aparadoras en un taller de Elche
Aparadoras en una taller de Elche. Todas las fotografías por el autor
ESPAÑA

Así funciona la economía sumergida en los barrios más pobres de España

Los barrios de Carrús, el Toscar y el Pla, en Elche, tienen las rentas más bajas de España, en buena medida por culpa de la economía precaria y sumergida.
23 Enero 2019, 7:43am

El último estudio de la Agencia Tributaria sobre el IRPF puso a Elche en el mapa al calificar tres de sus barrios, Carrús, El Toscar y El Pla como los más pobres de España. Las rentas tan bajas en los barrios ilicitanos tienen mucho que ver con la economía sumergida, no tanto por ocultar una riqueza sino por esconder una realidad de precariedad. Dentro de Elche hay una industria camuflada pero conocida por todos, Hacienda incluida.

Cualquier día de la semana, también los domingos, el sonido de las máquinas de coser se escapa entre las persianas a medio cerrar. Miles de mujeres que, desde su casa o en talleres, la mayoría clandestinos, hacen que esta industria siga viva. Son aparadoras, un colectivo que no necesita presentación para ningún vecino. Muchos hogares tienen un ingreso extra por una madre, hermana o hija que se gana su jornal en la máquina de coser.

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Aun siendo miles de aparadoras, en la ciudad no existen muchas fábricas, marcas o rótulos que anuncien sus centros de trabajos. Se trata de una actividad económica basta pero troceada en cientos de talleres que se camuflan con el entorno urbano. Una red que se extiende por los barrios obreros de la ciudad convirtiéndolos en fábricas invisibles.

Son una pieza clave en la cadena productiva del calzado, a pesar de llevar casi medio siglo obligadas a vivir en la invisibilidad de la economía sumergida. Para la mayoría de ellas no hay contratos ni sindicatos y tampoco pensiones. Unas desde cocheras mal ventiladas convertidas en talleres, otras trabajando desde su casa mientras cuidan a sus hijos. Zapato a zapato, mujer a mujer, el calzado ilicitano ha llegado a ocupar el 70 por ciento del empleo sumergido de toda la provincia de Alicante.

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Con las deslocalizaciones, muchas empresas se llevaron su producción a zonas de Asia. El volumen de trabajo descendió y la precariedad siguió aumentando. Pero el aparado esquivó el golpe y sobrevivió contra todo pronóstico. La bajada de salarios por la crisis económica ha hecho otra vez rentable el pequeño taller para muchas empresas. A su vez, la falta de oportunidades ha convertido la máquina de coser en una opción, otra vez, para muchas mujeres.

No se puede explicar la industria del calzado sin hablar de la segregación por sexos, la cual ha tenido un papel fundamental en el ocultamiento. La cadena de producción para elaborar un zapato está troceada, se calcula que el 88% del aparado se realiza fuera de las fábricas legales mediante el uso de pequeños talleres clandestinos o el trabajo a domicilio. A su vez, el 80 por ciento de todo el volumen del aparado se desarrolla en condiciones de clandestinidad. El ahorro generado por no pagar seguridad social o espacios dignos de trabajo para estas mujeres crea unos beneficios que van a parar a manos de sus verdaderos empleadores: fábricas, marcas e intermediarios.

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El argumento que ha justificado esta situación responde a cuestiones de género: las mujeres; madres y amas de casa no tienen tiempo para trabajar una jornada laboral en una fábrica como los hombres. Entonces nace la figura de la trabajadora a domicilio, la cual proporciona la flexibilidad que la mujer necesita, y el taller ilegal. Tampoco tienen que mantener una casa, como los hombres, y su salario es considerado tan solo una ayuda complementaria para el hogar. Esta es la justificación machista que ha perpetuado un sistema de reparto desigual entre hombres y mujeres, siendo estas últimas las que han ocupado los puestos más precarios y los salarios más bajos.

Pero la realidad es que no solo son hogares los que dependen del trabajo de estas mujeres, también la industria del calzado depende de ellas. Según datos recogidos en un estudio del profesor Josep-Antoni Ybarra sobre economía del calzado, en la comarca del Vinalopó hay 7332 mujeres trabajando en negro, frente a 1542 hombres. Además de haber muchas más mujeres que hombres, también hay más personas trabajando en régimen ilegal de las que hay inscritas legalmente trabajando en el sector. Las aparadoras no son una ayuda complementaria, son la base precaria sobre la que se mantiene la industria del calzado.

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La fragmentación de la producción ha generado varias situaciones beneficiosas para la clandestinidad. En primer lugar ha propiciado el surgimiento de empresarios que hacen de intermediarios entre las fábricas y las aparadoras. Estos “repartidores de trabajo” llevan partes de zapatos para ser unidas casa por casa o bien a pequeños talleres que ellos organizan en condiciones de precariedad.

Esta situación ha alejado a trabajadoras de sus empresarios reales, reduciendo la posibilidad de demandas laborales. La subcontratación provoca que la mayoría de las aparadoras casi nunca sepa para qué marca, muchas grandes y bien conocidas, está trabajando realmente. Tampoco conoce a sus compañeras, más allá de las 4 o 5 con las que comparte taller, lo que prácticamente elimina sus posibilidades de aliarse en movimientos sindicales.

