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Viajes

Los mungiki, los talibán y yo

Conociendo a los gángsters más peligrosos de Kenia.
20.1.12

Caleb Yare, miembro de los talibán, dijo que tras las elecciones de 2007 los Luos no estaban preparados para una incursión de mungiki armados en Mathare. Se defendieron con pangas [machetes] y piedras, y a veces dejando caer bloques de cemento desde los tejados sobre los agresores.

George Kamande se sube las mangas para mostrar sus cicatrices.

“Haces el juramento. Me corto, te cortas, lo mezclamos. Me bebo tu sangre, tú te bebes mi sangre, entonces estamos unidos, nunca te puedes rendir,” me dijo.

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En Kenia, este es el ritual que siguen los gángsters antes de salir en una misión, y algo que sucede con gran frecuencia entre los residentes del barrio Mwiki, en el distrito Kasarani de Nairobi. Es uno de esos lugares obscenamente pobres donde la gente sabe que es mejor no pasearse sola. Estuve allí hace poco. Era una tarde muy calurosa y yo tenía una cita para conocer a varios miembros del mungiki, el grupo mafioso / culto / movimiento político más notorio y violento de Kenia. Puede que también sea la organización criminal más grande del mundo.

Fue en una apestosa pocilga, sentada en un taburete, donde conocí a Kamande, un limpiabotas que se pluriemplea haciendo todo tipo de trabajos sucios para los mungiki. No tuvo pegas en contarme las particularidades de su segundo empleo. “Solo somos mercenarios”, me dijo cuando le pregunté por las tareas que le asignaban. Exactamente la media verdad que yo me esperaba.

Fundado en la década de los 80, el mungiki (que significa “multitud” o “masas”) surgió como un movimiento religioso rural entre la tribu Kikuyu, en el keniano valle del Rift, con énfasis en anticolonialismo y el regreso a los valores tradicionales de los Kikuyu. Cuando llegó a Nairobi, este movimiento atrajo a hombres jóvenes sin tierras ni posesiones en busca de un poco de dinero y respeto.

En Nairobi, los gángsters suelen ganarse la vida explotando conexiones eléctricas ilegales, extorsionando a dueños de tiendas y conductores de taxi-bus, robando y asesinando a la gente que les estorba. Los mungiki, sin embargo, llevan las cosas al extremo. Son siniestros y sesgados, a menudo hipócritas y, en ocasiones, psicóticos hasta para los estándares de sus colegas criminales. Cuando se necesita que se inciten disturbios, que unos votantes sean intimidados, o que se cometan crímenes contra la humanidad, son ellos quienes se encargan, respaldando su reputación con sus antecedentes manipulando gobiernos, bebiendo sangre y decapitando a sus enemigos.

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Kamande me explicó la versión mungiki de hacer campaña: por el módico precio de 100.000 chelines kenianos (unos 784 euros) se pueden contratar de 30 a 50 hombres que hagan una visita a un vecindario para ejercer una forma brutal de influencia política.

Antes de las elecciones de 2002, Kamande formaba parte de un grupo pagado para atacar a los oponentes de Njehu Gatabaki, antiguo parlamentario, en Kangema, un distrito del condado de Murang’a. Según él, invadieron las casas de los oponentes armados con porras y machetes y se llevaron sus tarjetas de identificación para el voto.

Cuando le pregunté si alguien se resistió, Kamande soltó una risita. “Les pegamos una buena paliza. Cuando ves a tu amigo, tu hermano o tu marido. siendo golpeado como a un perro, no dices que no”.

Gatabaki perdió las elecciones, pero los mungiki llegaron a convertirse en una pieza importante en la política keniana a través de la intimidación de los votantes y las represalias violentas. Las cosas se pusieron peor en las últimas elecciones generales, en diciembre de 2007. El presidente titular, Mwai Kibaki, fue vencedor en unas votaciones que dividieron a las líneas étnica y tribal, y fue investido en una ceremonia súper-secreta que se llevó a cabo de noche. Simultáneamente, el candidato opositor Raila Odinga se autodeclaró vencedor, diciendo que las cortes no deberían decidir los resultados, porque Kibaki las tenía bajo su control.

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La tensión resultante entre los partidos políticos y las tribus no tardó en alcanzar el punto de ebullición, y muy poco después se empezó a informar de asesinatos brutales y violencia sectaria en todo Kenia, un país al que normalmente se considera como un centro desarrollado y neurálgico de África occidental. El mungiki se apuntó a la jarana, evidentemente, y para cuando en febrero de 2008 las cosas se calmaron, habían muerto más de 1.000 personas. Cuatro años después, las heridas ni han empezado a cicatrizar.

