drogas en la cima del mundo

¿Tiene el Everest un problema con el dopaje?

La escalada es un deporte único, no solo porque no es competitivo, sino porque tampoco está regido por ningún comité disciplinar. De tal manera, perseguir el dopaje a estas alturas es un asunto delicado.

por Daniel Oberhaus
05 Septiembre 2016, 6:32am

Photo by Daniel Oberhaus

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El 17 de mayo de 2009, Jesse Easterling irrumpió a trompicones en una de las tiendas de campaña de asistencia médica levantadas en el campamento base de la montaña más alta del mundo, el Everest. Easterling es un escalador amateur que perseguía alcanzar la cumbre de la montaña en pocos días. Claro que a tenor del estado en que el joven se personó en la tienda, quedó claro que no volvería a pisar la montaña en lo que quedaba de temporada.

El escalador presentaba un gran bulto en el dorso de su cuello, y estaba tan ido que ni siquiera recordaba su nombre. Con el tiempo, los servicios médicos del Everest pudieron desentrañar el motivo de su desorientación. El joven llevaba un mes consumiendo dexametasona, un poderoso esteroide antiinflamatorio, cuando decidió abandonar abruptamente la medicación, lo que le provocó un síndrome de abstinencia de órdago.

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La interrupción en seco del consumo de la sustancia puede tener efectos devastadores en el organismo, los suficientes como para detener por completo el drenaje suprarrenal y provocar un colapso orgánico total. En realidad, que Easterling estuviera todavía en pie cuando llegó a pedir ayuda era casi un milagro; de no haber recibido atención médica inmediata hubiese muerto en cuestión de minutos.

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Finalmente, Easterling fue evacuado en helicóptero y se pasó 12 días ingresado en la unidad de cuidados intensivos de un hospital de Katmandú. Una vez recuperado denunció a su médico estadounidense —el mismo que le había recetado la dexametasona, y que le había prescrito que la ingiriera regularmente una vez se encontrara en el Everest. Al final, el joven escalador ganó el caso tras alcanzar un acuerdo que no ha sido revelado.

El caso de Easterling es uno de los hilos conductores del sensacional artículo publicado en 2013 por la revista Outside en el que se aborda el aumento del consumo de dexametasona en el Everest. El artículo denuncia sendos casos en los que prestigiosos montañeros del Himalaya habrían consumido la controvertida sustancia sin que mediara situación de riesgo alguna —el de Easterling, y el de una expedición al Lhotse, la cuarta montaña más alta de la tierra, dirigida por un grupo de escaladores profesionales españoles—.

En ambos casos, el imprudente consumo habría estado muy cerca de tener consecuencias letales. El artículo cuenta con los testimonios de Eric Johnson, expresidente de la Wilderness Medical Society, y del especialista que atendió a Easterling quien asegura que "le extrañaría muchísimo que el porcentaje de escaladores que consumen dexametasona a partir del Campamento III instalado en el Everest, estuviera por debajo del 50 por ciento de los montañeros".

El artículo traza un retrato de una montaña plagada de escaladores profesionales y amateurs que consumen dexametasona para mejorar su rendimiento en altitud, un escenario en el que todo el mundo avanza dopado rumbo a la cumbre. Claro que: ¿es eso lo que está pasando realmente?

"Parece que últimamente se está hablando mucho del doping en el Everest", relata Andrew Luks, profesor asistente de medicina pulmonar en la Universidad de Washington. "Poco después de que la revista Outside publicara el caso de Jesse Easterling, la prensa generalista pareció interesarse por la situación. La pregunta es: ¿es Jesse Easterling una excepción? ¿O hay mucha gente haciendo lo mismo que él? Lo cierto es que no hay evidencias suficientes para concluir si se trata de una cosa o de la otra".

Y a pesar de la falta de evidencias, parece que la opinión de la comunidad escaladora ha quedado dividida. La divulgación de rumores y de habladurías no le han hecho ningún favor al debate. Por un lado, nos encontramos con la opinión de gente como Jelle Veyt, un escalador belga de 30 años que ha alcanzado la cumbre del Everest por primera vez este mismo año.

