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Música

El caso (Eugene Chad) Bourne

Entre Benny Hill y el abuelo excéntrico de una familia de destiladores de whisky.
12.11.11

Jesús Brotons

Fotos: César Merino

El buen doctor Chadbourne luce un aspecto a medio camino entre el de Benny Hill de haber vivido unos años más y el de abuelo excéntrico y contador de batallitas de una familia de destiladores de whisky de centeno del medio oeste americano. De hecho, comparte con Hill un rasgo, el sentido del humor. Y con los otros, su procedencia. Eugene Chadbourne es norteamericano, pero no de los de Reagan y los Bush sino de los de Woody Guthrie, Phil Ochs y Jello Biafra (cómo, ¿que no veis el vínculo?), y lleva desde mediados de los años 70 yendo de aquí para allá con su guitarra acústica, su banjo, un muy ajado libro de partituras y un carácter animoso, chispeante, que el hombre logra contagiar ya esté tocando blues (cierra los ojos y creerás estar oyendo a Robert Johnson, te lo digo), country, jazz o la más abstrusa pieza contemporánea que John Zorn haya podido imaginar. Es un virtuoso, sí. De los de verdad.

Las carreras de Zorn y Chadbourne estuvieron, de hecho, prácticamente superpuestas a finales de los 70; tocaban juntos con regularidad y sacaron varios discos. Posteriormente Chadbourne ha colaborado con un batallón y medio de músicos de todo pelaje y condición, publicado por cuenta propia y ajena más discos de los que quepa escuchar en una vida (en Allmusic he contado 134 referencias, y eso es sólo una fracción de lo que ha producido…) y actuado allí donde se terciara, ya se trate de un pequeño bar, un gran festival o, como en esta ocasión, en el señorial piso de una casa barcelonesa reconvertida en club de jazz. Los promotores del concierto, buena gente, tuvieron a bien invitarnos al concierto. Muchas gracias, Arco y Flecha. Y muchas gracias a Chadbourne, que no puso pegas a sentarse con nosotros un rato pese a lo que de verdad le apetecía era salir a comerse unas tapas.

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VICE: En tu carrera has colaborado con un número increíble de músicos, en su mayor parte muy distintos entre sí; de Jimmy Carl Black a John Zorn, de Jin Hi Kim a Camper Van Beethoven, Henry Kaiser y Zu. ¿Cómo surgen esas colaboraciones? ¿Las tomas como una oportunidad de aprendizaje?

Eugene Chadbourne:Sí. Bueno, vamos por partes. Estas colaboraciones surgen de conocer gente, y a veces son ellos quienes la proponen y a veces lo hago yo. Otras veces surgen por mediación de una tercera persona, una compañía discográfica o un festival: contacta conmigo y me preguntan, ¿qué te parecería tocar con este o con aquel? Y normalmente me parece bien, pero algunas invitaciones son chorradas. Esto pasa cuando simplemente están buscando gente a la que poner junta y cuyos nombres queden bien en el programa; puede ser que ninguno de los músicos esté interesado, o que crean que algo así no puede suceder. En estos casos, al final no sucede.

Para mí, la mejor clase de colaboración es aquella en la que se propone una grabación que documente el encuentro. Es estupendo si tienes la oportunidad de tocar en directo, pero trabajando en el estudio puedes intentar que las cosas queden tan bien como te sea posible. A veces el problema es que la gente no tiene suficiente tiempo para esa colaboración y hay que hacerlo todo de forma muy apresurada…

Mi idea es ser un músico que puede tocar todo tipo de música. Detesto las categorías, las etiquetas, las jaulas y los compartimentos. Es triste para un músico reducirse a decir “soy un músico de blues, el blues es lo mío”; eso significa que sólo tocarás con gente del blues. Y a mí me gusta el blues, pero también quiero tocar jazz, country, rock, clásica, intentarlo con lo que sea. Y tocar con todo tipo de músicos, no sólo de distintos estilos sino también de todas las edades. Yo he tocado con chicos adolescentes y con tíos de 80 años. Intento cubrir todos los terrenos, y de hecho hay gente que opina que hago demasiadas cosas diferentes.

¿Nunca has encontrado a nadie a quien tú mismo dijeras, “lo siento, pero nuestros idiomas musicales son demasiado diferentes?”

