Cultură

Guía de defensa para mujeres contra el acoso callejero

Fuimos a un taller de dos días para que nos enseñaran qué hacer para defenderse de los "mamacita", de las morboseadas en la calle y de las agresiones físicas.
10.5.16
Ilustración por Sara Pachón.

– Pónganse de pie, cierren los ojos y empiecen a caminar al ritmo de la música. Identifiquen qué sentimientos y sensaciones tienen-

Así lo hicimos, yo, otras 23 mujeres y un hombre. Al ritmo de Empire Ants de Gorillaz nos pusimos a caminar, a ciegas, en una habitación de unos 18 m2 en el centro de Bogotá. Al mismo tiempo, yo luchaba contra la tentación de abrir los ojos y contra la incomodidad de "ponerme en contacto con los sentimientos y las sensaciones" en un salón lleno de personas desconocidas rozándome. La música cambió. No sentí que nadie se atreviera a caminar al ritmo del post punk que ahora sonaba.

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"¡Qué colita tan rica!", gritó una voz desde uno de los extremos del salón. "¡Tan bonita y tan solita!", la siguió otra en el otro extremo. "¿Quiere que le pegue? ¿Eso es lo que quiere? ¿Que le pegue?", dijo una tercera voz. En medio de las frases, que a veces cogían de frente orejas desprevenidas, empecé a sentir la conexión con los sentimientos de los que habían hablado antes de empezar el ejercicio. Me di cuenta de que había bajado la cabeza y que había tensionado el cuerpo. Empecé a sentir un cosquilleo en la espalda que usualmente siento cuando me da ansiedad, y me di cuenta de que los extremos del salón habían quedado desiertos: todas estaban condensadas en un nudo en la mitad del minúsculo espacio.

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El evento lo dirigía el Observatorio Contra el Acoso Callejero (Ocac), un grupo de seis amigas, todas en sus veintes, que en 2014 decidieron unirse y darle un nombre a sus ganas de frentear los chiflidos, las miradas y las palabras no solicitadas que recibían en la calle. Eventualmente, decidieron incluir a otras en sus conversaciones, y compartirles lo que por dos años habían estado discutiendo en sus reuniones y en su página de Facebook. Así nació el Taller Maleta de Herramientas, un evento de dos días para aprender a lidiar y a responder a los roces en Transmilenio, los "mamacita" y las agresiones físicas más violentas.

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Del taller y del Observatorio me enteré en febrero, cuando conocí y hablé con Jennyfer Vanegas, una de las integrantes del Ocac. Lo que me contó Jennyfer prometía enseñar a soltar los mejores comebacks y uno que otro movimiento de Artes Marciales Mixtas (o MMA, si uno le hace caso a su nombre en inglés) frente a las frases que los hombres ––muchos hombres, todavía–– le escupen a uno en la cara. Dos meses después recibí un correo, que había sido enviado a otras 30 personas, con la fecha y lugar del evento y la noticia de que había sido elegida para conocer la Maleta de Herramientas. La selección, luego me enteraría, se había hecho en función de las personas que tuvieran colectivos propios y que pudieran difundir y replicar lo que las seis integrantes del Ocac nos enseñarían. Toda una gestión de formación en cadena.

¿Por qué carajos existen 30 colectivos y 30 personas interesadas en aprender a defenderse de eso que llaman acoso callejero? Según una encuesta realizada en enero de 2015 por el Observatorio de Mujeres y Equidad de Género, de la Secretaría Distrital de la Mujer, las mujeres sienten que la inseguridad en el espacio público es el problema que más afecta su calidad de vida en Bogotá. Después de la amenaza de atracos y agresiones, la violencia al interior de la familia y la falta de empleo, las situaciones específicas de acoso sexual en la calle y en el transporte público son el cuarto motivo de preocupación para las bogotanas. Es más, el 60% de las encuestadas aseguraron que, en los últimos tres años, la situación de seguridad ha empeorado, mientras que un 28% asegura que sigue igual y sólo un 11% opina que ha mejorado.

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Hay sensación de amenaza e inseguridad. Y hay interés por aprender a defenderse. En la misma encuesta, el 20% de las mujeres opinaron que las Casas de Igualdad de Oportunidades, que son dependencias de la Secretaría de la Mujer, debería ofrecer formación en técnicas de defensa personal. El 20% de las bogotanas piensan que, en Bogotá, es necesario saber cómo hacer una llave o meter un traque.

