¿Por qué asumimos que los buenos músicos son buenas personas?

¿Por qué asumimos que los buenos músicos son buenas personas?

La muerte de Chuck Berry ha reavivado el debate sobre hasta qué punto los críticos deben seguir el impulso de confundir el trabajo y el carácter del un músico.
27.3.17

Como una persona que ha escrito su dosis considerable de reseñas de música mala, puedo decir con autoridad que hay mucha mala escritura musical circulando allá afuera. Con todo respeto a la tendencia de los periodistas musicales a canonizar los trabajos prematuramente, (escribir que un productor hizo un beat desde cero cuando sólo está loopeando un hit de soul de los años 70, y encima usar la palabra "etérea"), no hay nada peor en este oficio que el impulso a confundir el trabajo de un músico con su carácter ––excepto cuando ese músico es una persona realmente pinche y al escrito neta, neta, neta, neta, le encanta su chamba. La música ocupa este espacio liminal entre arte y comercio, autenticidad y artificio, expresión emocional y producto comercial ––y a menudo, hacemos juicios de valor arbitrarios respecto hacia dónde debería inclinarse el péndulo. Por cada grito de denuncia que hace la crítica hacia Chris Brown o Jef Whitehead a la luz de sus horribles comportamientos hacia las mujeres, hay un caso como el de Michael Gira o el de Dr. Dre, cuyos presuntos abusos llegan a las noticias por periodos muy breves y luego consiguen más o menos barrer todo bajo la alfombra y, por lo tanto, ser tácitamente excusados.

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En el ambiente controlado del "consumismo consciente" en el que vivimos ahora ––donde estamos dispuestos a pagar más por un filete si nos dicen que la vaca era feliz antes de que la degollaran, empresas de ropa como Everlane utilizan su dedicación a la "transparencia radical"como táctica de marketing, y es incluso posible comprar cocaína de comercio justo en la deep web–– el valor de un producto está a menudo relacionado con la percepción ética de quienes lo producen. Cuando se trata de música, esto significa que los artistas son vistos como parte integrante del trabajo que crean. Si el artista parece una persona decente, estamos más dispuestos a escuchar su música con oídos favorables; por el contrario, si nos gusta su trabajo, hay una parte de nosotros que asume automáticamente que esa persona encarna los valores que le asignamos a su música.

Para un ejemplo menos extremo de esta dinámica, tomemos a Chance the Rapper. La gente lo ama por un montón de razones ––no sólo su música es acogedora y cálida, te puedes relacionar fácilmente con ella y es técnicamente compleja, sino que Chance se muestra a sí mismo como un chico buena gente con una racha de éxito como artista independiente y una gran pasión por los problemas sociales. De acuerdo a prácticamente todos los testimonios, Chance es exactamente eso. Y para una buena parte de sus cientos de miles de fans, la noticia que donó 1 millón de dólares al sistema de educación de su ciudad natal, probablemente ayudó a reforzar y justificar a esa base de fans: aquí hay pruebas concretas de que un artista que me gusta hizo una buena obra. Según esa lógica, por lo tanto, puedo sentirme excelente de escuchar su música ahora que tengo prueba de que sus intenciones son puras. Sin embargo, si aplicamos un enfoque diferente, esta misma lógica se vuelve más complicada. Mientras que los fanáticos de Chance fueron rápidos en sus felicitaciones hacia el rapero por las donaciones, también se indignaron por un artículo de opinión que salió en el Chicago Sun Times, escrito por Mary Mitchell del consejo editorial del periódico, en el cual señaló que Chance presentó los documentos para llevar a cabo la manutención de su hijo a su ex pareja, a un ritmo menor que el recomendado por el Estado de Illinois, que es del 20 por ciento de los ingresos del padre sin custodia. "No puedes repartir dinero para el beneficio de niños que no conoces y parecer tacaño cuando se trata de los tuyos propios", escribió Mitchell, cuya pieza impulsó una ola de acosos en línea por fans enojados del rapero, la cual podría argumentarse que fue generada por el mismo Chance. Yo diría que es absurdo esperar que el arte se adhiera perfectamente a las siempre complicadas y desordenadas vidas personales de aquellos que lo hacen, pero si vamos a calificar la música basada en los comportamiento extramusicales de la gente, no nos sorprendamos o sintamos mal cuando alguien que tiene un problema con ese comportamiento sugiera –correctamente o no– que tal vez refleje la personalidad del artista. "Hay algo en nosotros que quiere que los buenos [artistas] sean buenas personas", escribió alguna vez la fallecida Jenny Diski. "También hay algo en nosotros que sabe que los cerdos no vuelan."

'Hay algo en nosotros que quiere que los buenos [artistas] sean buenas personas', escribió alguna vez la fallecida Jenny Diski. 'También hay algo en nosotros que sabe que los cerdos no vuelan'.

Por supuesto, la infraestructura social y tecnológica que fomenta estas actitudes es relativamente nueva, y la tensión entre las actitudes de hoy y los eventos del pasado se puede ver en los textos que han aparecido en la víspera de la muerte de Chuck Berry, muchos de los cuales implícitamente preguntan si debe revocarse el estatus de Berry en el canon del rock and roll a la luz de su constante conducta indebida con las mujeres. "Cuando se trata de acciones reales que dañan a las personas del mundo real, el arte palidece en relevancia" Andy Martino de The Outline afirmó en un obituario sobre Berry que se llamó: "¿Por qué no podemos ser honestos sobre Chuck Berry?" La estocada de la pieza a continuación:

El nativo de San Luis llegó a la música después de una temporada en la cárcel por robo a mano armada en su adolescencia. A mediados de la década de los 50, se había convertido en uno de los más influyentes compositores e intérpretes del siglo, con devotos e imitadores como Keith Richards y John Lennon, y un alcance estilístico que se extendió hacia y después de, los MCs del Bronx en los años 70. Su período más prolífico como artista se detuvo en seco en 1959 gracias a un arresto y la condena por violar la ley Mann: Berry, entonces de 33 años, fue acusado de tener sexo con una chica de 14 años de edad.

