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Cultură

Las fotos en bola de Jennifer Lawrence han revelado un nuevo tipo de pervertido

Es el fracaso humano y no las famosas desnudas, lo que realmente está haciendo que te excites.
4.9.14

(Foto del usuario de Wikipedia Stemoc).

Si alguna vez la palabra “fap” (representación onomatopéyica de la masturbación) tuvo la posibilidad de entrar en el diccionario, fue esta. La filtración de fotos de actrices desnudas esta semana, conocida como “The Fappening”, ha expuesto a los cuerpos más famosos del mundo y desencadenado una tormenta mediática.

El enfoque entre las feministas ha sido el de convencer a todos para que no vean las fotos. Pero esto es igual de contraproducente: al mencionar las fotos y lograr que sus propios artículos sean retuiteados, los periodistas aún conducen a sus lectores hacia el "escándalo". Lo cual no quiere decir que los escritores deban ignorar la historia, es simplemente absurdo esperar que los lectores no sigan le relato y encuentren las imágenes. Hadley Freeman (columnista del diario británico The Guardian), en un artículo con el que nunca podría coincidir, dice: "nunca he entendido la atracción por ver fotos de desnudos de gente que no conozco y que sin duda no tienen ningún interés para mí". Estimada Hadley Freeman, te amo, pero el resto de nosotros a veces ve porno.

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Tal argumento implica que mirar una imagen plantará la semilla del mal misógino, al estilo de Videodrome, dentro de la cabeza del espectador. A menos que la filtración fuera un esfuerzo conjunto entre exnovios de cien celebridades, no tiene nada que ver con "porno venganza". Mirar las fotos tampoco implica, en última instancia, un acto grotesco de robo, tampoco es "crimen de pensamiento", o poner en vergüenza cuerpos ajenos. No podemos esperar que todo el mundo evite hacer clic, incluso cuando la noticia de que las imágenes de McKayla Maroney son de cuando era menor de edad, un giro terriblemente sombrío para el asunto, convierta a las imágenes en pornografía infantil y definitivamente no esté bien compartirlas.

La pornografía es exactamente de lo que este incidente se trata, aunque, tal vez, de maneras menos obvias. Aunque las imágenes muestran solo blancos femeninos, no es tanto una cuestión de género, sino de voyeurismo sobre la cultura de las celebridades. En la mayoría de estas imágenes, la propia desnudez no es lo importante: Olivia Munn y Christina Hendricks ya habían sido sujeto de filtraciones antes, Kim Kardashian construyó una carrera gracias a su video de porno casero y Rihanna lució un vestido transparente en la alfombra roja en junio. Vivimos en un mundo post-Miley Cyrus de canciones sobre la vagina de Iggy Azalea y el culo de Nicki Minaj. Un mundo salvaje. Un mundo donde la desnudez es lo más común.

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Una lista de cosas potencialmente más pornográficas que Jennifer Lawrence en un sofá podría incluir:

- Videos de decapitaciones del Estado Islámico.

- La cabeza rapada de Britney Spears.

- Rob Ford en crack.

- La cara hinchada de Rihanna después de que Chris Brown la cascara.

- Los trinos de Joan Rivers mientras está en coma.

Todas las anteriores son alarmantes, y todas recibieron cubrimiento por parte de medios de comunicación hegemónicos. El problema con el “Fappening” se trata de la cuestión del consentimiento, que, por supuesto, es lo que diferencia a la caché (algo así como el lugar donde se almacen tu historial web) de quien subió las fotos, del vestido transparente de Rihanna; Rihanna optó por presentarse a sí misma de esa manera, las víctimas del fappening definitivamente no. Pero nuestro apetito por la transgresión pornográfica ya no se trata de piel al descubierto, sino sobre la humanidad desnudada por accidente. Queremos saber el contexto en el que estaba la mujer, la historia detrás de cada toma. Esto hace que las protestas o las explicaciones humilladas en programas de televisión después de una filtración hagan parte de lo excitante del proceso. No nos importa ver a una celebridad desnuda, solo queremos verlas sufrir.

Creo que las fotos de Olivia Munn filtradas inicialmente en 2012 siguen siendo más reveladoras que cualquiera de las filtraciones más recientes. En ellas, un texto se superpone sobre una serie de tomas triviales, detallando gráficamente las fantasías de Munn. Cualquiera que haya intentado alguna vez hablar sexualmente en el chat de Facebook estará familiarizado con el reciclaje de términos y fórmulas del porno, adivinando lo que el otro quiere oír, y cuán humillante sería que se expusieran esas fantasías torpes, pero personales.

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Del mismo modo, es la imperfección de imágenes como la de Kate Upton y Justin Verlander mirando por encima de sus hombros en un espejo del baño lo que las hace memorables, no por la piel desnuda sino por lo adorablemente torpes que se ven. Aquí es donde el internet deja de querer tu cuerpo y comienza a comerte el alma: en última instancia, esperamos invadir la vida de nuestras celebridades. ¿Qué será más exitoso que la cinta de sexo?, ¿la cinta de la muerte? ¿Las celebridades yendo al baño? ¿Dando a luz en vivo en E!?

