En su última colección, la marca de gafas inspirada en el mundo del arte Etnia Barcelona rinde homenaje a Jean-Michel Basquiat. Los modelos de esta serie muestran una clara influencia del graffiti y el arte urbano, así como referencias al jazz, el rap, el punk, la cultura pop y el cómic, estilos que confluyen en la obra de Basquiat.
La obra de Basquiat ha logrado perdurar incluso mucho después de su muerte en 1988, a la edad de 27 años. Hijo de inmigrantes de Haití y Puerto Rico, fue criado en Brooklyn y empezó a desarrollar su faceta de artista de graffiti pintando fragmentos de poesía provocativos y ocurrentes en los muros del Lower East Side de Manhattan a finales de los 70. En cuestión de pocos años se convirtió en una auténtica celebridad cuyas obras se vendían por sumas desorbitadas en galerías de arte de todo el mundo. Hasta que abandonó el mundo repentinamente, víctima de la heroína.
Las obras de Basquiat -a la par joviales y amenazantes, a menudo elaboradas con trozos de desperdicios encontrados en la calle, retazos de lenguaje y rostros de la historia afroamericana envueltos en halos- transmitían un claro mensaje político que emanaba de su experiencia personal. Con un discurso fracturado y críptico, los elementos del lienzo establecían relaciones orgánicas entre ellos y daban voz a una única mente idiosincrática. Arte para masas y para minorías, sacro y profano, la esencia misma de Nueva York.
En esta serie de dos partes, hablamos con dos artistas que capturan parte del mensaje de Basquiat y ese espíritu propio de la aventura creativa.
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Elle es una artista residente en Brooklyn conocida especialmente por sus impactantes figuras femeninas, a las que suele representar luciendo pieles de lobo con colores llamativos en diversos medios. Hace tan solo unos años trabajaba oculta en las sombras y tras una máscara, escalando edificios y carteles publicitarios para dejar su impronta. Hoy, sus obras se venden en IKEA y recibe invitaciones para pintar enormes murales de todas las ciudades del mundo. Recientemente, su obra incluso ha aparecido expuesta en el museo Urban Nation de arte contemporáneo de Berlín, en una muestra en Brooklyn junto con la de la fotógrafa Martha Cooper y proyectada sobre la fachada del New Museum de Manhattan. Hoy, Elle ya no necesita ocultar su rostro.
Cuando no está viajando, Elle se encuentra en su estudio de Los Ángeles. Allí estaba cuando la llamamos para charlar sobre su trayectoria, la influencia de Basquiat, el anonimato y todas esas mujeres que escalan literalmente a lugares altísimos para llegar "allí donde no deberían estar".
VICE: ¿Dirías que el arte de Basquiat tiene importancia para ti, personalmente?
Elle: Llevo una corona de Basquiat tatuada en el brazo. Es uno de los poquísimos tatuajes que tengo y quise darle otro significado: es como un homenaje a mi equipo de chicas que hacen cosas increíbles y se cuelan por los techos de vidrio. Basquiat empezó como artista grafitero, en la época en la que firmaba como "SAMO". Era un gran poeta y su obra me parece preciosa. Fue un pionero que marcó la tendencia de escribir poesía en los muros.
Al igual que él, empezaste desarrollando tu arte en las calles y ahora has evolucionado hacia un trabajo más "legal" y por encargo. Cuando realizas obras en el exterior hoy día, ¿siempre lo haces con permiso previo?
Los murales casi siempre los he hecho con permiso, porque es un trabajo que me lleva más de una hora. Pero el graffiti y el arte urbano siempre lo hacía de forma ilegal. Un día, los de la pintura Liquitex contactaron conmigo y me ofrecieron patrocinarme. "Pues creo que no quiero. ¿Qué implica eso?", les contesté. "Pues que queremos proporcionarte pintura gratis". "Ah, bueno, entonces vale". De repente, me vi con toda esa pintura. Era genial. Ya no tenía que conformarme con una pintada pequeña en algún cartel. Podía pintar algo grande junto a la autopista. Ahí fue cuando empecé a pintar en las paredes de la gente, porque tenía la pintura para hacerlo. Luego me invitaban a pintar.