En Ngomongo, un barrio de Kasarani, hay un bar llamado Pentagon Pub, de una de cuyas paredes cuelga un retrato de Odinga. Aunque Kasarani es un bastión de la tribu Kikuyu (que cuenta a Kibaki en sus filas), este distrito en concreto está dominado por la tribu Luo, a la que pertenece Odinga, que consideran a los mungiki unos salvajes inmorales.

Atravesé las puertas justo detrás de un grupo de hombres jóvenes y musculosos. Cuando entramos, todos los que estaban en el interior dejaron de hacer cualquier cosa que estuvieran haciendo, estrecharon la mano a mis acompañantes y se fueron. Yo estaba con los talibán de Ngomongo. Y este bar era de su propiedad.

El Pentagon Pub es un bastión de los talibán en el barrio Ngomongo de Kasarani. Nótese la foto de PM Ralia Odinga en la pared. La gente aquí no es muy fan del presidente actual, Mwai Kibaki.

Al final de esta carretera está la línea que divide el territorio Luo/talibán y Kikuyu/mungiki en Kasarani. Tras las elecciones se dieron aquí algunos de los episodios de violencia más brutales de toda la región.

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Los talibán de Nairobi puede que se hayan apropiado del nombre y el carácter radical de sus homónimos afganos, pero están más interesados en la política local que en la doctrina religiosa. Ramificación de un grupo ya extinto conocido como los Baghdad Boys, los talibán son la respuesta de la tribu Luo a los mungiki de la tribu Kikuyu, y llevan rondando por las zonas más chungas de Kenia casi una década.

Actualmente, las actividades de los talibán para ganar dinero no son tan diferentes de las de los mungiki: extorsionar, vender y sustraer electricidad ilegalmente, y pegar muchas palizas. También son conocidos por sus ejecuciones públicas, en las cuales muelen a pedradas al culpable hasta que es incapaz de andar y entonces lo queman vivo.

“Todos aquí conocen las leyes. Todos han visto a alguien quemado, incluso los niños. Así son aquí las cosas”, dijo Joash Oluande, el líder talibán.

Oluande, ferviente cristiano a pesar de su trabajo, me dijo que los talibán son superiores a los mungiki porque la violencia talibán es de naturaleza defensiva. “Una vez te conviertes en mungiki, podrías matar incluso a tu propia madre”, dijo. “Los talibán luchan cuando hay que luchar. Solo nos defendemos. Recaudamos impuestos, pero no hay extorsión. No obligamos a pagar”.

“¿Y qué pasa si un vendedor se niega a pagar los 200 chelines (unos 1,50 euros) de impuesto de protección mensual?”

Oluande me miró como si yo fuera idiota. “Nadie dice que no, claro”.

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Con las elecciones de 2012 a la vista, Oluande y los chicos esperan otra ronda de violencia sectaria. Confían en que su hombre, Odinga, gane las elecciones esta vez, un objetivo que están dispuestos a que se cumpla sea como sea. “La campaña es peligrosa, incluso más que las elecciones”, dijo. “Eso cuando los políticos pagan por hacer trabajos. Mucha gente se marcha a las zonas rurales, pero nosotros nos quedaremos”.

La gente huye al campo porque de quedarse en Nairobi podría acabar en medio de un brutal fuego cruzado entre facciones. La ultima vez, los barrios marginales de Kibera y Mathare, entre otros, se convirtieron en zonas de guerras no oficiales.

En Kibera, barrio con predominio de partidarios de Odinga, cientos de Kikuyus fueron expulsados de sus casas, y muchos de ellos víctima de ataques y asesinatos. En Mathare, un área poblada por Kikuyu, fueron los Luos quienes fueron desplazados y asesinados.

En Kasarani, muchos ciudadanos afirman que la policía local y los mungiki unieron fuerzas después de las elecciones. Según un miembro talibán, Caleb Yare, el mungiki iba vestido con uniformes policiales y armada con rifles del ejército cuando invadieron Mathare.

 “La única manera que distinguir a la policía de los mungiki era que la policía no llevaba pangas, dijo Yare. “La cosa se puso tan mal que no podías salir de casa por miedo a ser cortado en pedazos”. Entonces me demostró el contraataque del talibán: consistía en aplastar con piedras a los agresores y a continuación un corte rápido de panga.

El mungiki John Njoroge muestra el arma de su grupo: la panga. Una campaña masiva de degüellos a conductores de matatu (minibús) condujo a que el gobierno enviara escuadrones de la muerte contra los mungiki en 2008.

En 2008 la facción talibán le aplastó el cráneo al mungiki Stephen Irungu. Su casa fue incendiada y su familia tuvo que huir, pero él sigue siendo un gánster que no se lo pensará dos veces a la hora de extorsionar a alguien.

