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Los diarios del Sapo

Tradicionalmente, la tribu de los mayorunas ha empleado las viscosas secreciones del sapo para obtener superpoderes y convertirse en inexorables máquinas de cazar. Mandamos a Hamilton Morris, nuestro viajero astral de guardia, a que probara tan...
1.12.09

En la selva pluvial amazónica vive un tipo de batracio muy especial cuyo nombre científico es Phyllomedusa bicolor, más conocido a nivel popular como sapo, a secas. Tradicionalmente la tribu de los mayorunas ha empleado sus viscosas secreciones para obtener superpoderes y convertirse en inexorables máquinas de cazar. Primero los nativos atan al sapo y le asustan, normalmente mediante el sofisticado método de pincharle con palos, para que suelte su veneno. Después se provocan pequeñas quemaduras en los brazos y restriegan el veneno en las heridas. Tras media hora de vomitonas y cagaleras, los nativos experimentan una agudización de sus sentidos y desarrollan la capacidad de pasar varios días sin comida ni agua, algo que les resulta de gran ayuda para perseguir a sus presas (que, por cierto, son monos; se los comen).

Como es natural, en cuanto tuvimos conocimiento de los mayorunas y de su rana mágica nos faltó tiempo para enviar a Hamilton Morris, nuestro viajero astral de guardia, a que probara tan milagrosa droga.

DÍA 1

Tras varios días de viaje he llegado a Tabatinga, una ciudad de la selva pluvial levantada por traficantes y encajonada entre las fronteras con Colombia y Perú. Aquí la humedad ambiental roza lo imposible, y yo me siento como si la vegetación me estuviera violando en grupo; no hay superficie visible que no esté recubierta de plantas en crecimiento. Las calles están plagadas de motocicletas, scooters y ciclomotores. Todo da impresión de estar a punto de derrumbarse y pude ver una gallina desplumada caminando calle abajo como si tal cosa. Cerca de nuestro hotel hay una tienda que sólo vende flores de plástico; su visión me resulta reconfortante.

Salgo a comer y a conocer a nuestro guía, Juan. Antes de que intercambiemos palabra se fija en mi pelo y se echa a reir histéricamente. Me dice que los indios mayorunas me van a confundir con una mujer, que alguno me va a raptar y a tomar como esposa, y repite la broma unas cien veces a lo largo de la comida. Tras atiborrarme con un gigantesco plato de carne, beber varias caipirinhas y fumar unos cigarrillos con JWH-018, me siento muy, muy pasado. Ante mis ojos, Juan empieza a titilar. Juan vivió cinco años con los indios mayorunas pero nunca ha usado el veneno del sapo porque padece del corazón. Dice que el Amazonas está lleno de criaturas de cuya existencia los científicos ni siquiera sospechan, y que en la selva profunda encontró a una bestia peluda con un sólo ojo. La bestia y él intercambiaron miradas y, como resultado, Juan sufrió un ataque de fiebre que le duró cinco meses. En otra ocasión le atacó un jaguar, él le rajó el vientre con un machete y de su útero surgieron 50 cachorros. Yo ahora estoy demasiado colgado para mostrarme escéptico; en vez de eso opto por hundirme en un estado de terror extremo.

Además de vomitar y cagar, Hamilton tuvo tiempo de echarse una siesta.

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DÍA 2

Para desayunar tengo huevos y una especie de jugo amarillo pálido que me sabe a quitaesmalte. Antes de marcharnos Juan me conduce a su oficina, donde tengo que firmar un montón de documentos de renuncia redactados en español: si muero, o como parece más probable me vuelvo loco, no es responsabilidad suya. Salgo a ver nuestro barco, en realidad una canoa de unos nueve metros de eslora con un toldo de mimbre en medio. Allí conozco al otro componente de la tripulación, un hombre al que me presentan como “El Capitán” y que se encargará de manejar el pequeño motor de la embarcación. Tiro mi bolsa a bordo y, antes de subir, Juan y yo vamos a recoger un enorme y sucio bloque de agua de río congelada, que sacamos del refrigerador y arrastramos hasta el barco sobre un suelo alfombrado de bagres destripados. Juan procede a hacer pedazos el bloque de hielo con un machete oxidado y arroja los fragmentos al interior del par de neveras de poliestireno en las que llevamos nuestro minúscula provisión de comida. Juan dice que el hielo nos durará seis días, algo que a mí me parece imposible.

