Desde de los cuarenta, los mexicanos –como más gente en otras partes del mundo– hemos luchado unos contra otros, nos hemos matado, perseguido y encarcelado para darle gusto a los gringos, y por el encanto y las grandes ganancias que se pueden hacer con la venta de las sustancias psicoactivas. Ganancias que vienen, por lo menos en parte, porque la guerra contra las drogas ha hecho que la oferta sea mas escasa, mientras que la demanda continúa tan insaciable como siempre. Y ahora, más que nunca, hemos llevado esta lucha hasta el drama nacional.Desde que llegó la democracia a México en 2000 y peor aún, luego que un presidente de derecha, Felipe Calderón, decidió librar una brutal guerra contra los cárteles de la droga, en vez de dedicarse a crear empleos como prometió durante su campaña; la violencia se ha intensificado, es incontrolable y nos toca a todos.Revisando fotografías de principios del siglo XX, pareciera que en ese entonces, los mexicanos nos podíamos drogar a gusto. Pero lo cierto es que meterse ciertas sustancias fue satanizado en México, por lo menos, desde la Colonia. Cuando los españoles se dieron cuenta de que los indígenas de México se metían toda clase de psicoactivos para hablar con Dios, alivianarse o tener alucinaciones, empezaron a prohibirlas. Así ocurrió por ejemplo en 1670 con el peyote. La Santa Inquisición mandó pegar un edicto diciendo que el peyote era pecado en todas las parroquias de la Nueva España.
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Ya en el siglo XIX, la crítica a las drogas se fue haciendo más laica. Ya no se decía que el peyote, la mota o la hoja de coca fueran pecaminosos. Más bien se intentó regular su uso para preservar la salud de manera científica. La ciencia de los médicos se volvió la nueva inquisidora.Más adelante, a principios del siglo XX, el asunto de las drogas también se volvió una discusión de clases sociales. Los indios, los presos y los soldados consumían drogas que se consideraban vulgares. Los españoles, los mestizos más blanquitos y la “gente bien” consumía drogas extranjeras más científicas como el opio y la heroína. La “gente vulgar” que consumía mariguana, organizó una Revolución en el viaje: alucinaban a una cucaracha que rengueaba por la falta de mota (y según dicen las malas lenguas, el corrido se lo compusieron al dictador revolucionario Victoriano Huerta, quien –no está usted para saberlo ni yo para contarlo– era bien pinche pacheco). Mientras la Revolución se desarrollaba, los ricos, sobre todo las amas de casas de las clases altas, iban a los fumaderos de opio de los chinos a echarse un toque para olvidar los problemas domésticos.Así transcurría la vida en ese México perfectamente dividido en razas, clases y niveles de educación, hasta que, al pasar la Revolución, empezó una guerra soterrada en el mundo que terminó amenazando nuestra existencia. Entre 1909 y 1919, el gobierno gringo cabildeó con diplomáticos en todo el mundo para que se prohibiera el opio globalmente. Muchas naciones se le unieron, incluido México. La mentada Prohibición del Opio fue firmada en 1912 en La Haya e incorporada en el Tratado de Versalles en 1919, dando inicio a una nueva era en contra de las drogas, que terminaría por enterrar a México debajo de una montaña de cadáveres.
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México se volvió el punto de paso para todas las sustancias que el gobierno gringo quería prohibir, pero que la sociedad estadounidense consumía más que nadie. En 1909, los gringos prohibieron la importación de opio para consumo interno (excepto para usos “medicinales”), pero permitieron que se pudiera importar para reexportarla inmediatamente a México y otros países. ¡Querían eliminar el consumo, no el negocio, los cabrones! Entonces, los contrabandistas gringos y europeos consiguieron socios mexicanos para importar opio de Macao a San Francisco y exportarlo inmediatamente a México. De aquí lo contrabandeaban de nuevo a Estados Unidos. México empezó a crear una imagen de capital del vicio.
La lucha armada contra las drogas en México realmente se volvió más dura y empezó a causar muchas más muertes en 1947 cuando Harry Anslinger, el primer comisionado del Buró Federal de Narcóticos (que mas tarde se convertiría en la DEA) presionó para que el gobierno mexicano lanzara operativos en el noroeste de México (Sonora, Sinaloa, Durango y Chihuahua). La lucha armada se intensificó aún más en los sesenta y setenta, cuando el consumo de drogas se hizo más popular en ambos lados de la frontera.La guerra contra las drogas se convirtió en una obsesión norteamericana, y tanto Nixon como Reagan lanzaron operativos que rayaban en la locura. En 1969, por ejemplo, con la operación Intercepción cerraron la frontera México-Estados Unidos para convencer a los políticos y policías mexicanos de que atraparan y mataran traficantes. En 1976, lanzaron la operación Cóndor en que militares arrasaban y mataban pueblos enteros para proteger a México y a sus amigos gringos de la malignidad de los productores de mariguana y amapola.Lógicamente las organizaciones criminalizadas por traficar drogas que surgieron en Sinaloa y en la frontera de México con Estados Unidos, reaccionaron a esta guerra. Compraron más armas, invirtieron más dinero en corromper policías y políticos, usaron la violencia con más frecuencia. En regiones de México, como mi natal Sinaloa, se supo desde los ochenta que la guerra era –y sería– más cruenta. Desde las primeras batallas, sobre todo luego de que algunos sinaloenses asesinaron al agente de la DEA Enrique Camarena en 1985, los muertos pulularon, al igual que el dinero, debido a que obtuvieron ganancias enormes cuando empezaron a traficar cocaína sudamericana masivamente.
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Hubo un tiempo en que se trató a los consumidores como un problema de “salud pública”, gracias a los médicos que insistían en no criminalizar más el consumo de drogas para defender sus propios intereses. De hecho, en 1940, los médicos del Departamento de Salubridad lograron legalizar las drogas. Los consumidores podían ir a dispensarios donde médicos capacitados ofrecían dosis diarias de heroína y otras sustancias por debajo de los precios de los contrabandistas en el mercado negro. Así, el gobierno mexicano buscó matar dos pájaros de un tiro: tener consumidores tranquilos que no provocaran broncas y eliminar el tráfico ilegal. La legalización duró apenas unos meses, porque el gobierno gringo presionó y doblegó al gobierno mexicano para que las volviera a prohibir y perseguir.Agustín Víctor Casasola y su hermano Miguel fueron los pioneros del foto reportaje en México. Entre las miles de fotos que dejaron –incluidas las mejores fotografías de la Revolución mexicana–, está una serie de imágenes de las primeras batallas de la guerra contra las drogas en México en los años treinta y cuarenta, que en aquellos tiempos no eran tan violentas ni provocaban tantos muertos. Estas fotos son únicas, porque a pesar de que la prohibición de drogas ocurrió simultáneamente en otros países, fue aquí donde se logró uno de los registros fotográficos más extensos de consumidores y traficantes.Esta guerra continúa hasta nuestros días, pero ahora es más brutal y sangrienta que nunca. Todo mundo tira a locos a quienes proponen la legalización. Piensan que es imposible, porque Estados Unidos y los políticos nunca nos van a dejar fumar en paz. Y puede que tengan razón, hay demasiado dinero en juego. No voy a juzgarlos, pero eso sí, jamás compartiré la idea de que es imposible. La legalización ya ocurrió una vez. Y puedo ver paz en los ojos vidriosos de los pachecos de aquellos tiempos.
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