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Cultură

Fui webcamer a los 13 años

Antes incluso de que se hubiera inventado el sexting, yo ya me desnudaba frente a una webcam para los chicos del instituto.
15.10.15

Imagen vía Bonninstudio vía Stocksy.

Este artículo fue publicado originalmente en_ Broadly_, nuestra plataforma dedicada a las mujeres.

Antes incluso de que se hubiera inventado el sexting, yo ya me desnudaba frente a una webcam para los chicos del instituto. Lo único de lo que me arrepiento es de que me descubrieran.

El mes pasado, hablando con mi padre por teléfono, surgió el tema del sexting. Con un tono de voz que denotaba incredulidad, me preguntó si había oído hablar del chico de 14 años del norte de Inglaterra al que la policía había incluido en su base de datos tras conocer que había enviado por Snapchat a una chica de su edad una foto en la que aparecía desnudo.

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«¿No es terrible? La vida de ese chaval no volverá a ser igual», añadió mi padre, que me explicó que el chico contactó con la policía porque sus fotos habían empezado a circular entre los estudiantes de su instituto. Al otro lado de la línea, yo me limitaba a escuchar, con el corazón encogido y una sensación de opresión en el pecho.

Hablamos sobre aquel chico sin nombre, sobre su vida, sus sentimientos y el calvario que debía de estar sufriendo y que sufrirá durante mucho tiempo. Pero también estábamos hablando de mí.

El término sexting, por supuesto, ha sido acuñado por adultos. Su etimología (contracción de los vocablos en inglés sex y texting) delata desconexión de la juventud y, cuando se usa para describir su comportamiento, suele llevar aparejado el miedo de los padres. Pero el sexting no es algo nuevo, sino más bien el resultado de una evolución natural de la forma en que los adolescentes transmiten su sexualidad en la era digital. Antes de Snapchat estaba BBM, y antes MMS, y antes de que nos hubiéramos lanzado de cabeza a las comunicaciones sexuales virtuales, estaba la humilde webcam.

La webcam, esa pequeña mosca protuberante en la pared, era todo un símbolo de estatus en la era de MSN Messenger. Yo tenía que tener una. Para mi 13 cumpleaños, mis padres me acompañaron a un centro comercial a las afueras de Londres, donde me regalaron mi primer ordenador personal. Solo tenía una exigencia: que el equipo tuviera una webcam. Mis padres, en su ignorancia, no paraban de preguntarme por qué era tan importante para mí que tuviera cámara.

Uno de ellos me pidió que me masturbara, pero me negué.

A decir verdad, había empezado mi viaje por la sexualidad mucho antes de tener en mis manos una webcam. Todo empezó cuando tenía siete años y me escondía en los lavabos de mi escuela femenina, donde aprendí a besar con mis compañeras de clase. Fue pasados los nueve años cuando hice clic por primera vez en un anuncio porno y descubrí que la masturbación podía ir acompañada de vídeos e imágenes.

Mi traslado a una escuela mixta, a los 11 años, coincidió con mis primeras experiencias con los piropos: los hombres que pasaban en coche me decían que tenía un «bonito culo». No solo era consciente de mis propios deseos sexuales, sino también de los de los demás. Ese estado de consciencia me permitió descubrir libremente mi sexualidad a una edad temprana. Al menos, yo lo viví así.

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Dicho en pocas palabras, a los 13 años, tenía un acuerdo con unos cinco o seis chicos del instituto. Me conectaba a MSN Messenger en cuanto llegaba a casa y, como hacía todo el mundo, me ponía a hablar de chorradas con quien encontrara conectado. Pero en el momento en que veía que uno de aquellos chicos iniciaba sesión, interrumpía las demás conversaciones.

Solían pedirme que me desnudara, a veces a medias, otras del todo. Al cabo de diez minutos, la conversación se había acabado y yo pasaba a otro de los chicos. Uno de ellos me pidió que me masturbara, pero me negué.

