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La bofetada otomana de Turquía: el retrato de la jornada electoral de una nación dividida

Erdogan farda de victoria en las urnas, pero sigue siendo una figura odiada por muchos.
1.4.14

Carteles en los que se exhibe la imagen de Erdogan y su “VOLUNTAD DE HIERRO”. Todas las fotos por el autor.

En Estambul confluyen dos continentes y dos identidades. Aquí reside una población que se debate entre los intereses de Oriente y Occidente. La ciudad se ha convertido en una zona de combate cultural con dos adversarios: una Turquía republicana, laica y con las miras puestas en Europa y un imperio neoislámico cada vez más autoritario.

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En estos momentos, una gran profusión de banderas y carteles inundan las calles, los puentes y las avenidas de Estambul. Los carteles naranjas, azules y blancos del Partido Justicia y Desarrollo (o AKP) ofrecen un contrapunto al gris monótono del hormigón. A pesar de que, a principios de mes, manifestantes antigubernamentales arrancaron muchos de ellos, los carteles volvieron a empapelar la ciudad de la noche a la mañana, en vísperas de las importantes elecciones que se celebraron el fin de semana pasado. Las banderas van siempre acompañadas por las imágenes de rigor del fundador del partido, el Primer Ministro más poderoso de la historia de Turquía: Recep Tayyip Erdogan.

En una esquina de mi calle hay un cartel de cuatro pisos de altura donde puede verse a Erdogan con semblante duro y decidido. Solo figuran dos palabras: “SAGLAM IRADE”, o “VOLUNTAD DE HIERRO”. Frente a él hay desplegadas varias cámaras de la CCTV, el conjunto parece una especie de monumento al mandato omnipresente del personaje más divisionista de Turquía.

Generalmente, unas elecciones locales se caracterizan por ser actos aburridos en los que se tratan temas de lo más cotidiano, como la recogida de basuras o las zonas de aparcamiento. Sin embargo, las elecciones de Turquía del domingo se convirtieron en noticia de portada internacional. Los autobuses de AKP recorrían las calles de Estambul proclamando una y otra vez el nombre de Erdogan por los altavoces, coreado a su vez por millones de sus simpatizantes que habían acudido a los mítines del partido y estaban deseosos de votar. Por lo visto, la característica clave de la política turca es la personalidad, no la ideología. Eliges al tío que te gusta. Al que mejor representa tu identidad como turco, islámico o europeo. En Oriente o en Occidente.

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Anteayer, tras la declaración de victoria de Erdogan en unas elecciones que no solo sirvieron como referéndum de su gobierno sino también como reflejo de la identidad de Turquía, quedó manifiesto que la gran mayoría del país se considera más de Oriente. Este supuso un final incierto a una caótica quincena salpicada de escándalos, agitación y represión. Nueve días antes de las municipales, se prohibió Twitter. Aquellos turcos que intentaban utilizar la red social comprobaban cómo se les redirigía a una declaración del organismo regulador de las telecomunicaciones turco, en la que se citaba una resolución judicial por la que se aplicaban “medidas de protección” contra la red social.

En un acalorado discurso antes de la prohibición, Erdogan declaró, “Arrancaremos todo eso de raíz. La comunidad internacional puede decir lo que quiera. No me importa en absoluto. Todo el mundo va a ser testigo del poder de estado de la República de Turquía”.

Días después, la prohibición se extendió a YouTube. Ambos medios habían sido utilizados para difundir informaciones embarazosas que supuestamente ponen en evidencia la corrupción del gobierno y entre las que se encontraba la grabación de una reunión de seguridad de alto secreto en la que las personalidades más poderosas de Turquía barajaban la idea de un ataque militar a Siria. En el audio también se oían voces planteando la posibilidad de lanzar un misil a la tumba de Suleimán Shah, abuelo del fundador del Imperio Otomano, en la frontera con Siria. El plan era utilizar este ataque como pretexto para iniciar una ofensiva militar y, en un alarde de patriotería, ganar más votos para Erdogan.

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Se cree que las filtraciones son obra del predicador islámico Fethullah Gulen, quien una vez fue aliado de Erdogan y líder exiliado de un movimiento clandestino cuyos simpatizantes ocupan cargos de importancia clave en la administración pública, el sistema judicial y la policía. La feroz reacción de Erdogan a las filtraciones no ha supuesto ningún varapalo para su sólido electorado, que continuará apoyándole pase lo que pase.

“Twitter no es inocente, y lo sabes”, me dijo un simpatizante de Erdogan en un mitin multitudinario a favor del gobierno, días antes de los comicios. “La gente se emborracha y luego se ponen en contacto por Twitter. Luego salen a la calle y lo destrozan todo, amigo”.

