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Imagen vía Wikimedia Commons/CC 0. Montaje por VICE
historia

Carmen Polo, la beata mujer de Franco aficionada a los 'simpas' y al lujo

La mujer de Franco se convirtió en artífice de la creación de un clan familiar que se comportaba a imagen y semejanza de una familia real.
4.6.20

Cuando Francisco Franco le metió ficha a Carmen Polo por primera vez, la que se acabaría convirtiendo en su esposa era aún una cría. Aunque nunca se le dio especialmente bien eso de ligar, el gallego salió airoso de aquella romería típica asturiana donde le tiró los tejos en el verano de 1917. “Yo había salido del colegio de las Salesas, donde me educaba, para pasar las vacaciones de verano, y en una romería le conocí. La verdad, me fue muy simpático, y como él parecía interesarse por mí con preferencia de todas las otras, y… yo no había tenido todavía novio…”, confesaría la propia Carmen en una entrevista concedida años después a la revista Estampa.

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En aquella época, Carmen Polo —que estos días habría soplado 120 velas— era una adolescente de la alta burguesía asturiana, que había sido instruida en idiomas (francés), música (piano) y labores por una institutriz francesa. Franco, en cambio, era un joven comandante que intentaba ascender en la carrera militar gracias a sus hazañas de guerra en Marruecos. El caso es que una cosa llevó a la otra y Carmen acabó quedando prendada de aquel tipo bajito, feucho y de voz atiplada. Será que el amor es ciego. Y sordo. Y mudo. Qué sé yo.



El caso es que al padre de ella, Felipe Polo, no le hizo ni pizca de gracia el romance en un primer momento, pues pensaba que casarse con un militar era como hacerlo con un torero: una temeridad. Y claro, él no quería que su jovencísima hija se quedara pronto viuda, con un puñado de hijos a su cargo y cobrando una pensión de viudedad de mierda. Tan enfurruñado estaba el hombre que llegó a encerrar a Carmen una temporada en un convento de clausura, además de dedicarse a interceptar todas las cartas que le mandaba Franco.

Pero al final venció el amor y la pareja se acabaría casando en Oviedo en 1923, en un bodorrio que contó con el mismísimo rey Alfonso XIII como padrino —poco después, la pareja traería al mundo a su (única) hija, Carmencita—. Ahora bien, Carmen Polo de Franco era una muchacha ambiciosa, y confiaba en que la perseverancia de su marido diera sus frutos y pudiera brindarle el próspero futuro que ella creía merecerse. Y lo cierto es que su intuición acertó plenamente: el ascenso de su marido fue meteórico. De ‘Comandantín’ —como solían llamarle muchos— pasó a Comandante en Jefe de las tropas españolas en Marruecos. Y de ahí a dictador de España.

"La mujer de Franco se convirtió en artífice de la creación de un clan familiar que se comportaba a imagen y semejanza de una familia real"

La vida minimalista nunca estuvo hecha para Carmen. Durante el tiempo que duró la Guerra Civil, los Franco vivieron en palacios decorados al gusto de la matriarca. Asimismo, poco después de ganar la contienda Carmen y su marido tomarían posesión del palacio de El Pardo, un enorme castillo ubicado a unos veinte kilómetros al noroeste de Madrid, donde pasarían casi 35 años residiendo. El de los Franco fue un matrimonio bien avenido y siempre estuvo muy unido; uno se desvivía por el otro.

Carmen estaba tan obsesionada por servir a su marido que llegó a alejar a todas aquellas personas que pensó que podían hacerle sombra. Tal y como cuenta la periodista Carmen Enríquez en su libro Carmen Polo, Señora de El Pardo, la mujer de Franco se convirtió en artífice de la creación de un clan familiar que se comportaba a imagen y semejanza de una familia real. No en vano, la mujer empezó a hacerse llamar La Señora tras entrar a vivir en El Pardo.

Quienes trataron a La Señora en su día hablan de ella como una mujer distante, poco simpática y fría como el hielo. Una mujer que vivió durante años en una burbuja, rodeada de amigas palmeras y una camarilla de aduladores subordinados que siempre estaban dispuestos a satisfacer todos sus deseos y necesidades. Una fémina que no perdía ocasión para hacer gala ostentosa de su posición social, vistiendo sus collares de varias vueltas y vestidos de piel en actos benéficos y eventos institucionales, mientras la mayoría de la población española vivía sumida en una gran miseria. Y una primera dama que se esforzó por propagar los valores de la ideología nacionalcatólica entre las jóvenes generaciones y llegó a dirigir el Patronato de Protección a la Mujer, cruel institución dedicada a controlar la moral de las españolas.

Tanto Carmen como su esposo recibieron durante los años de la dictadura infinidad de regalos y antigüedades por parte de amiguitos, lameculos y empresarios conscientes de lo beneficioso que resultaban para sus negocios los contactos con el poder. Regalos que, por cierto, el matrimonio fue almacenando en las fincas y casas que también le regalaron a Franco. Ambos eran vanidosos a más no poder y acumulaban todo tipo de reliquias en su palacio, pero su preferida fue siempre el brazo incorrupto de Santa Teresa, una especie de amuleto de la suerte que presidió su dormitorio durante décadas.