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Aurora lleva mucho tiempo tomando pastillas para combatir la depresión. Ignorar sus emociones con las drogas recetadas por médicos es el único camino que ha encontrado para afrontar el día a día. La depresión la ha llevado a plantearse el suicidio, prueba de ello es la memoria USB en la que dejó sus últimas palabra. Esas palabras, además de para su familia, iban dirigidas a los que ella considera responsables de su situación: los empresarios con los que tuvo que enfrentarse durante su vida laboral.

El error de Aurora fue pedir lo que consideró sus derechos. Estuvo mucho tiempo sin abrir la boca, desde los 12, sufriendo la rutina de los talleres: calambres en la espalda, jornadas que se alargan, comentarios machistas de jefes, contratos inexistentes, el pago en sobres… Pero ella seguía prefiriendo eso a trabajar en casa. “Allí al menos te das tus 10 o 11 horas de paliza con la máquina, pero cuando sales te olvidas”.

Se acostumbró a trabajar sin contrato, como la mayoría de mujeres del gremio. Cuando había suerte, conseguía cotizar una o dos horas al día. Otras veces, el contrato iba rotando entre las trabajadoras de tal modo que el empresario pudiera justificarse ante las inspecciones laborales. Los años pasaban y las preocupaciones que de joven no tenía empezaron a angustiarla.

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“Si seguía trabajando así, dentro de unos años, cuando ya no fuera capaz de hacerlo, me vería en la miseria y sin pensión pese a haber estado aparando desde que era pequeña”, explica Aurora. Ningún jefe accedió a sus peticiones de hacerle un contrato con las horas que ella realmente trabajaba. Todo lo contrario, pedir un contrato era motivo de conflicto. Aurora tuvo que sufrir el acoso en varios talleres. No solo por parte de sus jefes, también encargadas y compañeras se unían a la humillación.

“Cuando una se queja, al principio no la despiden, usan a las encargadas para hacerle la vida imposible. Dejan de hablarte, te critican e insultan”, comenta Aurora. Otro método de presión era el de dejarle los pares de zapatos que más tiempo requieren, desordenarle sus materiales e incluso romper su máquina de coser. Toda una serie de prácticas de acoso ordenadas por el empresario, ejecutadas por las encargadas y a las que el resto de aparadoras del taller se sumaban.

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Una falta de solidaridad entre compañeras incomprensible hasta que uno se pone en la carne de una de esas mujeres. Chica de barrio, sin muchos estudios ni muchas oportunidades laborales fuera de los talleres. Chica que ha visto cómo el acoso de los jefes a las rebeldes, o a las que simplemente no les gustan, es una práctica habitual que además también se extiende a aquellas que se solidarizan con la humillada.

También ha oído hablar de las listas negras en las que si una aparadora entra ya ningún taller le dará trabajo, mito (o realidad) que jefes se encargan de mantener vivo. Y entonces la chica, por sus hijos, por su hipoteca o por puro miedo, comienza a participar en el acoso negando favores, la palabra y hasta la amistad.

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Así vivió Aurora de un taller a otro durante varios años hasta que se resignó a apartarse para siempre del aparado. Abandonó la máquina de coser, pero el cuerpo de aparadora se lo llevaba con ella: lesiones cervicales, ceguera parcial, dolores de espalda y daños psicológicos. Hoy vive sin apenas salir de su casa debido a la desorientación que le producen los medicamentos para combatir la depresión.

Rodeada por montones de carpetas con documentos, copias de denuncias, contratos, y recibos del banco de todas sus batallas legales intentando demostrar ante un juez todos aquellos años que trabajó sin contrato. Una lucha en la que hasta la fecha no ha obtenido ninguna victoria.

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Cristina prepara el desayuno para su familia mientras pone una lavadora y termina de lavar los platos de la cena de ayer. Ha sido la primera en despertarse, así que aprovecha para adelantar faena mientras el resto de la familia se despierta. Lo hace en una salita de su casa convertida en taller. Retales de tela por el suelo, bolsas de un metro con piezas terminadas y por terminar, botes de cola, hilo, tijeras y al lado de la ventana, con la persiana a medio cerrar, una máquina de coser.

Compró la máquina de segunda mano por 600 euros y hoy ya lleva 15 años aparando en su casa. Cristina bromea sobre la precariedad de su situación: “¿Para qué me voy a ir de viaje a Camboya si la tengo aquí al ladito? Le he dado toda mi juventud a una industria a la que no le importo y que en el futuro no me va a dar nada”. No sabe muy bien qué responder cuando le preguntan cuánto gana. “Entre 50 y 150 a la semana, siempre en efectivo y en negro, aquí funciona así, aunque hace 20 años se ganaba más”.