Me consta que en tus inicios siempre llevabas una máscara. ¿Cómo fue el proceso de pasar de eso a trabajar como una artista "normal"?
Durante una temporada hice mucho graffiti ilegal que me obligaba a permanecer en el anonimato. En Nueva York está la unidad policial contra el vandalismo, que tienen fichados todos los graffitis. Si haces algo muy grande, te buscan, aparecen en tu casa por sorpresa y te confiscan todo el material para testificar contra ti en un juicio. Yo llenaba extintores enteros de pintura y pintaba en la fachada de los edificios a 10 o 15 metros de altura, con lo que podría haberme metido en muchos líos. A medida que evolucionaba, empecé a pintar murales. Cuando te pasas días pintando una pared, es inevitable que la gente se te acerque y te haga fotos. Yo les decía que ningún problema, pero que no me sacaran la cara. Luego empecé a sentirme ridícula con esa máscara, y como ya no hago tantas cosas ilegales, he dejado de esconderme.
Tú eres de la costa oeste, ¿no?
Sí, de la bahía de San Francisco.
Cuando te marchaste a Nueva York, hace ocho años, ¿qué planes y objetivos tenías?
Me fui para hacer un curso de pintura en la universidad de Brandeis. Aprendía la técnica al óleo, todo muy tradicional. Los profesores eran terribles y algo machistas, así que me cansé al cabo de un año y dejé la universidad.
Una noche, mientras charlaba con un amigo por Skype, este me preguntó qué iba a hacer el próximo año. "No tengo ni idea", le dije. "Tengo claro que voy a dejar el curso, pero no sé qué hacer". "¿Por qué no nos mudamos a Nueva York?", me propuso. Entonces yo ya estaba en la costa este y nunca había estado en Nueva York. "Venga, vale".
Cogí el autobús de Chinatown y empezamos a buscar piso. Encontré uno cerca de la parada de Morgan, que hace unos ocho años era todo naves industriales. Compartíamos piso con una gente que estaba obsesionada con los alienígenas y que hacían quedadas a través de un sitio web de modificación corporal. Les gustaba el tema de la escarificación y se ponían implantes en las manos y en la cabeza, como cuernos. La casa estaba llena de cucarachas voladoras, ratas y pulgas. Yo pensaba, "Vale, esto es Nueva York. ¡Vamos allá!".
Esa fue mi primera toma de contacto con el arte urbano. Vi las obras de Swoon y Gaia y me fliparon tanto que quise hacer lo mismo.
¿Dirías entonces que Nueva York te volvió a poner en contacto con el arte?
Sí, totalmente, porque estaba superdesilusionada con el mundo del arte. Lo que hicieron Gaia y Swoon me parecía espectacular, un regalo enorme que le hacían a los que pasaban por ahí.
¿Ese es el punto de inflexión en el que pasas del lienzo y el óleo a la pintura en espray y los muros?
Sí. En parte porque estaba prácticamente viviendo en una caja de cerillas. No tenía dinero para alquilar un trastero ni sitio para pintar. El arte urbano es más fácil y sencillo: puedes dibujar en un trozo de papel, mezclar harina y agua y listos.
La primera vez que se expuso una obra mía fue en un blog de arte urbano de Brooklyn, al día siguiente de haberla acabado. Fue genial. Les gustó tanto que le hicieron una foto y la subieron. Me gustaba la idea de que las obras tuvieran casi vida propia, que interactuaran con los transeúntes. Era mucho más interesante que trabajar sola en el estudio. Aquello me enganchó de inmediato.
Luego conocí a un artista de graffiti a través de unos amigos. Él odiaba el arte urbano y fue quien me hizo interesarme por el graffiti, pero nunca me dejaba acompañarle porque decía que tenía miedo de que me arrestaran. Convencí a mis amigas para que vinieran conmigo, pero las fueron arrestando a todas. Yo continué.
