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¿arde Napster?

Una de las mejores cosas que le hayan sucedido a internet fue la creación de Napster 1.0. No era un simple servicio de intercambio de archivos inventado para que los universita-rios se apropiaran de canciones de Snoop Dogg. Era, más bien, un gigantesco...
Ellis Jones
London, GB
1.12.10

ENTREVISTAS DE ELLIS JONES

Una de las mejores cosas que le hayan sucedido a internet fue la creación de Napster 1.0. No era un simple servicio de intercambio de archivos inventado para que los universita-rios se apropiaran de canciones de Snoop Dogg. Era, más bien, un gigantesco bazar en el que todo el mundo tenía acceso a prácticamente cualquier estilo musical jamás creado. A los pocos meses de su lanzamiento en verano de 1999, millones de personas descargaban a través de Napster raros artefactos imposibles de encontrar en otra parte. Incluso los etnomusicólogos lo utilizaban para localizar grabaciones largo tiempo perdidas. Para fans de la música y buscadores de rarezas, Napster era la puerta de acceso a las canciones publicadas en su día por sellos como Folkways y Melodiya. Y no sólo era accesible, también era rápido como las balas.

Evidentemente, los ejecutivos de las compañías discográficas y los artistas populares, temerosos de quedarse con los bolsillos vacíos, vieron Napster como el más grande de los demonios; en base a ese miedo no tardaron en actuar, lo cual se convirtió a la postre en el catalizador de la desaparición del servicio.

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Antes de su caída, no obstante, hubo personas que encararon el tema de Napster desde una posición intermedia: pese a estar de acuerdo en que fomentaba la piratería, aprovecharon la coyuntura para abrir un debate sobre el futuro de la industria musical y las nuevas tecnologías, y lo que todo ello en conjunto significaba para nuestra generación. Diez años después, despejado hace largo tiempo los humos del incendio, nos citamos con dos de aquellos instigadores: John Fix, inventor de los famosos “huevos de cuco” de Napster, y Tyler Stewart, el batería de, ehem, Barenaked Ladies.

Vice: Hace diez años, tú y tu hermano Michael dejabais en Napster huevos de cuco, temas sin sentido con el mismo título que canciones populares, que los incautos descargaban creyendo que eran las auténticas. La notoriedad fue tanta que incluso salisteis en la cadena CNN y el New York Times. Puesto que ninguno de los dos era artista, ¿por qué asumir la responsabilidad de sabotear Napster?

John Fix:

Cuando apareció Napster no tardé en descargar el programa, pero mi hermano no se mostró ni mucho menos tan entusiasta. Su esposa, Stephanie, intentaba ganarse la vida con su música. Napster les inquietó, les preocupaba que a los artistas no se les pagara por la distribución de sus canciones. Ella pensaba, “Eh, ¿se está viniendo abajo la industria de la música justo ahora que empezaba a abrirme camino?”

¿Opinabas lo mismo que ellos? ¿Que Napster no era una herramienta de intercambio sino de piratería a nivel mundial?

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Yo tenía opiniones encontradas. Por un lado estaba de acuerdo en que debía haber alguna manera de compensar a los artistas, pero la tecnología estaba avanzando tan rápido que comprendí que no había más remedio que intentar moverse al ritmo de los tiempos.

Una de la pegas que le veía a Napster era que podías encontrar ocho versiones diferentes de la misma canción, de calidad variable y por lo general baja. ¡Algunas ni siquiera eran la correcta! La gente se bajaba tantos archivos que ni siquiera dedicaban tiempo a escucharlos. Se me ocurrió que esa podía ser una forma de usar Napster para dar a conocer la música de Stephanie. Cogeríamos una de sus canciones y la retitularíamos como algo que tuviese gran atractivo para los usuarios de Napster. Por ejemplo, “American Skin (41 Shots)”, de Bruce Springsteen.

Pero en vuestra web lo calificabais de “hacktivismo”. ¿Suponía un atractivo añadido el estar saboteando un programa popular?

Sin duda. Yo fui al MIT (Massachusetts Institute of Technology) un par de años, tenía cierto historial al respecto. Y en términos de hacking resultaba bastante sencillo. Era una broma, algo inofensivo, no era como si estuviéramos robando números de tarjetas de crédito.

