Las deportaciones y los desalojos en los estados fronterizos con Colombia siguen pese a los intentos de resolver la crisis por la vía diplomática.
El río Táchira se convirtió en un paso obligatorio. Familias enteras, con lo poco que pudieron rescatar de sus casas, entraron de nuevo a Colombia.
Quienes cruzaron por el río no fueron registrados en la frontera, eso dificulta el conteo exacto de los colombianos desalojados. La guardia venezolana cerró el paso reteniendo a quienes intentaban cruzar de vuelta el río. Algunos de ellos, seguramente, a recoger un poco más de sus pertenencias.
La familia Rojas Acevedo sumó fuerzas y lograron pasar todas sus cosas, sin embargo la mayoría de las otras familias no corrieron con la misma suerte.
Alis Rojas Acevedo, de 33 años, esposa y madre de 3 hijos, salió hace 17 años de su pueblo Simití, Bolívar, llegó a Bucaramanga en condición de desplazada. "Era muy pequeña y no lo recuerdo bien. Para mí en ese entonces era como un paseo de río, ahora sí me duele mucho".
“Somos del Sur de Bolívar, desplazados por la guerrilla. Toda la familia siempre se ha mantenido unida. Hace 17 años salimos juntos, igual que ahora”, dice Ernesto Rojas Acevedo, de 43 años.
"Ser desplazado y desalojado es casi igual. Ser sacado de su casa duele porque hay que volver a empezar, sin saber qué se va a hacer. Esto es muy duro", dice Alis.
Las personas de los albergues nose registraron en Migración sino que pasaron por el río. No hay una cifra exacta, apenas se iniciaron labores de censo.
El albergue La Parada aloja aproximadamente a 150 mujeres y 200 niños. En el municipio de Villa del Rosario hay cinco albergues con 100 personas, aproximadamente, cada uno.
“En los refugios hay muchísima gente desplazada por la Guardia. Un arriendo cuesta, la luz cuesta, mientras que allá no valía nada”, dice Alis.
Herlinda (linda) Rojas Acevedo, 47 años, 3 hijos. Los colombianos que cruzaron por el río tuvieron que registrarse. Herlinda recuerda cómo hace más de 8 años hacía la misma diligencia en Venezuela para pedir el refugio.
“Teníamos las cosas a orillas del río y un ángel del eterno, una señora, nos dio albergue en La Parada. Los primeros días dormíamos a la intemperie cuidando las cosas”.
Leidy Johana Suarez, propietaria de la casa, no pudo ver lo que pasaba sin hacer nada. Benefició a la familia Rojas Acevedo mientras definen su rumbo. La mayoría de las familias siguen sin techo.
Joaquín Rojas Acevedo, de 57 años, es el hermano mayor y padre de 4 hijos. "La guerrilla nos sacó hace 17 años de mi pueblo, ahora la Guardia nos mantenía con la zozobra. Siempre era el cuento de, la otra semana viene una comisión de la guardia y los van a sacar, ahora se vino el problema, un tiroteo de la guardia con un hombre, ¿quién?, eso no se sabe".
“Dice el presidente que los paras, que llegó la comisión de Caracas, que están en el comando, que llegaron unos encapuchados, que llegaron unas motos. ¿Será que nos van a joder? De repente empezaron a tumbar las casas por la parte alta del barrio, se llevaron la mercancía de las bodegas, y después deportaban al colombiano, aguantamos y aguantamos, hasta que llegó la hora mía”.
“La teniente me preguntó cuando hacía el maletín: ¿Cuánto lleva en nuestra tierra? Yo le respondí, ‘pues trabajando llevo 10 años’. Me dijo que yo sería un infiltrado. Me dio miedo porque ellos para embalarlo a uno le van diciendo que es paramilitar. Hace 6 o 5 años pasaron muchos casos en que le hacían eso a la gente trabajadora”, dice Joaquín Rojas.
Joaquín mostró la carta de refugiados, pero la guardia no le creyó, "ese cuentico écheselo a la migra". En 'la migra' le respetaron el derecho al refugio y al volver la familia al barrio prefirió regresar por el miedo y la soledad, ya que no quedaba casi nadie. "Qué nos vamos a quedar solos, eso es una soledad, eso es peligroso, y nos vinimos y nos pasamos por el río, y aquí estamos todos, vea, juntos", sostiene Joaquín Rojas Acevedo.
Alis sigue sonriente pese a haber perdido su casa. Un poco de esperanza en medio de la crisis.