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La zona de riesgo

La peste negra sacude Madagascar.

Benjamin Shapiro

Benjamin Shapiro

Virólogos malgaches realizan una autopsia a una rata que potencialmente tiene la peste.

Iba en un helicóptero que se dirigía a un campo en el centro de Beranimbo, un pueblo de unas 80 chozas, apartado en las tierras altas al norte de Madagascar. Mi piloto, un inmigrante alemán llamado Gerd, ya había intentado aterrizar el tambaleante helicóptero de un solo motor, pero abortó el aterrizaje después de que las hélices levantaran tanto polvo que no nos dejaban ver nada

Unas horas antes, cuando nos disponíamos a partir hacia Beranimbo —un viaje de tres horas desde Antananarivo, la capital malagache— Gerd parecía muy emocionado. En general no le asignan este tipo de trabajos. Se gana la vida llevando equipos de filmación al campo para grabar secuencias para documentales de ecoturismo que usualmente tratan sobre lémures. “¿Quieres que me acerque?” me preguntó, y antes de que yo pudiera entender a lo que se refería ya estábamos bajando en picado entre las montañas. Se me revolvió el estomago; desde esta altura podíamos ver la vegetación del bosque, las altas palmas del viajero y las enormes grietas en el campo, cicatrices de la sistemática deforestación.

Estábamos aquí porque en el otoño de 2013, Beranimbo fue el epicentro de un brote de peste negra que provocó 600 casos y más de 90 muertes en todo el país. Madagascar es el país que informa de más contagios de la enfermedad en el mundo. Depende del siglo al que te refieras, esta afección se conoce más como la plaga, un azote de se suele asociar con la Edad Media, cuando ratas, moscas y la falta de higiene provocó la muerte de entre 75 y 200 millones de personas. La enfermedad aún existe y sigue siento una amenaza en los países tercermundistas; los organismos internacionales reportan hasta dos mil casos por año, la mayoría de éstos en Madagascar.

En 1930, la aparición de los antibióticos disminuyó y casi erradicó la amenaza clínica de la enfermedad, al menos en los países desarrollados, e hizo que perdiera su estatus como un epidemia global. Sin embargo, durante años los epidemiológicos han advertido que Madagascar es más vulnerable al contagio masivo, tanto rural como urbano. Quise averiguar por qué es tan peligrosa esta enfermedad medieval en el siglo XIX y por qué sigue existiendo en este rincón del mundo. Esta búsqueda me llevó a Beranimbo.

Cuando llegamos, el nerviosismo de Gerd era evidente. “Tal vez esto sea muy peligroso”, murmuró por su intercomunicador mientras intentaba aterrizar el helicóptero. Gerd no estaba preocupado por él mismo sino por las 200 personas amontonadas alrededor de la plataforma de aterrizaje improvisada que estaba debajo. Cualquiera de ellos podía perder con facilidad un ojo por una piedrita o una rama que pudiera salir disparada. Los helicópteros no son comunes en Beranimbo y siempre llaman la atención puesto que con frecuencia traen consigo a trabajadores humanitarios de la Cruz Roja. Cuando por fin encontramos un lugar adecuado para aterrizar, las personas corrieron desde el lugar lleno de polvo donde estaban las cabañas para recibirnos.

Ya en tierra, me presentaron al más viejo del pueblo, un anciano delgado que vestía una chaqueta ligera y un sombrero de safari. Él había organizado el sacrificio de un cebú, una especie de bovino doméstico con una joroba grande como la de los camellos, para la comida de bienvenida en honor de nuestra llegada. “El sacrificio del cebú representa nuestra amistad”, me dijo. “No puedo expresar lo felices que somos. Disfrútenlo con toda nuestra gratitud”. Le cortaron el cuello al animal y me llevaron a conocer a Rasoa Marozafu, un hombre de 59 años padre de siete hijos que siempre ha vivido en el pueblo. Rasoa ha sobrevivido a la peste y es una de las razones por la que vine a este lugar.

Al igual que la gente con la que vive en el pueblo, Rasoa en delgado y se ve fácilmente que sufre de desnutrición crónica. Me miró de cerca de arriba abajo y luego extendió su mano para el saludo tradicional malagache, que consiste en rodear la muñeca izquierda con la mano derecha, luego darle una vuelta rápida para sujetarse de las manos con las palmas abiertas y después bajar las manos.

Le presenté a mi traductor a Rasoa y él nos contó su encuentro con la peste negra.