Después de un año entero feliz con la cámara, mi vida entera dio un vuelco tremendo en el espacio de un día cuando uno de los chicos le contó a su madre lo que hacíamos, o quizá la madre lo descubrió. Aunque la mayoría de los chicos de mi año estaban más o menos al tanto de mis actividades, era inaceptable que aquello trascendiera el círculo de personas que estábamos implicadas.

Mi primer día del noveno año en el instituto, sabía que todo el mundo lo sabía. Mis padres lo sabían; los padres de los otros estudiantes lo sabían; estoy segura de que incluso todos los profesores de mi pequeño instituto lo sabían. Cuando llegué a casa, encontré una carta escrita a mano por mis mejores amigas en la que decían que lo que había hecho era asqueroso y que, por esa razón, no querían que se me siguiera relacionando con ellas. Me había convertido en una paria.

Se esperaba que los chicos de mi edad tuvieran el deseo sexual agudizado, pero, ¿qué pasaba con mis deseos y mi disfrute? Eso era intolerable.

Aparte de la bronca que recibí –mezcla de enfado, asco y decepción-, prácticamente no hablé del tema con mis padres. Aunque tanto mis profesores como mis compañeros coincidían en que lo que había hecho estaba muy mal, nunca recibí algún tipo de consejo o apoyo en el instituto. Mis padres me quitaron el diario y lo examinaron por si encontraban más pruebas de mi conducta inaceptable; además, me impusieron un toque de queda y vigilaban constantemente mis idas y venidas.

Aprendí mi primera lección sobre doble moralidad al comprobar que los chicos que también eran cómplices de aquello no parecieron sufrir ningún tipo de castigo en el instituto. Ellos recibían una palmadita en la espalda de sus compañeros. Yo era una puta.

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Empecé a autolesionarme y desarrollé una dismorfia corporal que plantó la semilla de los trastornos alimentarios que sufriría en los últimos años de mi adolescencia. Había pasado de ser una niña precoz y segura de sí misma a empezar a cuestionar cada aspecto de mi ser. No sabía si lo que había hecho estaba bien, como tampoco sabía si lo estaban el placer y las sensaciones que aquello me producía. Se esperaba que los chicos de mi edad tuvieran el deseo sexual agudizado, pero, ¿qué pasaba con mis deseos y mi disfrute? Eso era intolerable.

Mi identidad y autoestima se evaporaron.

Cuando pienso en aquella época, con la webcam, recuerdo estar en paz conmigo misma. Yo quería ser sexual. Escogí aquel camino. Para mí, desnudarme frente a una cámara era una decisión informada y totalmente consentida. Mis desnudos ante la lente no cambiaron nada en mí; fue la reacción ante ese hecho lo que acabó por destruir la percepción que tenía de mí misa y de mi sexualidad.

Quizá sea un caso excepcional. No es fácil encontrar información sobre la actividad sexual de los niños en el Reino Unido. Y aunque la hubiera, sería imposible determinar qué actividades son fruto de la presión social y la coerción y cuáles no. Según la ley, lo que yo estaba haciendo, sin saberlo, es crear y distribuir pornografía infantil. Sin embargo, las sesiones de webcam no solo me ayudaron a comprender mejor mis preferencias sexuales, sino que me aportaron seguridad. Por otro lado, el exhibicionismo me excitaba. El verdadero perjuicio para mí llegaría un año después.

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«Todo el mundo tiene derecho a expresar su sexualidad siempre y cuando al hacerlo no perjudique a nadie, incluso al conjunto de la sociedad», me explicó la Dra. Fiona Grey, de Rape Crisis South London. «Por nuestra experiencia con la gente joven, vemos que, realmente, el sexting raramente es una forma de expresión libre, sino que suelen producirse en contextos de coerción y represión».

Por difícil que pueda parecer a legisladores y educadores, yo decidí desnudarme frente a una cámara.

Por tanto, ¿de qué sirve mi consentimiento como niña de 13 años cuando las otras partes implicadas no tienen la edad para dar el suyo? Pues de nada, a ojos de la ley. En el Reino Unido, los legisladores no consideran que los menores pueden tomar decisiones informadas en lo referente a su comportamiento sexual, por lo que ni instituciones ni organizaciones están por la labor de cuestionarse ese aspecto cuando se encuentran con tales casos.

