Cultură

Recorrimos el Cementerio de Chacarita con un investigador de criptas

El fantasma de la línea 93, cadáveres desaparecidos y personas que volvieron a la vida en su propio entierro: descubrimos y repasamos los mitos e historias de la ciudad de los muertos porteña
Fotos por Cristian

Artículo publicado por VICE Argentina

La puesta en escena es antagónica en el barrio de Chacarita: de un lado de la Avenida Guzmán, el movimiento de los pasajeros de la Línea B y el tren Urquiza que corre sin demoras. Del otro, una extensa vereda intervenida por puestos de flores anuncia la llegada al cementerio. La analogía entre la vida y la muerte es tan literal que resulta imposible no utilizarla como disparador del relato.

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“Entrá por la puerta principal, doblá a la izquierda y caminá hasta el fondo así tomamos unos mates antes de empezar”, me indica el guía por mensaje de audio. Camino hacia el punto de reunión con la mirada puesta en la dispar y heterogénea arquitectura de los panteones. Sin embargo, mi atención es interrumpida por las esporádicas bocanadas de putrefacción que emergen desde las galerías. Al llegar al encuentro, el agua ya había hervido.

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Hernán Vizzari

Hace más de 12 años que Hernán Vizzari se dedica a la investigación de cementerios. Al principio debió hacerlo de manera autodidacta ya que su oficio no es algo que se enseñe en escuelas ni universidades. “Lo que hago es recaudar toda la información desperdigada en bibliotecas y archivos alrededor del mundo para ordenarla y volcarla en mi web”, le explica a VICE mientras acomoda la bombilla en la yerba. Parte de su rutina es ir al cementerio dos o tres veces por semana para hacer lo que él describe como trabajo de campo: “indagar sobre la arquitectura y las personas que fueron enterradas acá para descubrir historias”. Más allá de haberse criado en el barrio, la afinidad de Vizzari por Chacarita tiene un trasfondo social. “El cementerio de Recoleta siempre estuvo vinculado a las familias patricias y es considerado por muchos como el más importante del país. Ese no es mi caso, creo que Chacarita y Flores son los cementerios realmente porteños”, afirma al pasar frente a la estatua de Gardel.

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El cementerio de Chacarita es uno de los rincones más bohemios y místicos de Buenos Aires. Allí no sólo se encuentran los restos de las figuras más icónicas de la cultura popular argentina, sino que también residen sus historias más increíbles y misteriosas. Según cuenta la leyenda, hay un taxi que circula por la zona sin patente, que es manejado por un chofer pálido y silencioso, y que lleva a sus pasajeros hacia el interior del cementerio. Aparentemente, todo aquel que sube al vehículo ve pasar toda su vida a través de la ventanilla antes de atravesar el portal hacia el más allá. Por otra parte, también existe el mito urbano que indica que cada vez que el colectivo de la línea 93 bordea el cementerio, comienza a sonar el timbre como si un espíritu se quisiera bajar. Ante estas versiones, Vizzari se asume como “un convencido de que lo paranormal existe” y aclara que son historias que respeta, a pesar de que algunas “sean un poco particulares”. Otro de los secretos a voces en torno a la Chacarita trata sobre un hombre que no soportó la muerte de su familia a causa de la fiebre amarilla y que se ahorcó el mismo día del entierro. Aparentemente, su fantasma aparece por las noches para volver a suicidarse una y otra vez, confinado a un lamento eterno. Al enlazar mitos y hechos históricos muchas veces se generan disonancias. Por eso, ante este relato en particular, el investigador se muestra escéptico y destaca que “el lugar donde hay más enterrados por esa enfermedad es el Parque de los Andes, donde sería más lógico que apareciera esta entidad sobrenatural”.

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Cementerio

VICE: ¿De qué manera influyó la fiebre amarilla en la historia del cementerio de Chacarita?

Hernán Vizzari: La fiebre amarilla apareció en Argentina entre marzo y abril de 1871. Al principio, se decía que era un brote que venía de Brasil, pero lo más llamativo era que nadie sabía bien qué era lo que transmitía el virus. La gente simplemente empezaba a sentirse mal, a tener hemorragias, fiebre alta y moría en la calle. Por su parte, el Presidente Sarmiento le restó importancia a lo que ocurría y dejó que se festejaran los carnavales en febrero. De esta manera, la gente continuó en contacto y en marzo la situación ya no daba para más. Era tal la cantidad de muertos que empezaron a buscar un enterratorio específico para las víctimas. Todos los cadáveres fueron llevados al Cementerio del Sud, que hoy es el Parque Florentino Ameghino en Parque Patricios. Cuando se dieron cuenta que ese lugar tampoco iba a dar abasto, decidieron traer a las víctimas para acá.

¿Es verdad que hubo gente que se despertó en medio de su propio entierro?