Durante la estación de las lluvias, el río Amazonas anega la tierra firme y la vida bulle dondequiera que poses la vista. Las anacondas se aparean, los mosquitos dejan sus huevos y los delfines rosas adoptan formas humanoides y salen a tierra para violar a las mujeres vírgenes. Hay árboles creciendo sobre otros árboles, hormigas caminando unas encima de otras y candirús penetrando en las uretras de otros candirús. Es un espectáculo que deja agotado sólo de presenciar. Tomamos desvíos a través de la jungla inundada. Juan se queda en la proa del barco, cortando con su machete las ramas al alcance de su brazo, mientras el Capitán, sentado en silencio en la popa, fuma un cigarrillo tras otro y conduce rodeado de una nube de humo de diésel. Abre una lata de salchichas con su enorme cuchillo de caza cromado y vierte el jugo en el río. Me como varias salchichas a pesar de que su sabor es como el del papel higiénico húmedo. El sol se pone y atracamos el barco junto a la casa de unos completos desconocidos. El río rodea la casa, llegando el agua hasta la puerta de entrada. Parece ser que las familias que viven en el río tienen la obligación de acoger a los extraños. Les damos algo de café y arroz. Su cuarto de baño no es más que una larga plancha a unas pocas yardas de distancia de la cocina, y tienen encerradas a las gallinas en un corral flotante; los niños nadan alegres en círculo entre corrientes de mierda y meados. Contra pronóstico, la cena resulta sabrosa: unos fideos algo aceitosos, pollo (que nos sirven en un cubo de plástico), trozos de yuca y, para acompañar, unas tazas de Coca-cola. Orino a la luz de una vela y me tiendo en mi hamaca bajo una tela mosquitera rosa. Algunos mosquitos se han colado dentro y pasan zumbando al lado de mis oídos. Un poco más tarde ví a un gato matar a un murciélago.

Hamilton, una cría de mono y una nueva amiga.

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DÍA 3

Nos levantamos a las 5 de la mañana y desayunamos mandarinas y un insípido pastel blanco antes de volver al barco; allí comemos unas cuantas salchichas pasadas más mientras navegamos a través de la selva inundada. La carne de las gallinas flotantes bebedoras de meados que cenamos anoche ha hecho estragos en mi estómago, y a eso del mediodía tengo que apresurarme varias veces a sacar el culo por la borda. Teniendo a mi alrededor gente filmando, no resulta nada divertido, y además me ha dado un miedo terrible la idea de cagarme encima. Sólo he traído un par de pantalones.

Hace poco me he enterado de que esta expedición es ilegal. No tenemos permiso. Y que la Ley prohíbe usar el veneno del sapo si no eres un indígena. Fantástico. Las casas a ambas orillas del río se van espaciando más y más, y por eso atracamos hoy, en el hogar de una pequeña familia, un poco más temprano que ayer. El aire vibra con los enjambres de mosquitos. No he visto nada igual en mi vida. Estos insectos tienen una sed de sangre inaudita, y cuando te pican abren un diminuto, pero doloroso, agujero en la piel. Me han dicho que el gobierno brasileño, ante la imposibilidad de vender tierras en estas zonas, terminaron regalándolas. En cuestión de minutos mis manos están cubiertas de llagas hinchadas y sangrantes. Nuestro anfitrión está enfermo de malaria, y su hija cree que hemos venido a devorarla y que nuestra cámara es un arma. El retrete es un ominoso agujero en el suelo lejos de la casa, a unos 15 metros en el interior de la jungla. Linterna en mano, camino hasta allí notando docenas de ojos brillantes clavándose en mí desde la oscuridad. Perros famélicos me ladran mientras yo, en cuclillas, defeco un cálido torrente de terror para después regresar a la casa a toda prisa. La cena consiste en un tazón de trozos de carne, que comemos a la luz de una vela. Una tarántula enorme cruza la habitación y Juan me explica que su mordedura no me mataría pero “me dolería un montón”. Apuesto a que sí. El aire está plagado de insectos; tanto, que rodea la base de la vela un círculo de exoesqueletos fritos de casi dos centímetros de grosor. La tela mosquitera y el bote de insecticida son, a estas alturas, meras formalidades. En realidad no hay forma de huir de los insectos.

Con todos vosotros, el sapo. ¿A que se parece a la rana Gustavo?