***

Llegué a La Redada, una casa en La Candelaria que se autodenomina 'miscelánea cultural', a las 3:40 de la tarde de un viernes. Natalia Giraldo ––una de las intengrantes del Ocac con quien hasta ahora solo había hablado por correo–– me abrió la puerta, me saludó y me presentó a la segunda Natalia, de apellido Idrobo, y a Daniela Villa, las otras dos integrantes del Ocac que dirigirían el taller ese viernes. Mientras terminaban de imprimir material y de digerir los nervios, la primera Natalia me empezó a contar cuál era la idea del taller: "identificar qué es acoso callejero, qué personas son víctimas de ese acoso, en qué lugares y cómo se puede reaccionar".

En medio de sillas que apenas terminaban de acomodarse y mugre que acababan de barrer, me dieron mi propia Maleta de Herramientas, que el resto de asistentes recibiría al final del taller: una tula negra con dos manos estampadas haciendo pistola que incluía una infografía con la definición de acoso callejero –formas de violencia verbales, gestuales o físicas que se ejercen sobre la identidad sexual o de género de una persona (mujeres, gays, trans, lesbianas etc.)– otra de cómo responder al acoso, un mapa dibujado de una ciudad, un botón y una cartilla con toda esa información condensada y con instrucciones de cómo replicar el taller.

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La gente empezó a llegar y a ocupar las sillas del salón: un hombre, el resto mujeres, todas jóvenes ––sólo una tenía canas––, muchas tímidas. Solo algunas, ya conocidas, hablaban entre sí.

– La idea no es darles una lista de instrucciones de qué hacer frente al acoso, sino que entre todas vayamos construyendo el diálogo. Esta cartilla es su arma para hablar con otras chicas.

La introducción a lo que parecía ser el nivel uno de militancia feminista empezó con un ejercicio que uno no esperaría ser del tipo de parársele en la raya a un tipo en la calle: Natalia nos pidió que nos pusiéramos de pie y que nos presentáramos agregando un objeto que empezara por la primera letra de nuestro nombre. "Soy Tania y me gusta la trucha", dije. Y a medida que cada quien se presentaba tenía que repetir los nombres de las que habían hablado antes. Después de nombrar elefantes, jarras, xilófonos y de romper el hielo de una de las formas más incómodas y, por tanto, efectivas, Daniela-dinosaurios nos pidió que antes de empezar a hacer los ejercicios debíamos acordar ciertas cosas:

1. Teníamos que respetar los límites corporales y emocionales de las demás.

2. Las propuestas no estaban terminadas. Cada quien podía hacer los aportes que considerara pertinentes.

3. Cada quien podía participar en lo que quisiera. Nada era obligatorio.

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¿Respetar límites corporales? ¿Respetar las emociones? ¿Podía negarme a participar? ¿Qué carajos íbamos a hacer?

Daniela nos dio las instrucciones para el ejercicio en que caminaríamos, con los ojos cerrados y al ritmo de la música, mientras la escuchábamos a ella, a Natalia y a Natalia gritarnos "Esa gorda contamina visualmente" o "Usted tan vieja, agradezca que le digo algo".

Después de cinco minutos de terapia de choque, la música paró, abrimos los ojos y nos volvimos a sentar.

–¿Cómo les fue? ¿Quién quiere decir qué sintió?– preguntó Daniela.

Un par de manos se levantaron.

– Yo sentí mucho fastidio e incomodidad. Quería salir corriendo.

– Yo quería pegarle a alguien.

– Yo sólo sentí incomodidad con el discurso, pero sentí que todos los cuerpos alrededor mío no estaban en mi contra.

– Alguien, a mí, me dio un cabezazo.

– A mí me dio mucha impotencia sentir que no podía hacer nada frente a las frases que escuchaba.

– Yo me quedé quieta. Sentí miedo. Sólo quería botarme al piso y gritar.

Tenía ganas de mandar patadas como adolescente en medio de un pogo. Varias hablaron de cómo la situación las había hecho sentir como en un tumulto de Transmilenio, expuestas y sin forma de evitar el contacto con desconocidos. Para otras el hecho de cerrar los ojos había evocado callejones oscuros en los que no se sabe quién va a aparecer al otro extremo. A otras incluso las había hecho pensar en situaciones que habían vivido en su propia casa. Pero todas, sin excepciones, se habían sentido mal.