La aldea aislada de Beranimbo, el epicentro de la peste que azotó las Tierras Altas al norte de Madagascar en septiembre de 2013. Foto por el autor

En septiembre de 2013, al comienzo de la temporada calurosa y lluviosa, Beranimbo fue azotada por una enigmática peste. El primer caso fue el de la prima de Rasoa, una granjera que cultivaba maíz, quien de pronto cayó enferma y murió. Según la tradición, se llevó su cuerpo al centro de la ciudad y se dejó ahí sin enterrar durante una semana mientras se hacían las preparaciones para el funeral.

Los problemas de Rasoa empezaron unos días después. El horror comenzó con una fiebre alta y fuertes dolores en el pecho, que después brotaban de su cuerpo como hijos de sangre. Un día después empezó a toser violentamente y escupía coágulos negros de sangre. Luego aparecieron lesiones pequeñas y dolorosas en sus axilas y sus ingles. En tan solo 24 horas, su esposa Veloraza había desarrollado los mismos síntomas.

Cuando el curandero local enfermó, el pánico estalló en Beranimbo. Los aldeanos enfermos y moribundos huyeron al campo, hacia aldeas vecinas que ellos creían que no estaban infectadas, por lo que propagaron la enfermedad desconocida por toda la región de las tierras altas. Para el mes de octubre el brote ya era oficial y Beranimbo se había convertido en una zona de riesgo. Rasoa y Veloraza, temerosos de propagar más la enfermedad desconocida, se adentraron en la jungla para morir juntos.

La enfermedad continuó esparciéndose sin ser identificada a lo largo del campo durante semanas hasta que un pequeño grupo de aldeanos llegaron con dificultades a Mandritsara, una ciudad cercana. Los análisis preliminares que realizaron los doctores mostraron que los factores de riesgo principales se asociaban a la vida del campo, bajo peso corporal, desnutrición crónica y falta de higiene. En las pruebas que se hicieron a los pacientes, resultó que los que estaban enfermos tenían Yersinia pestis, la bacteria que provocó la peste negra.

Se alertó y se envió a los coordinadores regionales de la Cruz Roja el día 5 de octubre. Cuando los trabajadores humanitarios llegaron, Rasoa y Veloraza seguían en el bosque esperando a morir, así que los voluntarios ordenaron a los aldeanos que los buscaran. Les costó un día, pero encontraron a la pareja y la llevaron de vuelta a la aldea, donde les inyectaron tetraciclina y estreptomicina, dos antibióticos fuertes. Estuvieron cerca de morir y estaban muy bajos de peso. Pero en unos cuantos días, la misteriosa enfermedad se desvaneció.

Rasoa y Veloraza se recuperaron después de unas semanas. “Ya nunca tendremos que separarnos”, me dijo Veloraza, que estaba sentada junto a su esposo, con lágrimas en los ojos. Ella nunca había oído hablar de la peste hasta que recibió el tratamiento. Respiré y le pregunté sobre las consecuencias que había dejado la enfermedad en la aldea.

“¿Consecuencias?”gruñó en malagache tradicional. Su rabia no necesitaba traducción. “Mató a la gente”, me dijo. “Esas fueron las consecuencias. Mató. Creímos que íbamos a morir”.

Los aldeanos preparan un cebú para comérselo

Yo nací en el año de la rata. Cuando era niño, veía los manteles decorados que estaban debajo de los platos de dumplings y fideos con cerdo en los restaurantes chinos y me sentía orgulloso de ser una rata. Es la primera en el horóscopo chino, como Aries, mi signo zodiacal. No encontraba a este animal como un adulador y sucio canalla, sino como un superviviente que se guía por sus instintos y trabaja arduamente. Aun así, la mayoría de la gente no comparte mi opinión con respecto a las ratas. Para que te consideren un canalla se necesita estar en una posición muy baja en el reino animal. Aunque me atrevo a decir con mucha razón que las ratas están por encima de las cucarachas en la escala humana de la tolerancia animal, es evidente que están por debajo de los cuervos, los murciélagos y hasta de las palomas. La musofobiase remonta a las primeras etapas de la civilización, cuando las ratas treparon por primera vez los depósitos de grano, se metieron en ellos y contaminaron las reservas de comida.