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DÍA 4

Los mosquitos me han masacrado durante la noche. Lo más rápido será decir dónde

me han picado: en el pelo, en las uñas, en el agujero del culo y en el interior de la boca. Tomamos una Polaroid de nuestros anfitriones, se la regalamos y nos largamos de allí a toda leche. Hoy está previsto que lleguemos a la aldea mayoruna. Vemos a los primeros mayoruna alrededor del mediodía. Viven en la cima de un acantilado de arcilla anaranjada cuyo borde está situado justo encima del río por el que navegamos. Los niños, por encima de nosotros, se asoman para vernos, luego corren hasta el barco para cogernos las bolsas y subirlas acantilado arriba. La arcilla se desmenuza bajo mis pies. Se me ocurre que, si caigo, estamos a tres días de distancia del hospital más cercano. El poblado mayoruna no son más que unas cuantas chozas desperdigadas a lo largo de un extenso claro polvoriento. Aquí los insectos son prehistóricos. Entramos en la choza de nuestro anfitrión, un hombre llamado Petro. Tiene el rostro cubierto de tatuajes que él mismo se hizo con una aguja fabricada con la espina de un árbol y tinta de hongo negro. Juan pregunta a Petro si no le parezco una mujer. Petro dice que no con la cabeza. En el suelo de la cocina hay un trozo de carne del tamaño de una maleta sobre el que se arrastran insectos. Juan me explica que es carne de “un pequeño roedor de la selva”. Aparta los insectos con la mano y se pone a mordisquearla. Los indios mayoruna, según me han contado, practicaban el canibalismo hasta hace poco, amamantaban a los monos y secuestraban mujeres blancas para hacer de ellas esclavas sexuales. Petro me ve aplicarme espray antiinsectos y me indica con señas que él también quiere. Le paso el espray y se lo queda mirando como si fuera un cubo de Rubik, así que le rocío yo. Un crío de unos diez años de edad, con camiseta K-Swiss y el cabello peinado en punta, da botes de un lado a otro de la habitación. Lo encuentro todo muy desconcertante. El hijo del jefe me conduce a su farmacia, que no es sino una barraca en la que han almacenado una modesta cantidad de antibióticos. Aun así, es agradable ver una farmacia. En el exterior, una mujer rubia y con ojos azules está amamantando a un niño medio indio. Me quedo boquiabierto ante la evidencia de que los mayoruna realmente secuestran mujeres blancas. Instalamos nuestras hamacas y descansamos intentando escuchar al sapo, pero Petro nos dice que no canta hasta primerísima hora de la mañana. Poco antes del amanecer, Petro le oye cantar y le contesta, imitando su forma de croar. Sale corriendo de la choza y se pierde de vista en el interior de la jungla. Media hora más tarde está de regreso: trae las manos vacías. ¿Y ahora qué?

Recogiendo el veneno. No os preocupéis, después dejaron libre al pobre bicho.

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DÍA 5

Por acumulación, las picaduras de mosquito están empezando a dejarme baldado. Tengo las manos llenas de bultos y apenas puedo sostener el bolígrafo. Cuento 52 picotazos en la mano izquierda y 51 en la derecha, que está tan hinchada que no la puedo cerrar. Voy a tomar algo de Tramadol y a intentar no moverme hasta que se ponga el sol.

Petro me lleva en su canoa. Remamos a través de los bosques anegados, apartando a nuestro paso las parras que cuelgan de los árboles. Los rayos del sol poniente se filtran a través de la vegetación. Estoy solo en una canoa con un ex caníbal durante el momento álgido de la temporada de apareamiento de las anacondas. Petro se gira para mirarme y yo levanto los pulgares hacia él. Cae la noche y nos adormilamos intentando escuchar la canción del sapo. Estos suramericanos son de un goloso insaciable: cuando se nos termina la Coca-Cola, Juan echa una especie de pimienta roja en nuestra provisión de agua. Hacia las 2 de la madrugada el sapo se pone a cantar y nos lanzamos a la carrera en su dirección. Petro se abre camino a través de la jungla; yo le sigo durante casi una hora, pero de nuevo regresamos con las manos vacías. Me voy a dormir sintiéndome derrotado y sueño que soy Shirley Temple y estoy a bordo de un barco llamado La Secreción de Rana.

El Capitán en pleno trip.