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–El acoso pasa por el cuerpo, por eso los sentidos son la principal herramienta para percibirlo, saber qué es y cómo podemos reaccionar– dijo Natalia.

Según un boletín del Observatorio de Asuntos de Género de la Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer, frente a la afirmación "las mujeres que se visten de manera provocativa se exponen a que las violen", el 37% de los colombianos manifestó estar de acuerdo. Y si bien el porcentaje presenta un avance frente al 59% que manifestaba estar de acuerdo en 2009, sigue siendo alarmante el porcentaje de colombianos que, frente a una violación, se apresuran a evaluar lo que la víctima hizo mal.

La situación se torna aun más difusa cuando se habla de actos que no se consideran abiertamente como agresiones y violencias contra la mujer. Ese es el caso de los "piropos", los insultos y los gestos más cotidianos que se dan en espacios públicos y que, muchas veces, ni las mujeres mismas reconocen como actos violentos.

No obstante, las reacciones de miedo, odio, incomodidad e impotencia que, sin excepciones, sentimos las veintitantas ese viernes después del ejercicio, parecían mostrar otra realidad, en la que "frases inofensivas" sí tenían reacciones evidentes a nivel psicológico y emocional. Mi engarrotada física lo había dejado bien claro.

[Lea también: Lo que hacen las mujeres cuando nadie las está mirando ](https://www.vice.com/es_co/read/lo-que-hacen-las-mujeres-cuando-nadie-las-est-mirando)

De hecho, el Estado reconoció en 2008 eso mismo que mi cuerpo me hizo saber el viernes. La ley 1257 de 2008 asegura que Colombia reconoce como violencia contra la mujer cualquier acción que le cause daño psicológico a una persona por su condición de mujer en el ámbito público o privado. Es decir, si yo me siento impotente, incómoda y llena de miedo cuando me dicen "mamacita" o "vieja bruta", podría alegar eso que la ley dice.

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Sin embargo, caminar por la calle como mujer en Bogotá parece no apegarse mucho a la norma. La ciudad, ante todo, se siente como un espacio hostil para las mujeres. O esa fue la reflexión de las 8:00 de la noche cuando se terminó la última actividad de ese día:

La instrucción: marcar en un mapa de una ciudad qué lugares se sentían seguros y cuáles inseguros.

El resultado: todos los mapas terminaron tachados de lugares que se sentían peligrosos (un taxi, un parque, Transmilenio, cruzar un puente por encima, o por debajo, andar sola por donde sea en general) mientras que los lugares seguros se podían contar con la mano (la casa, un museo, un supermercado).

Una encuesta de la Secretaría Distrital de la Mujer mostraban que en 2014 el 48% de las mujeres se sentían temerosas al usar el sistema de transporte, frente al 31% de los hombres. Y que el 34% de las mujeres había preferido no usar Transmilenio por temor a sufrir algún tipo de violencia sexual frente a un 18% de hombres que manifestaban el mismo temor.

–Creo que es evidente que transitamos los espacios en la ciudad condicionadas a la violencia– dijo Natalia antes de concluir ese día de taller.

Después de salir, me colgué al hombro la tula con las dos manos haciendo pistola estampadas y me fui a mi casa en Transmilenio.

***

Al siguiente día llegó la parte que más de una había esperado ansiosamente desde las 4 de la tarde del día anterior: cómo defenderse del acoso.

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La mala noticia es que no hay una guía paso a paso sobre qué hacer en cada situación de acoso. La buena noticia es que sí hay varias cosas que se pueden hacer, que le han funcionado a varias de las que estaban presentes ese día y que le podrían ayudar a usted la próxima vez que tenga que lidiar con un boquisucio o un manisuelto en la calle.

Digamos que, si me pusieran a hacer una guía de lo que aprendí ese día, con las mejores ideas de las asistentes y de la cartilla del Ocac de la Maleta de Herramientas, sería de la siguiente manera:

Sepa qué cosas quisiera hacer y con qué se siente cómoda

Ponerse a responderle a un tipo que le acaba de decir "mamacita" podría ser el peor escenario para algunas personas. Hay personas que prefieren no tener ese tipo de confrontaciones. Por eso, lo primero es saber qué la hace sentir cómoda, y a partir de eso escoger estrategias de respuesta que se acomoden a lo que la haga sentir bien.

