​Detectives, polis y divorcios de gitanos: así es un día en los tribunales

Cada día, cientos de personas con problemas, abogados, polis y jueces dan forma a eso que llamamos "La Justicia". Un día decidí ir allí para ver cómo era eso.

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04 Junio 2015, 8:49am

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Como la policía no ha descubierto aún mi vinculación con la Gürtel, no he tenido nunca que vérmelas con los tribunales. Por eso mi visita a la Ciudad de la Justicia, ese macro-complejo a las afueras de Barcelona, iba a ser un viaje a un mundo extraño del que solo conocía los cuatro rudimentos de los periódicos y las cuatro idealizaciones de las pelis de juicios. Porque así entre nosotros, ¿qué coño hace un procurador? ¿Y un juzgado de instrucción? ¿Qué es un juzgado de instrucción? Saber estas cosas distingue al profesional del ramo, que naturalmente maneja conceptos suyos y de nadie más, pero también al infortunado que por azares de la vida ha tenido que caer bajo la tercera pata del Estado. Uno no puede volver a ser el mismo tras juntarse con un abogado. Me meto en la Ciudad de la Justicia precisamente para saber por qué estas personas hasta no hace mucho normales se han dejado engullir por la rueda de la ley, por qué litigan y en qué follones se meten. Y para ver cómo de diferentes son los profesionales de la justicia de Ally McBeal, Perry Mason o Charles Laughton en Testigo de cargo, que al fin y al cabo fueron creados para molar.

Y me voy allí, a tomar por culo, al final de la Gran Vía, y entro por la puerta de esa mole de cemento diseñada con puterío para infligir terror al Juan Lanas que aún no ha entendido lo que son las cosas. Tres detectores de metales hacen el resto: no estamos entrando a un sitio cualquiera; aquí hay normas diferentes y además no todo el mundo vale igual. A la derecha está el escáner de abogados y procuradores, que al principio entraban por donde todo el mundo hasta que se les hincharon las pelotas de sacarse cada el día cinturón y la bisutería y pusieron uno solo para ellos algo menos estricto. Solo abogados, fiscales, jueces y procuradores. Quizá estos escáneres ayudan a que el interior, el enorme hall distribuidor, me recuerde tanto a un aeropuerto: la misma sensación de vacío a pesar de los centenares de personas yendo y viniendo; un espacio pensado para que nadie pueda sentirse cómodo y en el que nadie se quede más rato de lo estrictamente necesario. Rompiendo solo el vacío una barra mínima en medio de la nada, como un grano, tras la que tres camareros sirven cafés y zumo de naranja a los currelas. Ninguna persona normal. Las personas normales aquí no están para cafetitos.

Alrededor carteles extraños apoyados sobre sillares de espantosa geometría no-euclidiana que anuncian nuevas salas en el lenguaje de Los Antiguos: "letrados consistoriales", "ejecución de medidas en medio abierto", o quizá las más cachondas, las Salas de Togas. Evidentemente ahí no entro, pero debe ser como un vestidor de gimnasio, con sus duchas y todo, en el que los abogados se concentran y se preparan como jugadores de fútbol americano antes de entrar a la cancha. Cuando uno se pone a buscar las salas, eso sí, mejor no guiarse por los carteles, a riesgo de perderse.

Juzgado de guardia

Acabo en el juzgado de guardia, que me imagino hirviendo de noche como el de la serie homónima de los ochenta en un no parar de casos menores. Pero Julia y Manel, secretaria en el mostrador y el segurata que la acompaña, me dicen que en realidad no, que aquí el trajín es de nueve a dos y que si por la tarde más bien poco ya de noche está todo muerto. Eso sí, de día los acontecimientos se atropellan, y al famoso de turno perseguido por un enjambre de cámaras se unen los cristos que de vez en cuando montan los maridos alejados por orden judicial de sus mujeres o los litigantes que no saben mantener la compostura. "Los días de luna llena", me dice Julia convencida. "Cuando hay luna llena es cuando vienen todos los locos". También los días 1 y 15 de cada mes, que son los días de firmar para los que están en libertad provisional. "Aprendes a desconectar", y entiendo con esa frase lo que comporta estar día tras día trabajando en los juzgados: al final sale costra y ya puede salir el sol por Antequera. El trabajo es rutina aunque consista en asistir a personas que han perdido la casa o son maltratadas por sus parejas. Toma banalidad del mal a pequeña escala.

