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hasta el final

Por qué el ciclismo debería ser una asignatura obligatoria en la escuela

Fui a Andorra a presenciar una etapa del Tour de Francia en directo y entendí la magia que empuja a los aficionados a desafiar el granizo y la lluvia para animar a sus ciclistas favoritos.

por Pau Riera
12 Julio 2016, 11:40am

Foto de Pau Riera

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Sé que no es muy ortodoxo decir que un deporte —el ciclismo, en este caso— tendría que enseñarse en las escuelas; al fin y al cabo, hay cosas muchísimo más importantes que enseñar que algo tan prosaico como pedalear hasta el infinito sobre una bici...

...o quizás no.

El ciclismo engloba una serie de virtudes que van más allá de lo deportivo, que lo hacen idóneo para educar, disfrutar y de paso hacer ejercicio: la superación, el esfuerzo, el compañerismo y la mentalidad colectiva son valores esenciales tanto en el ciclismo como en la vida.

Quizá pienses que estas características se encuentran en muchos otros deportes, y tendrás razón: lo bueno del ciclismo, sin embargo, es que no solo importa lo que hagan los atletas... sino que también es relevante, y mucho, lo que hacen los aficionados.

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Empezaré por el principio. Desde hace años, cada verano me planto media tarde delante de la televisión para poder ver cómo los corredores se enfrentan a los peores puertos. Con el tiempo he ido aprendiendo sobre este deporte a medida que pasaban frente a mis ojos los Tours, las Vueltas, los Giros y alguna que otra clásica.

Descubrí que cada movimiento en el pelotón sigue un plan estratégico para hacer llegar al líder de filas con opciones de ganar la ronda, para meter a alguien del equipo en la escapada del día o para posicionar bien al lanzador y al sprinter en los metros finales de las etapas llanas.

Una de las primera rampas del día al salir de Val d'Aran. Foto de Andrea Oleart

También descubrí que el ciclismo gusta a mucha, muchísima gente, y que la mayoría tienen la primera parte de las tardes de julio reservadas en su sofá. Por la tele se ven muy bien los ascensos, los ataques y la evolución del pelotón; lo que siempre me ha fascinado, sin embargo, no son los ciclistas... sino los miles de aficionados que jalean el paso de los ciclistas en cada etapa.

Este año decidí experimentarlo por mí mismo y ascendí a Arcalís, en Andorra, para presenciar un final de etapa... y allí, como si de una iluminación se tratara, entendí el porqué de todo.

Antes de nada hay que saber que seguir el ciclismo requiere muchas, muchísimas horas. No es como ir a un campo de fútbol, pasar allí los 90 minutos y volver a casa: en ciclismo se necesita bastante más tiempo, tanto de viaje como muy especialmente de espera. Las carreteras se cierran horas antes que pase el pelotón, así que para poder verlo hay que subir de buena mañana; no solo para evitar los atascos, sino también para coger sitio... y para conocer gente, por supuesto.

En la etapa de Andorra, a muchos kilómetros del puerto final ya se podía ver a una multitud de aficionados subiendo en bicicleta hacia la cumbre. Poco después, y ya con los coches en los improvisados parkings, mucha gente acababa de hacer los últimos kilómetros a pie —o en bici, evidentemente.

Poco menos de una hora después de esta foto, estas curvas bucólicas estarían cubiertas de agua y granizo. La meteorología convirtió la etapa en una de las más duras de los últimos años. Foto de Pau Riera

En Arcalís había banderas de todos los países del mundo, colgadas de una infinidad de autocaravanas que llevaban ahí una o dos noches esperando el día D y la hora H para ver pasar los ciclistas que tanto admiran. También había grupos de gente con neveras, mesas, sillas... y un factor común: la sonrisa en la cara.

Los más pequeños estaban nerviosos aún cuando faltaban cuatro o cinco horas; los veteranos se movían con la soltura de quien sabe qué tiene que hacer y adónde debe ir. Los mejores sitios se llenaron pronto, pero sin sobresaltos: el buen ambiente reinaba por doquier y la gente hacía hueco para los que iban rezagados.

A medida que los aficionados que subían en bici iban pasando, los que ya estaban situados en los márgenes de la carretera les animaban como si fueran el mismo Alberto Contador. Este compañerismo me maravilló: nunca aparecer en la tele, pero las horas previas son lo mejor de cualquier etapa ciclista. Puede que algunos ya se conozcan de otras ocasiones, pero la mayoría no se han visto en la vida.