DÍA 6

Tercer día con los indios mayoruna. Estoy conmocionado por las picaduras de mosquito y doy manotazos al aire espantando insectos imaginarios. Le doy a Petro un ejemplar de

y él me dice con señas que es buen material para masturbarse. Regalamos a los indígenas pilas, bolígrafos, cuadernos y camisetas, entre otras basurillas. Una chica coge todo lo que puede y se llena de pilas el sujetador. Oficialmente nos hemos quedado sin comida, así que antes de marcharnos compramos a los mayorunas una gallina. Un niño la mata por nosotros haciéndola girar en el aire hasta que le rompe el cuello. No puedo creer que nos estemos marchando sin la rana. Juan mantiene alta la moral de la expedición con sus payasadas habituales: nos atiza golpes en los huevos cuando estamos desprevenidos, balancea el barco mientras orinamos y me llama mujer, chica o niña 100.000 veces al día. Nos dirigimos a la casa flotante de un chamán que vive río abajo. Noto la piel al rojo vivo por la inflamación; me siento como si me hubiera chutado un kilo de polvo urticante en la vena. Amarramos el barco justo delante de la puerta de la casa y entramos. El chamán no está, y en la cocina un tucán pasa mucho de nosotros. En el suelo, cerca de un montón de plátanos medio podridos, hay una cría de mono cuya cabeza no es más grande que un limón. Con los ojos abiertos de par en par, aúlla, jadea y balbucea y saca hacia fuera sus labios sonrosados. El mono sólo tiene tres días, me dicen, y el chamán se comió anoche a su madre para cenar. Enrolla la cola con fuerza, agarra con sus diminutos dedos marrones y brillantes un calzoncillo usado que hay en el suelo y lo agita sobre su cabeza para que lo vean bien las estrellas. Al lado del mono llora un bebé humano. Su cara está llena de picaduras de mosquito. El bebé y el mono se aúllan el uno al otro. Antes de cenar arrastramos las redes por el agua pero lo único que pescamos son candirús, peces-pene. Estos parásitos tienen un aspecto horrible, con dientes retráctiles afilados como navajas proyectándose fuera de sus bocas y volviendo al interior en una fracción de segundo. Al parecer gustan de introducirse en el recto de los bañistas imprudentes. Creo que por el momento me abstendré de bañarme. Cenamos arroz y pescado. Puesto que en casa del chamán hay de todo, de monos y tucanes a peces-pene y crías de humano, confío en que aquí encontraremos también el sapo.

Hamilton siendo punzado con un palo incandescente.

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DÍA 7

El chamán volvió por la mañana. Tiene un diente de oro y un bigote negro. Le pregunto si sabe dónde encontrar al sapo y me dice que no, pero nos invita a que lo busquemos nosotros mismos. Pregunto después si me puede ayudar a buscar ayahuasca. Responde que sí y me lleva a la jungla. Siempre se dan confusiones al hablar de la ayahuasca, ya que esta planta recibe alrededor de 150 nombres diferentes. En realidad no es una planta, sino una mezcla de varias.

El chamán se adentra en la jungla descalzo y se abre paso a machetazos a través de un espeso muro de vegetación. Me dice que tardaremos sólo un par de minutos, y por alguna razón le creo. Tras cuarenta minutos de arrearle con el machete a ortigas y zarzas espinosas y de caminar con barro hasta los tobillos, llegamos hasta una parra nodulada no más gruesa que una salchicha de frankfurt. No tiene una pinta muy interesante. El chamán la corta con el machete. La pulpa del interior es de un color amarillo brillante que se vuelve marrón al contacto con el aire. Me dice que es una “parra macho” y que no tendría ningún efecto en las mujeres. Asiento con la cabeza. La parra, por sí sola, no procura experiencia psicodélica alguna. Activa los agentes psicoactivos de las plantas que contienen DMT, pero por sí misma no tiene nada de especial. Le pregunto al chamán por varias plantas con DMT, pero no puede conseguirme ninguna. Así están las cosas: una semana de dolor y terror y aquí estoy yo, “desranado” en el Amazonas y con la mitad de las plantas necesarias para cocinar ayahuasca. Tras cenar un triste y solitario huevo me tiendo en la hamaca, con la familia del chamán intentando sin éxito sintonizar alguna emisora de radio. Dial abajo, alguien habla en un portugués ininteligible por las interferencias. Dial arriba, chisporroteos electromagnéticos, ruidos de alta frecuencia, un instante de música. ¡Zap! En mitad de la noche, Juan y el Capitán localizan un sapo posado en la rama de un árbol. El Capitán trepa por el árbol pero su mano topa con una colmena de abejas y no tiene más remedio que recular. ¿Será posible que nos estemos acercando?