En mis inicios en el arte urbano, usaba el sobrenombre "Oopsy Daisy" porque me parecía divertido. Pero luego empecé a pintar en carteles y en azoteas y me pareció un nombre demasiado largo para firmar mis obras. Fue Anthony Lister quien me sugirió el nombre de "Elle", que significa "ella" en francés. En aquella época no había muchas mujeres en el mundillo del graffiti, razón por la que consideraba importante tener un apodo femenino y adoptar una especie de alter ego artístico muy rosita y afeminado. También era una forma de hacer visible la presencia de las chicas. Estaba a tope con el graffiti. Luego volví al arte urbano e hice la exposición con Martha, que es cuando empecé a pintar muros.
¿Consideras que tu obra tiene un mensaje político?
Político no, pero yo soy feminista. Sobre todo me gusta transmitir la idea de que el mundo está lleno de mujeres que no tienen las mismas oportunidades que los hombres. Hay muchos prejuicios sobre lo que se supone que las mujeres pueden y no pueden hacer. Por eso me parece importante demostrar que yo también puedo hacerlo, si no mejor, al menos igual de bien que un tío. Es mi máxima. Además, me encanta la figura femenina, pintar mujeres fuertes y guapas. La presencia masculina lo domina todo, así que hace falta representación femenina.
¿Sueles plantearte hasta qué punto debe ser ambiguo tu mensaje?
Hubo un tiempo en que pintaba diosas de tres metros por las calles, como si fueran una especie de guardianas. Las hacía inspirándome en mis amigas. Yo creo que cuando morimos, nuestra energía se recanaliza, que todos estamos hechos de energías pasadas de otras personas. Me pareció que la mejor forma de representarlo era con ojos, que pintaba en zonas sensuales como en los pechos, o en los codos.
Una vez oí a un chico decir: "Me encantan esas figuras femeninas, tío. Ahora entiendo perfectamente lo que es ser mujer y que estén todo el tiempo mirándote las tetas". Lo dijo por los ojos que había pintado. Me encantó ver que mi mensaje estaba calando. Pero no le dije nada al tipo. No me gusta decirle a la gente qué es lo que debe ver en mis obras. Cada uno verá algo distinto según sus experiencias anteriores. Así que, aunque quieras decírselo a la gente, no puedes.
Pasa como con Basquiat: hay un mensaje, pero suele aparecer encriptado y nunca es demasiado obvio.
Cuando puedas mira la obra de un artista llamado Rambo. Su obra es muy similar a la de Basquiat en cuanto a que también es poesía escrita. Hace poco me escribió algo. Estuvimos hablando de que, como artistas, no queremos dejar de trabajar y de que, si nos encantara todo lo que hacíamos, posiblemente no produciríamos más obras. Luego me escribió un mensaje con una frase que me pareció muy bonita. Decía: "Mantente firme para que el eco perdure". Es como crear arte para prolongar el eco, algo que se perpetúe más allá de tu vida. Esa es la forma de saber que estás haciendo arte del bueno: cuando tu obra te sobreviva.
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Oddisee es un rapero y productor de hip-hop residente en Brooklyn. Al igual que Basquiat, él también es hijo de inmigrantes: su padre es de Sudán y su madre es de origen afroamericano. Con más de once álbumes y producciones en EP y mixtapes ¾todas escritas, interpretadas y producidas por él mismo¾, Oddisee se ha forjado una entidad artística profundamente conmovedora y cálida, que destaca por el uso de instrumentos en directo y un tratamiento muy amplio del ritmo, alternando compases y tempos.
Ahora está de gira, como suele ocurrir al menos seis meses al año. Lo pillamos en algún punto del norte del estado de Nueva York cuando lo llamamos para hablar de su proceso creativo, de identidades e influencias y de las vicisitudes económicas de ser un músico independiente con un mensaje que transmitir.
VICE: Sueles dividir tu trabajo en álbumes instrumentales y vocales, todos producidos por ti mismo. ¿Prefieres unos a otros?
Oddisee: Trabajo con la música. El hip-hop es un género interesante que se suele reducir siempre a cadencias y ritmos. Creo que es algo que no pasa con ningún otro estilo. Pregúntela a cualquier músico cuál prefiere. Considero que el rap creó esa cuestión por sí mismo, y es algo contra lo que estoy intentando luchar, que la gente vea la música rap como una forma artística y la critique como tal. Yo me considero un artista de hip-hop y disfruto tanto creando la parte instrumental como las letras. De hecho, una engendra a la otra. En cuanto he terminado de escribir un tema, quiero empezar con la producción. Es un constante tira y afloja.