HV: Hubo un caso que salió en los diarios de la época sobre un trabajador que se sumó como voluntario para atender a los enfermos. Trabajó tanto, pero tanto que llegó a un punto en el que prácticamente no dormía. Un día decidió parar para despejarse y se fue a tomar algo por ahí. Al rato cayó literalmente extenuado en la calle y los otros voluntarios creyeron que había fallecido por la fiebre. Lo levantaron, lo subieron a la carreta con el resto de los cadáveres, y el tipo recién se despertó cuando le estaban tirano cal para enterrarlo. Se salvó de milagro. Era tal la magnitud que tuvo esa enfermedad que tuvieron que construir sepulturas grupales. Además, muchas de las víctimas eran inmigrantes y ni siquiera tenían identificación.

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Más allá de los mitos urbanos originados en la Chacarita, las historias más escabrosas siempre fueron, son y serán aquellas en las que la realidad supera a la ficción. Aquí es donde Hernán Vizzari juega en terreno propio. En 1902, un hombre de apellido Talarico sufrió un ataque de nervios y los vecinos llamaron a la policía. Como no lograron hacerlo entrar en razón, lo llevaron preso. Luego, en la cárcel, lo declararon insano y lo trasladaron a un psiquiátrico. A los pocos días, murió. En la primera autopsia, los médicos descubrieron que Talarico tenía nueve costillas rotas. Al enterarse de esto, la familia de la víctima comenzó a reclamar y el juez Constanzo asumió el caso. Lo primero que hizo fue solicitar una nueva autopsia, pero la orden no pudo ser llevada a cabo porque el cadáver había desaparecido. El hecho tuvo un impacto y difusión muy fuerte en los medios de comunicación de la época y conmocionó a la sociedad entera. “Existe una tapa de la revista Caras y Caretas en la que aparece Constanzo revisando las tumbas de la Chacarita para ver qué cadáver tenía nueve costillas rotas”, cuenta Vizzari a VICE. Finalmente, varios meses después descubrieron que el cuerpo de Talarico había terminado en una mesa de disección para las prácticas de los estudiantes de la facultad de medicina. Pese a haber resuelto el misterio, esa no sería la última vez que el juez Constanzo estuviese implicado en un caso de estas características.

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Corría el año 1908 cuando Arminda Molina se encontraba internada en el Hospital Muñiz a causa de una grave enfermedad. La mayoría del tiempo, su padre y su hermano iban a visitarla para que no estuviese sola. Una mañana la fueron a ver y se encontraron con la cama vacía. “Arminda se murió”, les dijeron las enfermeras. Cuando preguntaron a dónde la habían llevado, nadie supo qué responderles. Inmediatamente hicieron la denuncia y comenzó la búsqueda del cuerpo. Cabe destacar que nadie en el hospital sabía tampoco si la mujer había muerto a causa de su enfermedad o si le había pasado otra cosa. Allí fue cuando intervino nuevamente el juez Constanzo y ordenó continuar la investigación en el cementerio de Chacarita. Luego de un par de días de lluvia que demoraron la búsqueda, la Policía encontró dos muertos en un mismo ataúd de los cuales uno era de sexo femenino. “En esa época no había técnicas de ADN como hay ahora, pero en base al estado de descomposición del cuerpo y el tipo de pelo, dedujeron que se trataba de Arminda”.

¿Pasar tanto tiempo acá no te deja expuesto a terminar protagonizando alguna de estas historias?

HV: A veces me quedo trabajando hasta tarde y salgo de noche, pero a esa hora uno les tiene más miedo a los vivos que a los muertos porque te pueden afanar. Yo particularmente siento que quedo más expuesto por hablar sobre el vandalismo y la falta de preocupación del Gobierno de la Ciudad por todo lo que pasa acá que otra cosa. No se entiende que haya gente grande bajando y subiendo de las galerías por las escaleras cuando hay tres ascensores que no funcionan, o que hayan construido una fuente de agua enorme mientras en los baños no funcionan las canillas. En la entrada, por ejemplo, hay una estatua de un ángel al que se le cayeron las alas porque se le vino un árbol encima y los pedazos de mármol se deben estar cagando de risa en alguna oficina. Si vamos al terreno de lo paranormal, más expuestas están las personas que trabajan acá todos los días. Me acuerdo de un cuidador que se fue a dormir la siesta y no se supo más nada de él hasta que encontraron su cuerpo en un panteón. Pasar el umbral de una bóveda es entrar en la morada de un muerto y eso merece respeto. Conozco muchos cuidadores que, al entrar, saludan y dicen “buen día”.

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¿Por qué creés que los argentinos tenemos una concepción tan trágica de la muerte?

HV: En otros lugares del mundo la muerte es una celebración y no una conmemoración. Nosotros adquirimos esa cualidad italiana del sufrimiento y del luto riguroso en el que todos se visten de negro para atravesar un duelo que muchas veces se extiende durante años. Hasta principios de los 60, en Argentina se festejaba el Día de los Muertos cada 2 de noviembre. Era el momento del año en el que los difuntos volvían para ver cómo andaba todo por acá. Esa práctica también la fuimos perdiendo. Incluso, era tal la convocatoria ese día acá en Chacarita que la Policía venía a arrestar a los delincuentes prófugos. Primero les dejaban rendir tributo a sus seres queridos y a la salida los agarraban. Lo hicieron hasta que se avivaron, por supuesto.

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