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Este convento de Vigo se ha convertido en el último reducto de los yonkis de la ciudad

Hasta hace no mucho el centro de Vigo era un lugar plagado por la droga y la marginalidad, ahora solo queda este antiguo convento que, pese a todo, tiene unas preciosas vistas al mar.

por Laura Martin
22 Diciembre 2015, 5:00am

"El centro ya no es lo que era", "no puedes imaginarte cómo estaban antes esas calles". La tónica habitual cuando hablo de mi recién inaugurada vida en Vigo con amigos que nacieron aquí es ésta. Que cómo ha cambiado todo, que el centro, años atrás, era lo peor, un foco de drogadicción y vagabundeo que-no-te-lo-puedes-ni-creer. Que las cosas están mucho mejor ahora.

Y yo, que no me creo nada, en cuanto llegué a vivir aquí, me puse a buscar dónde encontrar ese pasado distópico que aún resistía. El antiguo asilo de la calle Pi i Margall. El universo de Irvine Welsh, al más puro estilo Trainspotting, en el p*** centro. Un edificio de seis plantas, totalmente abandonado a su suerte. O a la suerte del grupo inmobiliario que lo compró hace más de una década, y que ahora está jodido porque el Tribunal Supremo ha anulado el Plan General de Ordenación Municipal de la ciudad, a través del cual esta zona "iba a rehabilitarse".

Hoy, casa para okupas y personas sin techo, templo para adictos, mapa de deseos grafiteros, y sobre todo, vertedero. Sin él quererlo, por supuesto. Que a este asilo, abandonado desde 2001, nadie le ha pedido permiso para entrar. Todo el mundo está invitado. Desde fuera, este edificio se alza como un gigantesco fantasma, ignorado por ciudadanos que ni se inmutan ante ventanas que han perdido sus cristales, agujeros que airean el ambiente de putrefacción y gritan la muerte, dolorosa y lenta, de este asilo. Unas flores de plástico dan la bienvenida desde un alféizar, y a mediodía alguien desde dentro se encarga de levantar la persiana. Buenos días, mundo. La puerta que da acceso a la iglesia sigue abierta, porque a esta fiesta de jaco y desolación todo el mundo es bienvenido. La iglesia es ahora un enorme vacío, y las imágenes religiosas han sido sustituidas por pintadas. Aparece Mario, un adicto a la heroína que lleva años "pasando por aquí". Tiene un par de colegas arriba, donde duermen a diario varias personas, y se acerca "para echar el rato con ellos". Le pregunto a Mario dónde está el lugar top de este edificio, el conocido como "chutadero", donde el suelo es mar de agujas. Y me lleva enseguida. "Vas a flipar con las vistas, me dice" . Y lleva razón, desde allí chutarse es un placer con esa panorámica de la ría. Pero también hay espacio para cientos de bolsas, restos de comida, ropa, plásticos y, por supuesto, más jeringuillas. Bodegón de miércoles.

Desde el Ayuntamiento se tardarán, como mucho, diez minutos andando a este espacio que, si una vez fue asilo de almas al cuidado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, hoy no encuentra amparo en ninguno de sus habitáculos. Mario me cuenta que sí, que claro que recuerda los incendios que se han provocado en el edificio (el último, el pasado mes de octubre). Que "se pasa mucho frío en invierno con toda la humedad del mar". También me habla de la muerte. "Alguno entró pero nunca salió de aquí". Me acompaña hasta la puerta. Lo de las fotos, me dice, que ni de coña, que luego "a ver si me ven mis hermanas o alguien que me conozca". Me despide con una sonrisa, y yo le traiciono con una foto de su regreso a su agujero negro, un lugar asolado por el abandono y las ruinas, al que sólo unos pocos pueden llamar hogar. Un hogar que, posiblemente, no sea el que merezcan.

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