"Carmen Polo no era austera, pero sí era una mujer profundamente beata"

Tampoco es un secreto que Carmen Franco era una adicta al lujo. A la señora del Caudillo —apodada La Collares por su afición a los adornos de perlas— le fascinaban las alhajas, y circula el rumor de que era aficionada a hacer ‘simpas’, por lo que algunos joyeros le temían cada vez que la veían aparecer. “Es casi un mito que, cuando Carmen Polo salía de compras, los mejores joyeros de Madrid cerraban sus puertas porque 'se olvidaba' de pagar las facturas”, revela el periodista Mariano Sánchez Soler en su libro La familia Franco S.A. En ese sentido, el nieto mayor de Carmen Polo llegó a contar una vez que, cuando el matrimonio Franco celebraba sus bodas de oro, a su abuela le regalaron bastantes joyas los amigos y conocidos.

Pero Carmen ya le había echado el ojo a un solitario de diamante que costaba un riñón, y habló un día con su joyero de cabecera para hacer un trueque. El hombre le comentó que el solitario que ella quería era bastante más caro que todas aquellas joyitas juntas, y que si lo quería tendría que añadir dinero. Acto seguido, Carmen le comentó el tema a su marido, pero Franco —que siempre tuvo fama de agarrado— le dijo que aquel era “un lujo que no podemos permitirnos”, así que la mujer vio su gozo en un pozo.

Carmen Polo no era austera, pero sí era una mujer profundamente beata. Un nieto de los Franco llegaría a contar que cada vez que iba de cacería con sus abuelos, tanto a la ida como a la vuelta, Carmen se pasaba el camino rezando el rosario y adorando a Dios —y, además, obligándoles a ellos a hacer lo mismo—. Aunque Franco se autodefinía como creyente, la religión se la traía un poco al pairo al principio. Sin embargo, a raíz de su boda con Carmen, y sobre todo tras coscarse de lo esencial del influjo político de la Iglesia, el dictador se convertiría en un católico acérrimo, hasta el punto de declarar el catolicismo la única religión del Estado. Un católico selectivo, que siempre pensó que el concepto de misericordia estaba sobrevalorado, pero católico, a fin de cuentas.

Durante décadas, Carmen Polo fue la mujer más poderosa del país, algo que le ponía como una moto. Aunque no contó con estatus institucional, tuvo más capacidad para convencer e influir en las decisiones que tomaba su marido de lo que muchos piensan. “A Carmen le llamaban ‘La Generala del General’”, comenta a VICE Mariano Sánchez Soler. “Era la única persona que tenía acceso directo y conocía al dictador íntimamente. Influyó en más de una decisión para nombrar o destituir ministros, y decidió en todo lo que era la política del dictador”.

“A Carmen le llamaban ‘La Generala del General’”

Para muestra, un botón: cuando Franco estaba ya en las últimas, Carmen intervino para que Arias Navarro —y no Nieto Antúnez, como así deseaba el dictador español— fuese nombrado presidente del Gobierno después del asesinato de Carrero Blanco. Asimismo, y con la intención de perpetuar a su familia en el poder, Carmen casó a su hija con el médico Cristóbal Martínez-Bordiu, marqués de Villaverde. Y también participó en los planes para casar a su nieta mayor, María del Carmen, con Alfonso de Borbón Dampierre, con la esperanza de que su marido le nombrara su sucesor en lugar de al príncipe Juan Carlos. Por intentarlo, que no quedase.

Su castillo de naipes se vino un poco abajo cuando, tras la muerte del Generalísimo, se vio obligada a abandonar el palacio de El Pardo —patrimonio del Estado—. A partir de ese momento, Carmen se instalaría en una lujosa casa que poseía en la madrileña calle de los Hermanos Bécquer y pasaría a llevar una vida bastante discreta. Sus días transcurrieron entonces entre paseos, misas, quedadas con amigas y presencias en las conmemoraciones celebradas cada 20 de noviembre en el Valle de los Caídos.

Dicen que Carmen Polo vivió con cierta resignación y amargura el hecho de que toda esa gente que durante tantos años le había bailado el agua por interés ahora le diera la espalda —también por conveniencia—. Sin embargo, es indudable que las Cortes le hicieron más llevadera aquella pena el día que votaron y aprobaron una suculenta asignación para la ‘Primera Viuda de España’. “La democracia la trató muy bien. Carmen cobraba más pensión que el sueldo del presidente del Gobierno (en los años ochenta)”, recuerda Sánchez Soler.

Más de doce millones y medio de pesetas (en catorce pagas) al año, para ser más concretos. Es más, cuando la Señora de Meirás falleció mientras dormía, en febrero de 1988 y debido a una bronconeumonía, estaba cobrando anualmente cuatro millones de pesetas más que Felipe González. Pero, sobre todo, se fue a la tumba con la satisfacción de haber vivido como pocas viudas de dictadores, esquivando el exilio y la retirada de sus numerosos bienes y propiedades. Ahí, con un par.

@andre_jou