Desde entonces se les ha temido porque contagian una gran variedad de enfermedades, como la fiebre por mordedura de rata, la criptosporidiosis, la fiebre hemorrágica viral, la leptospirosis y,  por supuesto, la peste, que es por mucho la más aterradora de todas las grandes enfermedades epidémicas. En el transcurso de la historia, la peste se ha ganado una serie de alias que transmiten su potencial para el poder destructivo (la muerte negra, la peste negra, la gran mortalidad, la gran pestilencia, la gran plaga, la muerte roja), pero la mayoría la conoce como la peste bubónica y muchas cosas se asocian a ella: las moscas, grupos nómadas de flagelantes enloquecidos fustigándose a sí mismos, el triunfo de la muerte de Brueghel, Monty Python y, naturalmente, las ratas que propagan enfermedades.

Claro, hay mucho más que aprender de la peste de lo que a la gente le interesa saber. En realidad solo depende de lo curioso que seas. Me interesé por la Edad Media, como muchos estudiantes de secundaria obsesionados con la fantasía. Gracias a eso, surgió en mí un interés específico en la peste por una razón en especial: su estatus como el asesino más mortal en la historia humana. Desde que se registró por primera vez entre los filisteos en el año 1320 aC, se estima que ha provocado unos 300 millones de muertes y hasta el momento no existe una vacuna fiable. La bacteria Y. Pestis ha demostrado ser imposible de erradicar y es seguro que existirá mucho después de que nuestra especie se acabe.

“Es una enfermedad para un momento y un lugar específico”, me dijo por teléfono antes de mi viaje el doctor Tim Brooks, un epidemiólogo que se especializa en la peste en el Departamento de Salud Pública de patologías extranjeras y raras en Inglaterra. “Pero en realidad ahora no es su época”. Aunque aún no sea el momento para la peste, eso no significa que no aproveche su tiempo en la sala de espera. De hecho ha habido tres pandemias mundiales de esta enfermedad. La primera en el siglo VI, luego la Peste Negra en 1347 y finalmente la tan afamada Tercera Pandemia, que comenzó en el siglo XIX y, depende de lo cínico que sea tu epidemiólogo, puede que aún ocurra en menor magnitud en todos los continentes hoy en día. Incluso en Estados Unidos, que informa de cerca de siete casos cada año, la mayoría en la parte oeste del país. Tan solo el mes pasado, el Departamento de Salud Pública y Ambiental de Colorado informó que un hombre de Denver y otros dos habían contraído la peste pulmonar, mientras que una cuarta persona también la padecía pero de manera más sutil. (Lo más probable es que se haya originado por las pulgas que mordieron al perro del primer hombre).

Hay que admitir que el número de casos reales en el siglo XXI es bajo. La peste casi siempre se cura con los antibióticos baratos, como la doxiciclina, que te receta el médico cuando tienes una infección en las vías urinarias. Mi doctor me explicó qué hacer si creía que me había contagiado con la peste y me aseguró que era casi imposible morir debido a ésta si actuaba de forma inmediata.

El “casi” fue lo que me preocupó. Me imaginé cómo serían los últimos días de mi vida si de algún modo me contagiaba con la peste en una aldea remota en Madagascar y me enfermaba tan rápido que no pudiera buscar ayuda. Las enfermedades no reconocen ni respetan la dignidad humana, pero en mi opinión, la peste parecía diseñada para degradar y hacer agonizar a las víctimas. Así funciona: en los casos en los que no se trata, el periodo de incubación es de entre dos y seis días y lo acompaña un arranque repentino de síntomas agresivos de gripe. Se forman llagas dolorosas y rosadas alrededor del área de las ingles, las axilas o el cuello. La gangrena hace que tus extremidades se vuelvan negras y también toses y vomitas sangre.

La peste bubónica es la más común entre los tipos de esta enfermedad. Este nombre viene de la inflamación o “bubón”, que a la vez hace referencia a la palabra griega “bubon” (tumor en la ingle). Es posible que la peste neumónica sea una consecuencia directa de la forma bubónica que ocurre cuando la enfermedad alcanza los pulmones y empieza a propagarse como la gripe. La tercera forma de la enfermedad, la peste septicémica, es la menos común y ocurre cuando la sangre se infecta directamente.

Sea cual sea la variedad de la peste, la víctima presenta ataques recurrentes conforme avanza la enfermedad. Confusión por pérdida de memoria, coma y hemorragia interna. Sin un tratamiento, la peste bubónica tiene entre un 40 y un 60 por ciento de tasa de mortalidad en cuatro días. La forma neumónica, que se propaga como la gripe, tiene una tasa de mortalidad más alta (cerca del cien por ciento) y actúa más rápido que su prima bubónica. Si no se trata, mata a sus huéspedes humanos en solo unos días.