Actuar con cabeza fría

Aunque a veces puede ser jodido, lo primero es tratar de mantener la calma. Es probable que si alguna vez le respondió a alguien en la calle haciéndole pistola o soltándole un insulto, lo que recibió a cambio fue: "¿por qué tan bravita?". Muchas veces eso es lo que está buscando el que la ofende: que usted reaccione con rabia. Así que tranquilícese, piense con calma, respóndale con lo que no espera.

Responder sin palabras

Las miradas y los gestos corporales pueden ser también una forma de responder. A veces cambiar el caminado, o asumir una actitud altiva la pueden ayudar a expresar su molestia o inconformidad. Lo mismo con las miradas, puede fruncir el ceño o mirar fijamente. Es más, cambiar la forma de caminar o la forma en que mira le puede servir para evitar el acoso. La próxima vez que tenga que pasar al frente de un grupo de tipos que sienta le van a decir algo camine como si los fuera a robar, de pronto así no se meten con usted. Igual, sea responsable y evalúe los riesgos.

Ser firme y concisa

Una de las cosas que pueden pasar si decide responder verbalmente al acoso es que termine ahogándose en un ir y venir de preguntas y explicaciones con una persona que, muy probablemente, no está interesada en escucharla. Por eso sus respuestas tienen que ser concisas, breves, firmes y, si la situación lo amerita, repetitivas. Ejemplo:

–Chao mamacita.
–No me gusta que me hable así.
–¿Pero por qué mamita?
–No me gusta que me hable así.
–¿Por qué tan bravita?
–No me gusta que me hable así.

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Puede jugar con los tonos para enfatizar la idea. Trate de ser firme y de expresarse con confianza y firmeza.

Responder con humor

Una de las mejores estrategias es responder con algo completamente inesperado. Y muchas veces el humor y la creatividad son la respuesta.

Lo puede hacer sin palabras: puede hacer caras chistosas, olerse las axilas, o, si se le mide, sacarse un moco o ponerse a babear. Hacer algo que se vea asqueroso puede desconcertar al sujeto en cuestión y que automáticamente la deje en paz.

O lo puede hacer verbalmente: diga cosas inesperadas que nada tienen que ver con la situación. Ejemplo:

– Chao linda.
– Son las 4:30.

– Mamita, deme un piquito.
– Me estoy tirando un pedo.

Decirle al tipo que se le desamarró un zapato o hablarle del clima pueden ser otras opciones. Todo depende de su creatividad.

Cuando la amenaza es física

Hay momentos en que puede ser necesario responder físicamente ante la amenaza de un ataque. Para esto, la cuestión también es un poco de creatividad: vea cómo las cosas con las que carga normalmente tienen el potencial de volverse armas.

Las llaves de su casa, si se las pone entre los dedos, apuntando hacia fuera, y cierra el puño pueden ayudarla a dar un golpe más contundente. Lanzar el contenido de una botella a la cara pueden darle tiempo para huir de una situación peligrosa. Incluso puede lanzarle una toalla higiénica a la cara a alguien: aproveche lo intimidante que puede ser una toalla o un tampón para algunas personas. Y aproveche lo que cree que son desventajas, por ejemplo, ser pequeña: podría serle más fácil pegar una patada en la entrepierna.

Cuando es alguien más el agredido

Todo lo anterior también lo puede aplicar cuando no sea usted directamente la persona que reciba el ataque. Igual, puede reprochar con palabras, frases inesperadas o con miradas. También puede acercarse a la persona víctima del acoso, a veces preguntarle a alguien amablemente si está bien puede ayudarle a llevar la situación. Pero evalúe la situación, a veces la persona puede estar muy alterada y no responder de la mejor forma si usted se acerca.

Lo más importante es que las situaciones de acoso no pasen desapercibidas, que todas sus formas, incluyendo los "piropos inofensivos", sean sancionadas y se empiecen a ver como actos reprochables, y actos que, además, tienen consecuencias directas en el bienestar de las mujeres.

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Antes de cerrar los dos días de taller, sin planearlo, varias asistentes terminaron contando historias de conocidas suyas, o sus propias historias, sobre casos de acoso que habían padecido. Y mientras cada una de las que decidió hablar contaba una, varias de las asistentes empezaron a soltar lágrimas que hablaban de un sufrimiento con el que se aprende a cargar y que en muchas ocasiones pasa desapercibido.

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Pruebe la del moco y cuéntele por acá a Tania si le funcionó o no.