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Cultura

¿Por qué algunos nos sentimos tristes después del orgasmo?

La disforia poscoital es, de hecho, un fenómeno ampliamente documentado cuyas primeras referencias se remontan a la época del Imperio Romano. ¿Tiene cura?

por Daniel Woolfson
21 Octubre 2014, 9:09am

Ilustración por Chris Harward

¿Alguna vez te ha embargado una insólita tristeza después de haber tenido un orgasmo? No me refiero al horror abyecto que te invade al darte cuenta de que tu compañero de habitación ha entrado y salido del cuarto en silencio mientras estabas en plena labor de conocerte a ti mismo, con el portátil encendido, sin pantalones y con los calcetines puestos. Eso se llama vergüenza y su principal consecuencia es la dificultad de volver a mirar a los ojos a esa persona.

La sensación de la que hablo es más sutil, es esa efímera melancolía que en ocasiones acompaña incluso al más insignificante clímax. No todo el mundo lo experimenta, pero en caso afirmativo, sabrás exactamente a qué me refiero.

La disforia poscoital, como la llaman los expertos en la materia, es, de hecho, un fenómeno ampliamente documentado cuyas primeras referencias se remontan a la época del Imperio Romano. Hacia el 150 d.C. el eminente médico griego Galeno escribió, “Después del coito, todos los animales entristecen a excepción de la hembra humana y el gallo”.

A pesar de la sapiencia de Galeno, su afirmación no era del todo precisa, ya que, de hecho, ambos sexos pueden experimentar este fenómeno y de formas muy diversas, además. Es importante no confundirlo con el síndrome post orgásmico (POIS, por sus siglas en inglés), un trastorno muy infrecuente cuyo origen puede deberse tanto a una falta de progesterona como a la alergia al semen y que se manifiesta con un amplio abanico de síntomas, como apatía, escozor en los ojos y lagrimeo, que pueden prolongarse hasta varios días después del coito.

Mi experiencia con la depresión poscoital nunca ha ido más allá de un leve sentimiento de dependencia durante un par de segundos, tras los cuales me recupero y voy a calentarme una pizza o a hacer cualquier otra cosa. Sin embargo, después de indagar en internet, algunas de las personas con las que hablé aseguraban caer en un profundo pesimismo durante varias horas.

“Yo sufro disforia poscoital muy pocas veces”, afirmaba una mujer. “Quizá un 15 o 20 por ciento de las veces cuando practico sexo en pareja y no más del 5 por ciento cuando me masturbo. Como ya tengo cierta predisposición a la depresión, cuando sufro disforia poscoital me puedo pasar horas en un estado de profunda tristeza”.

Sin embargo, añadió, “ese desconsuelo se mitiga fácilmente con una dosis extra de arrumacos y carantoñas”.

¿Qué causa, entonces, este trastorno? ¿La evolución? ¿La neuroquímica? ¿Un sentimiento innato de miseria que asoma para abatir nuestro cerebro en el momento en que deberíamos sentirnos felices y satisfechos?

Investigué la relación básica que existe entre el ser humano y el sexo. Después de todo, el sexo constituye una parte esencial de la vida. Si no fuera por el sexo, ninguno de nosotros habría nacido. Según el psiquiatra londinense Anthony Stone, esa tristeza momentánea podría –al menos en el caso de los hombres- estar relacionada con una pérdida del sentido del propósito.

“Cada vez que viene un cliente para hablar de sexo, me viene a la cabeza la palabra poder”, afirma. “Por lo general, el poder del hombre se manifiesta en todo su apogeo durante el sexo. Basta fijarse en los chicos jóvenes y en sus ritos de seducción, en los que enseñan su plumaje como pavos reales. Después del sexo, el hombre puede sentirse impotente, una fuerza consumida que ha perdido la capacidad de fecundar. En algunos casos, estos síntomas se desarrollan en forma de depresión o incluso deseo de morir; en otros casos, se refleja en un sentimiento de pérdida de la masculinidad”.

Busto de Aristóteles, todo un experto en la disforia poscoital. Foto vía Wikimedia Commons

Aristóteles, Nietzsche y el filósofo neerlandés Baruch Spinoza consideraban que el fenómeno se debía, en parte, al gasto de “fuerza vital”. Sin embargo, el hecho de que las mujeres también sufran disforia poscoital invalida esta teoría.