La condición que se asocia con más frecuencia a la peste es, por supuesto, el bubón: los ganglios linfáticos inflamados que se han descrito a través de la historia como pápulas, espinillas, ampollas y bilis. La descripción en general acertada de Giovanni Boccaccio en el Decamerón, de 1353, resume poéticamente cómo es experimentar la peste:

Nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, que eran llamadas bubas por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a otros menudas y abundantes. Y así como la buba había sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura, lo mismo eran éstas a quienes les sobrevenían.

En 1894, durante la tercera pandemia, Alexadre Yersin, un físico y bacteriólogo francés, determinó que la causa de peste era el antes desconocido bacilo pestis. Como es costumbre en la práctica científica, después se nombró a la bacteria en su honor: Yersinia pestis.


Infografía: Historia reciente de la peste
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Antes de ir a Madagascar, supuse que los datos crudos y escalofriantes de la enfermedad iban a dejar que la historia se escribiera sola. Cuando hablé con mis amigos y mis colegas sobre el reportaje, siempre obtenía dos respuestas contradictorias. La primera era confusión de por qué tanto alboroto (si solo mata a unos cuantos miles de personas al año, ¿por qué es tan peligrosa en realidad?) y la segunda era la conmoción de que aún existiera.

Todos conocen la peste en las ciudades de Madagascar. Saben que amenaza constantemente con destruir el orden social de las ciudades y las aldeas. Saben que solo se necesita una combinación perfecta de suciedad, basura, ratas y sistemas inmunológicos debilitados para desatar una epidemia que podría extenderse fuera de la isla y propagarse a la costa de África.

La historia nos ha enseñado que cuando hay suficientes infectados como para que se clasifique la peste como “brote” ya es muy tarde. Algo ha hecho que Madagascar sea en este momento el país más vulnerable del mundo de sufrir un brote serio. Yo quise saber qué era ese algo.

Rasoa Marozafy y su esposa, Veloraza, contrajeron la peste durante el otoño de 2013. Foto del autor

Cuando llegué al aeropuerto internacional Ivato en Antananarivo, lo primero que llamó mi atención fue el olor. No era exactamente un olor fétido, era más como una pesadez en el aire que estuvo presente durante todo mi viaje. Hubo momentos en los que se volvía más fuerte debido a fragancias más intensas —como la hediondez similar a la leche cortada que proviene de la basura, o el olor del sudor humano similar a los pedos de huevo frito— pero siguió siendo el pan de cada día para mi nariz, como si todo el país estuviera dentro del torno de un alfarero.

“La forma de Madagascar se parece a una huella de un pie izquierdo gigante con un gran dedo gordo apuntando ligeramente hacia la derecha y al norte”, escribió Sir Mervyn Brown, el embajador británico del país en 1970. El país mide 1.609 kilómetros de longitud, la mitad del tamaño de California, y 563 kilómetros de ancho. Su clima es tropical en la costa. Durante el verano, el clima es tibio y húmedo. Durante el invierno es fresco y seco.

Hace cerca de 88 millones de años la isla se separó del supercontinente Gondwana, y con el tiempo se alejó y llegó a estar a 402 kilómetros de distancia de la costa de Mozambique. Es uno de los pocos lugares en la Tierra que ha preservado su propio ecosistema. Más del 75 por ciento de la flora y fauna de Madagascar solo existe en la isla. Aunque muchas de estas especies ya se han extinguido debido, en gran parte, a las técnicas de tala y quema en el cultivo que utilizaron por primera vez los primeros colonos de la isla y que aún se siguen utilizando.

El país está poblado por habitantes de piel oscura, descendientes de los antiguos indonesios que navegaron 8.046 kilómetros a través del Océano Índico en elegantes canoas polinesias y llegaron a la isla alrededor del siglo IX. Ellos no se consideran africanos y hablan un idioma tradicional malagache y francés, un remanente de la época colonial. En el siglo XX, Francia unificó a la isla en un solo gobierno. Los primeros casos registrados de la peste se presentaron poco después, primero en los barcos mercantiles y luego avanzaron hasta la ciudad portuaria de Toamasina. Para el año 1921, la enfermedad se había vuelto endémica en los roedores y en los mamíferos pequeños de las tierras altas. Desde entonces, la peste ha estallado aquí y allá, principalmente como un fenómeno rural y muy rara vez se extiende a las zonas urbanas.

Debido a una interacción compleja entre factores naturales y socioculturales, es casi imposible erradicar la peste de Madagascar. Según un informe realizado en 2013 por la Biblioteca Nacional de Medicina de EEUU, el alto porcentaje de animales que portan la enfermedad son la base del contagio, y las condiciones sociales y económicas propician aún más el contagio periódico a los humanos.

