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Cultură

Berlín, ciudad de sombras

La Motzstrasse es el epicentro de la escena sexual gay berlinesa.
1.12.09

(*Berlín, ciudad de sombras)

POR THOMAS KLEINHOLZ

ENTREVISTAS ADICIONALES: PATRIK ZBORIL & BARBARA DABROWSKA

ILUSTRACIONES DE LAURA PARK

DEMASIADO TRISTE

La Motzstrasse es el epicentro de la escena sexual gay berlinesa. Aquí se pueden encontrar consoladores, poppers, utillaje y material gráfico S&M, gorras, pantalones, chalecos y collares de cuero, máscaras, arneses, anillos para el pene, lubricante anal, bolas chinas, esos dildos que tienen una especie de falsa cola de caballo para que parezcas un poney cuando lo llevas incrustado en el ojete, antifaces, látigos, pomada para el bigote y un montón de clases diferentes de condones.

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Es también el vecindario al que hay que acudir si lo que se busca son cines porno, bares gay, salas oscuras en las que joder con completos desconocidos y, tristemente, niños chaperos de la Europa del este. Imposible no fijarse en los hombres alemanes y turcos que merodean por el barrio: gente de pelo blanco, manos sucias, trajes típicos de pensionista y predilección por el sexo con chicos menores de edad.

Si les preguntas a los habitantes del vecindario acerca del negocio del sexo con menores que abunda en la zona, obtienes como respuesta caras impávidas, miradas huidizas y un apresurado mutis. Lo mismo sucede con los propietarios de las tiendas. Nada está dispuesto a confirmar lo que es un secreto a voces en todo Berlín: esos extranjeros bien vestidos que llevan por el parque a jovencitos que arrastran los pies, les conducen a los cines porno y les esperan a la salida, son proxenetas, y los chicos son prostitutos.

Uno de esos cines está es la Martin-Luther-Strasse. Es un lugar que chulos y muchachos suelen frecuentar, atendiendo las citas de clientes aburridos que buscan algo más que un vulgar desnudo o una charla subida de tono. En el interior hay mucho ruido y apesta a sudor, corridas y desinfectante. Chicos con miradas esquivas vagan arriba y abajo por el local. Los sonidos de los DVD’ s porno, procedentes de las cabinas, se entremezclan en un confuso barullo. Bajo la condición de mantener su anonimato, el chico que atiende detrás del mostrador nos cuenta que los chavales vienen a menudo en busca de clientes. “Se quedan esperando en el vestíbulo y abordan a los adultos que entran”, dice. “Hablan unos segundos y después desaparecen juntos en una de las salas privadas”. Para los jóvenes prostitutos, este sitio es perfecto. No hay policía y la afluencia de hombres ansiosos es constante. El problema es que es un local pequeño y sólo pueden trabajar dos chicos a la vez. Los demás se quedan en el parque entre Ecke Fuggerstrasse y Eisenacherstrasse; día y noche, apoyados en las verjas a la espera de clientes. No se nos escapa la dolorosa ironía de que estos chavales, de edades comprendidas entre los 9 y los 15 años, ofrezcan sexo mercenario no muy lejos de un parque infantil. La mayoría son albaneses y rumanos que prácticamente no hablan inglés ni alemán. Conversan entre ellos en sus lenguas nativas sin que sus chulos, al otro lado de la calle, les quiten el ojo de encima. Por supuesto, no es aquí donde se cierran los tratos. Esto no es sino una base de operaciones. A los chicos los recogen los clientes en cualquier otro sitio, caminando por la calle. Cuando uno de ellos regresa con el dinero, se envía a otro a “dar un paseo” en su lugar.

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Nos fuimos a “pasear” con uno de ellos. “Mientras le lleve dinero a mi jefe, no hay problema”, nos dice. Dice también que podemos llamarle Petre, aunque no es su verdadero nombre. Viste tejanos ceñidos, chaquetilla negra y pendientes con falsas piedras preciosas, un estilo diseñado con todo cinismo por los proxenetas para atraer a los gays viejos. Petre es de estatura pequeña y va muy bien arreglado. “A mí no me gusta esta ropa”, dice. “Normalmente no la llevaría, pero es como ponerse un uniforme, ¿sabes? Me la pongo cuando trabajo”. A Petre se lo llevó a Berlín un amigo de su padre cuando éste perdió su empleo. Viajó a la ciudad en un minibús en compañía de otros chicos. Lo único que le dijeron fue que en Berlín el amigo de su padre le iba a conseguir un trabajo. Ahora vive en una diminuta habitación sin calefacción con cinco chicos más y trabaja de chapero. “No se está tan mal. Cada uno tenemos un espacio donde dormir. No es muy distinto al dormitorio que tenía en casa”, explica. El sexo no le supone a Petre ningún trastorno. “Es un trabajo como cualquier otro”, dice, y parece creerlo de veras. “A veces me duele un poco, pero también se hacen daño los camioneros y los obreros de la construcción”.

