Martin Amis es uno de los grandes escritores de la ficción contemporánea. Esto sería una verdad irrefutable incluso en el caso hipotético de que hubiera dejado de aplicar el bolígrafo al papel tras su tercera novela, Dinero. Tema zanjado. Amis escribe con pasión acerca de personajes no muy agradables que consumen por el simple hecho de consumir, ciegos a su propia codicia. Sus feas, pero en ocasiones hilarantes creaciones siempre han sido un producto inconfundible de su época sin dejar de estar al mismo tiempo en concordancia con las cosas que pasan al otro lado de la ventana un día cualquiera.
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Amis rara vez concede entrevistas y tiene fama de reservado y difícil. A pesar de conocer bien su obra por haber leído todos sus libros, me sentía yo agitado como la hoja de un árbol al viento cuando levanté el auricular para llamarle. Por suerte, Amis (“Marty” para sus colegas) se mostró amable, cooperativo y abierto. Y me sorprendió su hipnótico modo de enfatizar las palabras a media frase. Id a YouTube y escuchadle hablar sobre su libro La Casa de los Encuentros en el programa de entrevistas de Charlie Rose y entenderéis lo que os digo.Vice: ¿Tener de padre a un escritor tan eminente como Kingsley Amis hizo que tomara la decisión consciente de ser escritor, o fue algo que ya le vino determinado?Martin Amis:A los 13 años ya escribía prosa y poemas en libretas y diarios. A esa edad me sobrevino una cierta sensación de autoconciencia. Le sucede a todo el mundo a esas edades; es el momento en que te comunicas con tu yo de una forma nueva y empiezas a conseguir articular lo que llevas en tu interior. Los escritores son simplemente personas que nunca han salido de ese estadio. Yo nunca lo he hecho. También he de admitir que mi padre fue una temprana influencia. Leí su trabajo, por supuesto, pero creo que la de ser escritor fue una decisión mía independiente. Sabía que no era un caso de escribir una sola novela y pensar, “Bueno, ya está”, o de impresionar a mi padre y purgar su influencia. Ya tenía la sensación de que se trataba de algo de largo recorrido.
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¿Qué otros novelistas le influyeron al principio?Bueno, no había leído a Bellow cuando escribí mi primera novela. Leí mucho a Austen, aunque no logro comprender cómo alguien puede sentirse influenciado por ella; es demasiadolúcida. También leí algo a Nabokov, pero yo diría que mi gran influencia primeriza fue Dickens. Sus escritos eran salvajes, algo muy seductor cuando eres joven. Es imposible imitar a Austen, su forma de escribir es evanescente. La prosa de Dickens, sin embargo, es corpórea.En sus comienzos daba la impresión de estar muy preocupado con el presente, sus excesos y vacuidades; con el consumismo rampante en su novela Dinero y con el capitalismo Thatcherita en Campos de Londres.En mis comienzos sí, sin duda, pero llega un momento en que dejas de estar en la onda de una cultura determinada. Te quedas fuera. Como mi padre dijo en cierta ocasión, “A una cierta edad crees que las cosas no son esta manera sino de esta otra, pero no estás muy seguro de qué manera es esa”. Sería una locura aferrarse a la idea de que uno puede estar siempre en la onda.Usted también ha hablado de ser “un adicto al siglo XX”. ¿Lo que llevamos del XXI no le atrae?Posiblemente el cambio de siglo fue el momento en que, para mí,esta manerase convirtió enesta otra. La novela que ahora estoy terminando transcurre en 1970, de modo que quizá, sí, esté anclado en el siglo XX.Londres siempre ha tenido una gran presencia en sus novelas. ¿Qué tiene la ciudad para que le fascine tanto?
