Con luz, los presos de La Modelo escribieron sus más duros secretos
Foto: cortesía Juan Suárez
arte

Con luz, los presos de La Modelo escribieron sus más duros secretos

Fuimos a la cárcel La Modelo a la exposición "Me gustas cuando callas", un laboratorio de creación con internos de los patios 1A y 1B, la mayoría sindicados por delitos sexuales.
23.11.17

Ciega justicia
Ata mi vida
Rejas son
Chicha, chuzo, chanchullo
Encarcelado
Libertad ya!!!

Acróstico de Carlos González*, 48 meses en La Modelo, sindicado por presunto acto sexual con una menor de edad.

***

A los del patio 1A, en el ala sur de la cárcel La Modelo de Bogotá, casi nadie los mira. Si lo hacen, es para insultarlos. “Violos hijueputas”, les dicen, casi a diario. “Violos malparidos”. Los suyos son los delitos inconfesables, los que nadie perdona. Violación, proxenetismo, pedofilia. Acceso carnal violento, acto sexual violento, acceso carnal abusivo con menores. Crímenes que, aun en entre criminales, nadie condona. Delitos que, aun sin haber sido probados, los signan, los emplastan, los obligan a habitar ese rincón que, según los mismos internos, es casi un lugar de cuarentena.

“Aunque casi todos estemos aquí sindicados —es decir, sin que haya habido una condena— y muchos seamos inocentes, no nos bajan de violadores, de violos hijueputas”, afirma Jorge Giraldo*, un ingeniero de sistemas que lleva cuarenta y ocho meses encerrado y que añora que en diciembre un juez le dé la libertad. “A diferencia de otros delitos, cuando a usted lo acusan de un acto sexual abusivo no hay pruebas. Es su palabra contra la de otro. Y, ¿usted a quién cree que le van a creer? ¿A uno, que jura con su vida que no tocó a la niña? ¿O a la niña? ¿Y usted cómo cree que lo van a ver a uno afuera, así salga inocente? Ya nadie lo baja de pedófilo y violador”.

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Desde septiembre, Jorge y otros nueve reclusos de los patios 1A y 1B de La Modelo participaron durante tres meses en un taller de escritura y fotografía liderado por el artista Juan Suárez y la comunicadora Sandra Martínez, que cristalizó en la serie Me gusta cuando callas. “Hay una distancia grandísima entre lo que callamos y lo que podemos decir en voz alta. Más en contextos como La Modelo, en la que los internos sienten que no pueden confiar en nadie, que no pueden confesar lo que tienen adentro y necesitan decir de alguna forma”, me contó Sandra antes de que ingresáramos a la cárcel a ver el resultado final del proyecto. “Pero el proceso fue muy bonito. Sobre todo con los del patio 1A, a los que estigmatizan por violadores, que son gente que vive con un montón de cosas adentro, muchos secretos y dolores que no pueden decirle a nadie porque los matarían ahí adentro”.

El poder del secreto, dice Juan, se exacerba mucho más en los contextos de hacinamiento. La Modelo es uno de esos casos ejemplares: en una revisión de marzo de 2016 de El Espectador se detectó que, aunque la prisión tiene una capacidad para 3.081 internos, hay más de 4.842 —un 57,2 por ciento más que el número de presos que caben en sus instalaciones—. “Cuando no hay espacio personal, como en la prisión, los secretos y las confesiones no pueden circular. Con esta propuesta quisimos, a través de expresiones plásticas, fotográficas y textuales, trabajar todo el tema de los mensajes secretos”, me explicó Juan. “Además porque la cárcel es un espacio muy raro. El tiempo está como suspendido, todo está congelado. Peor si a uno, como pasa con los del patio 1A, lo tratan mal, lo estigmatizan dentro de la misma cárcel”.