A ese mitin asistió un millón de simpatizantes de Erdogan, un acto de apoyo al Primer Ministro y a la Turquía neoislámica que representa. Le pregunté al tipo que cree que Twitter está lleno de gamberros borrachos qué pensaba sobre las filtraciones. Me dijo que creía que era verdad, pero que no le importaba. Él creía en Erdogan, en la Turquía que representaba, esa Turquía conservadora, que da la espalda a Occidente y que tanto odian los turcos laicos.

Simpatizantes de Erdogan en un mitin de AKP previo a las elecciones

Es día de elecciones en Kasimpasha, el barrio conservador de clase obrera en el que Erdogan nació, se crió y jugó a fútbol con la camiseta del Kasimpasha FC. Si hay algún barrio en Estambul en el que adoren a Erdogan, ese es Kasimpasha. Pero el día de las elecciones locales, las oficinas del AKP estaban cerradas a cal y canto y en las paredes había pintado las letras “CHP”, que corresponden a las iniciales del partido de la oposición.

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“Ni siquiera le digo a mi familia a quién voto”, asegura Memet Kaplan, vecino de Kasimpasha de toda la vida, después de que le hubiera preguntado qué partido había elegido. “Pero ya te digo yo que hoy Erdogan y su partido van a perder muchos votos en Kasimpasha”. Kaplan siempre había votado a Erdogan y a su partido. Sin embargo, dice, la reciente prohibición de YouTube y los continuos enfrentamientos en las calles entre los opositores al gobierno y la policía hicieron que el Primer Ministro perdiera mucho apoyo antes de las elecciones.

“Erdogan perjudica los negocios”, continúa Kaplan, refiriéndose a la tienda de plata que regenta en Istiklal Caddesi, el principal eje comercial de Estambul. Recientemente, esta avenida ha sido el escenario de los enfrentamientos entre manifestantes y policía. “Los turistas tienen demasiado miedo como para venir de vacaciones”.

Esta semana he dado un apretón de manos a todos y cada uno de los principales candidatos a la alcaldía, incluso al propio alcalde. No por voluntad propia, ojo. Es que ahora les ha dado por llevar su agresiva campaña electoral a las cafeterías, también. La participación en las elecciones fue masiva. En el momento en que escribía estas líneas, se informaba de que habían votado 53 millones de turcos en más de 194.000 colegios electorales de todo el país. Pero el ambiente ha sido tenso. Hasta el momento, han muerto al menos ocho personas en enfrentamientos entre simpatizantes de distintos partidos.

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“Hoy es la primera vez que voto!, dijo Elif Izvatlioglu, vecino del barrio de Cihangir, de marcada ideología secular. “No creo en el sistema electoral, pero esto es importante. Tenemos que deshacernos del régimen del AKP”.

Hubo un tiempo en que Erdogan y su régimen eran venerados. Hace tres años, cuando el mundo árabe se alzó para reivindicar democracia, el Primer Ministro turco se tomó como paradigma de la convivencia entre el Islam y la democracia. No solo era alabado en el extranjero, sino también en su propia tierra. Bajo su mandato, Turquía vivió un periodo de prosperidad financiera y de modernización y puso fin al poderío militar reinante, eliminando así la amenaza de los golpes militares que habían estado aterrorizando al país con demasiada frecuencia. Incluso algunos de mis amigos más laicos me han confesado que les gustaba lo que Erdogan había hecho por el país.

La policía utiliza gas lacrimógeno contra los manifestantes en la plaza Taksim el año pasado

Pero las cosas cambiaron cuando la policía arremetió con violencia contra una sentada pacífica organizada para evitar que el parque Gezi se convirtiera en un centro comercial de temática otomana. La sociedad acabó dividiéndose el verano pasado y los disidentes ocuparon el centro de Estambul. Así se abría un mal periodo para Erdogan, que reaccionó con la agresividad propia de los líderes de Oriente Medio de quienes se suponía que él era la antítesis. A lo largo del año pasado, Erdogan ha caído en una especie de autoritarismo engañoso, haciendo la vista gorda a la desmesurada intervención de la policía en las manifestaciones, aprobando leyes antiliberales que conceden al gobierno un mayor control sobre el sistema judicial y de seguridad, encarcelando a sus oponentes y censurando a los medios e internet.

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El sábado, antes de la crucial votación, Erdogan lanzó otro de sus característicos ataques al enemigo. “Son todos unos traidores”, bramó a sus simpatizantes en un mitin, “démosles una bofetada otomana”.

Ya oscurecía y los colegios electorales estaban cerrando cuando cogí un ferry hacia la parte asiática de la ciudad. Allí se habían reunido los jóvenes de ideología laica y contrarios a Erdogan para conocer los resultados de las elecciones y ver exactamente quién iba a recibir la bofetada. Un MacBook proyectaba tuits prohibidos en un televisor, a la vez que las noticias de última hora. Los asistentes bebían cerveza y raki, preparándose para celebrar la victoria o para ahogar la pena de la derrota. Todos habían votado. Uno de ellos incluso había viajado siete horas desde su ciudad natal para depositar su voto allí donde consideraba que hacía más falta.