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Me siento agradecido de estar en una de las ciudades más importantes del mundo. Me hubiese sido completamente imposible escribir mis novelas de vivir en un sitio como Cambridge. Es un caso claro de estar inmerso en una cultura, viviendo, respirando y nadando en ella. Y como todos sabemos, un pez no se hace preguntas sobre el agua. Te sientas, dejas que tus terminales nerviosas actúen y el resultado surge al otro lado del bolígrafo.A veces ha escrito en formas que se alejan de la ficción para reflejar la sociedad del mismo modo en que lo hace en sus obras de ficción.La ficción utiliza una parte distinta de la mente y puedes ver la diferencia cuando produces no ficción. Estudié a fondo el estalinismo y la historia de Rusia cuando trabajaba enKoba el Temible[no ficción]. Después, enLa Casa de los Encuentros[ficción], debido a las diferencias formales, expresé sentimientos similares de forma distinta. La ficción actúa como un zoom lento, te permite profundizar y decir más cosas.Incluso cuando no habla directamente de política, flota en todas sus novelas una atmósfera de amenaza de tipo político. Con el tiempo esa amenaza ha basculado de la Guerra Fría al eje del mal, pero siempre ofreciendo una sensación de potencial Armagedón.De joven era apolítico. Tendía a la izquierda, pero estar rodeado de Trostskistas como Christopher Hitchens me hacía parecer moderado en comparación. Me sentía orgulloso de no saber gran cosa de política. Tenía la literatura, eso era lo mío. Pese a haber escrito sobre las armas nucleares en
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Los Monstruos de Einsteiny sobre el Holocausto enLa Flecha del Tiempo, sólo tuve una educación política cuando me puse a estudiar a Rusia. De repente podía apreciar las categorías y los precedentes. Todo cobró vida para mí. Cuando sucedió lo del 11-S, yo no estaba preparado; si tuviera que definir con una palabra mis novelas, esa sería “masculinidad”, y aquí teníamos la masculinidad en una forma completamente nueva, tomando la esencia de lo que es ser un hombre y retrotrayéndola a un estadio de pura violencia. La historia política del hombre es una historia de violencia, así como su historia social se reduce al sexo. Las preguntas más interesantes para mí siempre han sido: ¿Qué hace que el hombre se conduzca del modo en que lo hace y cuál es la razón de que trate a las mujeres de esa manera? Siempre he tenido estas preguntas en la cabeza cuando he escrito sobre algo en formato de no ficción.¿Se está refiriendo a El Segundo Avión, su colección de artículos sobre el Islam?Sí. Sentía que tenía que decir algo y la no ficción era una forma inmediata de decirlo. Y lo hice.Los recursos narrativos que le hicieron célebre se han calificado de postmodernos. ¿Su uso fue una decisión consciente por su parte o cree que, subconscientemente, era la historia la que los reclamaba?El posmodernismo nunca fue realmente una corriente, como en su momento pudiera parecer. Era algo que estaba en el aire y si eras hijo de tu tiempo le veías el interés. Al final se comprobó que no era la rica veta o el punto muerto literario que algunos creían que era—o confiaban que fuese—, sino predecible, en tanto que la vida misma se ha vuelto muy posmoderna, con los edificios llevando las cañerías por fuera y los políticos hablando sin tapujos de la “fontanería”. Se dio un nivel de autoconsciencia y un interés por la era en la que se estaba viviendo que en el siglo XVIII, por ejemplo, era desconocido. La Historia se sigue acelerando y yo quiero reflejar eso. Cuando me siento a escribir deseo forzar los límites de la novela, hay deseo consciente y deliberado de hacerlo. No obstante ahora estoy volviendo al realismo aunque con una sensibilidad modernista, libre de los ardides del posmodernismo.
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¿Qué impresión le da el actual estado de la literatura de ficción?Literatura de ficción siempre se producirá; me preocupa más si habrá alguien que la lea. En este sentido, la poesía ya está muerta. Cuando lees un poema el escritor está diciendo, “Detengámonos y examinemos este texto”. A la gente ya no le interesa reflexionar en solitario, y por eso la poesía ha dejado de tener un lugar relevante en la cultura. Esto, tarde o temprano, también le sucederá a la novela. Los días de la novela larga, reflexiva y con discurso, como las del gran Saul Bellow, que en su época eran superventas durante ocho meses, han terminado. Ahora la novela es un producto estilizado y acelerado, un reflejo de los tiempos.¿Hay algún novelista joven al que admire?La verdad es que no leo a los escritores jóvenes. Me parece una forma terrible de organizar tus lecturas ponerse a estudiar aquellas obras que todavía no han superado la prueba del tiempo. Sí leo a mis amigos, por lo que escogería a Will Self y Zadie Smith. Las cosas le parecen ir bien a la novela, pero me temo que no puedo hacer ninguna gran declaración acerca de dónde está o a dónde se dirige, lo siento.En una conversación con Self usted declaró que “en mis novelas las clases medias apenas están representadas”. Parece además que tiene una recurrente fijación con las clases bajas.Me gustan los extremos. Se necesita cierta latitud para ser un buen personaje, repulsivo a menudo en el caso de los de clase alta, pero eso concede libertad para ser un poco más extremo y extravagante en ambos polos de la escala social. Las presiones que se dan en los estratos inferiores son enormes, y eso permite dar a los personajes formas extrañas e interesantes. Sobre las clases medias ya se ha escrito mucho. No creo que se quejen por estar desatendidos si yo no lo hago. Toda ficción es en esencia un retrato más o menos realista de una clase social, y las diferencias entre una y otra realidad las determina el mayor o menor potencial económico.
