Drogas

Tuve que dejar la bebida para darme cuenta del daño que me hacía

Quizá algunos necesitamos que pongan fotos de la cirrosis hepática en las botellas de ginebra.

por James Wilt; traducido por Mario Abad
22 Enero 2018, 4:30am

Assets via Wikipedia Commons | Graphic design by Noel Ransome

Hace dos semanas, a la agradable hora de las 4:20 de la madrugada, me pulí la última botella de ginebra, con suerte, del resto de mi vida.

El alcoholismo es un problema que ha estado presente en mi vida desde hace mucho tiempo. El año pasado me dejé cantidades vergonzosas de dinero en alcohol —más o menos entre 5 y 12 euros al día, dependiendo de dónde y qué estuviera bebiendo— y mis vagos intentos de perder algo de peso se veían minados por la tremenda ingesta de calorías vacías. Tampoco ayudaba mucho despertar con resaca la gran mayoría de los días.

Una aplicación muy útil que tengo en el móvil me dice que en el poco tiempo que llevo sin beber casi a diario, me he ahorrado algo más de 80 euros. Sin embargo, a raíz de una serie de episodios provocados por el síndrome de abstinencia —entre ellos pesadillas vívidas, fatiga extrema y cambios bruscos de estado de ánimo—, empecé a prestar más atención a los efectos que había tenido en mi salud el consumo frecuente de alcohol.

Y no es precisamente porque escasee la información al respecto, sino porque nunca me había tomado la molestia de investigar, tal vez por miedo a lo que podía encontrarme.

Y con razón.


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Uno podría creer que los gobiernos, que regulan el comercio de alcohol y obtienen considerables ganancias del mismo en forma de impuestos, se esfuerzan por informar al público de los riesgos que conlleva su consumo. Sin embargo, la mayoría de ellos ha delegado esa tarea en los propios fabricantes de bebidas alcohólicas.

Pese a que España es el país de Europa que menos alcohol consume —un 0,8 por ciento del gasto de los hogares va destinado a la compra de alcohol, frente al 1,6 por ciento de la media europea—, en 2015 las muertes por consumo de bebidas alcohólicas superaron a las causadas por el VIH, la violencia y la tuberculosis juntas, según datos de la OMS. Son más de 200 las enfermedades asociadas al alcoholismo, como la depresión, las embolias y las cardiopatías.

Según un estudio de 2010 realizado por el prestigioso neuropsicofarmacólogo David Nutt, el alcoholismo resulta más perjudicial para el sujeto y la sociedad que cualquier otra droga importante, como la heroína o el crack. Sin embargo, sus efectos suelen manifestarse mucho más lentamente que con esas drogas.


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Mi ignorancia sobre lo malo que es el alcohol no era especialmente anómala. De hecho, son muchas las personas que consumen alcohol y que no son conscientes de la relación de este hábito con la ocurrencia de cáncer o que no conocen las recomendaciones de Sanidad para un consumo responsable.

“Muchas veces la gente no sabe cuáles son los efectos negativos del alcohol; han oído cosas, pero no saben los datos concretos”, señaló Jenna Valleriani, experta en políticas de consumo de cannabis en Canadá.

En este país, donde yo resido, esta desinformación se debe casi exclusivamente a la laxitud de las políticas del gobierno canadiense, como demuestra la ausencia de una norma que obligue al etiquetado de bebidas alcohólicas con advertencias similares a las que se ve en los paquetes de tabaco, o de una campaña que ponga de relieve los daños que puede causar el alcohol o de medidas que limiten la publicidad de estos productos. Pero un Estado que se embolsa millones de un mercado tan lucrativo difícilmente iba a ponerle trabas o criticarlo.


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Ann Dowsett Johnston es periodista y autora de Drink: The Intimate Relationship Between Women and Alcohol. En una entrevista para VICE Canadá, explicó que existen tres factores principales que influyen en nuestra forma de beber: el marketing, el precio y la accesibilidad. En Canadá, las políticas que regulan el consumo y la venta de alcohol varían en función de la provincia, pero para que sean efectivas, afirma Timothy Stockwell, director del Canadian Institute for Substance Use Research y profesor de Psicología en la universidad de Victoria, la gente debe ser muy consciente de los riesgos que supone el consumo de alcohol para la salud.

