Lo que los másteres de la Rey Juan Carlos nos dicen de la universidad pública
Guía del estudiante

Lo que los másteres de la Rey Juan Carlos nos dicen de la universidad pública

Lo de Cifuentes, Casado y Carmen Montón no es solo lo de Cifuentes, Casado y Carmen Montón: también es "lo de Bolonia", "lo de los recortes", "lo de la mercantilización de la universidad"...

"¿Qué le diría a todos esos estudiantes y a esas familias que han hecho un gran esfuerzo económico para que sus hijos puedan estudiar un máster universitario y hoy se encuentran con que, por culpa de las prácticas deshonestas de algunas personas, sus títulos cada día valen un poco menos?" Se lo preguntaba Clara Herranz, estudiante de máster en la Universidad Rey Juan Carlos a Pablo Casado, presunto exestudiante de máster en la misma universidad pública de Madrid. Sucedió en el plató de Ana Rosa y antes de que el presidente del Partido Popular arrancara a responder con esa media sonrisa de yerno ejemplar que tiene, Ana Rosa suspiró "a ver…".

Publicidad

A ver. En el principio no fue el verbo, fue Cifuentes. El pasado mes de abril dejaba la presidencia de la Comunidad de Madrid de impoluto blanco, por la puerta de atrás y con la cabeza gacha por primera vez desde que se subió a un atril y eso fue hace ya algunos años. Lo hacía más por la mofa generalizada tras la difusión de un vídeo en el que aparecía robando unas cremitas de Olay que por el escándalo de su máster —de su no máster— en la Universidad Rey Juan Carlos, lo cual dice mucho de la expresidenta en particular y de la cosa política en general. Pero el caso es que lo hizo.


MIRA:


Días después se conocía que Pablo Casado había cursado el mismo máster que Cifuentes y que lo había cursado con el mismo tutor. Aunque, como ocurría con la expresidenta, Casado tampoco figuraba en la lista de alumnos según algunos profesores y sus supuestos compañeros aseguraban no haberle visto nunca en clase.

Con la vuelta al cole, en septiembre, volvió "lo de los másteres": salió a la luz que la entonces Ministra de Sanidad, Carmen Montón, había cursado otro posgrado plagado de irregularidades en el mismo centro asociado a la URJC: el Instituto de Derecho Público. Tuvo que dimitir. La URJC ya había denunciado por malversación de fondos al Instituto en cuestión y se conoció que el director de organismo y tutor de Cifuentes y Casado, Álvaro Conde, pagaba con una tarjeta black universitaria comilonas y otros enseres.

Publicidad

Lo de "los másteres" nos debería llevar a preguntarnos por qué ese empeño de todos en tener uno o un par de másteres en el currículum, aunque sean falsos

Pero "lo de los másteres" no es solo lo de los másteres. No es solo "lo de Cifuentes", no es solo "lo de Casado", no es lo de "pues anda que socialista y haciendo los mismo que los otros". La trama máster, lo que ha ocurrido con el Instituto de Derecho Público de la URJC nos lleva a preguntarnos —o nos debería llevar a preguntarnos— qué ocurre con la universidad pública.

Nos debería llevar a plantearnos cómo puede un organismo público controlado por las comunidades autónomas operar a modo de mafia, hasta qué punto la URJC gestionaba y sabía lo que ocurría con su Instituto de Derecho Público o si se han convertido nuestras universidades en empresas, en agencias de colocación o en corruptelas de tráfico de influencias. Nos debería llevar a preguntarnos cómo hemos llegado hasta aquí y por qué ese empeño de todos en tener uno o un par de másteres en el currículum. Aunque sean falsos.

¿MASTERITIS?

La primera pregunta que, quizá, debamos hacernos es ¿qué necesidad? ¿Qué necesidad tenían Cifuentes, Casado y la exministra Montón de falsear, con la ayuda de una institución dependiente de otra institución pública, sus másteres? ¿Eran necesarios para el ejercicio de la política, alguien se lo exigía? ¿Por qué sentimos que, de un tiempo a esta parte, no vale con tener un título universitario de grado?

"Yo creo que esto viene de lejos", comenta Albert Corominas, catedrático emérito de la Universidad Politécnica de Cataluña y colaborador de la plataforma UniverSÍdad. "En los años 80 ya se puso 'de moda' tener un máster. En España no se ofertaban, así que los que lo tenían eran algunas personas que por su situación económica habían podido estudiar fuera: el ministro o el directivo de turno tenían un título en Harvard y eso les daba un prestigio, parecía que para ser alguien había que tenerlo. Entonces empezaron a proliferar másteres de todo tipo, yo incluso recuerdo haber visto en un anuncio un máster en ofimática. La tendencia empezó a crecer en aquellos años y por ello se crearon fundaciones y centros de posgrado en los cuales se cursaban, sin carácter oficial, programas de formación que se denominaron másteres", explica.