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"He escuchado muchas historias de escaladores que consumen dexametasona aquí", cuenta Veyt a VICE Sports. "He llegado a escuchar historias de transfusiones de sangre en el campamento base. Yo creo que es verdad. El doping es una plaga que está en todas partes. Y nosotros no somos una excepción".

Sin embargo, los responsables de las expediciones comerciales con los que ha hablado VICE Sports no están tan seguros de que exista problema alguno. "No paro de escuchar historias sobre el problema del doping en el Everest, pero lo cierto es que yo no lo veo demasiado", opina Russell Brice, un prestigioso escalador profesional que es, además, propietario de la empresa de viajes de aventura Himalayan Experience, una de las compañías más grandes que operan en el Everest. "Hasta donde yo sé, no es un problema que exista en mi equipo. De hecho, nosotros recomendamos disminuir el consumo de medicinas como el Diamox [un fármaco genérico que se emplea para prevenir el mal de alturas y/o el vértigo], antes de atacar la cumbre".

Las versiones contradictorias sobre la auténtica dimensión del abuso de dexametasona en el Everest despertaron el interés tanto de Luks, como de tres de sus compañeros, los facultativos especializados en alta montaña Colin Grissom, Peter Hackett y Luanne Freer, la fundadora del servicio de urgencias médicas en el Everest. En un intento por arrojar algo más de luz sobre el caso, los médicos diseñaron el primer estudio conocido para cuantificar el consumo de dexametasona en el pico más alto del planeta.

De tal manera, entre 2014 y 2015, los médicos invitaron a varios escaladores a participar en una encuesta anónima en la que se les interrogaba sobre su consumo de fármacos en el Everest. Un total de 187 escaladores denunciaron el uso de fármacos en 262 expediciones diferentes "durante un largo periodo de tiempo". Si bien Luks no ha podido facilitar los números exactos —el estudio sigue en curso y se encuentra a la espera de ser revisado por sus colegas antes de su publicación en una revista académica—, Hackett sí ha hecho algunas observaciones generales.

"Una lectura rápida del estudio concluiría que "no existe una cultura de la dexametasona en el Everest", relata Hackett, un especialista en medicina de altitud muy bien considerado, que también es director del Institute for Altitude Medicine. "Prácticamente no lo consume nadie". Hackett ha apelado a la superfluidad del Everest como probable explicación del escaso número de casos de consumo de dexametasona denunciados en el estudio.

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"Yo no recomendaría consumir dexametasona en el Everest", cuenta. "Es innecesario. Sería mucho más adecuada para otras cumbres en las que el ascenso es más abrupto, donde no hay tiempo para aclimatarse, el riesgo de contraer enfermedad de altura es elevado y donde los escaladores no utilizan oxígeno— estoy pensando en el Kilimanjaro".

Claro que es importante advertir que el estudio ha sido voluntario. Y también hay que tener en cuenta que a nadie le gusta confesar que ha hecho trampas, especialmente cuando se trata de alcanzar uno de los logros más importante de sus vidas. De tal manera, aún cuando la encuesta sea un retrato inexacto del abuso de fármacos —o de su ausencia— en el Everest, lo cierto es que apunta hacia una pregunta más espinosa y fundamental: ¿qué importancia tiene realmente tomar sustancias para mejorar tu rendimiento cuando compites solo contra la Madre Naturaleza?

Los escándalos de dopaje son abundantes en otros muchos deportes profesionales. Sin embargo, el vínculo del montañismo con el dopaje es ligeramente más complicado que el de otras disciplinas como el tenis o el ciclismo.

En primer lugar, el montañismo es un deporte único debido a que no es competitivo. También es un deporte que no depende de unas normas oficiales, de manera que la trampa no ha lugar realmente. En otros deportes, el doping está mal visto y explícitamente prohibido.

