yoga desnudo
Photos by Rebecca Rütten
Sexo

Hice yoga desnuda y me familiaricé con todos mis orificios

"Por razones obvias, no quieres sentarte detrás de nadie cuando haces yoga desnuda”.
20.1.18

Me mudé a Berlín en abril de 2017 tras dejarlo con mi ex. Me tomé ese cambio de aires como una oportunidad para hacer un poco de introspección y empecé a probar cosas nuevas en un intento de, como dirían muchos, “encontrarme a mí misma”. Yo más bien diría que por fin me embarqué en un viaje a mi primer festival de música y participé en algunas sesiones de meditación budista. También me propuse ser vegana, aunque el intento duró poco. Lo siguiente de la lista era hacer yoga desnuda.


MIRA:


Supe que existía el yoga al desnudo cuando vi la cuenta de Instagram @nude_yogagirl. Siempre me ha apasionado el yoga, pues no solo es algo impresionante de ver sino también un buen método para ganar fuerza, flexibilidad y equilibrio. En cuanto me coloco sobre mi esterilla de yoga, me siento mucho más en contacto conmigo misma.

Pero, ¿qué podía pasar si lo hacía desnuda y, por tanto, totalmente expuesta? Quise descubrirlo yo misma.

Publicidad

No tardé mucho en encontrar un sitio cercano en que hacían clases y en apuntarme. Fue leer la descripción de la sesión en la página del evento en Facebook y saber que estaba lista para ir. ¡Estaba muy emocionada! Lee esto y dime si tú no lo estarías también: “Vamos a explorar los puntos más sensibles de tu cuerpo, de tu mente y de tu espíritu. ¿Te apetece nadar en el paraíso que hay bajo las ‘máscaras’ que llevamos a diario?”.

En la clase éramos cuatro mujeres y la profesora, todas de entre 25 y 35 años

Esa es la razón por la que ahora, varios días después, me encuentro sentada en un estudio de yoga en el popular barrio berlinés de Kreuzberg. Son las 19:45, estoy todavía vestida y voy dando sorbos al té, nerviosa. Somos cinco mujeres, incluyendo la profesora, todas de entre 25 y 35 años. Las esterillas estaban en el suelo formando un semicírculo (por razones obvias, no quieres sentarte detrás de nadie cuando haces yoga desnuda).

En una esquina del gran espacio blanco hay una colección de velas de té y de figuras de buda. El olor intenso a incienso flota en el aire y le da al ambiente un rollo zen un tanto forzado, pero bueno, vale, me sirve.

Estoy sentada en mi esterilla. La chica de mi lado se ha olvidado la suya, así que le ofrezco mi toalla. “¿Estás segura de que no te importa?”, me pregunta, pues las dos sabemos qué va a tener posado sobre la toalla en cuestión de segundos. Estoy segura. No demasiado cómoda, se sienta encima de la toalla de tela de rizo que ha colocado encima de la esterilla azul que acaba de sacar del armario del estudio. Fuera ha oscurecido ya. Cerramos las cortinas para que sea solo la luz brillante roja del edificio de enfrente lo que las traspase. Cierro los ojos y escucho el sonido procedente de un equipo de música. En lo único que pienso es en que en pocos minutos estaré desnuda.

Por ahora, nuestra profesora, Danielle, sigue con sus leggings de leopardo y sus calentadores rosas. Me dice que el yoga al desnudo le ayudó a conocer mejor su cuerpo y a estar orgullosa de sus curvas. Con sus clases espera transmitir el “poder transformador del yoga al desnudo” a otras mujeres.

Minutos después, llega el momento de quitarnos la ropa. “Podéis ir desnudándoos poco a poco”, dice Danielle. Sinceramente, no sé por dónde empezar. Decido quitarme primero la chaqueta antes de pasar a la camiseta, el sujetador, los pantalones de yoga, los calcetines y la ropa interior. Las otras, en cuestión de segundos, se han quitado todo, pero yo me voy quitando pieza por pieza sin ningún tipo de prisa.

Cuando acabo, lo único que soy capaz de hacer es sonreír nerviosamente. No tengo nada que esconder, pero la situación es muy extraña. ¿Por qué estamos aquí una panda de desconocidas, desnudas, sobre unas esterillas? Automáticamente, mis ojos empiezan a recorrer el estudio y ven tatuajes, marcas de nacimiento con formas extrañas y pezones de todas las formas y tamaños.

Fui apreciando mi cuerpo más y más a medida que avanzaba la sesión.

“Recorre todo tu cuerpo con las manos”, nos indica Danielle. “Así sabrás qué textura tiene tu piel”. Me voy sintiendo más cómoda a medida que avanza la sesión, pero la clase es bastante dura, así que mi sonrisa de vergüenza en seguida se transforma en una mirada de pura determinación. Sin darme cuenta, estoy totalmente inmersa en el momento, para nada preocupada por el hecho de estar estirando mis extremidades desnudas al lado de completas desconocidas.

Solo durante la postura del bebé feliz —en la que te tumbas boca arriba con las manos cogiéndote los pies mientras estiras las piernas abiertas al aire— me acuerdo de que me estoy exponiendo totalmente a mis nuevas amigas.

Muchas de mis amigas que hacen yoga se enfadaron muchísimo cuando les conté que iba a probar el yoga al desnudo. Me decían que eso era una moda de Instagram para chicas blancas privilegiadas. Y, aunque razón no les faltaba, el yoga al desnudo es mucho más que eso.

Publicidad

Como dice Danielle, este tipo de yoga también implica conocer mejor tu cuerpo y tener una relación sana con él. Si bien puede atraer a muchos pervertidos y voyeurs en las redes sociales, no tiene nada que ver con el sexo —algo de lo que te percatas en el momento en que te ves desnuda y estirando un músculo mientras adoptas una postura imposible—. Teniendo en cuenta que hay tantas mujeres en el mundo que no están felices con sus cuerpos, quizás sea un poco reductivo tachar de modas absurdas a este tipo de ejercicios para aumentar la autoestima.

Dos de mis compañeras haciendo la postura sirsasana

Noto que la postura en la que estamos parece más intensa al estar desnuda. Ellas también parecen haberlo notado. La sensación es como que el estómago se desplaza y cambia en cada posición, los músculos se tensan y los tendones se estiran. Ahora soy mucho más consciente de las imperfecciones de mi cuerpo.

En la sala estamos como a 25 ºC porque Danielle subió la calefacción al máximo al principio para que no nos congeláramos. Tengo una capa fina de sudor por todo el cuerpo. Adoptamos una postura en la que estamos tumbadas boca abajo y dejo una marca en la esterilla que me recuerda a un cuadro de Yves Klein. Algunas de las otras chicas suspiran al hacer ciertos movimientos, lo que es totalmente normal en yoga, pero como ninguna de nosotras lleva nada de ropa, me parece más exagerado. Me sorprendo al ver que me siento cómoda cuando la profesora nos toca para corregir nuestra postura.

En la última postura de relajación, Danielle nos dice que volvamos a ponernos los calcetines, lo que significa que, por un momento, somos cinco mujeres en la postura del cadáver, tumbadas boca arriba, con los brazos y las piernas estiradas, desnudas y llevando solo los calcetines.

Al final, nos volvemos a poner la ropa. Me coloco mis pantalones de yoga, las deportivas y la chaqueta enorme que me protege del frío de Berlín. Pero hay algo que ha cambiado. Podría sonar cursi, pero siento como que estoy más en conexión con el mundo, lo que sea que signifique eso. Me siento bien y, lo más curioso, me siento sexy.

Este artículo aparació originalmente en VICE Alemania.