Bueno, sí. Por ejemplo, una cosa que gusta a muchos es producir discos recopilatorios, esos en los que 20 artistas interpretan las canciones alguien. Ya los conoces. Bueno, hace años alguien me preguntó si querría tocar un tema en un disco de versiones de Daniel Johnston. Le dije, mira, me gusta Daniel Johnston y su música es muy especial, pero yo soy otro tipo de músico. Me gusta hacer cosas que me supongan un reto a nivel musical. Johnston toca de una forma muy natural, muy primitiva, lo cual me parece muy bien pero no hay nada ahí a lo que yo pueda hincar el diente. No es un reto. Yo prefiero hacer una versión de Eric Dolphy o algo así.

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Ese mismo tipo estaba haciendo un disco de gente tocando canciones de Jandek. Jandek es increíble a su manera, hace lo que hace y es bastante único, es extraño y está muy bien. Ahora va por ahí tocando con distinta gente, haciendo música improvisada, pero entonces, oyendo sus discos pensé, “tampoco con esto puedo hacer nada”. Ni siquiera afina la guitarra igual de un disco a otro. Somos demasiado distintos.

Y a veces no he estado interesado porque tenía demasiadas cosas en marcha. Hace poco contactaron conmigo por si quería salir en un disco de tributo a un músico italiano. Respondí que estaba tan ocupado haciendo mi propia música que no tenía tiempo ni de pensar en ello. ¡Ja, ja!

Con una carrera tan larga y fructífera como la tuya, ¿hay algo que no sepas ya?

Oh, por supuesto. La música es algo tan complejo, hay tantos tipos de música diferentes, que siempre me siento como un estudiante. Eso es lo que me gusta de la música. Es bueno dar un concierto y que te paguen por ello, es mi profesión, pero la verdadera razón por la que lo hago, es mejorar. Ser cada vez mejor, en un sentido o en otro; intento aprender algo nuevo cada noche. O al menos cada noche que tengo un concierto.

Es inevitable detenerse en tu sentido del humor. Te encantan los chistes y el absurdo, y eso es muy refrescante en este ámbito en el que te mueves, en el que parece que si no estás circunspecto no te lo estás tomando en serio. ¿Crees que tu aprecio por el nonsense te ha ayudado en tu carrera o por el contrario ha sido un obstáculo?

¡Ambas cosas! Lo bueno del humor es que atrae a muchos oyentes. A la gente le gusta, o al menos a un cierto tipo de gente. A otras personas les gusta que las cosas sean muy serias; por ejemplo, esos grupos en los que todos visten de negro y el cantante recita con voz monocorde: “buu, buu, buu”. ¡Hay gente a la que le atrae eso! Y me parece muy bien, porque luego hay gente a la que le gusta lo mío por el sentido del humor. Puede que no le gusten otros músicos que hacen algo parecido, pero lo mío sí por el humor. Al mismo tiempo, echarle humor siempre a todas las cosas puede ser problemático para tu carrera, porque muchos no te toman en serio.

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A los cineastas les pasa igual. Mira cuánto tardó Charlie Chaplin en recibir un Oscar, o Woody Allen. Si hubieran hecho películas serias desde el principio, les habían tratado de forma muy diferente. Otra persona que también habló de esto fue Rahsaan Roland Kirk. Fue uno de los más grandes músicos de jazz, uno de los mejores saxofonistas tenores de la historia, pero muchos no le tomaban en serio, en especial los críticos, porque hacía bromas en el escenario y tenía sentido del humor. Y luego está el tema de la política, de hablar de las cosas que van mal. Muchos querrían que la música fuera abstracta y no hablara de nada. Yo empecé mi carrera discográfica grabando música instrumental; no hablaba de nada en concreto, podía dedicarle una pieza a Anthony Braxton pero no hacía canciones contra la guerra o cosas así. Fue con el mandato de Reagan como presidente cuando empecé a tocar canciones de protesta, y unos cuantos se echaron las manos a la cabeza: “¡Oh, Dios! ¡Chadbourne se nos ha puesto político!”

Ya que estamos con la política y el sentido del humor: ¿te ves en la tradición de gente como The Fugs o Frank Zappa?

En algunos aspectos sí, pero si de alguien he seguido la estela, ése fue Phil Ochs. De joven le vi varias veces. En esa época a mí me trastornaba mucho la situación que había en Estados Unidos con respecto a la gente de color, y también lo de la guerra de Vietnam. Cuando iba a un concierto suyo, Ochs hacía que me sintiera mejor; me hacía reír, pero algunas de sus canciones también me hacían sentir tremendamente triste. Y otras canciones lograban que te indignaras, como “White Boots Marching on a Yellow Land”. ¡Sólo el título ya te predisponía al cabreo! Recuerdo que un día pensé, “Yo quiero hacer esto. Puedo hacerlo. Estar ahí, tocando canciones que tengan un efecto en la gente… Eso es lo que quiero hacer”.

