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Sobre cómo la industria del pollo trata a sus trabajadores como basura

EEUU consume cada vez más pollos industriales. La elevada demanda exprime a la industria y, en especial, a sus empleados, que trabajan a velocidades exorbitantes y por cantidades irrisorias. A menudo, apenas son compensados por las lesiones laborales.
28.10.15
Foto di Earl Dotter/Oxfam America

Bacilo Castro ha empezado su turno a las 8 de la mañana. Desde ese momento, corta las alas de 45 pollos por minuto — o sea que, unos 2.700 pollos por hora y alrededor de 27.000 por turno trabajado. Al menos, tal es el índice que esperan que cumpla en la granja Case, una fábrica industrial de procesamiento de aves de corral situada en Morganton, Carolina del Norte, donde Castro trabaja.

A veces, su supervisor le exige más. La fábrica ofrece incentivos económicos a todos aquellos supervisores cuyo equipo de trabajadores sea especialmente productivo. El incentivo estimula su dedicación.

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"No les importa nuestra salud", confiesa Castro.

El trabajo es repugnante y agotador. Cuando termina su jornada, Castro no puede mover sus manos. Le duelen los hombros y la espalda. Le duelen mucho. Y el ambiente que respira apesta a amoniaco — que se usa para la refrigeración —. Los dolores permanecen cuando llega a su casa. Allí, de hecho, se transforman en un dolor de cabeza insoportable, horroroso. Claro que eso no es lo peor par su salud.

Castro se expone cada día que trabaja a un riesgo considerable de lesionarse neurológicamente. El Instituto Nacional para el Trabajo Seguro y la Salud detectó en abril que el 76 por ciento de los trabajadores de plantas de pollos obtienen resultados anormales en las exploraciones nerviosas. Por su parte, el 36 por ciento muestran síntomas de padecer el síndrome del túnel carpiano, un trastorno nervioso asociado a actividades forzosas y reiterativas.

Los estadounidenses consumen un 30 por ciento más de pollo hoy del que consumían hace 20 años. Según el Consejo Nacional del Pollo se espera que el consumo siga creciendo. La demanda de comida barata es mayor que nunca.

Los defensores de los derechos de los animales llevan años denunciando el trato inhumano que se despensa a los animales en las factorías donde se produce carne procesada. Ahora, un nuevo informe publicado por Oxfam en Estados Unidos el pasado martes subraya el coste humano del pollo barato.

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El informe, titulado Live on the line (vidas arriesgadas) descubre los niveles de explotación, dolor y humillación a los que se exponen los trabajadores de la industria de la carne de pollo. Una de las trabajadores relata como tanto ella como muchos de sus compañeros y compañeras de empleo empezaron a ponerse pañales para ir a trabajar después de que se les impidiera ir al lavabo durante sus turnos. Otro de ellos asegura que contrajo una enfermedad en la próstata provocada por las pocas veces que orinaba.

Castro recuerda haber trabajado al lado de un mujer en avanzado estado de gestación. Le preguntó al supervisor cuatro veces si podía ir al lavabo, pero este le respondió que de ninguna manera, pues no había nadie que pudiera reemplazarla. Así que, presa de los nervios, terminó meando en el suelo. El perturbador episodio motivó que Castro abandonara la industria de la carne de pollo en 2011. Entonces empezó a trabajar con The Workers Center, una organización que vela por los derechos de los trabajadores del escalafón más bajo de la pirámide capitalista.

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Muchas familias explican que el pollo barato es útil para quedarse con el estómago lleno. Las alternativas a este son los huevos "de campo" o los "orgánicos". Claro que su precio es sensiblemente más caro. El coste de los huevos de pollo de factoría cuesta alrededor de 1.50 dólares la media docena. Mientras que los huevos de pollos de campo o los orgánicos pueden llegar a salir por 5 dólares por cada media docena.

