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masculinidad mal entendida

LeBron James, Michael Jordan y el próximo acto de la obra

Como le suele ocurrir, LeBron James está inmiscuido en un cambio de identidad pública. Las innumerables versiones que hemos visto de él hacen difícil predecir su próximo giro.
5.6.15
David Richard-USA TODAY Sports

LeBron James dice ser un tipo maduro. El ex jugador de los Miami Heat volvió a Cleveland hecho un hombre, con callos en las manos y tres hijos, tan duro como cualquier hijo de cinco años cree que lo es su padre. James tiene —se le escapa un suspiro de hastío cuando lo dice— responsabilidades; para con sus compañeros, para con su ciudad, para con él mismo.

LeBron usa metáforas militares aquí y allá: los niños juegan, los hombres como él combaten. LeBron se sienta en la sala de prensa para explicar con gravedad lo que el liderazgo significa para él; LeBron baja a la pista a disputar partidos con el ceño fruncido y los dientes apretados; LeBron pasa horas y horas en el gimnasio levantando pesas con cara de fastidio porque sabe que es importante dar ejemplo.

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La mayor parte de estas actitudes, sin embargo, no son más que postureo. Lo que convirtió a Michael Jordan en una figura de referencia dentro del mundo del deporte fue precisamente su sociopatía, su capacidad para aceptar como buenos sus peores. Mientras esa inquebrantable confianza en sí mismo le convertía en un atleta sin igual, también le iba transformando en lo que es ahora: un tipo agrio de 52 años, vestido con trajes caros y feos, el típico hombre que intimida a sus amigos para jugar otra mano de póquer cuando ellos no quieren y que vive de su propia gloria regodeándose en cada cena de las mismas anécdotas gastadas.

LeBron ha cambiado muchas veces. A pesar de la constante evolución de su personaje, las únicas cosas que ha mantenido son la alegría a la hora de jugar a baloncesto —poder usar un cuerpo aparentemente diseñado para este deporte como el suyo debe ser un lujo— y una forma ineficaz de presentarse a sí mismo que provoca que todo lo que dice y hace suene impostado. Es como si LeBron interpretara su carrera deportiva, más que vivirla. A lo largo de su sus años como profesional, el jugador de Cleveland ha sido un niño exuberante, un gallito arrogante y un viejo hosco, sucesivamente.

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Algunos de estos cambios, no obstante, tienen más que ver con la visión que la prensa y los aficionados tienen de él que con su propio comportamiento. El mejor ejemplo es la transformación que sufrió el mismo instante en el que ganó el anillo por primera vez: los medios le convirtieron en un modelo de conducta de un día para otro. James, por su lado, siempre ha intentado contar la historia a su manera, procurando que nos creyéramos a pies juntillas todo lo que nos explicaba.

La mayor diferencia entre LeBron y Jordan a nivel de carácter es, pues, la inquietud interna que siente el primero por su propia identidad. Millones de personas han dicho que Jordan es un cabrón, y a Michael no le ha importado en absoluto. Millones de personas han dicho que James es un cabrón, y el pobre ha pensado, "¿será que lo soy de verdad?".

Ese extraño momento en el que las circunstancias superan tu propio relato. Foto de David Richard, USA Today.

Hay un océano de diferencias en este punto. Jordan es una roca inamovible: o le aceptas como él quiere o no le aceptas en absoluto, porque Michael no piensa cambiar un ápice. LeBron, en cambio, nunca se ha quedado demasiado tiempo en un solo personaje. Decir que su carrera es una búsqueda quijotesca de la imposible aceptación unánime sería reduccionista, pero está claro que James pone mucho esfuerzo en controlar las consecuencias de lo que dice y hace. Esto puede ser cínico, pero también es común. LeBron es sencillamente un neurótico.

Esta es la razón por la cual el LeBron maduro y grave que se desarrolló en Miami y ha emergido en todo su esplendor en Cleveland es adorablemente surrealista. LeBron ha mostrado demasiada humanidad en el pasado como para que nos creamos su papel de hombre duro. Todos los tics que ha mostrado esta temporada —las caras largas frente a la prensa, las declaraciones altisonantes, la actitud paternal hacia sus compañeros— son más producto del deseo del jugador de mostrarse al mundo como una figura de confianza que de una auténtica capacidad de controlarse a sí mismo y a su entorno.

No todo, sin embargo, es postureo. LeBron es el corazón de los Cavs: a sus 30 años, James ha crecido realmente en muchos aspectos. Ha mejorado como jugador y seguramente haya incorporado dejes positivos a su carácter. La masculinidad tradicional, sin embargo, sigue sin pegarle. Aunque el '23' lo haya intentado con ahínco a lo largo de estos play-offs, es un rol que no encaja con él. El momento, sin embargo, es propicio: no hay nada más romántico que llevar a unos Cavs aparentemente condenados hacia la gloria. Es comprensible que James intente adoptar el papel en estas circunstancias.

Que quede claro, no obstante, que la intención del artículo no es negar que existe una profundidad en lo que James está haciendo. Su tercer partido frente a Atlanta fue una obra maestra visceral. A los aficionados nos produjo una sensación perversa ver la cercanía del colapso y la redención de LeBron en el último suspiro. Hubo belleza ahí.

James, sin embargo, siempre hace pagar un precio por ofrecer este tipo de emociones. En los últimos tiempos, el coste de sus triunfos para los aficionados ha sido precisamente el tener que aguantar esta actitud de hastío infinito. LeBron hará lo que haya que hacer, no importa lo que le coste y le duela; tras lograrlo, nos mirará con su cara solemne y recriminadora, echándonos en cara el no haber confiado lo suficiente en él.

Este nuevo disfraz le queda más o menos igual de bien (o de mal) que los anteriores. Veremos cuánto tiempo le dura. Hasta ahora, la historia nos dice que probablemente poco: en dos años, LeBron seguramente haya cambiado de opinión sobre la imagen que proyecta y querrá cambiarla. Quizás este modelo de masculinidad que ahora gasta no sea mucho más alentador que el de Jordan: un hombre puede cambiar, pero… ¿hasta qué punto? La satisfacción completa nunca llega.