Juan y Sandra fueron casi dos veces por semana a compartirles poemas, imágenes y haikus. Lideraron talleres de escritura creativa y de fotografía (e incluso de expresión corporal con una artista escénica amiga suya) para luego construir, en conjunto, una serie de retratos en light painting, una técnica desarrollada por Gjon Mili y Picasso. En ella, el obturador abierto de una cámara análoga en un espacio oscuro registra los movimientos de un foco de luz dirigido por una persona, a quien ellos llaman “dibujante-escritor”. La técnica requiere aprender a escribir al revés y controlar el cuerpo para hacer las letras y los trazos frente a la cámara a ciegas.

“Esto es como el grafiti del siglo XXI, porque usted no necesita pared y nadie lo ve si no está registrado con la cámara. Algo así como un Twitter carcelero”, sugirió Carlos González*, un cincuentón cundiboyacense que se refiere a sí mismo como DJ Renemix, “loco, soñador, DJ y prisionero”. González, sindicado también en el 1A, capturó dos imágenes con sentencias que, para él, reflejan lo que se siente estar atrapado en la cárcel: “Estoy en el cementerio de los vivos” y “Flotando detenido”.

Aunque fueron más de diez los internos que participaron en el taller, a la muestra pública de Me gustas cuando callas en la gran sala de Educativas Norte —el espacio destinado en el ala norte de La Modelo para las clases y talleres—, solo asistieron cinco. Dos, cuenta Juan, fueron trasladados a otras cárceles en el proceso, uno salió libre y de los otros no supieron más. “Aquí aunque uno tenga compañeros, no puede confiarle nada a nadie. Y a la gente que usted le cuenta sus cosas, al día siguiente puede no estar, haber quedado libre, y se llevan eso con ellos. Usted no puede contar lo suyo”, me dijo Alberto Junín*, un capturado por delitos sexuales que lleva más de treinta y cuatro meses en la cárcel, quien decidió encriptar su mensaje y escribir, como una premonición de ese mismo momento: “Mueren los hombres, no su memoria”.

La encriptación, el código y el secreto fueron las claves del taller. De la mano de Juan y Sandra, los internos aprendieron de escrituras orientales para lograr escribir de derecha a izquierda, así como de signos y correspondencias para crear sistemas únicos de símbolos (como el de la foto de arriba) con los cuales resguardar su secreto. Y, quienes no sabían escribir, aventuraron sus propios modos de expresión, como garabatos, rayones y otras inscripciones no alfabéticas (como en las fotos de abajo). Utilizaron una linterna, luces LED de diferentes colores y una cámara fotográfica para diseñar varios mensajes, secretos y confesiones íntimas, que quedaron registrados en la serie final.

“Estos juegos de luz son grafitis de pensamientos que no podemos decirle a nadie aquí”, comentó Carlos en la socialización. “Probablemente esa persona a la que le dedicamos el secreto nunca lo verá”. Considerando que los crímenes de los que están acusados los del 1A los han expulsado con fiereza hacia el margen de la vida en la prisión, lejos del resto de los internos, muchos reconocen que se han tenido que obligar a silenciar y reprimir muchas de sus experiencias. “Vivimos estigmatizados, somos lo que la gente considera de lo peor acá. Usted puede haber puesto una bomba y matado a mil personas, se lo perdonan. En cambio, alguien dice que le vio las manos con sangre de una niña, que lo vieron tocando a una china y ya nadie va a quitarles eso de la cabeza”, señaló Jorge, con resignación, durante la exposición. “Incluso ahorita que los otros internos vinieron a ver las fotos, escuché a varios susurrando violos malparidos, hijueputas violos”.

Y sí: esa tensión se nota. En la muestra pública en Educativas Norte, los demás presos se acercaban con recelo. Y casi todos los del 1A andaban con una pequeña tula cosida a punta de jeans viejos, con todas sus pertenencias, porque por la sobrepoblación no tienen celda propia y deben dormir en los pasillos o donde caigan esa noche. Darío Padrón*, el más silencioso de los participantes, encriptó esa resignación profunda en su fotografía con la frase: “Vivo sin vivir, muero porque muero”. Porque, como insinuó él, el estigma sobre los delitos sexuales en la prisión es una sentencia que queda para toda la vida. Aún con su presunta inocencia.

