Todos tenemos nuestros camellos de cabecera, a quienes llamamos “nuestros dealers”. Pero, aparte de sus números de teléfono, las horas a las que suelen pasar la mandanga y dónde suelen estar el sábado a la 1:30 de la madrugada, ¿qué sabemos realmente de ellos? Conocí a mi “dealer” actual a través de un amigo común. Llevo cerca de un año llamándole con regularidad, y en este espacio de tiempo ha demostrado ser un tipo amistoso en el que puedo confiar. Supuse, pues, que no le importaría que me sentara con él a charlar un rato. Supongo también que le ayudó a decidirse mi promesa de que esta vez le pillaría el doble de lo habitual.Vice: ¿Cómo va todo?Mi dealer: Bien, sin problemas.
¿Qué querías ser de niño?
Astronauta o piloto. Me encantaban las pelis de ciencia ficción. Siempre me ha gustado el cielo.
¿Y te gusta lo que haces ahora?
Sí. Me lo paso bien, ¿sabes? Conozco tíos que se metieron en esto y no les gustó. Lo hicieron porque necesitaban la pasta. Siempre iban estresados y pensando en las consecuencias. Pero a mí realmente me gusta.
¿Cuál es el secreto para pasar drogas sin convertirse en un lunático paranoico?
Mantener una cartera de clientes pequeña. Yo no le paso a mucha gente. He visto a demasiada peña meterse en problemas porque alguien no supo tener la boca cerrada. La poli no se entera de la movida si no es porque alguien se va de la lengua.
¿Alguna vez ha tenido que hacer un pase que te diera mala espina?
Sí, esa sensación la tengo de vez en cuando. Pero el verdadero problema es cuando empiezas a sentirte invencible. Es fácil olvidar que estás haciendo algo ilegal. Se convierte en algo tan normal como levantarte y beber un vaso de agua.
¿Tienes contacto con tus padres? ¿Saben a qué te dedicas?
Con mi padre nunca tuve mucho contacto. Mi madre tenía sus sospechas cuando yo vivía con ella. Creo que se lo figura, pero nunca me ha preguntado directamente. Procuro que no sea evidente que gano cierta cantidad de dinero. En casa no llevo joyas, y si alguien necesita que le lleve a algún sitio, digo que no tengo coche.
Entonces, ¿qué le has contado a tu madre?
Bueno, que trabajo. Tras acabar los estudios tuve un empleo diez años.
O sea, que tenías un curro legítimo antes de empezar a mover mandanga.
Sí. Es bueno no dedicarse sólo a esto, hacer otras cosas. La persona que me metió en esto creció un poco a medio camino entre una cosa y otra, es de un barrio en el que las drogas están en el orden del día. Yo fui al colegio, me gustaba el cine y ver la televisión, pero empecé a salir con él cada vez más y el resto es historia.
¿Alguna vez has tenido que dejar de pasarle a un cliente porque se estaba saliendo de madre?
Sí. Un tío llegó a un punto en que me ofrecía cosas de su apartamento a cambio de material. La tele, cualquier cosa para que le pasara algo. Y, mira, estamos aquí para conseguir dinero, no para joderle la vida a la gente. Yo no quería que este tío se quedara tirado en la calle. Debía pillarle a otros dealers, porque al final ibas a su casa y sólo había un futón en el suelo. Nada más. Dejé de venderle. Alguien me contó que ingresó en una clínica de rehabilitación y se fue a vivir con sus padres.
¿Y qué hay de los clientes raros? ¿Tienes muchos de esos?
Hay uno que destaca, un gay con una fijación con los trajes y los vestidos. Una vez fui a su casa a las 3 de la mañana y él tenía un vestido puesto. No sólo eso, había sacado otro para que me lo pusiera yo. Supongo que su idea era que íbamos a follar. Normalmente es un tipo bastante correcto, seguro que había estado bebiendo y metiéndose farla en cantidad antes de llamarme. Yo le dije, “vale tío, pero a mí es que estos rollos no me van”. Era todo muy extraño. Todavía me llama de vez en cuando.
¿Y tú vas?
Sí, claro. No es mal tío. Lo que pasa es que a veces le da por ahí, por los vestidos.
OK, última pregunta. Sólo para acallar los rumores de una vez por todas. ¿La coca que nos metemos está cortada con laxantes infantiles?
Mira, depende de dónde la compres estará cortada con una mierda u otra, pero yo nunca he oído nada de ningún puto laxante infantil.
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