Los que jalean a los profesionales bajo el granizo ponían el mismo ímpetu en animar a otros aficionados que antes habían negociado la misma curva. Foto de Pau Riera

A pesar de animar a distintos ciclistas, todos comparten un denominador común: les gusta de verdad el ciclismo y viven por ello. Por eso se cuentan anécdotas de las mejores ascensiones que han hecho y discuten sobre quién va a ganar el Tour este año mientras comparten una cerveza bien fría —un ítem, por cierto, muy preciado durante las horas previas a la etapa—.

La etapa de Arcalís, sin embargo, tenía otra lección que ofrecer. Al principio reinaba el sol y nadie se fijaba en los oscuros nubarrones que empezaban a congregarse. Todo parecía perfecto, pero... ¿qué sería el ciclismo sin épica?

Cuando el público ya conocía el abandono de Alberto Contador y se estaban acabando de secar las pintadas de ánimo en el asfalto, un trueno rompió la bucólica escena. Un segundo después empezaron a caer gotarrones enormes que pronto pasaron de estado líquido a sólido: sobre el valle comenzó a caer una tremenda granizada.

Nadie se movió. Nadie hizo siquiera ademán de hacerlo. Los afortunados que tenían paraguas o chubasqueros los utilizaron: los que no se calaron bien las gorras, dispuestos a aguantar el chaparrón. Quedaba menos de una hora para que llegase el primer escapado, el neerlandés Tom Dumoulin, pero ni un solo aficionado estaba dispuesto a marcharse y abandonar después de pasar el día entero esperando allí arriba.

Los aficionados, de hecho, se miraron con la confianza de saber que estaban haciendo lo correcto. Los padres abrazaban a sus hijos y les decían que, si sus ídolos subían aguantando el granizo, ellos debían aguantar para animarlos. A los críos les pareció genial: al fin y al cabo, para ellos era una experiencia vital que contarían en la vuelta al cole el próximo septiembre.

Sí, todo lo que blanco que ves en el suelo es granizo. Foto de Pau Riera

Cuando llegó Dumoulin todo el mundo salió de debajo de sus paraguas, del cobijo de los árboles y de los toldos de las autocaravanas: en la carretera rápidamente se formó un pasillo de arengas y palmadas en la espalda del ciclista. A medida que llegaron más corredores, las preocupaciones fueron desapareciendo: el nerviosismo de pensar en cómo regresar al valle bajo ese aguacero se disolvió y se transformó en gritos de ánimo.

Los fans estaban allí para animar y eso hicieron. Es sencillamente emocionante ver cómo la cara de sufrimiento de los ciclistas se destensaba un momento para agradecer el aliento de los aficionados.Estoy convencido de que la gente en sus casas llegó a admirar a los fans tanto como a los corredores.

Después del paso del pelotón, nada nos retenía allí, así que empezó un exilio pasado por agua. Los frenos de las bicicletas chirriaban, empapados; los que iban a pie buscaban cualquier cartel, plástico, bandera, lo que fuese, para refugiarse. Todos, sin embargo, tenían una sonrisa grabada en la cara. Algunos niños aún saltaban y gritaban debajo de la lluvia.

Los Dumoulin, Valverde y compañía habían sufrido, pero los aficionados se habían pasado todo el día allí arriba, primero debajo de un sol abrasador y después aguantando un granizo con piedras del tamaño de monedas de un euro. Ni desertores ni malos rollos: solo compañerismo, generosidad y pasión.

Yo lo tengo claro: hay que rendirse ante los aficionados. Los ciclistas profesionales sufren mucho, pero viven de esto; los aficionados, en cambio, van por placer, porque el ciclismo les llena, e incluso se llevan a sus hijos —bebés de pocos meses en algunos casos— para que aprendan todo lo que significa este deporte.

Los niños que subieron ese día a Arcalís entendieron muchas cosas no ya sobre el ciclismo, sino sobre la vida: tan solo ellos se lo podrán explicar a sus amigos en el colegio. Por mucho que los otros lo comprendan, nunca lo habrán vivido en primera persona: nunca sabrán lo que significa.

La asignatura les quedará pendiente... al menos hasta el año que viene.

El autor ya se ha recuperado del catarro y sigue tuiteando sobre su experiencia iluminadora en Twitter: @21pauriera

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