Luego está otro personaje curiosísimo, del que Julia me habla con ternura. "Hace mucho que no viene. He empezado a mirar las esquelas por si se ha muerto". Antonio, un habitual de los juzgados de guardia, un señor jubilado, indignado del antiguo régimen, que luciendo chapita franquista en la solapa se plantaba día sí y día también en el mostrador para denunciar ahora a Artur Mas por sedición, ahora a Jordi Pujol por chorizo. "Nos reíamos de él", apunta el segurata, "pero todo lo que decía luego iba saliendo". Ligo cabos. Quizá es el mismo guerrero del antifaz que ponía papelitos en las marquesinas y en las paradas de los autobuses cagándose en Rubalcaba y Zapatero. Y luego está Asunción, una señora también aficionada a las denuncias, aunque en territorios más cotidianos: la que te lleva a juicio al ayuntamiento por una baldosa mal puesta o al dueño del bar de la esquina por servir bravas con mayonesa en vez de alioli; la que piensa que la solución a cualquier tipo de problema en esta vida pasa porque un juez dicte sentencia, aunque el mismo juez a la que metería en la cárcel si pudiera sería a ella por sobrecargarlo de trabajo innecesario.

Estos dos personajes, epítome del jubilado solitario, quizá son los más activos pero no los únicos habituales de los juzgados. Aquí viene mucho espectador a las audiencias públicas, a pasar la mañana porque la casa se le cae encima. Si uno se lo para a pensar es un espectáculo cojonudo, germen de tantos programas de televisión de testimonios y de la fortuna de Oprah. Y además, como dice mi prima, desde que ya no hay obras en las calles, algo tendrán que hacer los angelitos.

Antes de irme de los juzgados de guardia, se planta en el mostrador una chica estresadísima que se queja de que le pusieron una multa pero en la sentencia no aparece el número de cuenta donde hacer el ingreso. Y se le acaba el plazo mañana. No es su trabajo, pero Manel y Julia la asesoran con lo que saben, a fuerza de echar horas allí sentados.

Penal

Me cuelo a continuación en los pasillos de la sección penal. Allí, a las puertas de los juicios, el aeropuerto muta en ambulatorio y el espacio aséptico del hall en concurrida sala de espera. En una quincena de bancos en fila la gente sienta sus posaderas mientras se muerde las uñas y se aburre a la espera de que canten su turno. A la entrada una pantalla con el listado de juicios, casi todos con retraso, define con claridad lo que pasa allí: la justicia, en realidad, no es mucho más que una rutina monótona y gris en la que todos los casos son parecidos y todas las sentencias prácticamente iguales. Para usted su orden de alejamiento es importantísima porque su marido es el hombre más machista e hijo de puta de la tierra; para el juez es otro expediente más, diez minutos de una jornada laboral larguísima en la que se mezclan las ganas de fumar, el recuerdo del fin de semana pasado y la frustración por no ser Garzón, Alaya o Ruz.

Sentado en uno de los bancos de la interminable fila hablo con Rosa, una mujer amenazada por su exmarido, que se queja de los cincuenta minutos de retraso y de lo mal que funciona la justicia. Espera ante la puerta de la sala 115, que hoy se dedica exclusivamente a malos tratos. Rosa pidió una orden de alejamiento porque no tenía ningún tipo de protección, pero ahora han llegado a un acuerdo con el agresor y en este juicio se va acoger al derecho a no declarar. Aún así entrarán a la sala por separado. La mujer habla con fluidez con términos jurídicos más raros que un perro verde, producto no de una larga carrera universitaria sino de la necesidad de nadar en este lodazal. A su lado está su nuevo novio, calladito y cariñoso con ella en el gesto. Y aparece entonces la abogada, nerviosa por llegar tarde. Saluda a su clienta y en un evidente despropósito le pregunta al chaval si es el denunciado. Tanto él como Rosa niegan con la cabeza sobresaltados.