En su intento por dar un contrapeso a la tendencia crítica de ofrecer trasfondo al comportamiento abusivo de talentosos músicos hombres, Martino se permite caer en la fantasía de que la responsabilidad política contemporánea puede ser proyectada hacia el pasado (además, al no recordar que John Lennon y el compañero de banda de Richards, Brian Jones fueron ambos abusadores domésticos, Martino inadvertidamente cae en el tropo de destacar transgresiones de un hombre negro mientras que deja pasar las de hombres blancos). Más allá de esto, es innegable que si Berry fuera un músico moderno y lo hubieran enviado a la cárcel por tener sexo con una menor de edad, su carrera hubiera tenido un merecido alto en seco.

Pero Berry viene de una época en la que los artistas no eran sinónimo de su arte. "La gente no quiere escuchar tus problemas personales, tienen bastante con los suyos" le dijo a un fanzine en 1980, explicando su filosofía al momento de escribir canciones. "Incluso si cantas o escuchas canciones acerca de problemas, estos no van a desaparecer". En su lugar, los métodos creativos de Berry reflejaban el auge de la producción en masa de la década de los 50, cuyo ethos celebraba todo aquello que era asequible y diseñado para atraer a tantas personas como fuera humanamente posible ––independientemente de si la casa Levittown estaba hecha con asbesto, el Presidente con apariencia de estrella de cine era el vástago de un imperio contrabando ilegal, o que el muchacho que escribió nuestras canciones favoritas era un monstruo. Después de todo, Berry fue a la cárcel en la plenitud de su carrera por haber llevado a una niña de 14 años a través de fronteras estatales, supuestamente con fines sexuales, sólo para salir de la cárcel aún más popular de cuando entró. (A fines de los años 80, cuando Berry fue acusado de agredir a una mujer en un cuarto de hotel y luego acusado de filmar secretamente a las mujeres que usaban el baño de su famoso restaurante en Missouri, su carrera como un hitmaker tenía muchos años de muerta).

Foto: Nolan Allan

Claramente, hay varias narrativas, implícitas y explícitas, que debemos considerar al evaluar la vida y el legado de músicos como Berry, y cada uno merece un examen minucioso. Si, como escribió Richard Hell, "cada historia del arte es una historia alternativa", entonces la música de Berry existe en un universo en el que, por un buen rato, no tuvo modo de equivocarse. Logró la aparentemente imposible tarea de poner las actitudes de una generación naciente en palabras y riffs, y en el proceso sirvió como génesis para la cultura del rock como la conocemos. Sin embargo, es totalmente concebible que el mismo sentido de audacia y atrevimiento que le ayudó a escribir canciones como "Johnny B. Goode" o "Roll over Beethoven" lo hicieran pensar que estaba exento de las normas que rigen la interacción interpersonal, que a su vez condujo a un comportamiento reprensible que dañó la vida de otras personas. Así que si reconocemos la posibilidad de que los mismos rasgos intrínsecos que estimularon a Berry ––o cualquier otro artista, para el caso–– a crear buena música también fueron los causantes de que perjudicara a otras personas, ¿cómo carajo se supone que debemos reconciliar las dos historias con que nos quedamos? (David Remnick del New Yorker, hizo un trabajo admirable de engancharse con la totalidad de la vida de Berry, aunque ese texto es una excepción y no la regla).

Hay raramente propuestas del tipo "esto o lo otro" cuando se trata de artistas y moralidad. En cambio, he estado pensando sobre algo que escribió Simone de Beauvoir en Para una moral de la ambigüedad, que puede interpretarse como una perspectiva en la que lo bueno y lo malo de la vida de una persona se pueden considerarse simultáneamente:

El individuo se define solamente por su relación con el mundo y otras personas; existe sólo al trascenderse a sí mismo y su libertad sólo puede lograrse mediante la libertad de los otros. Justifica su existencia por un movimiento que, como la libertad, brota de su corazón pero lo conduce fuera de él.

Bajo esta línea de pensamiento, somos capaces de definir la vida de Berry por su relación con los demás y por lo tanto puede (y debe) ser juzgado severamente ––mientras abracemos el hecho de que las fallas de Chuck Berry no niegan el hecho de que no sólo hizo algo que fue de gran importancia para millones de personas, sino que jugó un papel integral en el trascendental cambio en l cultura que se vivió en la década de los 60. En lugar de determinar el valor último de Berry creando algunos recuentos arbitrarios donde el bien que hizo se mide contra el mal que hizo, podemos reconocer que la música que puso a circular en el mundo no era un reflejo de su carácter personal, incluso aunque cada uno venga del mismo lugar. En cambio, las transgresiones personales y el legado musical de Berry se convierten en partes de un todo mayor, que se vuelve extremadamente complicado de agarrar y que nos obliga a soportar las múltiples narrativas contradictorias como igualmente válidas. Sí, Chuck Berry fue un tipo medio jodido que hizo unas cosas de la súper dick, pero su música existe afuera de su contexto personal ––forjada por una historia, pero tomada por las masas que la utilizaron para crear sus propias historias.

Imagen principal: Charles Paul Harris / Getty Images.

Nolan Allan es un fotógrafo basado en Carolina del Norte. Síguelo en Instagram.