¿Tienes formación musical académica?
No, pero fui vecino de Garry Shider, el bajista de Parliament Funkadelic. Tenía un estudio analógico en el sótano. En lugar de ir a jugar a la calle, a sus hijos y a mí nos gustaba quedarnos en el estudio y hacer sesiones de improvisación. Por otro lado, mi madre canta y mi padre toca el laúd árabe, así que toda mi infancia he estado en contacto con la música.
¿Tu padre sigue escuchando música tradicional de Sudán?
Es lo único que escucha. A día de hoy, todavía no ha escuchado ni uno de mis temas. Esto de los chicos de la primera generación da para otra entrevista.
¿Te molesta eso?
No, en absoluto. Me encanta la relación que llevamos. Él me pregunta cómo me va el trabajo y la vida, adónde voy, cómo estoy de salud y ya. Él no ha crecido escuchando rap y aunque escuchara mis temas, lo haría más que nada por mostrarme su apoyo.
Antes me dijiste que tu padre regresó a Sudán hace una década. ¿Vas a visitarlo de vez en cuando?
Todos los años voy al menos un mes. Cuando era pequeño, siempre íbamos tres meses a Sudán de vacaciones. Ahora me encantaría poder pasarme tres meses allí, pero no puedo por el trabajo.
¿Has actuado alguna vez allí?
Todavía no. Quería hacerlo este verano, pero aún no sé si ya está confirmado. Tampoco sé si quiero. El hip-hop en Sudán está creciendo, pero si quiero actuar allí en el futuro, será ante un público de 15.000-20.000 personas. Supongo que el 98 por ciento de los presentes estarían allí porque soy sudanés, no por mi música. Así que prefiero esperar a que las cifras cambien más a mi favor.
Lo que no quiero es montar un concierto allí solo porque soy sudanés, sabiendo que el público no conoce mi música. Allí la gente sigue escuchando Los 40 Principales. Me sentiría raro.
A lo largo de tu trayectoria, has logrado mantener el control sobre tu música y tu imagen. ¿Crees que ha sido más complicado a medida que ganabas popularidad?
Para mí ha sido genial trabajar de forma independiente. Nunca he tenido problemas para mantener mi integridad. De hecho, esa es una de las mayores ventajas de ser independiente, el tener control sobre tu modo de expresión y, sobre todo, sobre la forma en que haces llegar tu trabajo a la gente.
Internet, sin duda, ha sido de gran ayuda para artistas independientes como tú a la hora de haceros oír sin depender de emisoras de radio o discográficas. ¿Estás de acuerdo?
Sí. Creo que yo he tenido la suerte de estar en el sitio correcto en el momento adecuado. Si hubiera aparecido un poco más tarde, me habría perdido en el mar de artistas que saturan internet. Si hubiera empezado antes, habría estado lamentándome de que la industria musical no fuera como antaño y no habría sabido adaptarme a la situación en la que estoy ahora.
Eres de la zona de DC y te mudaste a Nueva York hace unos seis años. ¿Qué te llevó a trasladarte?
Quería estar más cerca de la industria creativa: periodistas, fotógrafos, diseñadores gráficos, directores de vídeo, empresas de distribución de cánones, etc.
Desde pequeño he sentido fascinación por Nueva York, por la cultura del graffiti, los DJ, la moda… Me maravillaba que de una sola ciudad pudieran surgir tantos sonidos distintos y tantas expresiones artísticas. Yo venía de una ciudad pequeña en la que todo el mundo se concentraba básicamente en unos pocos sitios, sin importar lo que les gustara.
Sin duda, Nueva York ha influido en mi música. Tribe Called Quest es mi banda de hip-hop preferida y la razón por la que empecé a hacer música.
¿Hay determinados sonidos o estilos a los que la gente del sur responde bien y que no funcionan tanto en Nueva York o viceversa?
Totalmente. Durante mis viajes por todo el mundo, he descubierto temas y patrones rítmicos que gustan muchísimo en unos sitios pero que no funcionan en el resto. Me gusta mucha música que se produce en el Reino Unido, donde he estado viviendo bastante tiempo. Me gustan algunos ritmos del grime, el dubstep o el two-step, y muchas veces, cuando los pongo con amigos, no encajan. No saben qué demonios están escuchando.