Las etiquetas con mensajes de advertencia en latas y botellas, como las que hay en los paquetes de tabaco, serían un buen punto de partida desde el punto de vista de la reducción de daños; si bien no se ha establecido una relación clara entre el aumento de la concienciación y el abandono del hábito, estos mensajes al menos podrían dar pie a una mayor tasa de intención de dejarlo, un primer paso muy importante en el proceso.

Sin embargo, estos datos están basados en un estudio sobre el sistema de etiquetado estadounidense, que, según Stockwell, “es muy cuestionable, debido al pésimo etiquetado”. Puesto en vigor en 1988, la Ley de Etiquetado de Bebidas Alcohólicas estadounidense exige el uso de una etiqueta pequeña en blanco y negro en la que se informe a los usuarios de los riesgos de la conducción bajo los efectos del alcohol y de los posibles trastornos del feto causados por su consumo, información que la mayoría de la gente ya conoce.


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Por primera vez en la historia, el instituto que dirige Stockwell y el servicio de sanidad pública de Ontario colaboraron el pasado noviembre en la creación de etiquetas coloridas y bien situadas, con información completa en todas las botellas y latas de un establecimiento de venta de bebidas alcohólicas de la ciudad de Whitehorse. Las pegatinas presentaban gráficos en los que se informaba a los consumidores de la relación probada entre el alcohol y el cáncer, así como de las recomendaciones gubernamentales para un consumo responsable.

Sin embago, un mes después el gobierno de Yukón suspendió el estudio debido a las presiones que estaba recibiendo del sector de las bebidas alcohólicas, que lo acusaban de difamación.

“Se nos ha criticado por no consultar con ellos”, señaló Stockwell. “Pero bueno, sabíamos que esa sería su reacción. Nuestro estudio no habría salido nunca del cajón si lo hubiéramos consultado con ellos. Habría acudido de inmediato a los ministerios pertinentes y habrían empezado las amenazas. Ni siquiera se habrían planteado estudiar el proyecto”.

Esas mismas fuerzas son las que contribuyen a mantener lo que los críticos denominan una normativa increíblemente débil y arbitraria sobre la publicidad del alcohol, una situación que quedó perfectamente parodiada en un episodio de South Park de 2014. Valleriani aseguró que tanto la publicidad como la concesión de licencias para la venta de alcohol se están volviendo incluso más laxas con la legalización del cannabis por parte del Gobierno canadiense, como ya demuestran los gigantescos carteles que puede verse en las principales calles de Toronto, las “tiendas pop-up” de la popular distribuidora de bebidas alcohólicas LCBO y el reciente festival del vino para mamás.


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“En cambio, todo el mundo habría puesto el grito en el cielo si alguien hubiera intentado celebrar un festival del cannabis para mamás”, aseguró Vallerian. “Todo el mundo se toma de vez en cuando una copita de vino o una cerveza. Y es precisamente esa normalización la que no nos permite ver los verdaderos peligros del alcohol. La legalización del cannabis tal vez nos presente una oportunidad para tomar distancia y analizar nuestra percepción del alcohol. Y conociendo los efectos nocivos del alcohol para la salud, quizá sea hora de ser un poco más restrictivos con él”.

En última instancia, tal como señala Johnston, quizá se requiera abandonar por completo el concepto de la bebida como “lubricante social”. Johnston asegura que hace falta entrenamiento para llevar una vida social satisfactoria sin beber, pero que es una habilidad que vale la pena aprender, ya que puede llevarnos a todo un nuevo mundo de autodescubrimiento.

“No me gusta el alarmismo y me preocupa que me vean como a una prohibicionista”, se lamenta, “pero creo que si fuéramos más receptivos al diálogo sobre el alcohol y el papel que este desempeña en nuestras vidas, todos nos beneficiaríamos como sociedad”.

Recordemos que un estudio publicado en 2010 concluía que el alcohol es la droga más dañina si al daño que este causa al que lo consume unimos también el que causa a la sociedad. Y recordemos también que tres de las drogas menos dañinas son las setas, la LSD y la MDMA.

Obviamente, no estamos cualificados para dar consejos médicos, pero que sepas que hay drogas que se ha demostrado que son mucho más seguras para ayudar a la gente a sobrellevar la dura realidad del cambio climático, la precariedad laboral y la inminente guerra nuclear.

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