Claro que también es verdad que por mucho que no sea competitiva, la escalada cuenta con sus propios récords mundiales. Tal sería un argumento para defender que el dopaje en el Everest sí importa. Algunos escaladores, de hecho, batallan entre ellos para arrebatarse sus respectivos registros. Aunque también es verdad que cuando un escalador bate un récord mundial no le espera nadie a pie de montaña con ningún trofeo. Los archiveros de la base de datos del Himalaya, que son lo más cercano a un tanteador que tiene el Everest, aseguran que jamás valoran si el escalador estaba dopado o no en el momento de coronar la cumbre. Eso se explica, en parte, porque no disponen de ningún método para comprobar si lo estaban; y se explica, igualmente, porque por mucho que lo hicieran, no existe ningún comité disciplinario o sancionador.

La Agencial Mundial Antidopaje (AMA) ha promulgado varias normas explícitas para definir cuando se considera que existe doping en la montaña. Sin embargo, y tal y como Richard Salisbury, archivista de la base de datos del Himalaya, cuenta a VICE Sports, no hay nadie sobre el terreno para garantizar el cumplimiento de esas normas. Y, de la misma manera, determinar cuándo ha sido culpable el consumo de dexametasona también es algo traicionero. "En el mundo del montañismo doparse es relativamente fácil, puesto que algunas de las sustancias prohibidas, como la dexametasona, son a su vez medicinas contenidas en el botiquín de primeros auxilios de todo escalador", cuenta Mike Trueman, un montañista profesional que cuenta con más de cuatro décadas de experiencia. "A diferencia de la mayoría de deportes, nosotros llevamos con nosotros la sustancia que mejora nuestro rendimiento".

Foto de Jody McIntyre

Muchos de los escaladores que han hablado con VICE Sports achacan el presunto incremento del uso de sustancias dopantes en el Everest al aumento de las expediciones comerciales registrado durante las dos últimas décadas. Los escaladores sin experiencia que acostumbran a integrar tales expediciones tienen más números de ser víctimas de la "fiebre de las alturas". Para muchos, los precios prohibitivos de la expedición —más de 60.000 dólares—, y la exigencia de tiempo requerido para completarla —los escaladores se pasan cerca de dos meses en el campamento base del Everest durante la temporada—, significan que lo más probable es que tal sea la única oportunidad de sus vidas para coronar la montaña del Himalaya. Y, debido a ello, muchos están dispuestos a hacer todo lo que sea necesario para asegurarse de que no han despilfarrado ni su tiempo ni su dinero —y comoquiera que no tienen experiencia, se aferran a la dexametasona como a una tabla de salvación.

Claro que la dexametasona no es la única sustancia que mejora el comportamiento del organismo humano en las alturas. La Agencia Mundial Antidopaje está cada vez más preocupada por el consumo de EPO entre los montañeros. El EPO es una de las sustancias que se esconde detrás de alguno de los mayores escándalos de dopaje en el mundo del ciclismo. Se trata de una hormona glicoproteica que incrementa los niveles de oxígeno en la sangre.

Jost Kobusch, es alemán, tiene 23 años y es un purista de la escalda. Kobusch confiesa a VICE Sports que ha escuchado muchas historias sobre el cada vez mayor número de escaladores amateurs que consumen dexametasona. Lo hacen especialmente en el día en que tienen que coronar la cumbre. En el Everest y en el mundo de la escalada, de hecho, el uso de oxígeno también está considerado como una forma de dopaje. "El oxígeno es una droga", asegura Kobusch. "Básicamente te ayuda artificialmente a encajar en el lugar. El pensamiento deportivo es que puedes hacerlo o puedes no hacerlo".