Los brotes de la peste en Madagascar ocurren generalmente en las aldeas a una altitud de 792 metros sobre el nivel del mar y pueden estar relacionados con las actividades de los campesinos. La infraestructura agrícola de las Tierras Altas proporciona tres hábitats distintos para que la peste se desarrolle: la casas en la cima de la montaña, los setos plantados alrededor de los corrales del ganado y los campos de arroz irrigados de las zonas bajas. La escasez de los alimentos y cultivos pueden servir como un detonante que provoque que la población de las ratas disminuya drásticamente y, por el contrario, que las pulgas prosperen. Sin las ratas, que son su fuente principal de alimento, las pulgas se ven forzadas a buscar otros mamíferos, como los humanos, para que sean sus huéspedes.

En el norte de Madagascar, la peste toma fuerza entre octubre y abril, que es cuando la temporada de calor y lluvias garantiza que la temperatura no bajará de los 21º C. La humedad constante actúa como un incubador para la Xenopsylla cheopis, mejor conocida como la pulga de la rata oriental, la portadora principal de la peste.

Para agravar la dificultad de controlar la población de pulgas durante la temporada lluviosa, la nueva investigación que realizó la Biblioteca Nacional de Medicina del país sostiene que la bacteria de la peste puede sobrevivir bajo tierra entre brote y brote gracias a que las ratas se infectan unas a otras cuando escarban en tierra contaminada. Aunque la investigación sigue en su etapa preliminar, se ha demostrado que el bacilo Y. Pestis es capaz de sobrevivir bajo tierra durante, al menos, 24 días en condiciones óptimas.

Mientras que la rata es por excelencia el chivo expiatorio de la peste, los humanos son los  verdaderos culpables. En las aldeas, las cosechas a menudo se almacenan dentro de las casas para evitar que las roben y eso atrae a las ratas y las pulgas. La deforestación causada por los taladores clandestinos, un problema que ha estado siempre y que sigue creciendo en Madagascar, obliga a que las ratas del bosque se vayan a las aldeas. A partir de ahí, si se suman las condiciones de pobreza y los inmigrantes del campo que intentan huir de esas condiciones, se obtiene con facilidad un brote en las comunidades que no habían sido infectadas en el pasado.

Lo más escalofriante es que las prácticas funerarias malgaches tradicionales ayudan a garantizar que la peste se siga expandiendo incluso después de que entierren a las víctimas. La mayoría de los difuntos en Madagascar son enterrados en criptas y luego exhumados de vez en cuando para la ceremonia de Famadihana, que se traduce como “giro de los huesos”. A veces se informa de un aumento en la actividad de la peste después de estas ceremonias de exhumación y llega a ser tan problemático que el Ministerio de Salud ha dado instrucciones recientemente de esperar durante un periodo de siete años entre la muerte y la exhumación de las víctimas de la peste.

A pesar de estas medidas y de la evidencia de que la peste podría estar aumentado, el gobierno malgache dejó de seguir las cifras de la peste en 2006, debido a falta de recursos. Ahora solo queda una fuente fiable que aporta datos médicos y biológicos de la peste en Madagascar: la Unité Peste o Unidad Antipestes, del Instituto Pasteur de Antananarivo.

El Instituto Pasteur fue en lo que se convirtió el Instituto Bacteriológico que estableció el gobierno colonial francés en el siglo XX y sufrió después muchos otros cambios. Durante mucho tiempo ha sido crucial para el seguimiento de las enfermedades contagiosas en el país. La privatización subsecuente de este organismo de salud garantizó su autonomía y su estatus como la última línea de defensa contra la peste en Madagascar, un país con recesión económica. Visitar ese lugar era de suma importancia si quería entender lo complicada que podía ponerse la situación.

Andavamamba, una favela en Antananarivo cuyo nombre significa “La boca del cocodrilo”

“¡Hay una pulga!”, gritó Michel Ranjahaly, un joven trabajador de laboratorio que trabaja en la Unité Peste, desde la plataforma de una mesa de autopsias al aire libre. Acababa de romper el cuello de la rata con un par de pinzas relucientes y plateadas. Después abrió su esqueleto con un escalpelo y unas tijeras, y utilizó pinzas más pequeñas para extraer su hígado de un pequeñísimo rollo de órganos.