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Javi, el repartidor, lleva días presionándola para que acelere el ritmo y termine el último encargo. Ella sabe lo que tiene que hacer porque todos los meses pasa lo mismo. Aguantar hasta la 1 de la mañana, dormir 5 horas y empezar de nuevo. Levantarse de la máquina solo para cocinar, salir a comprar y recoger a los niños del colegio. Como la mayoría de aparadoras a domicilio, Cristina cobra su trabajo a destajo, entre 4 y 6 céntimos el par, independientemente del tiempo empleado.

La figura del repartidor representa una pieza clave en el puzzle de la economía sumergida. Muchas veces como empleados de las fábricas o como empresarios que negocian con la fuerza de trabajo de otras personas. Su trabajo consiste en contactar con aparadoras que cosan en casa y hacer de intermediario entre ellas y la fábrica. Javi negocia un número de pares, del que se lleva una comisión y después con su furgoneta, obviamente sin logos ni nada que la asocie al calzado, va repartiendo las bolsas de faena casa por casa. Un círculo vicioso en una búsqueda continua de colectivos vulnerables que acepten aumentar su precariedad para que así él pueda aumentar su margen de beneficios.

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A Cristina siempre le entregan o muy poco trabajo, insuficiente para hacer frente a sus gastos, o más del que puede sacar adelante a un ritmo normal de trabajo. La jornada laboral se mezcla entonces con la vida privada, una característica entre las aparadoras que trabajan en su casa. “Pero yo no me avergüenzo de lo que soy, con la máquina me he pagado mi ropa, mi comida y la educación de mi hijo”.

“A mí me ha dolido todo lo que le duele a una aparadora: las articulaciones, la espalda, el cuello, pero sobre todo la cabeza“; para Cristina el trabajo solitario y la conciencia de estar siendo explotada hicieron mella en su autoestima. Sin embargo esta aparadora reconoce que la llegada de internet le cambió la vida abriéndole una ventana al mundo, mediante la radio en línea, para satisfacer su curiosidad. “He sentido rabia cuando he reconocido en escaparates zapatos de buenas marcas, que yo he cosido por unos céntimos, vendiéndose por 90 euros”, comenta Cristina, quien no quiere seguir fomentando esta situación y por eso no usa zapatos hechos por aparadoras.

El problema de la economía sumergida es que no solo esconde beneficios ante Hacienda, también oculta las problemáticas que sufren sus trabajadoras al resto de la sociedad. El estudio de M.C. Carrillo (T__rabajo a domicilio: el caso de las aparadoras de calzado), realizado mediante encuestas a trabajadoras del calzado de Elche, reveló la existencia de problemas de salud asociados al oficio.

Una buena parte de las aparadoras trabaja en su casa y eso convierte los espacios laborales, en este caso los domicilios, en invisibles a ojos de las inspecciones. Según el estudio, un 56,7 por ciento no utiliza una habitación reservada para su actividad laboral. El resultado son máquinas de coser y materiales tóxicos, como los pegantes, cerca de la cocina y otros espacios de la casa al alcance de niños. En 2016, un menor tuvo que ser trasladado hasta Valencia en helicóptero con quemaduras en el 70 por ciento de su cuerpo debido a un incendio.

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Entre los problemas de salud relacionados con el oficio, hay algunos que se repiten, como las lesiones osteomusculares (dolor de huesos, columna, y articulaciones) las cuales afirman padecer un 66,7 por ciento. Los problemas psicológicos como depresión, ansiedad o trastorno del sueño, también se repiten en un 26,7 por ciento. Pero si hay una enfermedad conocida entre las aparadoras es la polineuropatía tóxica, conocida como “parálisis del calzado” y producida por el uso imprudente de los adhesivos junto a unas malas condiciones higiénicas.

Pese a que la mitad de las mujeres encuestadas trabajan de 10 a 14 horas en tareas repetitivas (sin contar las horas que dedican las tareas del hogar) y sin recibir un buen salario, la mayoría, un 60 por ciento, considera que lo peor de su trabajo es no poseer un contrato laboral. Y es que para las mujeres que trabajan en negro no existe la posibilidad de reconocer ninguna lesión o baja por enfermedad laboral.

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Durante el año 2003, un grupo de mujeres trabajadoras del calzado de Elche empezó a aparecer en los medios de comunicación locales con los rostros cubiertos para decir, en voz alta, lo que todo el mundo conoce sobradamente, lo que todas las trabajadoras del calzado, y también muchos trabajadores masculinos, dicen en privado: que la situación se ha degradado hasta límites extraordinarios; que todos en el calzado han perdido derechos y son progresivamente rehenes del miedo, pero que son sobre todo las mujeres las que ocupan el último escalón.

Las que soportan los niveles de explotación más agudos, las que han sido condenadas mayoritariamente a la economía sumergida; que entre las mujeres, las aparadoras, las más profesionalizadas antaño, han visto degradarse sus condiciones laborales al tiempo que son objeto de desprecio por parte de empleadores, intermediarios, trabajadores convertidos en propietarios de talleres o repartidores; que las organizaciones sindicales tampoco se han preocupado de la situación de las mujeres y han mirado para otro lado empeñadas en mantener su actividad mínima dentro de las empresas legales; en fin, que su causa es tan justa como silenciada.