El hacinamiento en La Modelo no solo ha llevado a que los presos no puedan contar sus secretos —si lo inconfesable se escucha, circula y tiene consecuencias—, sino que les ha dejado una marca indeleble. Una marca que ellos sienten como una deshumanización. “Acá somos un número. Y a los de nuestro patio no nos bajan de violos. Con talleres y cosas como estas uno vuelve a decirle a la gente que es humano, que también uno piensa y siente”, señaló William Rojo*, otro de los reclusos del patio. “Y mejor así con la técnica que nos enseñaron los profes, porque nadie pone la cara, solo se ve la luz. Es un mensaje anónimo”.

Aunque la pretensión inicial de Juan era propiciar “una correspondencia secreta entre los presos y los espectadores fuera de la prisión”, un “ intercambio epistolar”, el juego de códigos derivó también en otros usos que desbordaron el producto final mismo del ejercicio artístico. “Fue muy loco porque luego nos enteramos de que esos mismos códigos que enseñamos o con los que jugamos en el taller de light painting los empezaron a usar también para otras cosas”, dijo Juan. Y algunos de los internos lo confirmaron: las claves y los códigos que aprendieron en el taller no se quedaron en una sola foto, sino que han servido también para decirse cosas sin que los otros se enteren. Chismes, negocios, advertencias. Incluso guiños clandestinos.

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“Yo no le puedo decir de qué se trata lo mío porque ya no sería secreto”, me dijo, entre risas, Alberto. “Pero sí le digo que talleres como estos nos abren la mente para sacar todo eso que uno tiene guardado, el secreto de uno. Y ahí está, ahí queda eso para que solo alguien que conozca el código lo entienda”, continúa, y señala en una última línea de su texto un jeroglífico incomprensible. “Esta última línea es el secreto mío”.

En medio del estigma carcelario, de la norma tácita de no exponerse frente a los demás y la aprensión que le producen a los demás presos con quienes conviven, los del 1A se han resignado a vivir con la marca imborrable que su patio y su presunto crimen les ha inscrito. Y, como dicen, ejercicios como el de la fotografía y la escritura ayudan a resistir allí. “Para todos somos el parche de viejos verdes, aunque yo soy joven”, ríe Jorge. “Ya nadie va a convencer a los demás de que, aunque muchos juramos con la vida que somos inocentes, no somos unos monstruos, unos aberrados, unos violadores enfermos”. Y concluye: “El paisaje acá nunca cambia. Con Juan y Sandra rompimos algunos ciclos, esta rutina tan pesada. Además nos puso a pensar, como escribiendo al revés. Activamos el cerebro un ratico”.

Con el light painting del taller de Juan y Sandra y las exploraciones de escritura, los internos, los del “patio de los violos”, pudieron hacer por tres meses menos asfixiante su soledad compartida. “Solo con la soledad, esa que dejaste cuando decidiste no volver”, enunció Jorge en su foto. “No soy invisible, ¿ok?”, se lee, con fiereza, en un ejercicio de Carlos y Francisco. Y en otro, la imprecación rábica: “La justicia es una farsa”.

Así, mientras esperan sin esperanza la sentencia que los saque de ahí —o que allí los deje—, los del 1A y el 1B gritan en silencio su lema compartido: “Aún vivimos”.

* El 30 de noviembre de 2017, VICE retiró los nombres de los internos mencionados en la primera versión de esta pieza, así como las fotos en que eran visibles sus rostros. Esta decisión obedece a una petición de los talleristas Juan Suárez y Sandra Martínez, gestores del proyecto reseñado en el artículo, con el fin de proteger la identidad de los participantes de la actividad.