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Por The Fugs nunca llegué a interesarme mucho. Zappa era genial, se cachondeaba de los hippies y eso me dejó sorprendido. Yo todavía era demasiado joven para ser un hippie; sólo era un chaval que merodeaba por ahí deseando ser un hippie. Y, de repente, ¡ahí estaba ese tipo burlándose de ellos! No me lo podía creer, a mí me parecía que los hippies molaban mucho. Ahora bien, si algo he aprendido de los discos de Frank Zappa, eso es la importancia de la labor de edición. Unir fragmentos de conciertos, hacer piezas con ellos… La perspectiva de poder hacer eso me entusiasmó, fue una gran influencia. Pero debo decir que gran parte de su música no la escucho. Soy de esos que prefieren su material más antiguo, cuando con él tocaban Jimmy Carl Black y los demás. ¡Ese es el Zappa que me gusta!

En el pasado has tocado la guitarra eléctrica, pero tiempo atrás la dejaste el banjo y la acústica. La eléctrica es fácil de manipular mediante pedales y procesos electrónicos, y así es más sencillo ser -o parecer- vanguardista que con una guitarra de palo. No sé, así lo veo. ¿Tú qué opinas?

Ya. Bueno, prefiero la acústica, sobre todo en directo, pero de vez en cuando he vuelto a la eléctrica. Es una relación intermitente: fuerte, suave, fuerte, suave… Pero tengo que decirte que me encanta el sonido de la fuzzbox. Con cualquier instrumento eléctrico, ya sea una guitarra, un teclado o incluso una mesa de mezclas, puedes hacer un ruido brutal sin tener una mínima técnica ni ponerle mucha energía. Y he visto conciertos en los que alguien sobre el escenario trata de eliminar o quitar parte del sonido; no saben de dónde viene el sonido, pero les está jodiendo y tratan de eliminarlo. Bueno, hacer algo que no quieres y tratar de eliminarlo es lo opuesto a hacer música, me parece. En fin, que a veces opino algo parecido, sí. Por otra parte, los grupos de rock se han vuelto más y más ruidosos con los años. Cuando yo era un chaval e iba a conciertos de rock, casi nadie llevaba un micrófono a excepción del cantante. Ahora le ponen setecientos micrófonos a la batería. Todo suena muy alto. Para mí, eso se lleva algo.

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Muchos grupos desconocen la importancia de la dinámica. El contraste entre el ruido y el silencio.

Y tocan en directo con tapones en los oídos. Estuve un par de años de gira con los Violent Femmes y era el único en el escenario sin tapones. No puedo tocar música con tapones en los oídos, lo encuentro absurdo. Brian Ritchie me dijo, “Si estropean algo los del equipo de sonido, vas a desear haber llevado tapones”. Admito que ahí tenía razón. Si los técnicos de sonido hacen algo mal, de los bafles puede salir un sonido horrible a un volumen intolerablemente alto. Y te puede hacer daño. Aun así, me gusta cómo suena la música sin tapones. No se debería tocar tan alto, me parece un error.

Te entiendo. Un par de amigos míos tienen que llevar tapones porque años de tocar a todo volumen les han destrozado el oído.

También yo me lo dañé un poco durante los años en que tocaba la eléctrica. Pero mira, ni siquiera en Shockabilly tocábamos tan alto. En comparación con muchos de los grupos con los que compartíamos escenario, tocábamos bajito. ¡Era música extraña y correosa, pero a un volumen humano!

Ya que mencionas a Shockabilly: siempre me he preguntado cómo demontres se las apañaba Kramer para tocar el bajo sin correa.

¿Eso hacía? Nunca me di cuenta… Bueno, tampoco es que tocara el bajo toda la noche. Básicamente tocaba el órgano, y lo hacía sentado. El bajo lo empleaba sólo en algunas canciones, y en esas ocasiones permanecía sentado. Pero buena observación. ¡Ja, ja!

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Te voy a hacer las dos últimas preguntas, una fácil y otra difícil. Ahí va la fácil: ¿exactamente, cuántos discos has hecho?

