Ser mediocre es mejor que intentar ser el mejor en todo

La carrera por la excelencia te tiene paralizado.

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17 Abril 2019, 4:00am

Ilustración por Teresa Cano

Me cuenta mi amiga Cecilia a través del chat de Facebook que la mediocridad define su vida: “Me han llamado mediocre desde el colegio, y sin ningún pudor: artista mediocre. Era estudiante de suficiente y bien; algún notable, algún sobresaliente, jamás una matrícula de honor; inconsistente en todo, cambiante, quiero probar muchas cosas y no sé para qué. Finalista en concursos, nunca ganadora, ni la más guapa, ni la más fea”. Inmediatamente se me coge un pellizco en el estómago al pensar que esta chica está haciendo una radiografía de mi persona, de mi medianez. Me calmo, hago repaso mental y, claro, no solo somos nosotras, este es un bicho que ha picado a todo cristo.

Y es que si entendemos la mediocridad como medianía es lógico estar ahí; estadísticamente no podemos encontrar la excelencia en todo: la mayoría de las cosas que hacemos las hacemos así, ni bien ni mal. Si me apuras, con este estilo de vida que llevamos en el que el tiempo y el espacio no nos permiten profundizar, con suerte las hacemos regular. Entonces, ¿por qué tanta obsesión con ser excelentes en todo?


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No sé si alguna vez habéis tenido una pareja, una novia o un novio de esos cabrones, que parecen muy seguros de sí mismos pero que cuando cometen algún error corren como alma que lleva el diablo a echarle la culpa a alguien en lugar de asumir su responsabilidad. Esa persona a la que, cuando algo sale mal, no le tiembla la voz al decirte que eres una mediocre, que no te centras, que eres una torpe o que no sabes hacer nada en condiciones.

Bien, pues algo así hace con nosotros el capitalismo, sibilinamente pasándonos la patata caliente de sus carencias como sistema: convirtiendo en rasgos psicológicos y responsabilidades individuales lo que vienen siendo sus cagadas. Esto no me lo he sacado yo de la patata sino que lo desarrolla bien clarito el psicólogo Edgar Cabanas en un texto llamado Psiudadanos, o la construcción de individuos felices en las sociedades neoliberales. En él explica brevemente cómo el sistema capitalista ha acabado convirtiéndolo todo en una cuestión individual; el sistema cultural, social, económico y político dejan de tener, así, influencia en nuestro bienestar porque todo lo que no sale bien es, ojo al dato, culpita nuestra.

Lejos queda lo de “tú eres tú y tus circunstancias”, la buena mandanga de la vida pasa a ser cuestión de mérito: los logros profesionales dependerán entonces de tus características psicológicas: fortalezas, creatividad, talento, espíritu empresarial y todo lo que tenga que ver con el mérito individual; la salud también depende solo de ti, tus hábitos y estilo de vida: de que vayas al gimnasio y no comas carbohidratos por la noche, que te hagas tu lavativa de hierbas, te tomes los zumos antes de que se les vayan las vitaminas, tu ratito de mindfulness y a dormir ocho horas; la identidad, claro, sería cuestión de lo auténtico que seas: de que elijas bien la ropa que te pones para cada ocasión, cómo decoras tu casa, el país que escojas para nacer o hacer el Erasmus, si estudias ciencias o letras o si te va el poliamor o la monogamia; así hasta el infinito. Gracias a estos movimientos estratégicos, el novio cabrón se sacude de un solo gesto toda la responsabilidad que como sistema pueda tener sobre nuestras carencias o nuestra falta de bienestar.

"No queremos ser vulgares, buscamos la autorrealización a nivel individual y petarlo parece ser la última parada de nuestro viaje a la felicidad. Petarlo en el amor, en las redes, en el yoga, en el curro, petarlo como marca personal"

Y nos lo hemos acabado creyendo, hemos acabado por pensar que si no somos la hostia es porque no lo hemos intentado con la intensidad que merece la situación, que tenemos que concentrarnos para perseguir los objetivos que queremos en la vida. Así, poco a poco, esta dinámica nos acaba aislando, nos convertimos en islas en busca de esa excelencia individual en cada uno de nuestros movimientos; buscamos estrategias en soledad para llegar a lo más alto y pisamos todas las cabezas que hagan falta porque la cosa está muy mala. Nos obsesionamos con no descansar jamás en la zona de confort; no queremos dejar nada al azar, todo lo que hacemos ha de ser medido y controlado para el éxito. La mediocridad es el humo negro de Lost. No queremos ser vulgares, buscamos la autorrealización a nivel individual y petarlo parece ser la última parada de nuestro viaje a la felicidad. Petarlo en el amor, en las redes, en el yoga, en el curro, petarlo como marca personal. La burbuja del petamiento nos está explotando en la cara y no nos hemos dado cuenta.

La explosión de la burbuja podría llegar, entre otras cosas, a través el miedo a no petarlo, a no ser la hostia todo el rato. Este temor a la mediocridad es en el fondo un lugar de opresión en el que terminamos paralizados por miedo a no ser excelentes.