Hamilton tripando con el veneno de sapo. Si os fijáis bien apreciaréis las quemaduras de su brazo.

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DÍA 8

Y entonces, por la mañana temprano, el chamán sale de la casa y se las arregla para tirar al sapo de su rama y traérnoslo. Así de fácil. Es un batracio enorme de un rabioso color verde fluorescente; lo cojo y el animal trepa hasta posarse en mi cabeza. ¡Un sombrero de sapo! Me lo quito de encima y lo deposito sobre la mesa de la cocina. Su mero contacto me ha producido calor y hormigueos en la piel abierta de mi mano. Una niña pequeña entra y toca con el dedo uno de los enormes y viscosos ojos del sapo. Le digo a la niña que hacer eso no es una buena idea.

El batracio está totalmente quieto, como resignado a su destino. Juan y el Capitán amarran con hierbas sus ancas delanteras y traseras, sujetándolo en posición vertical, y proceden a pincharle con palos afilados en los costados para provocar que segregue su veneno. Lo hacen por mí, y saber eso me incomoda. Hay un indio que no deja de gritar, “¡En el culo! ¡Pinchadle en el culo!”. El sapo empieza a segregar su gelatina psicoactiva, que recogen con una paleta de madera. El Capitán se presenta voluntario para ser el primero. Es el único de nosotros que ha probado antes el veneno de sapo y, aparte de mí, el único con intención de hacerlo ahora. Juan enciende el extremo de una ramita, apaga la llama y clava la punta incandescente en el brazo del Capitán. El Capitán no reacciona. Juan le produce dos quemaduras más y después frota las heridas con la gelatina. El Capitán se queda de pie con la mirada perdida; al cabo de un instante se sienta y pone su cabeza entre las manos. Dice que todo gira a su alrededor, que lo siente en el estómago, y después se queda en silencio. Sólo mirarle hace que me entren ganas de cagar. Me pongo detrás de unos arbustos y, desde allí, veo cómo le vierten al Capitán un cubo de agua en la cabeza para “contrarrestar el veneno”. El Capitán salta al río, en el que más que agua hay meados, me mira y dice que ya se ha recuperado. Ahora es mi turno. Me siento en un bote vuelto del revés y me quito la camisa. Juan enciende otra ramita, extingue la llama y sopla para que la punta siga al rojo. Después me la clava en un bícep. Grito. El chamán y su familia se ríen. Juan vuelve a clavar el palo y le digo que con dos quemaduras es suficiente. Juan procede a restregarme las heridas con el veneno del sapo. Al principio no noto nada; luego, lentamente, me sobreviene un subidón de tipo opiáceo, como una especie de borrachera. Me siento bien. Le digo a Juan que me haga otra quemadura. Grito. Más veneno. Un temblor se extiende por mis extremidades y se instala en mis manos y pies, como cuando Wile E. Coyote ingiere una píldora de terremoto. Exijo una cuarta quemadura, quiero más jarabe de sapo que el Capitán. Qué, ¿quién es una mujer ahora? Me sube la presión sanguínea, carezco de sensibilidad en las manos. Ramita. Quemadura. Grito. Veneno. Cierro los ojos y noto que me colapso: paso de repente a tener dos dimensiones y recobro la tercera al cabo de unos segundos. Veo los colores con tonos apagados. Estoy muy drogado y necesito tumbarme. Acostado y sin camisa encima de una lona, la gente a mi alrededor me abanica como si fuese un emperador. Me atenazan unos dolores atroces en el estómago. La mirada del sapo y la mía se cruzan durante un instante. El Capitán me dice que me zambulla en el apestoso río para volver a la normalidad. Le respondo que no. Soy débil y no tengo energías para supersticiones. No hay ninguna razón farmacológica que sustente que sumergirme vaya a eliminar el veneno de mi torrente sanguíneo, pero como él insiste, accedo a que me echen unos bidones de ese agua repugnante por la cabeza; después embarcamos, nos detenemos en el centro del río, cago líquido y nado un poco alrededor de la canoa hasta que noto alguna especie de monstruo acuático rozándome un pie. Subo a bordo. El agua no me ha devuelto la sobriedad, pero al menos ha rebajado mi temperatura corporal. Volvemos a tierra. El sapo, vivo y en buen estado, ha regresado al árbol. Me tumbo en mi hamaca y experimento disociación y náuseas durante las tres horas siguientes. Algunos aspectos de la experiencia fueron euforizantes y consideraría la posibilidad de repetirla, pero estoy convencido de que se pueden alcanzar los mismos efectos untando con la gelatina el interior de las fosas nasales.