Cuando Edmund Hillary y Tenzing Norgay se convirtieron en los dos primeros escaladores en coronar el Everest en 1953, lo hicieron con ayuda de oxígeno. Y así lo han hecho también la mayoría de los 4 000 escaladores que les han emulado desde entonces. La Federación Internacional de Escalada y Montañismo, el organismo deportivo internacional que regula el deporte, no condena explícitamente el uso de oxígeno, pero en un informe reciente sobre el dopaje en montaña, concluía que "no existe la menor duda de que el oxígeno es un fármaco". Sus directrices sobre el consumo de oxígeno han desatado un mayor debate que ninguna otra sustancia mencionada en el informe.

Edmund Hillary y Tenzing Norgay. Imagen vía Wikimedia Commons

Más allá de que no considere o no el consumo de oxígeno como una forma de doparse, lo cierto es que el consumo de sustancias en el montañismo es irrefutable. Al principio, los fármacos más usados eran anfetaminas como el pervitin, la bencedrina o la dexedrina, muy extendidas durante las décadas de los 60 y de los 70 entre los escaladores que intentaron coronar los picos más peligrosos del planeta. Los corticoesteroides como la dexametasona no irrumpieron hasta los años 70. Entonces, algunos médicos, como el propio Hackett empezaron a inyectársela a todos los escaladores que padecían edemas cerebrales de altitud (ECA), una inflamación cerebral que ha causado muchas muertes entre escaladores de todo el mundo.

Tal y como Hackett y sus colegas descubrieron en su día, la dexametasona es la sustancia más efectiva para combatir los síntomas del ECA. Una inyección a tiempo devuelve al escalador la suficiente sensibilidad perdida como para poder evacuar la montaña. Claro que no pasaría mucho tiempo hasta que los escaladores descubrieran que el consumo de la dexametasona es un poderoso estimulante: el escalador corona su escalada con un entusiasmo desconocido. Tal y como Hackett ha declarado a Outside: "Yo solo se lo inyectaba a personas que habían perdido la consciencia o que tenían cuadros muy graves. Ojalá hubiese pensado en administrárselo a gente que no estaba tan mal. No me cabe duda de que entonces hubiera obtenido resultados milagrosos".

Sin embargo, según Natasha Burley, una anestesista escocesa que forma parte de la plantilla de tres médicos que este año dirigen el servicio de urgencias en el campamento base del Everest, el uso profiláctico de la dexametasona puede acarrear graves problemas. "Los médicos que no tienen experiencia en la medicina de altitud se lo recetan a los escaladores que viajan al Everest, sin advertir el riesgo que ello entraña", cuenta Burley. Para ella, el caso de Easterling es el mejor ejemplo de una negligencia médica.

El consumo extensivo de la dexametasona —es decir, consumirla durante más de siete días consecutivos— puede desequilibrar peligrosamente los niveles de adrenalina del organismo, hasta el punto de provocar la insuficiencia de los órganos. Es más, cuando los escaladores la consumen de manera preventiva mientras se dirigen a la cumbre desvirtúan su aplicación original. De manera que si las cosas se complican y el escalador o la escaladora padece un edema cerebral, entonces muy poco se podrá hacer para salvar su vida. "La dexametasona debería de consumirse para el descenso, no para el ascenso. De otro modo, te conviertes en un peligro para todos los demás escaladores".

Al final, el debate sobre el dopaje en el Everest incumbe a un vasto espectro de asuntos: en un extremo estaría la condena ética y médica del uso recreativo de la dexametasona; y en el otro, la casi universal aceptación del oxígeno. Y entre ambos extremos, las opiniones varían ampliamente —un factor, que de acuerdo con los escaladores entrevistados por VICE Sports, es, precisamente, la gracia de la escalada.

"A mí lo que me gusta de la escalada es que no importa lo que consumas", cuenta Jelle Veyt, mientras se relaja en el interior de su tienda, en el campamento base. "Hay mucha gente que considera que el oxígeno es una sustancia dopante, pero para mí no importa qué hagas para llegar a la cumbre, siempre y cuando puedas ser honesto al respecto. No hay reglas, así que tienes que hacerlas tú mismo. Para mi solo es tramposo aquel que no es honesto en el relato de lo que ha hecho".

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