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Sigue “roleando” en el mundo libre

Tiempo atrás, el LARP ("live-action role playing", juego de rol en vivo) no era más que un puñado de adultos todavía vírgenes con una colección de figuritas de juguete distrayéndose de sus ideas suicidas cargando unos contra otros en un parque con...
15.11.11

Tras la refriega me quedó claro que las tácticas élficas de batalla consisten en sentarse en el bosque y atacar a los rezagados, confirmando la sospecha de que los elfos son unos mariquitas. Tiempo atrás, el LARP (“live-action role playing”, juego de rol en vivo) no era más que un puñado de adultos todavía vírgenes con una colección de figuritas de juguete distrayéndose de sus ideas suicidas cargando unos contra otros en un parque con lanzas de gomaespuma. Hoy es una próspera subcultura, con una industria multimillonaria de armamento postizo y multitudinarios torneos con ánimo de lucro celebrados en cualquier parte del mundo. El principal feudo del LARP en Canadá es Quebec, donde los adultos francocanadienses encuentran perfectamente aceptable pretender que viven en un remake de Red Sonja. Incluso han construido más de 100 estructuras “medievales” en una “aldea” de un kilómetro y medio cuadrado al norte de Quebec llamada, de forma muy apropiada, Gran Ducado de Bicolline. Cada agosto, miles de estos ejemplares de la moderna humanidad se desplazan a este poblado totalmente fabricado para tomar parte en un festival de una semana que concluye con la Gran Batalla, que es básicamente como la Super Bowl del LARP. La primera se celebró en 1996 como una competición dirigida a unos pocos LARPers quebequeses, pero en la actualidad recibe a gente venida de lugares tan lejanos como Luxemburgo. Puesto que éste era un evento abierto a cualquiera, alquilé un andrajoso disfraz de Peter Pan por 30 dólares y me desplacé allí, dos horas en coche desde Montreal. Al acercarme a la entrada vi una pequeña “caseta de bienvenida” detrás de unos pinos. Un organizador vestido como un miembro de la Guardia Suiza me dio una breve explicación de los terrenos, me habló de la moneda oficial del certamen –los solares–, y me dio una “tarjeta de batalla” con mi nombre (acabé intercambiándola por tres cervezas). Tras recitarme la lista de normas, entre ellas “nada de encender fuego” y “nada de violencia”, me guió hasta un enclave en un bosquecillo cercano a los márgenes de los terrenos, donde instalé una tienda de campaña. De camino pasamos delante de varias filas de casas en las que unos orcos jugaban a los dados enfrente de una pequeña hoguera, un grupo de vikingos rustía un cerdo en un espetón y un niño iba vestido de elfo. Se me hizo evidente que esta gente no se andaba con medias tintas. Cuando llegué al campamento, mi vecino, un escita con falda de cuero, se estaba quejando de que la policía de la moda de “Bico” casi le había expulsado por los cordones de sus botas eran de color naranja y, por tanto, “no estaban al estándar medieval”. Aunque mi traje parecía el de la figurita de un skater que hubiera sido arrollado por un camión de concienciación contra el SIDA, no me preocupé; nos zampamos unas cervezas y nos fuimos a dar una vuelta. Tres latas gigantes después me puse a caminar por un camino de tierra iluminado por antorchas mientras clanes de caballeros iban y venían a toda pastilla, derramando el licor que llevaban en sus cuernos vaciados. De súbito, una especie de enloquecido Fraile John cargó contra mí, con ojos desorbitados y echando espuma por la boca, y me tiró la lata. “¿Por qué coño no llevas la cerveza en un cuerno o en una jarra? ¡Cojones, tío!” Desconcertado, me limité a asentir. Decidí que este lunático no merecía ni la pena de que lo expulsaran los del cuerpo de seguridad LARP, vestidos como sieteañeros pidiendo caramelos en