. Encienden las luces a las seis de la mañana y las apagan a las diez de la noche, y como llegues tarde a la comida, no comes.

Mohamed, 18 años, Mayadin, Siria; Khaled, 19 años, Mosul, Irak y Sherko, 25 años, Kirkuk, Irak

Nos conocimos aquí, en Tempelhof, y vivimos seis en esta habitación. Nos llevamos todos muy bien, pero a veces se echa de menos algo de intimidad. Pero bueno, por otro lado es como tener una gran familia. Nos esforzamos mucho por integrarnos con la gente de fuera del campamento, chicos y chicas, y estamos muy agradecidos por su hospitalidad, pero noto que existe cierto rechazo hacia nosotros, supongo que por miedo. En Navidad íbamos mucho a Alexanderplatz, y una vez recuerdo que un amigo y yo estábamos hablando en voz alta cuando pasaron dos chicas, nos señalaron, pusieron la mano sobre sus bolsos y se fueron a paso ligero.

Haidar, 24 años, Kirkuk, Irak

Llevo seis meses en Tempelhof. En este cubículo vivimos cuatro personas. Procedo de una familia de clase media alta de Irak, y cuando oí hablar de las oportunidades en Alemania no esperaba encontrarme esto. Las condiciones aquí no tienen nada que ver a cómo vivía antes. Me gustaría volver a casa, pero al situación en Irak es cada vez peor, así que de momento no me queda otra que aguantar. Me da la impresión de que dentro de dos años seguiré viviendo aquí, en Tempelhof. Si ya es difícil para cualquiera encontrar piso en Berlín, imagínate para nosotros. Aunque todo es cuestión de tu forma de ver las cosas. Yo intento ver esta "caja" como una especie de sala de estudio, una biblioteca.

Michaela, 19 años, Eritrea y Kutzung, 19 años, Eritrea

Llevamos aquí seis meses. Somos amigos y viajamos juntos desde Eritrea. Somos cuatro y todos cristianos, aunque la mayoría de refugiados del campamentos son musulmanes. Pero no hay ningún problema. Nos encantaría encontrar trabajo aquí, de lo que fuera.

Traducción por Mario Abad.