“¡ANKARA ROJA! ¡ESTAMBUL ROJO!”, coreaban los jóvenes, brindando con sus bebidas y bailando. En un mapa electoral que aparecía por televisión se veía que la capital, Ankara, y Estambul, el alma de Turquía, estaban teñidas de rojo sangre. Eso quería decir que el partido de la oposición, el CHP, fundado por el padre de la Turquía moderna Mustafa Kemal Ataturk, iba en cabeza.

Sin embargo, los ánimos pronto se ensombrecieron con el anuncio de la NTV, una cadena muy vinculada al Gobierno, de que el AKP iba ganando los comicios tanto en la capital como en Estambul. A partir de ese momento, todo fue algo extraño. Cada cadena informaba de unos resultados diferentes. Un reportero de la agencia de noticias Cihan declaró en público que la Agencia Anadolu estaba manipulando los resultados a favor de Erdogan. Desde el sitio web de CHP se aseguraba que habían logrado la victoria en Ankara y Estambul; el sitio web del AKP decía que eran ellos quienes llevaban la delantera.

Un grupo de turcos contrarios al régimen de Erdogan observan el desarrollo de los resultados

“Ayman, según la Agencia Anadolu, estos son los resultados de las elecciones”, me dijo un amigo entre risas mientras me mostraba un iPhone. En la pantalla había una imagen de Turquía, Europa, Rusia, Oriente Medio y el Cáucaso. Todo el mapa estaba de color naranja, el color del AKP. “Al menos, todavía podemos hacer bromas”.

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Un amigo me llamó. La policía había precintado la plaza Taksim, centro de celebración de las dramáticas manifestaciones del pasado verano contra el gobierno de Erdogan. La policía, me comentó, había salido a la ciudad armada hasta los dientes y con vehículos blindados.

“¡Cabrones!, gritó alguien. “Eso es porque nos están engañando y esperan que nos enfrentemos a ellos”.

Empañadas por el raki y la información contradictoria, empezaron a filtrarse extrañas historias desde Twitter. Había habido apagones repentinos en cuatro provincias turcas. Cuando volvió la luz, los resultados electorales se habían inclinado a favor del AKP. Siempre se había creído que las elecciones en Turquía eran un proceso ecuánime y libre, supervisado por el Yuksek Secim Kurulu —órganos de control electoral independientes—. Sin embargo, cuando por fin llegaron los resultados, enseguida se extendieron las acusaciones de manipulación de las urnas entre los ciudadanos contrarios a Erdogan. “Se supone que es independiente, pero nada en Turquía lo es ahora”, me gritó alguien.

Las estadísticas iban mostrándose poco a poco en la pantalla. Se derramó bebida y corrieron las lágrimas. Se pronunciaron juramentos. Ni Estambul ni Ankara iban a ser dominio laico, esta vez. “Uf, Ayman, tío, tienes suerte de no ser turco”, me dijo un amigo, porque Erdogan había salido victorioso nuevamente y Turquía volvía a tener que someterse a su liderazgo. El Primer Ministro, que había depositado su voto en Estambul el domingo por la mañana, había dado a sus oponentes una potente bofetada otomana.

“La gente ha hablado”, dijo tras declararse vencedor. “Doy las gracias a todos los que habéis rezado por nuestra victoria en todo el mundo”. Desde un balcón en Ankara, flanqueado por los mismos familiares y ministros a los que se había acusado de corrupción, se dirigió al pueblo de Turquía diciendo que habían “protegido la lucha por la independencia de la nueva Turquía”.

Pero, ¿adónde, exactamente, va esta nueva Turquía? Parece que Erdogan ha tenido el mismo maestro que Putin y planea ocupar la presidencia o cambiar las reglas que le permitan gobernar por cuarto mandato como Primer Ministro. Pero no va a ser tan fácil. Estuvo muy cerca en Estambul y Ankara. Turquía sigue dividida y la oposición sigue asegurando que todavía quedan votos sin contar en ambas ciudades. El domingo se tornó en lunes y Turquía se sentía una nación dividida. El final de las elecciones se asemejaba más a una breve tregua que a una aceptación de la derrota por parte de alguno de los dos bandos.

Estas elecciones, no se ha producido ni un resurgir del laicismo ni una celebración plena del conservadurismo. Los enemigos de Erdogan no han sido capaces de acabar con el dominio del AKP ni siquiera cuando el Primer Ministro es objeto de acusaciones de escándalo. Pero la oposición contra su figura continúa, y se hará patente en forma de puro desafío o de renuncia apática.

@AymanOghanna