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Antes mencionó una novela en la que estaba trabajando. ¿Puede contarnos más sobre ella o se meterá en problemas si lo hace?Espero que no. Es una novela que transcurre durante la Revolución Social y el protagonista tiene 20 años. Se titulaThe Pregnant Widow, un título que procede de una cita de Alexander Herzen, un pensador ruso maravilloso que dijo que cuando el orden político y social cambia de manera drástica a causa de una revolución uno debería sentirse complacido de que lo viejo deje paso a lo nuevo, pero el problema reside en que lo que obtienes es la muerte del nuevo orden sin dejar un heredero claro. No se te deja con un bebé recién nacido sino con una viuda embarazada, y tribulaciones y un gran pesar tienen lugar entre aquella muerte y el próximo nacimiento. Yo diría que, incluso ahora, faltan todavía 30 años para que nazca el hijo de la revolución social.América, como Londres, aparece frecuentemente en sus novelas. En Dinero describe el país como el desenfrenado paradigma consumista que Londres intentaba ser pero sin las inhibiciones británicas.America es un lugar salvaje, un sitio asombroso, y como Henry James I creía, más un mundo que un país. No es un lugar con el que se pueda generalizar. Habiendo presenciado los últimos ocho años con horror, estoy emocionado por el resultado de las últimas elecciones, porque el potencial que América tiene para equivocarse es enorme. Ahora, por fin, llega alguien que es genuinamente impresionante y que puede ayudar a sanar la gran herida de la vida americana. Creo que podemos realmente estar entrando en una nueva era.
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¿Tal vez una era en la que veremos nacer al hijo de la revolución social?Tal vez.Se hablaba de la posibilidad de que David Cronenberg adaptara Los Campos de Londres al cine. ¿Tiene el rumor algo de cierto?Sí, lo tiene. Nos encontramos un par de veces y reescribió el guión un poco, pero sólo hubiera reflejado en la película una fracción de la novela, de modo que lo dejamos correr. Pero el proyecto aún está vivo. Hasta la fecha se han adaptadoEl Libro de Raquel, que no estaba mal, yNiños Muertos, que por momentos hasta estaba bien. Están filmando mis novelas en orden, sólo que en intervalos de veinte años. A mí nunca me ha apasionado trabajar para el cine. Escribí un magnífico guión para una adaptación deNorthanger Abbey, un proyecto que aceptó Miramax y luego dejó languidecer. No estoy seguro de lo que pasó con él. Creo que tendría que averiguarlo. A pesar de todo el cine es un medio maravilloso y relativamente joven. Como dijo Bellow: el cine es un arte de exteriores tanto como la literatura lo es de interiores. Todavía hay muchas posibilidades por explorar.¿Por qué se fue a vivir dos años a Uruguay?Mi mujer es medio uruguaya, medio neoyorquina. Una combinación embriagadora. Ella tiene unos 25 primos por ahí. Visitamos el país un invierno y me gustó tanto que nos quedamos. Nos marchamos porque nuestras hijas crecieron y necesitaban mejores colegios. El paisaje es fantástico pero políticamente todo estaba demasiado quieto como para causar algún impacto en mi escritura. Uruguay es una anomalía en el contexto de suramérica por lo cuerdo y tranquilo que es.Recientemente empezó a dar clases en la universidad de Manchester. ¿De todos los lugares, por qué Manchester?Es bastante sencillo: me lo pidieron. Mi padre dio clases y era bastante bueno en todos los sentidos. Se me ocurrió que también yo podría hacerlo bien. Disfruto dando clases y me gustan mis colegas, algo que no es habitual en ningún trabajo. Todo lo que hago en enseñar novelas. ¿Qué podría ser más agradable que eso? No estoy encima de mis estudiantes, dirigiendo lo que escriben. De hecho, ni siquiera veo lo que escriben. Charlamos un poco y yo les hablo de Nabokov, de Kafka, de Dostoievsky… Gente de la que a mí me gusta hablar sea cual sea la situación. Me siento feliz y satisfecho.¿Es verdad que durante los años 60 y 70 fue mod y después hippie?Fui mod, pero lo dejé tras estrellar mi quinto scooter. Y después, sí, me hice hippie. Un hippie bastante oportunista. Todo eso de la música y el amor libre sonaba muy bien, y yo no era precisamente un santo. De todos modos, el rollo mod iba más sobre llevar los calcetines rosa adecuados el día correcto. La idea del hippismo era coherente, pero tenía un lado muy oscuro. Como dijo John Updike, era un “fascinante y siniestro carnaval”: ese optimismo de interior oscuro en el que, si te quedabas el tiempo suficiente, acababas por encontrarte a Charles Manson.
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