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Los defensores de los derechos de los animales afirman que, a menudo, tales etiquetas no tienen nada que ver con el trato que se dispensa a los animales. Y por mucho que prometen que sus pollos viven vidas mejores, lo cierto es que eso no se traduce necesariamente en que las condiciones de trabajo sean mejores. La pequeña agricultura orgánica está aún menos regulada que la agricultura industrial, y está sometida a menos controles.

Si no existiera una gama de productos más baratos, se deduciría que solo las personas acaudaladas podrían permitirse comprar pollo asado, lo cual no suena del todo justo. Sin embargo, la imparable demanda de pollo industrial esta exprimiendo a la industria. Algunas de las firmas más grandes, como Tyson Foods o Perdue Farms, han convertido la cantidad en su prioridad.

Quienes más están padeciendo el estrujamiento son quienes están sometidos a jornadas más largas y a dedicaciones más vertiginosas. Estos tiene un descanso de media hora al día y cobran por debajo de los 10 dólares la hora. Además, si se lesionan en el ejercicio de su trabajo apenas reciben ridículas compensaciones.

La mayor parte del pollo que se vende en Estados Unidos está procesado y envasado por partes: pechugas, muslos, patas, fajitas, despellejado, rebozado, cortado y especiado. La industria moderna de pollería está sistematizada alrededor de una pirámide de trabajo vertical.

A día de hoy, hay un abanico de dedicaciones en la cadena de producción que no existían hace 50 años. Así, ahora existen los "cargadores", que colocan los pollos en cintas transportadoras; "los colgadores", que introducen las patas del pollo en ganchos superiores, los separadores de pechuga y espalda, los cortadores de hombros, los cortadores de alas, los deshuesadores y un largo etcétera. Estos trabajadores están ampliamente expuestos a productos químicos como el amoniaco y el cloro, que se emplean a menudo para desinfectar los esqueletos del animal.

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Además, la mayoría de la industria inyecta antibióticos en los animales y se han dado casos en que algunos trabajadores se han vuelto inmunes a esos fármacos y ha complicado su recuperación de determinadas infecciones.

Desde 1970, la administración para la Seguridad y la Salud en el trabajo, ha sido la principal institución dedicada a supervisar las condiciones de los trabajadores de la industria de la carne procesada. A tal efecto, la administración ha desarrollado una serie de regulaciones estandarizadas sobre qué condiciones debe reunir el lugar de trabajo.

Además, supervisa las inspecciones laborales que garantizan el cumplimiento de esas condiciones. Sin embargo, la administración está precariamente financiada y carece de los trabajadores suficientes. Se estima que en 2013 la administración no llegó siquiera a inspeccionar el 1 por ciento del total de lugares de trabajo.

Las pocas plantas que han sido inspeccionadas y han merecido sanciones por el incumplimiento de la normativa, tampoco han sido muy afectadas. En 2014 el promedio de sanciones emitidas por "violaciones serias" de la regulación — aquellas en las que existe una seria amenaza de lesión o de muerte en el trabajo — era solo de 1.972 dólares.

Un vídeo muestra pollos maltratados en una granja con certificado de buen trato animal. Leer más aquí.

Muchos de los trabajadores contemplados en el informe de Oxfam no quisieron presentar quejas contra sus supervisores ni denunciar lesiones padecidas por miedo a las represalias. Esta es una amenaza que ya registran informes anteriores, como el llevado a cabo en Alabama en 2013 bajo el título Inseguridad a Velocidades Inadecuadas: la industria del pollo en Alabama y sus trabajadores desechables (se da la circunstancia de que en aquella época, el departamento de Agricultura de Estados Unidos estaba considerando aumentar la velocidad máxima de trabajo en la industria pollera. La idea era pasar de 145 a 170 aves por minuto — una propuesta que fue, finalmente, abandonada).

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El informe concluyó que el 45 por ciento de los trabajadores lesionados se les exigía reincorporarse a sus puestos sin recibir tratamiento alguno ni tener tiempo de recuperarse. Incluso, se descubrieron casos de trabajadores que habían sido despedido por haber denunciado sus lesiones.

