Todas las imágenes cortesía de Krudo

Por qué pinto trenes

'Claro que es una forma de vandalismo, pero es una forma de vandalismo en la que no hay ningún beneficio económico, así que en cierto sentido tiene algo de pureza'.

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12 noviembre 2018, 5:00am

Todas las imágenes cortesía de Krudo

El pasado 6 de octubre, un juez de Barcelona dictó una sentencia pionera: condenar por un delito de daños en bienes de uso público y no por infracción administrativa o delito leve a varios escritores de graffiti que pintaron dos vagones de metro en la Ciudad Condal. Se encontraban en las cocheras de la TMB. La misma semana se conocía que algunos grafiteros de un grupo de 34 habían agredido e insultado a pasajeros tras pulsar la palanca de seguridad para que los vagones se parasen y poder pintar.

Al mismo tiempo, en Madrid, agentes de la Brigada Provincial de Seguridad Ciudadana detenían a un chaval y lo acusaban de haber participado, junto a otros 50, en una pintada de vagones. Mientras tanto, en Fuenlabrada, el centro de Arte Tomás y Valiente acogía la primera retrospectiva dedicada al fotógrafo y documentalista Henry Chalfant, embajador de la cultura del graffiti a nivel mundial y autor de Subway art, el libro de referencia para la comunidad de los escritores de vagones.

¿Qué ocurre entonces con el graffiti en vagones de tren y metro? ¿Por qué es condenado cada vez con más dureza -calificado de vandalismo- y paralelamente expuesto y admirado en salas de exposición? ¿Es arte, es vandalismo?


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"Es curioso cómo la definición de graffiti se divide en dos tendencias principales (sin referirnos a desgastados tópicos maniqueos) en función del rol que juega el que lo define", escribe Alberto Feás en el prólogo de Subterráneos, un proyecto en el que el fotógrafo Enrique Escandell retrata los proyectos de escritores de metros por todo el mundo. "Mientras que los que utilizan la palabra 'arte' acostumbran a ser individuos externos, ajenos a la disciplina, los propios escritores de graffiti suelen inclinarse por una definición más vinculada al juego", expone.

Y al juego es, precisamente, a lo que apela Krudo, un escritor del sur de Madrid con dos juicios a sus espaldas por pintar trenes. "Sí que se podría decir que es una especie de juego. Poco a poco vas aprendiendo cómo hacerlo mejor y vas estableciendo tu ética, te vas posicionando ante él. Tienes unos enemigos que van a por ti y unas reglas, las cuales eliges en función de quién quieres ser y cómo quieres pintar. Esto hace que el hecho de pintar se transforme en otra cosa cuando se trata, de pintar trenes, amplificándose y magnificándose", comenta.

"Mientras que los que utilizan la palabra 'arte' acostumbran a ser individuos externos, ajenos a la disciplina, los propios escritores de graffiti suelen inclinarse por una definición más vinculada al juego" — Alberto Feás

Alberto*, otro escritor de graffiti, dice que el sentido último de elegir un vagón, ya sea de tren o de metro en lugar de un muro es que, básicamente, se mueve. "Ves tu pieza andando, le haces una foto o un vídeo y aunque vaya a dejar de existir la tienes guardada. O no, pero sabes que la hiciste. Ahí entra en juego lo efímero, que es otra parte importante del graffiti", dice.

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Imagen vía Tifus

"La diferencia también es la superficie, que es muy agradecida. La chapa es una superficie especial y luego cada modelo de tren tiene su configuración y eso te lleva a hacerte los bocetos incluso de acuerdo a los distintos modelos: no es lo mismo pintar un vagón del metro de Madrid que el 440 remodelado. Después está lo que hay más allá de la pieza. La misión, el fichar los horarios de los guardas, el tener a todos los jurados y las cámaras controladas en cierto modo es motivador. La misión, lo que hay alrededor, también motiva a pintar trenes. Al final el hecho de hacer la pieza es el culmen de un plan que has estado tramando durante bastante tiempo. Te conoces bien los spots, las cocheras, los horarios... y eso es muy agradecido", comenta.

"El graffiti es, por definición —y eso lo dijo hasta el señoro Pérez Reverte en El francotirador paciente— ilegal. Y claro que es una forma de vandalismo, pero es una forma de vandalismo en la que no hay ningún beneficio económico, por eso hay una pureza en cierto modo", comenta Cosimo*, otro escritor.

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"A mí me ocurría de pequeño, desde que empecé a taggear, que sentía una especie de mitificación por pintar trenes que luego me di cuenta de que estaba justificada. Anhelaba, que creo que es lo que nos pasa a muchos chavales que empezamos a pintar, hacerlo en un tren. Pensaba que cuando me dejaran salir por la noche, con 15 años, podría intentar hacerlo. Después me di cuenta de que ese anhelo, ese deseo estaba totalmente justificado porque es bonito estar ahí por la noche, es impresionante lo grandes que son los vagones, conseguir hacerle el truco al jurado para poder pintar... descubrir, al fin y al cabo", añade.