Mientras que Michel raspaba el pelaje de la rata destripada con un cepillo de bolsillo, la pulga cayó dentro de un tazón pequeño. Algunos de los técnicos retrocedieron por instinto y levantaron la mano como señal de respeto mórbido por la devastación potencial que esta pequeña pulga era capaz de provocar. Le pregunté a Michel si era posible o no que esta pulga que estaba en la rata fuera portadora de la peste. “Sí”, respondió, “porque bebe la sangre de la rata. Es posible que la sangre porte la bacteria de la peste”.

En esencia, la Unité Peste se conforma por un equipo de bribones atraparratas duros de matar que llevan a cabo su trabajo con una seriedad letal. Probablemente tengan el peor trabajo del país al ser el único grupo oficial que se dedica a combatir la peste en Madagascar. Sus días consisten en viajar a zonas remotas y peligrosas donde el objetivo principal es atrapar ratas que puedan estar infectadas y realizarles autopsias para buscar signos de la enfermedad.

Después de recorrer las instalaciones, me invitaron a colarme en una de las misiones de búsqueda y captura de la Unité Peste. En cuestión de horas estaba arrastrándome a cuatro patas entre la maleza en los alrededores de Antananarivo, cazando ratas que tal vez estuvieran infectadas con una de las enfermedades más devastadores conocidas por el hombre. Nuestras herramientas de campo consistían en una pluma y papel para tomar notas, cebo de trocitos de pescado y dos trampas para ratas con dos puertas hechas con malla resistente a la oxidación que el equipo esconde entre la maleza, donde las dejan toda la noche. Con suerte, habría ratas vivas cuando revisáramos las trampas al día siguiente.

Toda las personas con las que hablé en Madagascar ya sabían de la preocupación evidente debido a la peste. Sentí un temor subyacente de que, si la enfermedad llegaba a la capital, las consecuencias serían catastróficas porque las grandes multitudes provocarían que se propagara mucho más rápido que en el campo. Este miedo también lo tenía toda la Unité Peste, incluyendo a su jefe, el doctor Christophe Rogier, un hombre alegre con un acento francés muy marcado y la cabeza rapada que es el director del Instituto Pasteur.

“Es urgente recaudar fondos para controlar esta enfermedad” me dijo cuando lo visité en su oficina de Antananarivo. “Porque ocurre especialmente en las zonas desatendidas, a donde no va ningún político, a donde ningún médico quiere ir porque están muy lejos. La enfermedad es un peligro para la población. De hecho, como la gente se desplaza, es un peligro para todos. Hay más ratas en la ciudad que en las zonas rurales. Las ratas tienen más contacto con la población y las casas están repletas de personas, por lo que creemos que la propagación de la peste entre humanos sería mucho más rápida en la ciudad de lo que es en el campo”. De pronto, la peste negra, la enfermedad que diezmó las ciudades más grandes de Europa en la Edad Media, ya no parecía tan insondable.

Las favelas de Antananarivo tienen muchas características en común con las ciudades medievales superpobladas que prácticamente fueron arrasadas a mediados del siglo XIV. De entre una población de dos millones, decenas de miles de familias en pobreza extrema de Antananarivo viven en cobertizos destartalados hechos de lona y brotes de bambú y no tienen acceso a agua potable ni alcantarillado en el interior de sus hogares.

“Si la peste llegara a las favelas”, me dijo Rogier, “podría haber decenas, cientos o miles de casos”. Es una situación que podría causar que este país, que ya está lleno de problemas, se convierta en un Estado desastre.

Michel Ranjalahy, de la Unité Peste, agarrando a una rata posiblemente portadora de la peste en el Instituto Pasteur. Foto por el autor

Los primeros habitantes de Antananarivo se establecieron en lo más alto de las montañas, después se extendieron en tres zonas diferentes que forman una Y. Esta región no la escogieron por la vista agradable sino porque les brindaba una ventaja táctica de 360 grados sobre los invasores hostiles. Conforme la ciudad creció y se desarrolló, la población se extendió hacia la parte inferior de las montañas y a los valles. Conforme los inmuebles se volvían cada vez más escasos, las comunidades de la ladera se convirtieron en favelas y no dejaron de crecer. Un brote de la peste en esta zona sería catastrófico para la población local.

Como lo han hecho durante siglos, los hombres y las mujeres de Antananarivo caminan descalzos por las calles, que no son más que surcos de lodo a la altura de canales de aguas negras. Estos canales que también atraviesan la ciudad están repletos de basura. Vi cómo pequeños grupos de niños caminaban y nadaban entre el lodo fétido tratando de encontrar algo que pudieran vender y que estuviera por ahí, flotando en el fango.