Oxfam organizó este lunes una teleconferencia con Tom Fritzsche, uno de los autores del informe recién publicado. Fritzsche considera que la realidad de las condiciones de trabajo de los empleados de la industria del pollo "se ocultan al gran público por la manera en que las corporaciones cárnicas reaccionan cada vez que alguno de sus trabajadores se lesiona". Un trabajador explica que su jefa tenía como norma despedir a todo aquel trabajador que se hubiese quejado de una lesión en más de tres ocasiones. Frietzsche considera que se trata "de una auténtica y retorcida versión del 'a la tercera va la vencida'".

"La industria se nutre de los trabajadores más marginados y vulnerables", detalla el informe de Oxfam. "De los 250.000 trabajadores de la industria, la mayoría son gente de color, migrantes y refugiados". Muchos de ellos proceden de Birmania, Sudán o de Somalia, y han sido empleados a través de programas de reasentamiento. Castro estima que mucho más de la mitad de sus compañeros en Case Farms eran sin papeles.

Oxfam ha exigido que los productores de la industria del pollo indemnicen a sus trabajadores justamente, que mejoren sus condiciones de salud y de seguridad, y que permitan a los trabajadores luchar por sus derechos.

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En una comunicación a través de correo electrónico con Julie De Young, portavoz de Perdue, esta advierte que "como parte de nuestra político 'lo primero es la gente', los trabajadores tienen derecho a ser escuchados por cualquiera de los superiores. La idea es que así puedan solucionar cualquier malentendido que se pueda dar. Tal es nuestra 'política de Puertas Abiertas". A De Young, de hecho, le parece "curioso que Oxfam haya incluido a Perdue en la campaña cuando la compañía ha sido líder en seguridad laboral'".

El portavoz de Tyson Foods, Gary Mickelson, es el único que se puso en contacto con Oxfam antes de la publicación del informe para expresar su preocupación. Según él la empresa dispone "de un sistema de quejas legal y de comités de comunicación" al alcance de sus empleados para que estos puedan discutir sus problemas.

Mickelson incidió, de hecho, en que Tyson ofrece "una línea de asistencia telefónica confidencial y gratuita para que los trabajadores puedan expresar sus quejas sin miedo a las represalias". De Young también dice que en Perdue disponen de un servicio similar. "Al igual que Oxfam, nosotros creemos en las indemnizaciones", señala Mickelson. "Eso explica que nuestra compañía ya cumpla con muchas de las exigencias que Oxfam recomienda en su informe".

El viernes anterior a la publicación del informe, desde Tyson se informó que la compañía iba a aumentar sus honorarios por hora trabajada a los trabajadores consagrados a la producción, el mantenimiento y la refrigeración de la mayoría de sus plantas a partir del 1 de noviembre. Así que el salario mínimo de los trabajadores de la cadena de producción en casi todas las 40 plantas de la empresa, pasará de ser de entre 8 y 9 dólares la hora a, al menos, 10.

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El Consejo Nacional del Pollo, el organismo que representa a la industria, emitió un comunicado tras leer el informe de Oxfam. En este explica que considera "desafortunado" que Oxfam haya retratado "de manera inmerecida y negativa a toda la industria pollera de Estados Unidos, a pesar de la espectacular mejoría en las condiciones de seguridad y de salud que ha dado la industria". Según el mismo comunicado, el índice "el índice de lesiones en el trabajo de la industria pollera está por debajo del de otros trabajos manufacturados".

Sin embargo, será crucial que la velocidad de tales mejorías se acomode a las vertiginosas exigencias que asedian a la industria. Se espera que el consumo de pollo en Estados Unidos crezca este año y que sea aún mayor dentro de dos. Al final, los trabajadores de las cadenas de producción tienen que darse la máxima prisa para saciar el apetito del público.

Sigue a Tess Owen en Twitter: @misstessowen