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Cultură

Las cosas más humillantes que me pasaron en el colegio

Lo de llamar 'mamá' a la profesora se queda muy corto comparado con esto.
21.6.16
"Pedorro Potter", imagen por Lia Kantrowitz

Todo el mundo sabe que echamos de menos el colegio es sólo porque nuestro cerebro es lo suficientemente inteligente como para borrar los peores momentos de nuestra vida. En esa lista la que la más tierna infancia —y la no tan tierna también— tiene guardado un lugar especial lleno de vergüenzas, miedos irracionales, humillaciones, motes ridículos y fluidos y olores corporales asquerosos en lugares inoportunos en momentos inoportunos.

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Sí, venga, dispara, comenta que soy un pringado resentido al que hincharon a collejas para contentarte a ti mismo, pero sabes que en el fondo tengo razón y las historias que vienen a continuación simplemente corroboran mis palabras.

Espero que después de leerlas te acuerdes de como te sentías cada vez que eras el último al que elegían para los equipos de cualquier deporte o aquella otra en la que llamaste "mamá" a tu profesora de 6º de Primaria. Ya eras grandecito tío.

El show debe continuar

Me meé encima mientras interpretaba una obra de teatro con mis compañeros ante chavales de otro colegio.

No haría falta decir nada más para trasmitiros que fue EL HORROR, pero aquí van unos detalles de regalo: 1) interpretaba el papel de enfermera; 2) la frase exacta que estaba diciendo cuando pasó era "Adiante, señora Antonia, tócalle a vostede"; 3) tenía 8 años, por lo que la edad tampoco era excusa; 4) en el momento nadie dijo nada, creando en mí la esperanza de que no se habían dado cuenta; 5) por supuesto, continué con la interpretación, vaya profesional; 6) al terminar la obra, un niño del otro colegio me preguntó directamente si me había meado, a lo que yo contesté poniendo cara de desprecio, como si me hubiera indignado su "broma" de mal gusto; 7) no recuerdo que hubiera ninguna otra repercusión pública, pero creo que me quedé con la ropa meada el resto del día.

Drama en la cancha

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A los 10 años decidí de una vez apuntarme al equipo de baloncesto de mi colegio. Yo era un niño muy alto, pero extremadamente flaco y débil físicamente. El baloncesto me encantaba (por la tele) y solía jugar partidos contra mí mismo en casa con solo una pelota de tenis (la única pelota con la que me dejaba jugar mi madre dentro del piso).

Si la pelota golpeaba en un punto muy concreto de la pared, era canasta (sí, ese era el nivel). En conclusión, que el deporte se desarrollaba fundamentalmente dentro de mi cabeza.

Mi inexistente fuerza física y mi dificultad en las relaciones sociales me estaban convirtiendo en una de las últimas elecciones del entrenador

Pero decidido a cambiar eso y fantaseando con canastas en el último segundo, títulos mundiales y, por qué no decirlo, fama y fortuna, le pedí a mis padres que me apuntasen al equipo. No tenía ni idea de las consecuencias que aquello acabaría teniendo en mi vida.

Todo empezó en mi tercer o cuarto entrenamiento con el equipo. Hasta entonces, para ser justos, las cosas no estaban ocurriendo exactamente como yo lo había planeado. Mi inexistente fuerza física y mi dificultad en las relaciones sociales me estaban convirtiendo en una de las últimas elecciones del entrenador.

'Échale cojones, joder', 'Tira fuerte', 'Me cago en la puta'

Aquella tarde, se había decidido que teníamos que aprender a tirar tiros libres. Así que formamos una cola en la línea y comenzamos a tirar. En aquél momento apareció mi padre, que había salido de trabajar y le apetecía pasar a ver cómo se las gastaba su hijo con el balón naranja. Llegó mi turno para tirar, lo hice con todas mis fuerzas y entonces… La pelota ni siquiera tocó el aro.

"Venga, joder, tira un poco más fuerte, coño", dijo mi padre. Él era el único adulto que estaba presenciando nuestro entrenamiento y su voz resonaba por todo el patio de recreo.

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Los turnos se fueron sucediendo y me volvió a tocar: mismo resultado, la pelota pasó a un metro del aro. Mi padre se cabreó como una fiera, "Échale cojones, joder", "Tira fuerte", "Me cago en la puta"… Más gritos y más errores. El resto de compañeros ni siquiera se reían de mí. Era una de esas situaciones demasiado incómodas para todos, aunque mi padre parecía no darse cuenta.