Freud trató en profundidad la abrumadora naturaleza del deseo sexual del ser humano, aduciendo que una de las razones principales que explica nuestro voraz apetito sexual era que el coito constituye la experiencia más parecida a evadir la soledad inherente a la existencia humana, ya que durante el acto una persona se encuentra literalmente dentro de otra.

Así, tras consumar el sexo, uno se da cuenta –pese a los besos, las caricias y los calambres en las piernas- de que siempre está solo.

“La base de todo es la pérdida”, afirma Stone. La vida consiste principalmente en vivir y en morir, en decir hola y adiós, en nacer y desaparecer, y nuestro bienestar depende en gran medida de nuestra capacidad de gestionar estas transiciones”.

Esa misma teoría puede aplicarse al sexo. “¿Te sientes melancólico cuando termina una película increíble y desearías que no se acabara nunca? Nada es para siempre. Estamos constantemente enfrentados a la amenaza de nuestra propia muerte”, añade con tono ominoso.

En 2009, el psiquiatra estadounidense Richard Friedman investigó las posibles justificaciones biológicas para el fenómeno de la disforia poscoital. Su objetivo era demostrar que esta dolencia era, en algunos casos, producto de un efecto rebote en la amígdala, la parte del cerebro que rige emociones como el miedo y la ansiedad. Durante el sexo, la amígdala “amortigua” estos sentimientos, por lo que la melancolía poscoital podría explicarse como el efecto de que la amígdala recupere los niveles normales de funcionamiento.

Sigmund Freud fotografiado por Ferdinand Schmutzer. Foto vía Wikimedia Commons

Para probar su hipótesis, Friedman llevó a cabo un experimento muy poco ortodoxo. Se administraron inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS) –un fármaco usado en el tratamiento de la depresión- a varios sujetos de prueba. Si bien el efecto antidepresivo del fármaco no se manifiesta hasta pasado un periodo de tiempo considerable bajo tratamiento, los efectos físicos aparecen casi al instante. Uno de ellos es la disminución del placer sexual, tal como había previsto Friedman, que a su vez está ligada a un leve descenso del sentimiento de tristeza que seguía al acto sexual.

En mi opinión, este argumento llevaba implícita una afirmación deprimente: si quieres dejar de sufrir disforia poscoital, tienes que tener sexo de peor calidad. Obviamente, no es la opción más atractiva ni la más práctica. Por fortuna, prácticamente ninguno de los casos de este trastorno presentan una intensidad o duración tal que requieran atención médica.

Como ocurre con la mayoría de los trastornos psicológicos, el mejor consejo para quien padezca con intensidad esta dolencia es que acuda al psiquiatra o a un psicoterapeuta.

Para saber qué tipo de tratamiento recibiría si llegara a ese punto, hablé con Dušan Potkonjak, especialista adjunto de psiquiatría del Hospital Goodmayes, en Londres. “La reacción humana no es segmentaria”, me explicó. “Yo analizaría el historial completo de las relaciones sexuales de un paciente y el patrón que siguen sus relaciones con otras personas. Nuestra capacidad de entablar relaciones íntimas puede verse afectada negativamente si nuestras primeras experiencias fueron humillantes o si sufrimos un rechazo. Es similar al condicionamiento pavloviano”.

Pero esto no significa necesariamente que las personas que sufren disforia poscoital hayan tenido una historia sentimental desastrosa. “Cada ser humano es totalmente distinto y acumula experiencias y vínculos diferentes”, añadió Potkonjak. “Durante un encuentro se producen todo tipo de reacciones inmediatas ante las personas, tanto a nivel consciente como inconsciente. Siempre creamos vínculos a partir de nuestros recuerdos, lo que puede complicar el presente”.

En conclusión, las causas de la disforia poscoital son esquivas y totalmente subjetivas. Para algunos puede tratarse de un problema químico y para otros es de origen existencial. O simplemente puede tratarse de un episodio romántico desafortunado del pasado.

Por tanto, si alguna vez te encuentras sumido en un agujero negro emocional después de un orgasmo, no te preocupes. Míralo de esta forma: simplemente eres uno más de entre las muchas personas –como Spinoza y Freud- que tienen un bajón después del sexo.

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