La desnudez no es lo suficientemente íntima: lo que queremos ver, sobre todo, es el fracaso. y aquí es donde los trolls se excitan: porque consideran que las filtraciones son la confirmación de que las mujeres en estas fotos son estúpidas. "El fappening" confirma el principio de que los hombres, no las chicas bonitas, son lo que hace que el mundo, o al menos el internet, gire. Confirma que saben más acerca de tecnología, privacidad y el cuidado básico de su iCloud. Les asegura que la web es un lugar patriarcal, que los mayores riesgos en la vida en línea no se aplican a ellos, pero las mujeres jóvenes, quienes otorgan el poder de la atracción sexual, tienen el riesgo de perderlo todo cuando ese atractivo sexual se distribuye públicamente. Habría que preguntarse si estos hombres, que se pueden encontrar en la sección de comentarios relacionados con el fappening más cercana, se excitan más aleccionando a las mujeres sobre la seguridad en línea que con las imágenes como tal.

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Algunas mujeres también son cómplices. Las del hashtag de Twitter "Si mi iPhone fuera hackeado" hicieron una info-orgía al estilo Mean Girls de autodesprecio camuflado: siguiendo el ejemplo de tuit de Anna Kendrick de que su teléfono "no sería más que comida y fotos de perros de la gente de todos modos", los usuarios de Twitter, un gran número de ellos mujeres, enumerando horriblemente tomas de sus brunch y fotos borrosas de mascotas que llenan sus teléfonos, lo que implica que estas colecciones aburridas los vuelven, de alguna manera, moralmente superiores y "infapeables". Si no es directamente haciéndolas quedar mal en público, es sin duda esconderlas, y sutilmente diferenciarse de las víctimas.

Jessica Valenti (una famosa blogger feminista) trinó que "La gente está excitada por la filtración de fotos de desnudos PORQUE no fue algo consensuado". Lo cual es cierto, pero lo que muchos pasan por alto es que el riesgo que implicaba tomar estas imágenes podía ser exactamente lo que sus dueños disfrutaban en primer lugar: no el riesgo de que fueran compartidas con el mundo, obviamente, sino el riesgo que implica el intercambio de tales fotos íntimas con otro individuo. Esto no pretende culpar a la víctima para nada, pero uno de los ángulos extrañamente tranquilizadores de esto tiene que ser que las celebridades realmente son como nosotros: hacen caras de selfie poco convincentes, que emulan (mal) las posturas que ven en la pornografía en imágenes cursis pensadas para sus compañeros. Ellos se sienten con el derecho de hacer todos los rituales de una relación normal.

Debido a que este es un comportamiento normal en una relación. Es una de esas cosas generacionales que los lectores de más edad pueden no entender, pero para cualquiera que haya crecido bajo el ojo de un lente de teléfono inteligente, parece natural. Todos tomamos fotos de nosotros mismos, algunas de ellas pornográficas, y continuaremos haciéndolo mientras los seres humanos se masturben y los teléfonos inteligentes estén disponibles. La regla según la cual "si no hay foto, no sucedió" se ha filtrado en el tejido de las relaciones cotidianas, y las encuestas muestran que la mayoría de nosotros estamos a gusto con la idea del sexting. Un artículo en Vox acertadamente señaló que decirle a la gente joven que no debe tomarse estas fotos es otra forma de educación de abstinencia. Estas cosas van a pasar, y es nuestro deber enseñar cómo llevarlas responsablemente en lugar de condenarlas.

La desagradable verdad es que todos los niños después de finales de los 80 nacieron con la habilidad de comprender la web, junto con la obligación de mantener tal comprensión. Voluntariamente posamos y descargamos cosas y ciegamente hacemos clic a los términos y condiciones, alimentado la sociedad de extrema vigilancia en la que vivimos. Estamos acostumbrados a vendernos y en repetidas ocasiones nuestra tecnología nos falla: ¿por qué no admitir la derrota y entregar nuestros cuerpos a internet? Ya nuestros yos del pasado están esparcidos por todas partes: nuestra pretensiosa cuenta de LiveJournal de la que hemos olvidado la contraseña, esas fotos borrachos en la revista Caras, la mostrada de teta saliendo del mar en un viaje a la playa… Lo que me lleva a mi último punto: para el momento en el que la generación Snapchat alcance la mayoría de edad, todos vamos a estar desnudos en internet. También podríamos acostumbrarnos a eso ahora. No estoy diciendo que sea justo o remotamente ético que las fotos se hayan filtrado, o hackeado, o hayan sido enviadas por exnovios enojados. Pero al aceptar lo inevitable, podemos empezar a recuperar el control.

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