Por otro lado, yo vengo del distrito de Columbia, donde primaba la música go-go, basada en instrumentos en directo. Pero si pongo música go-go fuera de DC, sobre todo en Nueva York, la gente me mira como si me hubiera vuelto loco. En cambio, cuando vuelvo a casa y les pongo a mis primos la música de la costa este que crecí escuchando, no me miran tanto como a un bicho raro, sino como a un carca.
¿A tus primos les gusta más el trap?
Sí, el trap es el rey. DC es una ciudad muy sureña.
Creo que podríamos decir que el trap tiene un mensaje muy destructivo, en general. Como artista y letrista que creció escuchando a Tribe Called Quest, ¿sientes la necesidad de reaccionar ante ese mensaje?
La verdad es que no. Yo siento la necesidad de marcar la diferencia, de dar una opción al público y crear una especie de equilibrio.
¿Dirías que tu música tiene un mensaje político?
Creo que cualquiera que escuche mi música en seguida le pondría la etiqueta de "política" o "con conciencia social". Todo mi trabajo se basa en la mera observación, aunque ahora me doy cuenta de que no hay mucha gente que vea lo mismo que yo. Tal como está la política hoy día, la sociedad está en una encrucijada en tantos aspectos que es casi imposible que mis temas no traten de alguno de ellos.
Como rapero musulmán, ¿crees que tienes la responsabilidad de servir de altavoz para un colectivo demonizado y que por lo general no goza de mucha visibilidad en el hip-hop?
Claro, pero a pesar de que a muchos les gustaría, no quiero convertirme en la imagen de propaganda de nadie. Soy musulmán pero no creo que mi música lo sea. Considero que es más bien secular.
Pero también soy artista de rap, y el rap habla de la realidad, por lo que es inevitable que en mis temas salga a relucir mi realidad como musulmán estadounidense, al igual que mi situación económica o mi vida amorosa, pero el hecho de que hable de esas cosas no me convierte en ellas.
¿Tu inspiración procede de alguna otra forma de expresión artística?
La arquitectura tiene un papel muy importante. Soy muy fan del mobiliario escandinavo, porque es muy minimalista y no sacrifica la estética por la calidad. Son muy funcionales y no hay exceso de materiales. Es algo que siempre he intentado hacer con mi música: reducirlo todo al mínimo indispensable sin que se resienta la calidad y la esencia de la música.
El arte también es una gran fuente de inspiración; artistas como Picasso, Dalí y Basquiat. Personas que incorporaron la ciudad en la que vivían y su entorno a su obra y que lograron retratar el país de forma muy fiel.
Basquiat me fascina. ¿Cómo es posible vivir durante los peores días de Nueva York y lograr capturar los corazones y las mentes del mundo del arte? Para mí, Basquiat era un artista del hip-hop. Era un rapero underground. Es lo que me transmite su obra.
De hecho, tengo varias obras suyas en mi estudio. Siempre tengo la esperanza de que mi música llegue a interesar a un público más amplio.
Una de las cosas que más me gustan de la obra de Basquiat es la facilidad con la que cruza la frontera entre lo político y lo críptico. El mensaje está ahí, entre esa amalgama de imágenes, frases cortadas y palabras tachadas. Solo hay que componerlo. Como letrista, ¿te preocupa resultar demasiado obvio en tus temas?
Sí. Creo que el mejor arte es aquel que se presta a la interpretación, en el estilo o el medio que sea. Mi música no es la excepción. Obviamente, intento llevar al público en una dirección general, pero prefiero escribir en niveles, dejando el mensaje abierto al que escucha. Me fascina ver las reseñas sobre mi música y mis letras, porque muchas veces las interpretan de forma totalmente equivocada. Muchas otras veces, leyendo las críticas pienso: "¡Vaya, esta persona me conoce bien!". Al fin y al cabo, es lo que quiero, que tenga múltiples interpretaciones.
Este artículo ha sido patrocinado por Etnia Barcelona y elaborado por personas ajenas a la redacción de VICE.