Publicidad

"Luego se implanta Bolonia y tal como se presentan las cosas empieza a dar la sensación de que si solo haces el grado tienes una formación incompleta. Las enseñanzas técnicas, lo que antes eran ingenierías superiores, realmente se alcanzan teniendo un máster, lo que de hecho es una carrera de seis años, pero sí que es cierto que se trata de másteres más baratos que el resto. Hace años ya avisábamos algunos de que, tal como se planteaba Bolonia, el devenir iba a depender de quién mandara en cada momento".

"Era una oportunidad para mejorar las enseñanzas de primer ciclo y ampliar la formación básica para que luego se pudieran diversificar con los másteres. Pero la otra posibilidad, la que finalmente se acabó cumpliendo, fue que el grado se devaluara y el máster se mercantilizara, efectivamente, dependiendo de quién mandara. Eso ha generado que las enseñanzas se hayan devaluado, y se han devaluado por dos motivos: por un lado, en cuanto a su consideración social. Por el otro, por lo efímeros de algunos grados. Si alguien tiene un grado en Física, en Derecho o en Filología será una persona con un grado en eso durante toda su vida. Pero, ¿qué ocurre si tiene un grado en Diseño y Producción de Videojuegos? Quizá en 10 años ni existan los videojuegos, quizá los hayan sustituido los hologramas, así que debemos plantearlos mejor el sentido de las enseñanzas universitarias", concluye el catedrático de la UPC.

Publicidad

Que el "caso máster" se haya podido dar en una universidad pública nos habla de algo más que de la bajeza moral de las personas. Nos habla de la falta de fondos, de los recortes sistemáticos a la universidad y de cómo abren las puertas a su mercantilización

Ana García, portavoz del Sindicato de Estudiantes, cree que el proceso de incluir los másteres, no formalmente pero sí en la práctica, como un elemento indispensable para poder tener una formación válida y que te permita acceder a un puesto de trabajo digno forma parte de un proceso de privatización de la universidad más que evidente.

"Hubo intentos de formalizar legistalivamente por parte del PP la necesidad de hacer un máster tras el grado y no lo consiguieron, al menos al 100%, pero es una realidad que, lo que antes era una titulación universitaria hace años era suficiente y una de las máximas titulaciones con las que podías acceder a un trabajo. Ahora sin embargo ha quedado muy degradado y, aunque oficialmente no lo quieran plantear así, el hecho de que después de un grado haya que hacer casi necesariamente un máster es una división puramente económica que nada tiene que ver con los estudiantes más brillantes sino con la cuenta bancaria de cada familia. Porque los másteres, incluso los públicos, tienen unos precios desorbitados que la inmensa mayoría de la gente no puede plantearse pagar", explica.

EL PLAN BOLONIA Y LOS RECORTES

El Plan Bolonia, firmado en 1999 y aplicado en las distintas universidades españolas con mayor o menor éxito, abrió las puertas a la "necesidad" de completar los estudios de grado con un máster. Un máster que que cuesta mucho más que la matrícula anual de cualquier grado público.

"Si quieren dividir la educación universitaria en tres años y dos, o en cuatro y uno como plantea Bolonia nos es indiferente" comenta Ana García. "Para nosotros, desde el Sindicato de Estudiantes, la clave es que no se excluya en ninguna fase de la educación universitaria que sea necesaria para poder ejercer un trabajo a nadie por un criterio económico. Y a día de hoy no existe ningún otro criterio que no sea ese para acceder a una titulación de máster".

Publicidad

Pero más allá de la titulitis, del Plan Bolonia y de la casi necesidad de tener un máster previo pago de unos miles de euros que trajo consigo, que el "caso máster" se haya podido dar en una universidad pública nos habla de algo más que de la bajeza moral de las personas. Nos habla de la falta de fondos, de los recortes sistemáticos a la universidad y de cómo esta insuficiencia de fondos abre las puertas a su mercantilización.

INSTITUTOS Y FUNDACIONES

"Lo que ha ocurrido en la Universidad Rey Juan Carlos es algo excepcional que ha llegado a unos extremos difícilmente imaginables pero que desgraciadamente son reales", comenta Albert Corominas. "Creo que es algo que no ocurre de forma general porque lo de la URJC es un caso de estudio: empieza con los plagios del rector anterior, injerencias en el campus en unas elecciones donde se impide a unos estudiantes hacer propaganda electoral a favor de una de las opciones… ya era un lugar donde, antes de que se destaparan los casos de los másteres, ocurrían cosas que no son ni habituales ni ocurren en otras universidades", matiza.

