FYI.

This story is over 5 years old.

Cultură

Cerveza y celuloide, nuevas formas de ver cine

Cuando el cine por sí solo ya no es suficiente.
6.2.15
vía Alamo Drafthouse

Todos sabemos cómo está la cosa; la crisis del cine, la espiral de perdición en la que se encuentran las salas de exhibición, el IVA, internet, el cambio climático, el capitalismo exacerbado, etcétera. Todo eso. El planeta gira y las cosas cambian, la gente ya no folla como lo hacían los tipos del paleolítico y la gente ya no consume cine de la misma forma que se hacía hace 25 años. De lo que quiero hablar —si ustedes me permiten— es de todas estas nuevas formas que ciertos exhibidores están ingeniándose para conseguir meter de nuevo a la gente en esas cuevas con luz, y lo que esto supone para la propia experiencia cinematográfica.

Publicidad

Aparte de las medidas económicas como la Fiesta del Cine y las rebajas durante ciertos horarios y días de la semana, lo más interesante es ver cómo cierta forma de vender y consumir cine, más limítrofe a costumbres anglosajonas, se está apoderando (pese al verbo utilizado, no pretendo dotar este hecho de un sentido negativo) del mercado nacional. Son propuestas que sin duda me la ponen bien dura y pueden muy bien ser el camino a seguir en un futuro no muy lejano. Muchas de estas propuestas se centran más en la experiencia de la visualización de la película que en la propia interpretación del film (lo que vendría a ser su contenido y discurso). No se trata de observar la pieza como si su contenido fuera la principal atracción de la fiesta, se trata de venerar elegantemente el continente. Se asiste a una orgía colectiva donde se rinde culto a una luz que proyecta imágenes en movimiento sobre una pantalla, no a una tesis. La celebración del acto de ir al cine, no de interpretarlo o leerlo. Es por eso que muchas de estas cintas proyectadas en estas sesiones son films de culto con una gran base de fans cuyo objetivo no es comprender la obra si no afianzar su legado, justificar el propio fenómeno fandom.

Algunas de estas sesiones cuentan con elaborados montajes vivenciales (immersive cinema) como la recreación del universo de Regreso al Futuro que hizo la gente de Secret Cinema o las sesiones especiales que hacen cines como el Alamo Drafthouse de Austin (TX) o el Prince Charles Cinema de Londres, con estrenos de películas muy JODIDAS (en mayúsculas, pero en mayúsculas bien) que nunca llegaron a estrenarse y cayeron en el olvido de los VHS y los videoclubs, películas inéditas de otros países, maratones de películas clásicas, sing-alongs (un karaoke cinematográfico), quote-alongs (lo mismo pero recitando las frases más míticas de las películas)… Incluso en algunos de estos cines se puede comer un buen plato de alitas de pollo (más concretamente las alitas de pollo "Apocalypse Now"). En España, Nacho Cerdá (principal responsables de las sesiones Phenomena) ha abierto en Barcelona una nueva sala que pretende igualar el programa de estas dos salas de referencia y en breve ofrecerá visionados especiales como el que ya tiene programado de Beer & Pizza Night en el que el espectador será obsequiado con una cerveza y una pizza para acompañar el metraje.

La experiencia cinematográfica se convierte en algo epidérmico (sensorial y emocional, no precisamente reflexivo) resultando en algo más cercano a un espectáculo circense que a una experiencia audiovisual intelectual. Es como una regresión al cine primitivo, volvemos a esas proyecciones de imágenes en movimiento (máquinas estroboscópicas) o a esos primeros flirteos con el cine donde se proyectaban los primeros experimentos de los hermanos Lumière o de Georges Méliès, que se exhibían como trucos de magia, como un espectáculo de curiosidades. De todos modos, esta forma de entender y ver el cine (basada en la experiencia del propio cuerpo respecto a las imágenes proyectadas) se asemeja más a un experimento perceptivo puro y duro más cercano a las vanguardias europeas o al cine experimental americano de los sesenta que a la mayoría de propuestas habituales en cartelera, cosa que otorga a estas sesiones cierto pedigrí.

Por otra parte es como si la película fuera lo menos importante dentro de toda esta ensalada de excentricidades. Es como organizar una gran fiesta (con disfraces, comida y jolgorio) para no darte cuenta de que "sólo" estás viendo una película, como si esta, por sí misma, no pudiera generar ningún tipo de interés. En fin, terminar viendo una película sin darte cuenta. La propia experiencia de la percepción o del conocimiento, del arte, de la cultura, lo que sea, ya no es suficiente como para generar interés, tiene que estar adornado, aliñado con otra cosa. Tiene que tener algún tipo de gancho para que la trucha muerda el anzuelo y salga a marchas forzadas del riachuelo en el que vivía, supuestamente —pues es solo un pez—, feliz. La trucha sois vosotros y el anzuelo es esta nueva forma de ver cine, por si alguien se ha perdido. En fin, es como educar a los niños a través de la excusa del juego, para ellos el saber no es el interés principal. Es como empezar la pantomima de las rebajas para simplemente comprarse un jersey cosido en china o celebrar el día de San Valentín para decirle a tu pareja, al menos una vez al año, que la quieres o, por lo contrario —y gracias a Dios—, para darte cuenta de una vez por todas de que ya realmente no amas a nadie ni a nada.

Tengo sentimientos encontrados con todas estas nuevas formas de exhibición. Por un lado me apasiona esta celebración desfasada y ciega del fenómeno fan, dotado de un admirable sentimiento de comunidad y mucho más cercano al territorio de los fanzines que al de cualquier aproximación mainstream a la cultura. Es como un ritual, un acto de exorcismo, donde las imágenes conectan a todos los presentes y los transportan a un estado superior.Por otro lado es el olvido del contenido, la devaluación del cine como arte y medio autónomo de comunicación. Dicho esto, cualquier propuesta que haga que las salas de cine sigan estando entre nosotros será bienvenida.