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Μόδα

Mis amigos también fueron cholos

Los noventa no sólo fueron camisetas de cuadros, vaqueros rotos y suicidios. Al menos en España, pululaba un grupo de individuos que marcaron las vivencias sociales y sociópatas de toda una generación. Se les conocía por infinidad de nombres aunque...
12.3.10

Los noventa no sólo fueron camisetas de cuadros, vaqueros rotos y suicidios. Al menos en España, pululaba un grupo de individuos que marcaron las vivencias sociales y sociópatas de toda una generación. Se les conocía por infinidad de nombres (muchos según la zona geográfica del país): de quillo a calorro pasando por pelao, bakala y mascachapas. Aunque sinceramente, yo me quedo con cholo.

Tenían fama de ser violentos de ultraderecha relacionados con el movimiento skinhead pero en el fondo la mayoría sólo eran portadores de cierta estética y amantes de la música mákina. La gente se escandaliza muy rápido cuando ve una bomber pero yo he visto cientos de mendigos con una y nunca los había relacionado con el holocausto, pero ya se sabe.
Más violentas eran sus aportaciones estéticas. Ellos solían estar medio anoréxicos, aunque siempre había en la pandilla alguno con los deltoides como jamones: ese solía ser el que te esperaba en la salida . Compraban la ropa de tallas pensadas para neonatos y tanto ellos como ellas sentían absoluta fascinación por el oro labrado en gigantescas cadenas, con escudos y sellos incomprensibles. Se apoderaron de los pantalones de campana que siempre dejaban ver algo de calcetín y las líneas color flúor remataban todas las costuras de su indumentaria.
Ellas se rasuraban las nucas y se teñían de negro azabache o al rubio platino. Lucían ombligos al aire y culos prietos para que sus novios pudiesen amenazar a alguien siempre y cuando fuera necesario porque era realmente habitual ver a estos tipos con las manos puestas en el culo de sus respectivas, marcando territorio. Les gustaba usar altísimas plataformas cubiertas por la tela blanca de un pantalón acrílico con algún logotipo estampado entre nalga y nalga. Los tangas les llegaban casi hasta la nuca y se pintaban la raya del ojo con un trozo de carboncillo en los retrovisores del Ibiza de sus novios.

Generaron una industria en torno a ellos y sus gustos, se alzaron catedrales del sonido, a cada cual más grande y ruidosa, tuvieron sus tiendas y marcas, se apoderaron de un buen número de ciudades y le enseñaron al mundo que con gomina y una maquinilla de afeitar todos los peinados eran posibles. Hoy (y probablemente también ayer) nos parecen ridículos, pocos quedan ya y con suerte verás alguno si te pasas por Cornellá pero hay que decir que, de alguna manera, eran unos valientes.

Ilustraciones: VITO MONTOLIO