"Dicho esto sí que hay un ambiente desde los años 80, no solo en las universidades sino en todo el país, que me recuerda a esa frase de Solchaga que dice que 'España es el país en el que es más fácil enriquecerse'. Lo cual, claro, era una invitación a enriquecerse. Hay una idea de que hay que espabilarse, buscarse la vida y formas de ganar dinero. Y en el caso de las universidades, como han estado financiadas de forma crónica muy por debajo de lo que correspondería si las comparamos con instituciones de países con los que efectivamente comparamos el nuestro, se ven prácticamente obligadas a conseguir ingresos de formas adicionales. Esto ha llevado, junto con los cambios legislativos correspondientes, a crear entidades que son de la universidad, o que teóricamente están controladas por la universidad, pero que quedan fuera del alcance de los controles democráticos de la universidad, como el famoso instituto de la URJC. Y hay una cosa muy radical que creo que debería hacerse y que es cerrar todas las entidades dependientes de la universidad que no son la propia universidad, porque tienen unas dificultades de control insalvables", dice Corominas.

Publicidad

Al final lo de Cifuentes, Casado y Montón no es más que la punta del iceberg

"Además, es necesario que se establezca un sistema en el que las funciones de organismos públicos, como los Consejos Sociales, estén de verdad claramente estipuladas y que haya responsabilidades en caso de incumplimiento de estas obligaciones", concluye.

Ana García matiza que, además, "hay un elemento externo a la educación que tiene que ver con el proceso de mercantilización de la universidad que es la crisis económica que hemos vivido desde 2007-2008. El problema es que la respuesta que ha habido por parte no solamente del Estado español sino también a nivel internacional ha sido la convertir en negocios los servicios públicos, como la sanidad o la educación".

"Entonces sucede que las familias, que, además, valoran muchísimo la educación porque en el Estado español es algo relativamente reciente el acceso por parte de una cantidad considerable de jóvenes a ella, hacen lo posible y lo imposible por llevar a sus hijos a la universidad, cueste lo que cueste. Y se han sabido aprovechar de ello, de mercantilizar lo que todo el mundo quiere y valora y antaño era un derecho", concluye.

EL HIJO DEL OBRERO, ¿A LA UNIVERSIDAD?

Es una vieja consigna que se corea en muchas manifestaciones, una consigna que puede parecer trasnochada porque ahora "todo el mundo va a la universidad". Y de hecho, decimos incluso que "somos demasiados los que vamos" y que no es sostenible ni para la propia universidad ni para el mercado laboral cuyas puertas, se supone, abren los estudios superiores.

Sin embargo, Albert Corominas se pregunta por qué no hay unas enormes protestas por el aumento de los precios de las tasas que corre de forma paralela a, precisamente, los recortes. "En Catalunya, por ejemplo ha habido aumentos del 70% del precio y en algunos casos incluso de más, pero la respuesta estudiantil ha sido muy débil y creo que esto se debe a que la composición del estudiantado es mayoritariamente de clases acomodadas", reflexiona.

"La proporción de los miembros de la comunidad universitaria de capas sociales con poca renta es muy inferior a lo que les correspondería por su proporción en la población y se tiene, además, la falsa idea de que la universidad es un ascensor social cuando no es así: al salir de ella, los estudiantes de clases medias seguramente vayan a seguir teniendo más oportunidades que los de clases más humildes porque tiene unas relaciones sociales que lo propician más, por ejemplo", concluye.

Para Ana García, portavoz del Sindicato de Estudiantes, hay un interés, una jugada a largo plazo en lo que se refiere a los recortes y la conversión de la universidad en una empresa. "Además de buscar, por supuesto, los beneficios para la empresa, se está preparando de manera muy eficaz un modelo social en el que una mayoría desarmada tiene que aceptar cualquier cosa mientras una minoría se enriquece y mueve los hilos".

"En este intento estratégico de vetar a la gente más humilde de los estudios universitarios está el proyecto de fondo de volver a un pasado en el que la educación era algo a lo que muy poca gente tenía acceso. Así, el día de mañana estarán mucho más desarmados para responder a la precariedad laboral, a la explotación… Al final, además de formarte para un oficio, la educación es un arma, y hay quien tiene muchas intenciones y muchos intereses de en que no la tengamos para que el día de mañana no sepamos defendernos ante contratos precarios, ante abusos laborales…", finaliza.

Mientras tanto, entre recorte y recorte, en los minutos que pasan entre la inauguración de un nuevo instituto de posgrado y el anuncio de la subida de las tasas, siguen saliendo escándalos relacionados con la Universidad Rey Juan Carlos. Escándalos que nos llevan a reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí y sobre cómo es posible que una universidad pública se haya convertido en una agencia de colocación e intercambio de favores. Sobre cómo al final lo de Cifuentes, Casado y Montón no es más que la punta del iceberg.