Halloween. Además, hubiera sido de tontos perderse la épica Gran Batalla de la que todo el mundo hablaba. Este tío describió su clasificación LARP como “tropa ligera”. También es agente inmobiliario. Un poco más allá conocí a un guerrero llamado Thorkol, orgulloso miembro del clan Raven. Su larga cabellera rubia e irregular barba pelirroja le hacían parecer un vikingo a media pubertad, pero en realidad tenía veintialgún años, trabajaba de comercial y vivía en Abitibi, en el sótano de la casa de sus padres. Accedió a llevarme de visita por los terrenos y presentarme a sus “hermanos”. Mientras atravesábamos un puente levadizo en dirección a su Gran Salón, le conté a Thorkol lo del gilipollas que me había tirado la cerveza al suelo. “Tienes que entender que la gente viene aquí para convertirse en alguien diferente. Nos les gustan los que se pitorrean de ellos o no nos toman en serio”, dijo. “Tampoco a mí. La próxima vez, tapa tu cerveza con la capa. Es como con las chicas. Algunos de los tíos que ves por aquí no hay manera de que liguen con una chica en la vida real, pero vienen aquí y actúan como valientes caballeros, y les funciona”. Más tarde Thorkol me llevó al poblado, donde su clan estaba de fiesta. Todos rehusaron decirme sus nombres auténticos, optando en su lugar por presentarse como Tchakalouy, Morcius, Ulf y Khylandra la Princesa Hada. Un tipo corpulento con un sombrero con penacho y armadura metálica que le ladraba órdenes a todo el mundo me dijo, básicamente, que me fuera a tomar por culo, pero en inglés antiguo. Más tarde supe que en la vida real era policía. Un gilipollas a tiempo completo. Hacia el final de la noche yo ya estaba cansado de toda esa chorradita del rol. Todo se quedaba en una especie de bizarro purgatorio social moderado por gente de nombres falsos e historias personales sin interés, pero como todavía me quedaba por ver la Gran Batalla, me fui a planchar la oreja. Me despertaron unos confusos cánticos de guerra. Al sacar la cabeza por la tienda de campaña vi a un grupo de bárbaros en círculo alrededor de un Conan francocanadiense. Alzando las espadas entre gloriosos aullidos ceremoniales, echaron a correr hacia el campo de batalla esquivando refrigeradores de cervezas y sillas de camping. A mi cerebro todavía soñoliento le costó procesar todo eso. Siguiendo a la procesión de guerreros que atravesaban en fila india el puente sobre una quebrada, en dirección a un extenso claro en el bosque que había sido limpiado para la batalla, vi regimientos enteros de caballeros equipados con brillantes espadas. Se oían espeluznantes chillidos de criaturas del inframundo. Sed de sangre en el aire. Con el sonido de una corneta, más de 2.000 LARPers se lanzaron unos contra otros en lo debía ser un choque de lanzas y espadas de dimensiones bíblicas. Bien al contrario, fue un caos de armas de gomaespuma lanzando mandobles a diestro y siniestro hasta que los “muertos” rodaban torpemente por el suelo simulando convulsiones. Puesto que utilizaban el sistema de honor para computar el número de veces que un contrincante era alcanzado, pude oír a un buen número de adultos hechos y derechos emitir quejas del tipo, “¡Te he dado!”, “¡No, no me has dado!”. Confundido y muy aburrido, intenté prestar atención a un rey que pasaba con su séquito, pero dos de sus guardaespaldas aparecieron de la nada y me atizaron con sus espadas acusándome de ser un “asesino”. Esto colmó el vaso. Después de dos días de ser avasallado por un hatajo de putos flipados, cogí mis bártulos y emprendí el camino de vuelta al mundo real. Las muchas escenas de diversión del Gran Ducado de Bicolline. Con “diversión” queremos decir “coñazo infernal”. ¿Quién necesita infancia cuando puedes ser un producto de tu propia imaginación rodeado de cientos de otros tristes e ilusos canadienses?