El día después de que regresé de las Tierras Altas, Andriambeloson Solofo Pierre (apodado Billo), un guardia de seguridad de 28 años y padre de tres hijos, me llevó a recorrer una de las peores favelas en la ciudad. Nos reunimos en un café muy deteriorado en el vecindario de Andavamamba, que se traduce como “El agujero del cocodrilo”. (El asentamiento está construido sobre un pantano, y según una leyenda local, a menudo las primeras personas que se mudaron a esa zona se resbalaban y caían en lo profundo de la fosa, que es donde los cocodrilos ponen sus huevos).

Billo gana entre tres y cinco dólares al día. Como la mayoría de los habitantes de Madagascar, ni él ni su familia pueden pagar un servicio médico de verdad. “Temo por mi familia”, me dijo mientras miraba la puesta de sol por encima de un canal atestado de basura.

Señaló a un grupo de niños jugando en al agua viscosa. “Nos encontramos en una favela en una zona marginal, así que nadie nos presta atención”, dijo Billo. “Las carreteras están en mal estado y los proyectos para reparar los caminos y el sistema de riego desaparecieron desde el golpe de estado. Estoy seguro de que los políticos no van a realizar muchos cambios”.

El golpe de estado del que hablaba Billo tuvo lugar en 2009 y, al igual que la mayoría de momentos políticos más famosos de Madagascar, fue un desastre para el país. Cuando los franceses colonizaron la región en 1885, se encargaron de vaciar todos los recursos de la zona y mataron a más de cien mil malgaches que pelearon contra la explotación de su tierra. Después de que se iniciara la independencia supervisada en 1960, el país involucionó con rapidez: de ser un país del que se esperaba una democracia autónoma pasó a estar en total anarquía, y luego a una utopía marxista fallida.

Todo esto cambió cuando se eligió en 2001 al presidente Marc Ravalomanana. Por primera vez en la historia moderna del país, Madagascar parecía estar preparado para disfrutar de un cierto grado de estabilidad. La economía creció rápidamente con el apoyo de la inmensa abundancia mineral de la tierra, entre la cual se incluyen montones de piedras preciosas, níquel y acero, además de acuerdos para el arrendamiento de tierras con el gigante industrial coreano Daewoo.

Sin embargo, ese optimismo económico duró poco. En 2009, se desbancó al gobierno de Ravalomanana por medio de un golpe de estado sangriento (muchos malgaches creen que fue apoyado por Francia), dirigido por un ex DJ y empresario en los medios de comunicación llamado Andy Rajoelina, quien en ese momento era el alcalde de Antananarivo. Él fundó de inmediato la famosa Cuarta República y se nombro a sí mismo presidente de un régimen imaginario llamado Alta Autoridad de Transición.

Como resultado del golpe de estado de Rajoelina y de la desintegración del gobierno electo, el apoyo extranjero al país, que representaba el 70 por ciento del presupuesto nacional, se evaporó casi de la noche a la mañana. Un mes después, la economía de Madagascar era un desastre. Se expulsó al país de la Unión Africana y, según un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, es el país que ha recibido menos apoyo en todo el mundo.

La junta de Rajoelina contraatacó al recortar todos los gastos públicos, en especial los gastos en los sectores de riego, transporte, comunicación y salud. Estos recortes afectaron prácticamente a todas las facetas de la economía malgache y eliminaron la ya frágil clase media. Los ciudadanos promedio seguirán pagando el coste del golpe de estado de Rajoelina durante los próximos años, si no durante las próximas décadas.

La relación de la peste con la complicada situación del país se volvió evidente para mí después de conocer al doctor Jean-Louis Robinson, el anterior ministro de salud a quien despojaron de su cargo en el golpe de estado. Hablamos en este recinto, un hogar decorado espléndidamente y que daba a un grupo de granjas urbanas. Robinson, un hombre corpulento con ojos penetrantes y peluquín, me dijo que después de que Rajoelina tomara el poder, se cerraron más de 400 centros de cuidados médicos en todo el país.

Su temor más grande, al igual que la del Instituto Pasteur, es que la población urbana de Madagascar sea un conducto para que la epidemia de la peste se extienda de una manera que el país nunca ha visto anteriormente. “Antes había una estructura establecida al igual que programas de control”, dijo. “En las favelas de las zonas marginadas no hay programas de saneamiento. No hay suficientes baños públicos y no se recoge la basura con regularidad”. Todas las personas con las que hablé y que estaban en posición de hacerlo, identificaron los mismos problemas de falta de higiene como una bomba de relojería para una epidemia, un caos transmisible. No hay muchas soluciones viables para semejante problema si no hay dinero para limpiar los montones enormes de basura.