¿Exactamente, qué intentabais conseguir?

No había un plan de negocios detrás. Más que nada, yo diría que la razón para hacerlo fue su valor hacker; era divertido. Los motivos de Michael eran otros. Por un lado quería parar Napster y por otro utilizarlo para promocionar la música de su esposa. Llegado un punto empezamos a recibir el rechazo de la gente: “Vosotros no queréis hackear Napster, queréis hacerle publicidad a Stephanie”. Ahí fue cuando empezamos a coger canciones legítimas y llenar la parte central de ruidos; por ejemplo, el sonido de un reloj de cuco repitiéndose en bucle. Eso lo cambió todo. El

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New York Times

se puso en contacto y nos ofreció una entrevista. Nos dimos cuenta de que necesitábamos una página web desde donde dejar claras nuestras intenciones.

¿Recibíais mensajes de odio?

Por supuesto. Mensajes de gente muy cabreada y también de gente a la que le parecía muy divertido.

La web apunta de forma explícita que vuestra intención no era ayudar a la industria musical.

La industria estaba compuesta básicamente de hombres rechonchos de mediana edad. Lo que nosotros queríamos era dar con alguna solución para que los artistas recibieran algún dinero. Un par de años después, varias compañías cogieron nuestra idea, la convirtieron en un modelo de negocio y vendieron sus servicios a los sellos. Aquello nos escoció mucho.

Creando los huevos de cuco, inadvertidamente le echasteis un cable a las discográficas. Bastante irónico.

Pues sí. Pero polucionar los archivos sirve para que los hackers se tomen como un reto crear versiones mejores de los programas de intercambio. Cuando una compañía dedica dinero a poner archivos ful en internet, están gastando el suyo y el de los artistas.

Echando la vista atrás, ¿cómo te sientes ahora respecto a todo aquello?

Bueno, lo único que hacíamos era añadir un poco de ruido a las canciones. Y al final lo dejamos correr. Pero, mira, volvería a hacerlo, y esta vez mejor. No estaba intentando acabar con Napster sino señalar sus defectos. Con los huevos de cuco esperaba que la gente se diera cuenta de que de vez en cuando es conveniente hacer una revisión de los miles de archivos que tienen en el disco duro. Es la mentalidad del hacker que hay en mí la que me hace darme cuenta de que el usuario medio no comprende las ramificaciones de lo que hace. Y, en segundo lugar, mi idea era que aquello serviría para que los usuarios pensaran, “Eh, ¿cómo estoy compensando al artista?”. Yo no haría que arrestaran a nadie por intercambiar archivos, pero siempre he creído que Napster abrió una enorme lata llena de gusanos. La tecnología avanzaba tan rápidamente que pensé ponerle un palo en la rueda para que fuese un poco más lenta y la gente se detuviera a analizar y, en última instancia, solucionar el problema. Y la verdad es que fue bastante fácil de solucionar.

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Y ahora, por primera y última vez,

Vice

habla con un miembro de Barenaked Ladies, que si hemos de ser sinceros parecen buena gente.

Vice: Allá hacia el año 2000, tu grupo dispuso para descargar una serie de canciones que en realidad eran una especie de troyanos. Los usuarios, en vez de obtener lo que creían que era vuestro más reciente single, descargaban un anuncio de vuestro siguiente álbum, Maroon. ¿Por qué?

Tyler Stewart:

Bueno, en 2000 habíamos firmado por un sello grande, Reprise Records. La idea fue de ellos.

¿De verdad?

Sí, de verdad. Nosotros no sabíamos demasiado de intercambio de archivos. Y francamente, no teníamos ni idea de que se convertiría en el futuro del negocio. Las discográficas tampoco. Les cogió con los pantalones bajados. Aquellos tiempos—finales de los 90, primeros 2000—fueron la cima del negocio en cuanto a ventas de discos. Y nosotros estábamos allí, en el mismísimo centro. Durante diez años habíamos luchado por hacernos un nombre, pateándonos los escenarios, abriéndonos camino poco a poco. Y cuando finalmente alcanzamos el éxito, llega Napster. El grupo vendía millones de discos y la compañía, obviamente, lo vio como una gran amenaza.