¡Esa no es una pregunta fácil! Mira, cuando empecé mi carrera discográfica estaba muy interesado en llevar la cuenta. Cada vez que salía un nuevo disco, lo apuntaba. Incluso apuntaba cuando un tema mío aparecía en una recopilación, o si había participado como invitado o músico de sesión en un disco de Carla Bley o de quien fuera. Entonces llegaron los CD, y pensé que mi lista ya no valía, porque en un CD cabía mi disco original en vinilo y, además, otras canciones. Era otra cosa, y a la vez la misma. Mi reacción fue empezar a publicar cassettes. Verás; desde el principio, desde el momento de empezar a publicar música, mi gran interés fue hacer mis propios discos. Los editaba yo mismo, pero me quedé sin dinero. Tenía que encontrar a alguien que lo hiciera, una discográfica; el problema es que, aunque te hayas establecido como artista y viajes por todo el mundo, hagas esto y hagas aquello, nadie quiere sacar tus discos. Siempre se busca la idea nueva, y no importa si has mejorado como músico o tus canciones sean mejores que antes. Simplemente no interesa. No encontré a nadie, y por eso empecé a grabar cassettes. Lo bueno de la cassette es que podías grabarla y publicarla el mismo día. Y su producción era mucho más barata. Y podías empaquetarla de muchas formas diferentes. ¡Muchas ventajas!

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Cuando trabajaba de periodista entrevisté a mucha gente; entrevisté a Rompin’ Ronnie Hawkins, un famoso rock’n’roller canadiense. ¿Conoces a The Band?

Hombre, sí.

Pues The Band fueron su grupo de acompañamiento antes de que los pillara Bob Dylan. Rompin’ Ronnie Hawkins me dijo, “¿Sabes? Te dan un premio si vendes un millón de copias de un disco, pero, ¿y si hicieras un millón de discos y vendieras una copia de cada uno?” Me acordé de eso cuando me puse a grabar cassettes, y es es la razón de que de alguna sólo hiciera una copia. En fin, que no tengo ni idea de cuántas cassettes he grabado a lo largo de los años. ¿Cien, doscientas? Y después empecé a grabar CDs. En cierto modo, es hasta divertido que haya tanta música mía documentada. Yo lo llamo “diarrea musical”. Tiempo atrás le dije al webmaster de mi página que no se molestara en poner todas mis referencias en la sección de discos, que yo le daría una lista con las sesenta que considero mejores y ya está. Pues alguien escribió quejándose porque quería una lista completa. Bueno, yo guardo una copia de todos mis discos y cassettes. Si tanto le interesa todo lo que he hecho, estaré encantado de venderle una copia de cada. ¡Ja, ja! En fin. Hay músicos que, cuando mueren, sus fans dicen, “qué lástima que no hiciera más discos”. ¡No creo que nadie vaya decir eso de mí! ¡Ja, ja!

La última. ¿Hacia dónde crees que se dirige el mundo, y qué papel desempeña el artista en el contexto de hoy?

No es una pregunta tan difícil. Intento ser optimista, pero desafortunadamente lo que veo es una repetición de cosas ya vividas con anterioridad, en diferentes países: una viraje a la izquierda, otro a la derecha, de nuevo a la izquierda… Pero ninguno hace nada. O, si lo hacen, cuando el péndulo político va hacia el otro lado, los otros lo deshacen. Así nunca se consigue nada para solucionar los problemas reales de la gente, que es el trabajo que debería hacer un gobierno: ayudar a la gente. Ronald Reagan dijo una vez que la frase más terrible en lengua inglesa es “Hola, soy del Gobierno y estoy aquí para ayudaros”. No estoy de acuerdo. Si creía eso, ¿por qué se metió a presidente?

A unos y a otros yo les digo: “Muy bien. Si eso es lo que crees que va a ser de ayuda, ¡adelante! Hazlo. Si no funciona, siempre podemos deshacerlo”. El problema es que no lo hacen, sólo hablan de ello. Y en las siguientes elecciones volverán a hablarlo. Y así no iremos a ninguna parte.

El artista es alguien que hace una gran contribución para equilibrar las cosas y mejorar la vida de la gente. El artista es el que te hace reír, el que te hace llorar, el que te enseña algo o te mueve a decir, “¿pero qué coño es esto?” El artista es el que aporta algo bello y real a las vidas de la gente, y en este sentido es el extremo opuesto de los malos políticos. A veces, como americano, me siento extraño viajando por el mundo. Pienso, “La gente de estos países debe odiarme por algunas de las cosas que hacemos. Pero entonces salgo una camiseta de Bugs Bunny y alguien, en Rumanía, la señala y me dice, “¡Me encanta América!” Al final, son las artes las que salvan el día.