El día 20 de diciembre de 2013, después de una serie desastres políticos relacionados con la elección presidencial, Rajoelina y su Alta Autoridad de Transición perdió el control de la presidencia gracias a Hery Rajaonarimampianina, el anterior ministro de finanzas y actual presidente. El Departamento de Estado de EEUU eliminó casi de inmediato todas las restricciones de ayuda que pesaban sobre Madagascar. Sin embargo, aunque no hay duda de que esto abrió las puertas a mejoras para la situación financiera y de salud pública del país, según un informe emitido por el Índice de Transformación de Bertelsmann Stiftung, “no debería asumirse que estas elecciones democráticas van a resolver la suma debilidad de las instituciones y, en particular, la capacidad tan deteriorada del Estado para gobernar, imponer y regular a través de sectores críticos”, como el de la salud pública.

Por su parte, Billo me dijo que lo único que él podía hacer es esperar a que llegue la siguiente temporada de la peste, que comienza en octubre. Mientras vagábamos entre los montones de personas que llenaban las calles de Andavamamba, él se preguntaba en voz alta acerca de las probabilidades que tenía la peste de llegar a la capital, y de cuántas personas morirían si lo hiciera.

Dos niñas de Beranimbo, testigos directos del brote de la peste

En uno de mis últimos días en Madagascar, conocí a un curandero tradicional llamado Dadafara, quien tiene un pequeño consultorio privado de dos cuartos en una cabaña en una calle lateral llena de tierra a los alrededores de Antananarivo. Por fuera estaba rodeado de cráneos de cebúes con cuernos, y en el interior había una gran variedad de plantas y hierbas en frascos, además de agua de lluvia recogida en las 12 montañas sagradas de Imerina, una cordillera de montañas que rodean la capital. En Madagascar, cuando la gente se enferma, habitualmente acuden a consultar a personas como Dadafara, aunque los ciudadanos con mejor posición económica se refieren a ellos como brujos y evitan esta práctica. El frágil cuerpo de Dadafara estaba ataviado con un sari tradicional y en su cabeza llevaba una vieja gorra de béisbol.

Quería saber cuál era el tratamiento que utilizaría un curandero tradicional si se enfrentara a un caso de la peste bubónica, y Dadafara aceptó revisarme y tratarme como si fuera una víctima de la peste. Me explicó cómo funcionaba la consulta. Primero, tenía que decirme cuáles eran mis síntomas. Después él y yo íbamos a cantar e invocar a los ancestros para pedirles consejo. Dadafara acercó un espejo pequeño a la luz. “Esta es mi cámara”, me dijo. “Veo todo gracias a esto, como si estuviera viendo la TV”. Después de comunicarnos con los espíritus, ellos le dirían a Dadafara cuál debía ser mi tratamiento y ya entonces me recetaría un poco de agua sagrada o herviría algunas hierbas para tratarme.

Cuando estábamos listos para comenzar la ceremonia, Dadafara me pidió que le dijera mis síntomas y yo le obedecí. “Tengo 40º C de fiebre”, le dije, “y mis axilas e ingles están cubiertas de heridas abiertas del tamaño de un huevo de gallina. Vomito sangre, tengo dolor de cabeza y también me duelen mucho los músculos. También me dan ataques violentos recurrentes y —agregué— vivo en una zona que carece de agua limpia y está plagada de ratas”.

Mi traductora le dijo a Dadafara lo que yo había dicho, y cuando respondió, ella empezó a reírse. “¿Qué?”, pregunté. “¿Qué dijo?”

Dadafara se cruzó de brazos y la traductora me miro muy seria. “Dijo: ‘Tienes la peste. Es necesario que vayas de inmediato al médico”.

Una cabeza de cebú recién cortada

El mes pasado —en una escena que me recordó a un capítulo de La peste, escrita por Albert Camus en 1947— Yumen, una ciudad al noroeste de China con 30 mil habitantes fue puesta en cuarentena después de que un hombre murió debido a la peste bubónica. La policía instaló barricadas a lo largo del perímetro y le ordenó a los automovilistas que buscaran rutas alternativas que rodearan la ciudad. El final de la novela de Camus, el protagonista, el doctor Bernard Rieux, examina la ciudad de Orán, en Argelia, al tiempo que su gente celebra el fin de una peste mortal y el regreso a sus viejas costumbres. “Pues él sabía”, escribe Camus, “lo que esta muchedumbre dichosa ignoraba, lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

Pronto estará online nuestro documental sobre la peste negra en Madagascar