No pudimos acceder al proxeneta jefe de Petre, que se mantiene oculto, pero sí a uno de sus lugartenientes, que se ocupa de “vigilar a los muchachos”. No nos dijo su nombre ni ningún otro detalle sobre sí mismo. Sólo quiso hablar del negocio. “Por aquí hay mucho sexo”, explica. “Mucha prostitución. Muchos gays. Si eres gay y buscas sexo en este ciudad, es aquí a donde vienes”. Andamos un rato junto a él. No desea que se le vea hablando con nosotros en grupo. De vez en cuando aparece un chico, intercambia con él unas palabras y se va.

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El hombre sigue hablando. “Mira, es algo muy simple, ¿vale? Vienes aquí, te acercas a un chico, ‘Eh, ¿cómo te va? Bla, bla. ¿Quieres que vayamos a follar?’ Y os vais juntos. Así es como funciona. Los hombres vienen y se follan a un chaval. Ocurre todos los días y a todas horas”. Desde donde estamos alcanzamos a oir a un chaval muy joven negociando con un hombre gordo de pelo gris vestido con un viejo traje marrón. “No, no, no”, dice el chico riendo. “No por esa cantidad”. El hombre murmura algo y el niño responde, sin dejar de reir, “No, no voy a hacer ninguna fiesta especial para ti esta noche”.

El proxeneta anónimo nos explica que el área está bajo control de dos tipos, cada uno jefe de un “clan” que emplea miembros de bandas más pequeñas como chulos. El negocio se divide entre albaneses y rumanos, con grupos más modestos de búlgaros repartiéndose las migajas. A los chicos los han enviado de otros países para que consigan dinero y se lo manden a sus familias; pero, qué duda cabe, son los proxenetas los que se quedan casi todo. “Hay chicos que intentan quedarse dinero”, dice Petre, “pero si los jefes se enteran… Desaparecen chavales contínuamente”.

En los últimos diez años se han dado casos de familias enteras de rumanos que han llegado a Berlín de la mano de los sindicatos criminales. Los niños más pequeños van con su madres a mendigar a Kurfürstendamm, el principal distrito comercial en Berlín. Los que son un poco más mayores van con sus padres y sus tíos a tocar el acordeón en el metro. De los 9 años en adelante terminan trabajando en el sector del sexo por dinero, follando con extraños en parques y cabinas de sex shop. Durante el día viven con los proxenetas en pequeñas habitaciones que comparten con otros 20 chicos, durmiendo en el suelo. A menudo Petre paga el alquiler con sexo gratis.

Completa la escena chapera alrededor de la Nollendorfplatz algún que otro ocasional alemán, chicos en su mayoría expulsados de casa por sus padres y viviendo ahora en la calle o en centros de acogida. Vender el cuerpo es una forma rápida de conseguir un dinero que por lo general emplean en comprar alcohol, speed y pastillas. Lutz Volkwein—responsable de Subway, una organización que brinda apoyo e información a los niños sin hogar en Berlín—habla con nosotros. “La cantidad de chicos en las calles y con necesidad de ayuda es enorme; excede con mucho las posibilidades de los pocos proyectos que ahora mismo se ocupan de este problema”. Subway ofrece gratuitamente duchas, camas y preservativos a los chicos de la calle. De este servicio abusan los chavales rumanos, que van a comer y dormir y aprovechan la estancia para robar a los demás. “Hay que estar muy al tanto”, dice Volkwein. “Vienen aquí a desvalijar a chicos que quizá están en peor situación que ellos”.

Uno de los aspectos más preocupantes de esta historia sobre la industria berlinesa del sexo con inmigrantes menores de edad es lo flagrante que es. Capas y más capas de repugnante indiferencia e incluso aceptación se encargan de ocultar este deprimente crisol en el que se funden pedofilia, infanticidio y pobreza terminal. Si sobrevive, esto es lo que el pequeño Dimitri, en un autobús de camino a lo que cree que será una vida mejor en Berlín, rodeado de otras dos o tres docenas de niños de seis años, podrá recordar en el otoño de su vida. Buena suerte, Dimitri. Perra suerte.