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Cultura

Prostitutas y abuelos en la calle Montera de Madrid

Intentamos averiguar qué tipo de relación existe entre los jubilados y las trabajadoras sexuales de esta famosa calle de la capital.

por David Merino y Fernando Bernal
08 Febrero 2016, 4:00am


Fotografía hecha por los autores

Llevábamos tiempo dando vueltas a un par de preguntas. ¿Qué hacen esos jubilados cada día en la calle Montera de Madrid? ¿Por qué pasan el rato charlando con prostitutas? Inmediatamente nos surgen dos respuestas hipotéticas posibles, la opción a), son clientes y acabarán subiendo al hostal con ellas no se daba en el 100% de los casos; los hemos visto muchas veces acabar la charla y seguir su camino. La opción b) sólo van allí a pasar el rato y matar el tiempo, igual que vigilan obras, el servicio de limpieza de Carmena, cuándo les ingresan la pensión o los resultados de la Liga. Sea como sea queremos saber que tipo de relación tienen, ¿de qué hablan? ¿se hacen amigos? ¿les cobran por la charleta?

Tras un intento fallido de investigarlo -en el que nos llevamos una buena bronca de clientes y trabajadoras del sexo por igual-, volvimos ayer a mediodía a esta zona de Madrid, quizá una de las más transitadas de la ciudad y también en la que más prostitutas ejercen cada día. Es la hora de la comida, la gente está buscando en qué franquicia van a gastar su dinero y las prostitutas, al sol, esperan a sus clientes. Localizamos a un jubilado que se dirige a un grupo de tres chicas africanas, charlan un rato con él y le despiden con una palmadita en la espalda. Si fuéramos los de Equipo de Investigación diríamos, con voz muy grave: "Está claro, se conocen". Rápidamente vamos a hablar con él.

"Hola, ¿cómo está?". Saludos y una pregunta para romper el hielo: "¿Qué le parece que haya chicas trabajando aquí, justo en el centro de Madrid?". Le llamamos de usted porque tiene una edad, más de 75 años, seguro. Va arreglado, con un bigote que parece de dictador latinoamericano de los años sesenta. Le hemos intimidado. "Bien, bien, no molestan a nadie, ¿no? No hacen nada mal". Está claro. "Y, le hemos visto hablar con ellas, ¿las conoce? Por la forma en la que se despidió parece que son amigas suyas". Silencio tenso: "No, no, para nada, gracias". Y se da la vuelta para hacer lo que todo el mundo se podría esperar que hiciese, ponerse a mirar una obra.

Como con los abuelos hemos tenido mala suerte (aunque en nuestra primera excursión fue mucho peor), vamos a ver si encontramos a una prostituta, a alguien que nos puede explicar esta afición de los abueletes. Primer intento, fallido, "son gente muy maja, gente muy maja". La chica tampoco sabe mucho castellano. Mientras hablamos con ella, vemos a un señor muy mayor hablando con tres chicas del Este. El grupo se deshace y el buen hombre de pelo blanco se va del brazo de una de ellas, doblando la esquina de la calle Jardines. "Ya está, van a subir a una habitación, al final el hombre quería algo más que hablar", pensamos. Nada más lejos de su intención. A mitad de la calle entran en un restaurante, piden mesa -nosotros entramos justo detrás- la carta y siguen charlando tan tranquilos. ¿Recuperar fuerzas antes de echar un polvo o de, al menos, intentarlo?

Volvemos sobre nuestros pasos, del grupo con el que hablaba el abuelo solo queda una prostituta al sol, con pantalones blancos de cuero, un top y una cazadora vaquera. Es rumana, tiene 30 años y no nos dice su nombre. Pero nos cuenta algunas cosas, nos identificamos como periodistas, rompemos el hielo con saludos y preguntamos: "Hemos visto a tu compañera irse con un señor mayor. Nos ha llamado mucho la atención. ¿Son amigos? ¿Se conocen desde hace mucho tiempo". No se piensa la respuesta: "Sí, desde hace años, él viene mucho por aquí, la ayuda mucho. A veces le deja dinero si lo necesita, otras solo hablan un rato y, otras veces, van a comer juntos. Él tiene familia, yo conozco a su hija y todo. Pero le gusta venir a verla aquí a la calle". Una duda: "¿Tendrán sexo?". "Yo en este caso sé que no, creo que es más porque él ya no puede, que porque no quiera".

Ahora que ya conocemos el caso de este abuelete romántico y que no molesta a nadie, queremos completar la tipología de jubiletas que tratan con las chicas. Más casos, menos adorables. Por suerte, nuestra interlocutora tiene ganas de hablar, "no os preocupéis yo, al contrario de otras compañeras, puedo disponer de tiempo como quiera, soy mi propia jefa", nos dice, y le animamos a que siga y nos haga una auténtica clasificación de los abueletes de Montera:

1) "Los que vienen a hablar y a saludar de una manera correcta y te preguntan cómo estás, porque ya te conocen de hace años. Yo hablo con cualquiera, pero mi tiempo es dinero y si quieren hablar conmigo mucho rato que suban y paguen. Y así hablamos".

2) "Los que vienen a hablar pero su conversación no me gusta, se sube de tono, lo que quieren es ponerse cachondos gratis. Se aprovechan de las más jovencitas cuando llegan y las meten mano".

3) "Los que son clientes habituales, que vienen solo por el sexo".

4) "Los que vienen desde hace años y que incluso si necesitas dinero te lo dan, algunos no follan porque no quieren o ya no pueden. Yo de estos no he tenido".

Le preguntamos por qué cree que hay tanta gente mayor que viene por aquí y no solo para tener sexo, si no para echar el rato. "La gente en este país, no sé muy bien cuál es la razón, pero se siente muy sola".

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