"El miedo o el rechazo social generado a los escritores que pintan vagones creo que tiene que ver en parte con que pone en tela de juicio la seguridad. Igual que yo cojo y pinto un tren puedo hacer cualquier otra cosa. Destruirlo, por ejemplo. También se crea un conflicto entre persona/corporación: cuando pintas un tren eres un individuo y quieres que esa pieza prevalezca ahí, y cuando eres una corporación, es decir, un conjunto de personas con dinero detrás como puede ser Renfe o Metro de Madrid, esa empresa se lleva un pellizco", comenta Alberto.

"Siempre había tenido una dicotomía con pintar trenes y después de que me detuviesen empezó a no merecer tanto la pena. El juego era cada vez más arriesgado y tenía consecuencias. Fue uno de los últimos trenes que pinté" — Krudo

Krudo opina que lo que hace falta es, quizá "un avance en la sociedad para poder asimilar el fenómeno del graffiti en los vagones como lo que es, algo espontáneo, sorpresivo y libre. Pero a la vez, también hace falta un avance en el mundo del graffiti para dejar atrás algunas cosas mantenidas casi más por adicción que por un sentido real. Algunos escritores quizás deberían reflexionar más y usar las herramientas que tienen para comunicarse mejor, decir cosas, remover conciencias, mandar mensajes a la gente. El graffiti es una herramienta muy potente. No por ser ilegal quiere decir que no pueda ser bueno, artístico, oportuno o necesario, pero no por ser graffiti todo va a ser bueno", comenta.

Si le preguntas qué responde cuando le recriminan que el dinero para limpiar los vagones que los escritores pintan sale de las arcas públicas, Cosimo responde que es totalmente cierto. "Es una obviedad, es dinero de todos y es un gasto que estoy produciendo. Podría darte el argumento de que hay gastos muchísimo más grandes y más graves en las instituciones públicas que también estoy pagando yo —porque cuando las fuentes oficiales dicen que se han gastado un millón de euros en limpiar vagones ocurre como en las manifestaciones, que ni es tanto como dicen ellos ni tan poco como podemos decir nosotros—, pero los que argumentan eso tienen razón, claro. No se puede negar".

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Alberto recuerda una ocasión en la que, acompañado de otro escritor de graffiti y una escritora, en Villaverde, les cogieron los guardias. "He tenido muchas historias por pintar trenes, pero la más grande que recuerdo fue en Villaverde, en los talleres de Renfe. Un grupo especial de guardas al que apodaban 'los X-Men' porque eran especialmente grandes y fuertes corrieron detrás de nosotros y cuando nos cogieron, aunque ya no tenían pruebas de que hubiéramos pintado, tuvimos nuestros más y nuestros menos y acabamos llegando a las manos", comenta.

Krudo también ha tenido sus más y sus menos con ellos. "He tenido muchos sustos, pero el más grande fue una noche en la que tuvimos que escapar y pasar toda la noche a la intemperie con mucho frío porque volver era un suicidio y en el pueblo en el que estábamos, que era muy pequeño, no había circulación de transporte hasta la mañana. A uno de los que iban conmigo lo detuvieron. Cuando amaneció y el pueblo ya llevaba unas horas despierto, intentamos irnos pero unos Guardia Civiles nos pararon a mi y mi colega y nos hicieron unas preguntas. Nos estaban buscando. Nos llevaron a comisaría y a través del teléfono consiguieron relacionar a uno de nosotros con el chico que estaba detenido, así que estábamos jodidos. Pasamos ese día detenidos. Nos hicieron una ficha policial como a un delincuente, con las típicas fotos de frente y de perfil, huellas...".

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Y continúa: "a nosotros no nos cuadraba aquello, ¿esto por pintar un puto tren? ¡no me jodas! Estando en comisaría nos enteramos de por qué esa insistencia en buscarnos y por qué ese trato. Uno de los jurados se había roto la pierna (una fractura por lo que se ve muy fea, con hueso fuera de la piel) y el resto nos acusaron de haberle pegado una paliza cuando no había sido así. Con el tiempo, antes de que se celebrara el juicio, llegaron a retirar los cargos por agresión ya que no tenían ningún fundamento, y sólo se nos juzgó por pintar el tren. Finalmente salimos absueltos de este caso y no tuvimos que pagar ni un céntimo pero fue un acontecimiento que me hizo replantearme muchas cosas. Siempre había tenido una dicotomía con pintar trenes y después de ese día empezó a no merecer tanto la pena. El juego era cada vez más arriesgado y tenía consecuencias. Fue uno de los últimos trenes que pinté", concluye.

Pero para muchos aún sigue mereciendo la pena. Muchos aún ven la ciudad y en concreto sus estaciones de tren y metro, como escribía Cortázar, "como un lugar donde jugar". Y, como dice Cosimo, se saben vándalos pero de alguna manera también puros. Porque lo suyo es un vandalismo sin más interés ni más ganancia que el de ofrecerle al mundo sus piezas sobre la chapa.

*El nombre de los protagonistas se ha cambiado para proteger su identidad.

Sigue a la autora en @anairissimon.

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