Un par de bancos más allá, están Jaime e Ignasi, dos urbanos que hacen de testigos en un caso de alcoholemia penal. Están bastante hasta los huevos: han acabado de trabajar a las siete de la mañana pero tenían un juicio a las doce y han tenido que venir. Tal y como pinta la espera esto no se acaba hasta bien entradas las dos. Y esto les pasa un par o tres de veces por semana. En realidad una vez dentro es todo rápido, me dicen. Normalmente el acusado se conforma porque hay pruebas de que iba conduciendo más borracho que un guiri en el Saloufest; lo jodido es la espera tras un largo turno de noche, además del agravio respecto a los del turno de día, que encima cobran dietas. Cuando acabo de hablar con estos dos me doy cuenta de que estoy rodeado de tipos como ellos, hombres musculosos con cara de sopor que solo pueden ser policías de paisano alejados de su territorio natural que son las calles. Normal: el denunciante y el denunciado pueden venir o no, en función de las circunstancias, pero para los polis testificar forma parte de su trabajo y estaría feo que no vinieran.

Detrás de mí una secretaria sale de una sala, llama a los implicados y anuncia audiencia pública, o sea que puedo entrar. Y de un salto audaz entro y me siento en la segunda fila de sillas. Ante mí, allá arriba esta vez sí todo como en las películas: en cada una de las alas de una mesa larga en forma de C un juez altanero y firme, un abogado inexperto y una fiscal agresiva. En la fila 0, delante de todo y aislada ante un micrófono, la acusada. En la fila de atrás, tres personas que si son familiares deben estarse preguntando quién cojones soy yo, y presidiendo la sala un retrato demodé del rey Juan Carlos, el de la transición. Y empieza el sarao. Al principio hablan los profesionales, a los que no se les entiende una mierda porque sueltan velocísimo la perorata técnica previa al juicio en sí, de acuerdo con el artículo tal de la ley cual y su puta madre. A continuación empiezo a pillar de qué va el asunto. La acusada incumplió presuntamente una orden de alejamiento y fue a acosar a su exnovio al curro, un taller de bicicletas en el centro. La chica alegaba, entre lágrimas, que perdió la conciencia en el trayecto de la estación de tren de Arc de Triomf al Centro de Cultura Contemporánea, donde iba a ver por segunda vez Big Bang Data, una exposición sobre las bases de datos. Todo muy perturbador: uno, en su asqueroso clasismo, se imagina que estos conflictos pasan entre gente de mundos lejanos, no entre treintañeros con inquietudes peligrosamente parecidas a las mías. Entra el chaval, que relata sereno lo que recuerda; los agentes dieciocho mil y pico, que detuvieron a la mujer cuando el exnovio les llamó, y finalmente la psicóloga en calidad de perito que da un vuelco a mi percepción del asunto, a priori del lado de la acusada. Declara que un trastorno obsesivo no implica amnesia ni una alteración tal de la realidad que le impida olvidar que está bajo orden de alejamiento. Escuchadas todas las versiones, el juez nos pide que salgamos de la sala y yo me voy con un nudo en el estómago, entendiendo mejor a los espectadores jubilados que vienen a la Ciudad de la Justicia en busca de emociones fuertes.

Civil

Un edificio más allá, el de la rama civil, el ambiente es más de alto standing y más sobrio que en penal. Aquí los demandantes y demandados no se distinguen demasiado de los profesionales. Mucho traje chaqueta, mucha americana y corbata, y caras de querer aguantar las sentencias con dignidad aristocrática. Calculo que no tanto por el perfil social de los litigantes, que no tiene por qué diferir mucho de un edificio a otro, como por el tipo de juicios que se celebran. Veo a un tipo solitario al fondo del pasillo al que creo que puedo abordar legítimamente y me dirijo hacia él. Cuando me presento se disculpa y me dice, especialmente incómodo, que no me puede ayudar. Ante mi insistencia me mira con cara de circunstancias y en voz baja, para que no le oiga nadie me suelta: "es que yo... soy detective". Y me voy pitando.

Unos bancos antes, dos tipos con toga charlan de pie entre risas al lado de una mujer sentada, concentrada y seria. Son un abogado y un procurador que finalmente me explican la diferencia entre uno y otro con mutuo pitorreo: "el abogado es el capitán y el procurador viene a ser el marinero", o dicho de otro modo y según el segundo, uno representa y trata directamente con el cliente y el otro hace el papeleo y mueve el caso en la Ciudad de la Justicia. Ambos, en este caso, trabajan para la mujer a nuestro lado, cuyo hijo tuvo un accidente de moto grave que le ha dejado incapaz y del que pide recuperar su custodia. En principio va a ser todo bastante mecánico, porque hay pruebas, todo tiene fundamento, y al fin y al cabo las dos partes, el pobre desgraciado y su madre, en realidad no son más que una, por más que el fiscal tenga que velar porque todo se ajuste a la norma y por los derechos del chaval al que se quiere incapacitar. Quizá en civil, aunque este caso concreto sea triste, no se ve tanto drama humano descarnado como en penal, me cuentan. No hay follones. Como mucho ves a alguien llorando porque se ha arruinado. Aunque también recuerdan la época caliente de los desahucios hace unos pocos años, cuando la Plataforma de Afectados por la Hipoteca venía a dar apoyo a los desahuciados. Alcaldesa de Barcelona incluida.

