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El cautivador atractivo del futbol francés

El futbol francés ha ocupado un lugar especial en mi corazón desde que vi por primera vez a Sidney Govou. En la actualidad, el balompié galo tiene la oportunidad de estar a la altura de las potencias europeas.
8.5.17
Yoan Vlat/EPA

Mi primer encuentro con el futbol francés fue a los 10 años. Habiendo nacido en la década de los 90, me perdí del ajetreo en las canchas inglesas. La versión que presencié fue aquella de disparos majestuosos, que añadían estilo y calidad a la pasión de los futbolistas británicos. Una mañana, mi padre había dejado el televisor prendido después de ver una competencia de ciclismo o esquí a campo traviesa, no recuerdo muy bien. El programa deportivo mostraba el resumen de los partidos del fin de semana de la Ligue 1.

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Me cautivó inmediatamente. Pude ver a futbolistas con botines plateados y tatuajes de telarañas pegándole al balón con una fuerza desquiciada. El ritmo frenético con el que se jugaba era algo nunca antes visto por mis ojos –y eso que había presenciado el triplete de Mark Viduka sobre el Charlton Athletic–. Estaba acostumbrado a ver jugar a Stephen Carr, David Dunn, y Lee Carsley, completamente ignorante de que existía todo un universo plagado de uniformes increíbles y jugadores con relámpagos tatuados en sus cabezas rapadas. Cautivado por las jugadas frente al televisor había dejado a mi padre exasperado y molesto, golpeando la ventana mientras me pedía a gritos que desconectara la cortacésped del enchufe más cercano a mí. Lo siento papá, hoy no. Acababa de descubrir la existencia del Olympique Lyonnais, y a su jugador brasileño que vestía Predator Pulses anotando tiros libres de fuera del área. El césped de la entrada tendría que esperar.

Para cuando el programa había terminado, yo era un hombre diferente. No más resúmenes deportivos de futbol inglés. ¿Pay Shepherd? Olvídalo, mamá, –coq au vin, s'il vous plait–. Pasé horas buscando a un jugador con mohicano rubio y de uniforme azulado que había visto en un vídeo escondido de pésima resolución en el menú extra de FIFA 2003. Después de recorrer los foros en internet y motores de búsqueda, por fin di con el susodicho: se trataba del delantero serbio, Danijel Ljuboja. Con 34 goles en 123 partidos para el Strasbourg, no era ni prolífico ni de alto perfil, pero por alguna razón, en la increíblemente limitada opción de personalización de FIFA 2003, los creadores habían decidido darle su propio corte de pelo. Fue uno de los momentos más emocionantes. Quedé enganchado.

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Históricamente, la Ligue 1 ha sido pasada por alto como competición de élite en Europa. Por estar clasificada debajo de las ligas en Inglaterra, España, Alemania e Italia, se le ha visto como un terreno para desarrollar jóvenes promesas, pero no como un destino final. Las demás ligas han pasado por sus años dorados: el romance de la Italia de los 90; la era de los Galáticos y Messi/Ronaldo en España; la racha inglesa de cuatro finalistas en la Champions League a mitad de los 2000; la final entre sólo jugadores alemanes en 2013, seguido de la llegada de Pep Guardiola a Múnich. Lo mismo no se puede presumir de Francia.

A pesar de ello, los equipos franceses han tenido actuaciones constantes en Europa, y mucho más durante mi despertar pseudo-futbolístico/pseudo-sexual provocado por la Ligue 1. En 2004, el Mónaco –ayudado por el préstamo del delantero español Fernando Morientes– llegó a la final de la Champions League contra el Porto de José Mourinho. El equipo del Principado encarna la esencia del futbol francés mejor que cualquier otro club galo: un estilo de juego dislocado de sus alrededores, un club constantemente eléctrico, dinámico, emocionante.

PA Images

El dinamismo ha vuelto esta temporada, gracias a la atención que los conjuntos de la Ligue 1 han recibido por medio de redes sociales y la cultura mainstream que nos permite ver un partido de futbol en cualquier lugar y en todo momento.

El futbol francés obtuvo más atractivo para los jugadores talentosos, luego de la revolución qatarí que tomó las riendas del Paris Saint-Germain y su poderosa inversión sin precedentes. El cambio coincidió con la llegada de Ezequiel Lavezzi, Thiago Silva, Javier Pastore, y Marco Veratti, al igual que los gigantes David Beckham y Zlatan Ibrahimovic.

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Gozoso de riquezas y talento, el PSG desarrolló un monopolio en Francia, similar al que el Lyon puso en marcha cuando yo tenía 10 años, y que le recompensó con siete campeonatos consecutivos en la Ligue 1. En París hubo cinco títulos al hilo, pero también varias críticas. Los jugadores que fichaban para el PSG eran vistos como mercenarios que tomaban el camino fácil, en lugar de esforzarse para llegar a una liga más competitiva.

Los "nuevos ricos" parisinos llamaron la atención de nombres famosos a la capital francesa. Pero esto convirtió a la Ligue 1 en un callejón sin salida. Francia era vista como otra Escocia: un equipo poderoso rodeado de muchos niños llorones.

Pero esta campaña, la historia ha sido muy diferente. Gracias a su reflexión, a su extensa red de cazatalentos y enfoque en los jugadores, el Mónaco y Nice se han puesto al tú por tú con el PSG. El campeonato podría ir para cualquiera.

El buen trabajo del Mónaco le ha recompensado a la ofensiva al acumular más goles que cualquier equipo de élite en Europa. No sólo lucen sólidos en su competición nacional, también han dejado una buena impresión en la Champions League. Pocas veces un equipo logra combinar la rebeldía de los jóvenes con la compostura de los veteranos. Echando una mirada a la historia del futbol, resulta tentador comparar este equipo con el Manchester United de Sir Alex Ferguson de los 90 y 2000. El conjunto del Principado tiene a Thomas Lemar (21), Bernardo Silva (22), Benjamin Mendy (22), y Tiemoué Bakayoko (22). Pero la joya de la corona es el jugador revelación Kylian Mbappé, quien a su corta edad de 18 años posee una devastadora combinación de ritmo explosivo y compostura aterradora. El jovencito luce perfilado para convertirse en la siguiente mega estrella del futbol mundial.

Si el Mónaco logra desafiar las probabilidades en su contra y llegar a la final de la Champions League este año, existe la posibilidad que su éxito funcione como un catalizador para acrecentar la imagen de la Ligue 1. La última vez que un conjunto galo ganó dicha competición fue en su temporada inaugural: en 1993, el Marseille de Marcel Desailly, Rudi Voller, y Didier Deschamps se impuso sobre el Ac Milan más grande de la historia que contaba con Van Basten, Maldini, y Baresi.

La Ligue 1 siempre ha ocupado un lugar especial en mi corazón, desde la primera vez que vi a Sidney Govou. Y, por primera vez en mi vida, la balanza podría cambiar en Europa. El futbol francés tiene la oportunidad de ponerse a la altura de las potencias del Viejo Continente.

@TobyDennett para @TheFootballPink

Este artículo se publicó originalmente por The Football Pink. Puedes recibir más información en su página oficial.