Luego vendrá algún gurú de la motivación a decirnos que nuestro bloqueo es en realidad autosabotaje, que nos da miedo demostrar nuestra valía. Pero lo que nos da miedo es no tenerla, porque se nos ha repetido hasta la saciedad que si no demostramos lo que valemos no merecemos respeto; en este tipo de discurso no cabe la posibilidad de que no funcionemos dentro del sistema porque este nos exige demasiado a nivel individual. Pero la realidad es que nos está exigiendo desmesudaramente y que no hay quien aguante tanta presión.

Así, dentro de esta dinámica agotadora, podemos acabar inmóviles y comidos por la ansiedad, haciendo lo que hoy en día se llama procrastinar, que viene a ser echar las tardes en los rincones más inhóspitos de internet: reventando Netflix, Pornhub, Filmin, Reddit o Instagram, aplatanando esa idea maravillosa pero demasiado ambiciosa, para nuestra tesis, nuestra nueva empresa, nuestro trabajo de fin de máster, nuestro proyecto artístico o fanzine. Estamos cagados y no podemos soportar las expectativas tan descabelladas que se proyectan, primero desde el sistema y de rebote desde nosotros mismos, sobre nuestra capacidad creadora.

No es raro que lleguemos a creer que la cantidad de amor que merecemos es directamente proporcional a nuestro nivel de petarlo. Lo que resulta imposible, con semejante peso en la mochila, es viajar a ningún lado. Sobre esto, Sara, por fin doctora en psicología, cuenta: “Pasé cuatro años estancada en el último capítulo de mi tesis doctoral. En mi casa siempre se han puesto muchas expectativas sobre mí y cuando por fin vislumbraba el final de mi tesina tenía tanto miedo de fracasar que no era capaz de avanzar ni una página. Cuando estaba a punto de llegar a la meta se me vino el mundo encima y comencé a rallarme con la cantidad de tiempo que llevaba trabajando y la cantidad de esfuerzo que había supuesto para el resultado mediocre que estaba consiguiendo, me daba miedo que el tribunal me la echara para atrás, que no viniera nadie a la lectura, que después de tanto esfuerzo a nadie le importara lo que había conseguido. Finalmente me di cuenta de que terminar el doctorado no me iba a hacer feliz, que iba a ser una cosa más, que me abriría puertas pero que no era la solución a mis problemas. Una vez me volví plenamente consciente de esto fui capaz de acabarla en tres semanas”.

"Esta paranoia de la mediocridad, este pánico a no destacar; esta carrera por la excelencia no es, como pasa con tantas y tantas cosas, más que un constructo social"

¿Quién nos ha contado que se nos va a querer según nuestros méritos? El ser humano es interdependiente, necesita de los demás para casi todo. Necesitamos un espejo donde mirarnos y estar cosidos los unos a los otros para no sentir que el mundo es una amenaza. Los motivos para querernos y necesitarnos tienen mucho más que ver con nuestra naturaleza animal que con lo bien que hagamos el examen de matemáticas o la cantidad de likes que alcancen nuestras publicaciones en Instagram. A veces, cuando me entra el canguelo a no ser querida por mi inagotable mediocridad pienso en esto y se me pasa un poco.

En su charla Ted: Cómo escapar de la niña prodigio, la escritora Sabina Urraca cuenta cómo reventó tres ordenadores antes de escribir su primer libro; como quedó totalmente paralizada por las altas expectativas que había generado un cuento que escribió con 12 años y que fue una bomba de reconocimiento dentro su entorno; cómo quedó envuelta en una especie de aura de niña prodigio de la que le costó sudores y lágrimas deshacerse.

Esta paranoia de la mediocridad, este pánico a no destacar; esta carrera por la excelencia no es, como pasa con tantas y tantas cosas, más que un constructo social. Como muchos otros, detrás esconde ingredientes básicos del ser humano como la necesidad de vinculación emocional, pero también es nuestro marco teórico, el sistema capitalista, el que nos sugiere los sucedáneos compatibles con que su rueda pueda seguir girando.

Esta carrera no tiene un final, como era de esperar, y la excelencia, por su propia naturaleza, pocas veces se alcanza. Cuánto más alto suban el listón los excelentes más altas serán las expectativas para todos, así que vamos a relajarnos. La maldición del crecimiento infinito es que nunca nos llena como pensamos que lo haría; siempre nos tiene ansiando más.

Bajarnos de esta rueda de hámster es una opción. No estaría de más rebobinar, remontarnos al origen, echar un vistazo a esas necesidades básicas y ver de qué forma podemos colmarlas sin tragarnos esta mierda del mérito y la excelencia que poco tiene que ver con nuestra realidad de seres humanos.

Es hora de decirle a este novio cabrón cuatro cositas bien dichas antes de que se atreva a volver a cargarnos el mochuelo de sus errores.

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