Antes de irme de este pasillo, veo a una señora muy bien vestida ella que justo acaba de salir de un juicio. No quiere hablar conmigo. Escucho luego que aquella sala hoy va de divorcios y comprendo que la buena mujer no quiera hablarle a la sanguijuela que escribe estas líneas justo al salir del ajo. Ya fuera un grupo de gitanas se están explicando sus cosas animadamente y una de ellas me cuenta que están aquí también por una petición de divorcio, la de su hija, que ya ha tenido suficiente con su marido. "Ahora los gitanos nos divorciamos como los payos", salta otra de sus familiares. Lo de las bodas gitanas era antes.

Mercantil

La de los juicios mercantiles es la última rama en la que me voy a meter. Aquí, en este pasillo algo más oscuro que el resto, me encuentro con Jaume, que no llega a los cuarenta años y para el que también es la primera vez que pisa esta fortaleza. El chaval, con pocos cuartos en la cuenta corriente, tiene un piso de autopromoción y hace un tiempo tuvo que hacer un apaño en casa. El lampista, que según su versión es un pirata sin matices, le dejó colgado sin acabar el trabajo, por lo que Jaume decidió demandarle por incumplimiento de contrato por toda la pasta que le debía y supongo también por el resquemor y el orgullo de cliente herido. Tuvo que pedir justicia gratuita, me cuenta, y se ve que le han tardado ocho meses en contestar. Pero ahora finalmente empieza el juicio y me percato que detrás nuestro está el demandado, el lampista, el pirata en cuestión, hablando con su abogado sobre las elecciones municipales de ayer. "Aquí estamos", me dice Jaume, "en un momento de tensión". Vaya usted a saber, quizá el pirata era Jaume y el pobre lampista, una víctima de un cliente más listo que los ratones coloraos. Por fortuna puedo irme sin juzgar.

Al fondo del pasillo, una unidad aparte, la junta electoral, ya vacía. Aunque aguantará abierta un par de días por si alguien denuncia un pufo con las papeletas, el mosso en la puerta ya no puede con su cuerpo. Me lo encuentro despatarrado en una silla jugando al candy crush y con cara de pedir una muerte rápida por clemencia. Noto de nuevo el tedio escalándome el espinazo y abandono esta ala, con intención ya de irme a mi casa.

De nuevo en el enorme vestíbulo, en el no-lugar aeroportuario, me encuentro a un hombre sentado, con la mirada somnolienta y aspecto derrotado. Pienso que quizá es un jubilado esperando una audiencia pública para echar la mañana, me siento junto a él y le pregunto. Pero resulta que no, resulta que su hijo tuvo un accidente de coche y está detenido. Me dice que lo han venido a buscar y que su mujer está dentro de los juzgados de guardia. Y calla. Después del silencio me espeta que no ha sido nada, que ha sido una tontería, como si yo fuera quién para juzgar el accidente. Como veo que el hombre, no sé si porque está dolido y no quiere hablar o porque tiene sueño, es más bien escaso de palabra, hago que vuelvo a lo mío. Antes de levantarme del banco, por educación y para no sentirme totalmente como una rata, le pregunto si su hijo está bien. Asiente tranquilo.

Un banco más allá, dos señoras con aspecto de alegres pescaderas discuten su jugada. Para una de ellas es la primera vez en un juicio, y están aquí por las preferentes, por las putas acciones fraudulentas que en este caso La Caixa les hizo firmar hace unos años. Una de las señoras está esperando a su abogado para meterse al lío. La otra, solidaria, está aquí para acompañarla porque ella ya ganó el juicio y ha empezado a cobrar. Cuando llega el letrado, se me disculpan, se levantan dignísimas y se dirigen con paso firme a vete a saber qué sala, con la esperanza de devolverle el hostión al banco. Para ellas hoy esto quizá sí estará a la altura de un capítulo de Perry Mason. Y yo, permitidme el chiste antes de irme, aún lo estoy procesando.

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