Acribillado a picaduras de insectos, Hamilton recibe un bautismo de agua con meados.

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DÍA 9

Hoy me he despertado hecho mierda. No tengo poderes sobrenaturales ni una resistencia natural al hambre y la sed. Tampoco tengo ni idea de cómo surgieron esos rumores acerca de las propiedades energizantes del veneno de sapo. ¡Joder con los indios! Me como un huevo para desayunar y acaricio la cabecita del mono huérfano una última vez. Al chamán y a su familia les regalamos café y arroz y una estatuilla de porcelana que representa a dos cerdos follando y que, por alguna razón, parece encantarles. Me echo al hombro el fardo con mis 9 kilos de ayahuasca fresca y ponemos rumbo a Tabatinga.

Juan se va hasta la proa del barco, se baja la bragueta y orina en el río. El Capitán sube las revoluciones del motor al máximo, enviando una fina llovizna de meados de Juan hacia mi boca y ojos. Volver a la ciudad me llena de una alegría indecible: de repente las llagas de los mosquitos me pican menos, las quemaduras solares apenas me molestan y hasta mis intentinos parecen estar menos colonizados por los parásitos. No hay nubes en el cielo y las riberas del Amazonas son de una monotonía hermosa. Mañana prepararé la poción mágica, esta noche quiero descansar.

La pandilla al completo.

DÍA 10

Me levanto temprano para ir a casa de un chamán de la ayahuasca que vive aquí, en Tabatinga. Me sorprendo al comprobar que el chamán es en realidad una mujer vieja y arrugada que viste un chándal de color rosa. La mujer me conduce por su jardín de plantas medicinales hasta un frondoso árbol de hojas verdes. El árbol se llama chacruna, y sus hojas contienen un 0,5 por ciento de DMT. La mujer insiste en que compre también un poco de albahaca porque sin ella no tendré visiones. Claro, ¿por qué no? En nuestro hotel son lo bastante amables como para darme permiso para utilizar su cocina. Allí me quedo toda la tarde, preparando la ayahuasca. La actitud aquí respecto a los alucinógenos es totalmente distinta a la nuestra: todo el mundo consume ayahuasca. Dejo la parra y las hojas cociéndose y salgo a la calle a comprarme un cucurucho de helado de fresa. La mujer de la heladería me dice que tengo “los ojos de Jesucristo”. Al caer la noche me bebo el caldo de la parra, con toda seguridad la sustancia de peor sabor de todo el planeta. Cada sorbo me provoca una leve arcada. Sorbo. Arcada. Sorbo. Arcada. La parra me golpea como un tsunami de leche caliente. En mi vida me había sentido tan adormilado. Estoy paralizado. A continuación me bebo el caldo de hojas de chacruna y me quedo dormido. Tengo sueños apocalípticos en los que preveo el fallecimiento de Alicia Silverstone. Me tomo algo de Ritalin e intento levantarme. Salgo dando tumbos del hotel hacia la noche brasileña, haciendo contacto ocular con los transeúntes, cuyos rostros me producen una ominosa sensación de déjà-vu. Tengo mil años de edad. Doy un paseo hasta la tienda de flores de plástico pero me la encuentro cerrada. Rosas de plástico durmiendo, ositos de peluche durmiendo. Me tiendo en el cemento enfrente del local y cierro los ojos. Empieza a llover. Estoy caminando por unas calles llenas de maleza y de una familiaridad imposible. El Massachussets del Amazonas. Voy otra vez a la tienda de helados. Pido un cucurucho de dos bolas y la mujer, que tiene un escote eterno, me llama Jesús. Le doy las gracias mientras me relamo las manos. Me pide que diga “bubble gum”, chicle en inglés. Ella no consigue pronunciarlo bien. “¿Blahboo-gahm?”. Poco a poco me percato de que el helado está relleno de goma de mascar. Me estoy tragando el chicle a bocados. La mujer me mira y dice, “¡Goma de verdad!” “¿Goma de verdad?”, pregunto. “¡Goma de verdad!”, replica ella. Este helado debería ser ilegal. Fomenta el consumo indiscriminado de goma de mascar. Rana, mono, helado, jungla. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir un hombre alimentándose a base de chicle?