Al igual que algunos artistas. El más recordado es, sin duda, Lars Ulrich, de Metallica, por sus rabietas y juicios contra Napster. Pronto le siguieron Dr. Dre y otros. Vosotros, por el contrario, no estabais contribuyendo a la aniquilación de Napster, ¿no?

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No. Yo creo que aquellos estaban cabreados porque no alcanzaban a ver el conjunto de las cosas. Es ahora cuando la mayoría de artistas han visto que la batalla de las discográficas era por vender hasta el último CD y que los artistas no les importaban un pimiento. Ahora el CD es un formato desfasado. ¿Cómo es que las compañías no lo vieron venir? Tendrían que idear un método para obtener provecho del intercambio de archivos.

iTunes es un buen ejemplo de cómo están empezando a darse cuenta de por dónde van los tiros. Cuando Reprise vino con la idea de las descargas troyanas, ¿os dieron al menos la oportunidad de hacerlas a vuestra manera?

Sí. Nuestro enfoque era hacerlo a modo de broma, recordarle amablemente a la gente, “Eh, que esto es ilegal” sin acudir a un juzgado con un fajo de documentos legales bajo el brazo, como hizo Lars. En sus inicios, los usuarios de Napster ni siquiera sabían que lo que hacían era un robo. Coleccionistas y amantes de la música instalaban Napster y, de repente, toda pieza musical jamás grabada estaba ahí, disponible sin moverse de sus casas. Ya no tenían que ir a una tienda para que un dependiente esnob les mirara por encima del hombro.

¿No os preocupaba mosquear a los fans? ¿O quizá fue esa la razón de que vuestro enfoque fuera suave y humorístico?

Nosotros éramos escépticos respecto a esa idea, y ponerla en práctica en tono de humor era nuestra forma de combatirla. Si eras fan de Barenaked Ladies siempre podías esperar de nosotros algo jocoso o poco trillado. Nuestros fans, en general, se tomaron la broma muy bien. Si alguien es fan, fan de verdad, comprará tus discos igualmente o encontrará otra forma de hacerse con tus canciones.

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De poder cambiar las cosas, ¿afrontaríais ahora aquella situación de otra manera?

No. Para nosotros era parte de la maquinaria promocional, lo mismo que tocar gratis en un programa de radio o hacer entrevistas. Entonces no nos dimos cuenta de que era parte de un cambio sociológico mayor en cuanto a cómo escucha música la gente y cómo entiende los negocios. Hoy, la industria del disco agoniza, y a mí me da igual. Y no creo que a la mayoría de artistas les importe una mierda si el presidente de una compañía discográfica pierde su trabajo. Si les apasiona, la gente seguirá comprando música. Hay que buscar maneras de mantener interesada a la gente. Y creo que la respuesta está en todo lo que facilite las cosas, como Napster. Los sellos escondían la cabeza en la arena como los avestruces.

Demasiado asustados para aceptarlo.

Bueno, es que eran los que más tenían que perder. Y lo perdieron. Yo creo que a estas alturas ya podemos declarar la batalla terminada. Una de las cosas buenas es que la gente que ha quedado en el negocio—ya sabes, sellos pequeños y jóvenes con pasión—es la que realmente tiene ideas nuevas. Este ha de ser un negocio para gente de mentalidad abierta que sabe sobrevivir con ideas innovadoras, porque la forma de antes de hacer las cosas ya no sirve. Durante años los artistas sufrieron porque los sellos les estafaron hasta lo indecible.

Napster fue el “Jódete” de esta generación al negocio discográfico.

Tanto si los artistas se dieron entonces cuenta o no, sirvió para algo. Puedo entender por qué lo veían como una amenaza, pero a fin de cuentas provocó el principio del fin de un sistema que llevaba años explotándolos. Así es como hay que verlo. Se necesitan nuevos métodos, y habrán nuevos métodos. Los tipos que empezaron Napster, los locos de la tecnología que idearon el intercambio de archivos; esa gente son el futuro. Y nosotros, los artistas, tenemos que buscar formas de aprovechar lo que nos ofrecen, no intentar destruirlo.