Yo creo que hasta los entrenadores se agobiaron bastante. Me parece recordar que uno de ellos, que no debía ser más que un chaval de 19 o 20 años, me dijo antes de que me fuera al terminar el entrenamiento: "Píllate una pelota en casa y prueba a hacer lanzamientos al aire utilizando la muñeca, poco a poco se irá fortaleciendo y llegarás a la canasta".

Arrastrando los pies volví a casa junto a mi progenitor, que siguió dándome "ánimos" y trucos para conseguir anotar. Ideas que yo descartaba automáticamente solo porque las decía él.

La sensación aquella noche fue de absoluto fracaso, pero tengo que decir que, como soy un tío bastante tozudo, a la mañana siguiente me puse a practicar con la pelota y pronto llegué a la canasta y me convertí en un jugador clave del equipo. No digo que aquella humillación pública provocada por mi padre me llevara a mejorar, pero lo que sí es cierto es que me enseñó un par de cosas sobre mi mismo.

Los tambores del Congo

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Antes de explicaros "el incidente" tenemos que remontarnos aún más en el tiempo, hasta mi más tierna infancia, el momento de mi vida en el que las gastroenteritis eran un rito anual: Cada año más o menos por las mismas fechas, me pasaba una semana entera vomitando y/o cagando con un intenso dolor de barriga. Como ya imaginaréis, "el incidente" tiene mucho que ver con esto.

Un día de abril de 1º de la ESO, después de haber superado ya mi gastroenteritis anual, una punzada en el estomago durante un cambio de clase me alertó de que algo iba a pasar. No escuche a mi cuerpo y los siguientes seis años de mi vida quedaron marcados para siempre, cuando cinco minutos después, una arcada gigantesca recorrió de abajo a arriba mi tracto digestivo. La retuve como pude y salí corriendo.

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Todo parecía ir bien hasta que un profesor y un compañero de clase se cruzaron en mi camino. El chaval le estaba contando un chiste que empezaba con algo así como "¿Sabes cómo se tocan los tambores en el Congo?" y al profesor no se lo ocurrió otra cosa que cogerme por el cuello de la camiseta a la carrera y golpear mi espalda mientras entre risas decía, "¡¿así, no?!".

¿El resultado? Mi profesor empapado en vómito de rodillas para abajo—justicia poética, supongo— cómo lo estaba yo, mi compañero y buena parte del pasillo. Aún me sigo preguntando de donde salió todo eso. Lo mismo se preguntaron mis compañeros, que en ese momento estaban pasando de un aula a otra y vieron el espectáculo en directo.

Entonces alguien gritó "¡Vaya pota! ¡Joder, que potada!" y justo después alguien gritó "¡Poti!", un mote humillante que se convirtió en mi marca de Caín particular para convertirme en la mofa de todos mis compañeros durante el resto de mis años de instituto, y más allá. MUCHO. MÁS. ALLÁ.

Pantalones de campana

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Cuando tenía doce o trece años, volvieron a ponerse de moda los pantalones acampanados. Yo tenía unos de esos y me gustaban muchísimo. Eran rojos, de aquellos bajos y realmente eran muy cómodos. Por alguna tontería preadolescente, no solía repetir ropa dos días seguidos —ya me dirás que tontería— pero aquel día lo hice. Me quité los pantalones la noche anterior y los dejé encima del escritorio preparados para el día siguiente.

Por la mañana me vestí rápidamente, como solía hacerlo siempre para no perder el autobús. Justo a primera hora me tocó salir a la pizarra para resolver un problema de matemáticas. Nunca se me han dado bien las mates, pero la cosa se puso aún peor cuando empecé a ver que por la pernera del pantalón se iban escurriendo unas bragas negras. Me las había olvidado dentro el día anterior y habían aparecido ahora ahí como por arte de magia.

Intenté arrastrarlas con la campana de los pantalones para esconderlas y sin que nadie se diese cuenta y volver a mi sitio como si nadie hubiese pasado. No fue así, como el profesor vio que estaba bastante apurada me hizo desplazar hacia el otro lado de la pizarra para resolver él el problema.

Al intentar apartarme tapando las bragas tropecé con la tarima y acabé cayendo al suelo atrapada en unas bragas negras. Ya os podéis imaginar lo que pasó después.