FYI.

This story is over 5 years old.

La nube negra que nos une

Cuando la policía tiene un taser en sus manos

El problema aquí no es el arma, el problema es en manos de quién la estamos dejando.
30.7.14

Hace poco, en una de esas búsquedas morbosas que hago por YouTube me encontré con un video de una riña en algún pueblo de Colombia que no se especificaba. En la pelea, un hombre armado con machete perseguía a otro totalmente enfurecido, blandiendo por el aire el peligroso y sobredimensionado cuchillo. Los agentes de la policía que intentaban pararlo, que además eran varios, no tenían sino un fusil de dotación que seguramente estará destinado a combatir grupos ilegales en zonas de conflicto. Como no pudieron detener al agresor y tampoco creo que pudieran usar sus fusiles en tal situación, los policías optaron por hacer disparos al aire. Cosa que no detuvo en lo más mínimo al encolerizado, y por el contrario puso en riesgo, no solo la vida de la población civil, sino también la de ellos mismos. Hasta aquí entiendo el porqué de lo que sigue a continuación.

Por estos días la policía implementa en algunas ciudades de Colombia un plan piloto para probar los tasers, armas portátiles de electrochoques, en teoría no letales, destinadas a controlar este tipo de situaciones. La discución en torno a su uso e implementación gira alrededor de la pregunta, precisamente, de si estos artefactos pueden o no provocar la muerte a los ciudadanos y en los posibles daños en personas que tengan enfermedades del corazón y otras dolencias de ese tipo. Ya se sabe que esas armas matan, no en el 100% de los casos pero sí en ciertas situaciones[1]. Matan como todas las armas.

Otra forma de abordar el problema es el hecho de que estos aparatos no dejan en el “usuario” huellas visibles y que un abuso por parte de las autoridades sería casi imposible de rastrear. Lo que quiere decir que el taser puede ser utilizado, no solo para detener una riña o un atraco, sino también como un mecanismo de tortura y de control político, y eso en un país como el nuestro, donde la justicia ha probado ser mediocre a la hora de solucionar casos de este tipo y donde los sectarismos permean hasta a las autoridades, es terriblemente peligroso.

Pero lo más terrible y dramático de todo esto es que nosotros, como ciudadanos, demos por sentado que las autoridades encargadas de velar por nuestra seguridad van a utilizar este tipo de herramientas en contra nuestra. Es como si la discusión técnica de si preferimos que nos electrocuten, nos agarren a palos o nos den bala hubiera opacado la discución realmente importante que es la pertinencia de un cuerpo policial con tanto poder y con marcados intereses morales. Parece que cada vez damos más y más poder a una institución que ha probado no estar en sintonía con los intereses de los ciudadanos del siglo XXI.

Podríamos empezar por su lema: “Dios y Patria”; no entiendo cómo una institución ciudadana que debería ser laica y en extremo consciente de las diferencias, tiene como estandarte el nombre de Dios y sobre todo del Dios católico. Eso, auque parezca una nimiedad, ya es un rasgo bastante diciente del tipo de institución a la que le vamos a entregar las pequeñas sillas eléctricas portátiles. Le siguen a eso la pobre educación de sus trabajadores que, en la mayoría de los casos, en vez de ser ejemplo para la ciudadanía, demuestra el más absurdo cinismo al ser ellos los que se pasan semáforos en rojo, se suben a los andenes y a los parques con sus motos y cuando son investigados en vez de someterse al sistema judicial como representantes de este, se tapan los unos y los otros para parecer inocentes y evadir responsabilidades.

Un arma es cualquier cosa, a uno lo matan con una AK-47, con una piedra y hasta con un puño. Lo matan con electricidad, con agua o con cualquier otro elemento; el problema aquí no es el arma, el problema es en manos de quién las estamos dejando.


[1]https://www.es.amnesty.org/noticias/noticias/articulo/la-seguridad-de-las-taser-cuestionada-al-ascender-la-cifra-de-muertes-a-334/