Al igual que el chico de 14 años de Inglaterra, yo tampoco era consciente de las consecuencias jurídicas que podían tener mis actos. «Rape Crisis South London celebra charlas en institutos sobre la distribución de imágenes de contenido sexual y de la legislación que las regula, y los jóvenes siempre se sorprenden de que puedan sancionarlos por distribuir o crear contenido pornográfico infantil», explica la Dra. Grey. A la pregunta de si considera que se podría enseñar a los niños a respetar la intimidad de los demás con el fin de crear un entorno «más seguro» para el sexting, Grey responde: «El problema no está en el respeto por la intimidad. Las imágenes de contenido sexual se utilizan como moneda de cambio entre los jóvenes; se anima a los chicos a compartir las imágenes de chicas que hubieran recibido para probar su masculinidad y heterosexualidad».

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Por difícil que pueda parecer a legisladores y educadores, yo decidí desnudarme frente a una cámara. Siempre mantendré eso. Si se hubiera inculcado a mis compañeros un acercamiento sensible y respetuoso a la comunicación sexual digital, en lugar de prohibirla por completo, se podría haber minimizado el daño que yo y quienes hayan estado en mi situación hemos sufrido.

La sexualidad infantil es un tema tremendamente tabú. Mientras que los medios de comunicación abruman a las jóvenes con mensajes contradictorios en los que se halaga y condena el cuerpo femenino y su capacidad sexual, las verdaderas experiencias de los menores se ocultan bajo la alfombra. No sabría decir hasta qué punto mi sexualidad en aquel entonces estaba influida por esos mensajes o si se trataba de un proceso natural, pero lo que sí sé es que me encontraba cómoda conmigo misma mucho antes de que quienes me rodean me hicieran sentir lo contrario.

Hace pocas semanas salió a la luz otra historia sobre un chico de 17 años de Carolina del Norte que había sido condenado explotar sexualmente a su novia de 16 años tras haberse descubierto los mensajes sexuales que habían intercambiado. Casos como este aparecen con demasiada frecuencia, sin que haya intención por parte alguna de modificar la legislación al respecto. La normativa que regula la edad de consentimiento son necesarias para proteger a los menores de la pedofilia y el estupro, pero en estos casos pueden acabar haciendo más mal que bien a los niños y adolescentes afectados.

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Un abogado de derechos humanos y de derecho público que ha preferido mantener su identidad en el anonimato afirmó que los legisladores todavía están tratando de ponerse al día en lo que respecta a la sexualidad de los adolescentes de hoy en día. «Es un ámbito en que la vida y las ganas de experimentar de los adolescentes choca con las pretensiones de la ley», afirma. «Por tanto, lo difícil para un legislador es crear un marco legal que proteja a los niños del abuso y la explotación y que, a la vez, se ajuste a sus comportamientos».

Desde el punto de vista jurídico, parece que poco se puede hacer al respecto. «Sería una jugada muy arriesgada tratar de adaptar la ley a las diferentes formas de experimentación de los jóvenes con la amenaza del abuso siempre presente», continuó el abogado. «Todas las opciones debatidas llevan a la conclusión de que un cambio de este tipo equivaldría a una invitación a la pedofilia».

Pero no se puede evitar que los adolescentes experimenten, ya sea mediante el sexting o webcams, por lo que deberíamos centrarnos en ofrecer más seguridad y apoyo a los jóvenes ante su decisión de llevar a cabo actividades sexuales, ya sea en internet o en la vida real. Resulta descorazonador ver que –como en mi caso- la sociedad sigue sin estar preparada para apoyar a los menores en sus comunicaciones de carácter sexual.

Me siento afortunada de no haber acabado en la base de datos de la policía por lo que hice a los 13 años, pero no he tenido tanta suerte con el trato recibido después de aquello. Ningún niño debería sufrir las consecuencias que yo sufrí, y mucho menos acabar con antecedentes penales por ello.

Traducción por Mario Abad.