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Un portavoz de la policía, Eric Kiraithe, me aseguró que la mayor parte de lo que me habían contado los gángsters era propaganda. “Esas alegaciones que el gobierno los ha usado como mercenarios me atañe,” me dijo. “Cualquiera que haya estado allí sabe que se cuentan muchas mentiras chocantes. A nivel individual, políticos y gente con alguna disputa han empleado sus servicios. Pero a estos tíos nunca los han empleado para conseguir votos… aunque, sí, casos de represión sí han sucedido”.

Oficialmente, los mungiki están fuera de la ley. Ningún político quiere ser asociado abiertamente con un grupo de gángsters asesinos. Sin embargo, es difícil creer que hayan sido apartados por completo del proceso político, y Kiraithe no negó las acusaciones de que miembros del mungiki se hubieran puesto uniformes de policía para aterrorizar los barrios marginales. “Hay muchos informes sin confirmar de cosas como estas. En Kenia no es muy difícil conseguir un uniforme policial”, me dijo, antes de sugerir que quizá el corrupto sistema político de Kenia tenga más culpa que la policía.

La Corte Penal Internacional anunciará próximamente si prosperará el caso contra los “seis de Ocampo”, un grupo de políticos kenianos de los que se cree que orquestaron gran parte de la violencia post-elecciones. En las audiencias de ratificación, el viceministro Uhuru Kenyatta fue acusado en repetidas ocasiones de enviar a los mungiki a cometer brutales ataques en Nairobi, Naivasha y Nakuru.

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Los fiscales de la CPI están encontrando dificultades para vincular a los políticos con el crimen organizado. Será difícil determinar la verdad, puesto que los escasos testigos de la violencia mungiki que están dispuestos a testificar tienen la curiosa costumbre de morir antes de poder hacerlo.

La potencial investigación de la CPA es el más reciente de una serie de intentos del gobierno keniano por poner coto a los mungiki. Tras las elecciones de 2007, se emprendió, por ejemplo, la operación Ondoa Kwekew (“Quitar las malas hierbas”), pero aquello más pareció una guerra que una acción policial autorizada. Una manada de agentes en ropa de calle se infiltraron en territorio mungiki, a lo que siguió una serie de ejecuciones en masa. En 2009 un informe de la ONU acusó a los escuadrones de la muerte de Kwekwe de haber asesinado a 8.000 jóvenes Kikuyu durante la operación.

Kiraithe no se disculpó: “No era como si se estuviera ejecutando a gente inocente. Los mungiki estaban cometiendo un gran número de crueles asesinatos. Era imposible que testificara ni una sola persona. La operación duró tres meses, y en mi opinión fue un enorme éxito”.

Independientemente de sus tácticas, lo cierto es que la ofensiva obligó a los mungiki a esconderse: muchos de sus miembros, antes fácilmente identificables por sus rastas, se han rapado la cabeza en busca de anonimato, y soldados de bajo rango han cogido trabajos normales, volviendo así a la misma pobreza absoluta que en su día les condujera a unirse a los mungiki.

Algunos gángsters ven la línea de mano dura de los políticos como una traición. James Njuguna, otro miembro mungiki en Mwiki, me contó que con frecuencia les prometían trabajos gubernamentales con alto sueldo y poder político a cambio de que persuadieran violentamente a los votantes, y que al concluir las elecciones les dieron la espalda. “En 2012 nos volverán a necesitar,” me dijo. “En cada elección sucede lo mismo, y después nos dejan tirados. Estamos cansados de esta rutina”. Sin embargo, todos se cuidan mucho de hablar con demasiada convicción. Ninguno de los hombres en Mwiki me dejó hacerles fotos sin antes ponerse gafas oscuras y un sombrero, y todos rehusaron decir quién les suministró los uniformes policiales en 2007.

Stephen Irungu, otro miembro mungiki, fue golpeado casi hasta la muerte por miembros talibán cuando luchaba contra ellos en 2008. La mitad de su frente resultó aplastada y sus piernas destrozadas, y me dijo que los 3.000 chelines (23 euros) que le pagó el gobierno hicieron poco por cubrir sus gastos médicos. Ahora trabaja con la facción talibán para evitar violencia futura, pero sigue siendo mungiki, sigue siendo un gángster y sigue sin un duro: cuando intenté hacer una foto de su arsenal de armas, me dijo de sopetón que tendría que pagar una suma enorme por las fotos por “cuestiones de seguridad”. Y entonces un grupo de hombres mucho más jóvenes y fuertes aparecieron, exigiendo dinero por entrevistas que yo no quería. Cuando intenté marcharme, me dijeron que tendría que pagar por eso también. Jodidos gánsteres.

Irungu me lo expuso de una forma muy clara: “Queremos la paz, queremos que terminen las luchas … pero por encima de todo queremos dinero. Este conflicto se debe, antes que a cualquier otra cosa, a la miseria”.