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Cultură

El bar tailandés dirigido por trabajadoras sexuales que busca acabar con la explotación y la trata

Can Do en el norte de Tailandia es probablemente el primer y único bar en el mundo cuyas propietarias son trabajadoras sexuales en su totalidad.
26.10.15

Can Do en el norte de Tailandia es probablemente el primer y único bar en el mundo cuyas propietarias son trabajadoras sexuales en su totalidad.

Este artículo fue publicado originalmente en Broadly, nuestra plataforma dedicada a las mujeres.

Sentada frente a su bar en Chiang Mai, al norte de Tailandia, Mai Janta me dice que tiene arrepentimientos sobre el trabajo sexual: desearía haber comenzado a hacerlo antes. "Trabajé en una panadería, en un restaurante, administré un pequeño negocio, trabajé en un programa de reserva natural del gobierno", dice, enfatizando lo mucho que odiaba la panadería, en particular. "A veces creo que perdí mi tiempo haciendo todos estos otros trabajos antes de dedicarme al trabajo sexual. Debí haber comenzado a hacerlo desde mucho antes".


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Malee Van Derburg, quien ha sido trabajadora sexual durante décadas, así como activista prolífica y defensora de los derechos de las trabajadoras sexuales, intervino. "En mi carrera, he construido cuatro casas, he ayudado a tres personas a cursar la universidad y tengo a mis dos hijos en una escuela privada en Tailandia", dice con orgullo. "He hecho más para contribuir a la infraestructura de mi pueblo y a las necesidades básicas de mi familia que lo que cualquier gobierno u ONG internacional ha hecho".

"No es sólo el dinero", añade Janta, "también tienes un montón de tiempo libre, puedes estudiar durante el día, tienes más libertad que en otros trabajos. Y aprendemos sobre el comportamiento humano. Es muy interesante. Aprendemos otros idiomas, conocemos gente de todas partes del mundo".

Fah le enseña a bailar en el tubo a su amiga Peung en el Can Do.

Le pregunto a Janta que es lo que cambiaría del trabajo sexual —"pero, ¿cuáles son los inconvenientes?"—y contesta rápidamente. Ella quiere que se despenalice el trabajo sexual en Tailandia para que todos los trabajadores sexuales estén protegidos por la legislación laboral, porque eso le podría fin a la explotación laboral en la industria. Y le gustaría que los clientes fueran más ricos y más guapos.

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Tanto Janta como Van Derburg son miembros de Empower, una organización que aboga por los derechos de los trabajadores sexuales en Tailandia. Janta es también la gerente del Can Do, un pequeño y descolorido bar sobre una calle tranquila al suroeste de principal distrito rojo de Chiang Mai, Loi Kroh Road.

El estereotipo de las mujeres asiáticas que son traficadas y explotadas por turistas sexuales significa que pocas personas en el oeste esperan que las trabajadoras sexuales tailandesas estén a la vanguardia de un esfuerzo radical por los derechos de las trabajadoras sexuales, pero a pesar de su modesto exterior y de que no está en muy buen estado, el bar Can Do representa justamente eso.

Según Liz Hilton, una mujer australiana que originalmente se unió a Empower como voluntaria y que ahora lleva 23 años trabajando con la organización —tanto tiempo que se siente más cómoda hablando en tailandés que en inglés—, Can Do es el único bar en Tailandia, sino es que en el mundo, que es propiedad de un colectivo de trabajadoras sexuales, quienes también lo administran, y que está diseñado para poner el ejemplo de excelentes condiciones de trabajo en la industria.

"El bar Can Do surgió porque los trabajadores sexuales habían estado abogando por [los derechos de los trabajadores] y estuvieron trabajando en condiciones de mierda durante años", explica Hilton. "Un día un grupo de trabajadores sexuales aquí en Chiang Mai dijeron: 'En realidad el gobierno no lo entiende, nadie entiende de lo que estamos hablando, vamos a tener que construirlo nosotros mismos, no podemos esperar más'. Así que juntaron su dinero. Juntaron un millón de baht [casi $500,000 pesos] entre todos y crearon el bar".

Un póster en el bar Can Do.

Si tomamos en cuenta el tamaño, la historia y las condiciones de la industria del trabajo sexual tailandés, no es de sorprenderse que los trabajadores sexuales se estén movilizando y exijan un cambio. Tailandia tiene aproximadamente 300,000 trabajadores sexuales. Además de una considerable demanda interna, el turismo sexual es enorme —así ha sido desde la década de 1960, cuando el país fue identificado por el ejército estadunidense como un destino ideal para "descanso y relajación" para los soldados que estuvieron en la guerra de Vietnam—. Sin embargo, las leyes en torno a la prostitución siguen siendo vagas: dependiendo de tu interpretación de la ley tailandesa, o es ilegal o al menos está muy restringida.

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Dado que los bares donde hay trabajadoras sexuales simplemente le pagan a la policía notoriamente corrupta para que se haga de la vista gorda, las mujeres que trabajan en la industria no son contratadas formalmente y su profesión no se reconoce, lo que las deja sin derechos legales o acceso a la seguridad social, como asistencia médica y pensiones.

Los bares —que por lo general son de hombres que sólo quieren hacer dinero— explotan la precaria situación de los trabajadores sexuales mediante reglas del bar. Janta explica que los bares hacen dinero de las bebidas caras que los clientes deben comprar para pasar tiempo con las mujeres que ellos quieren estar dentro del bar, y de las cuotas del bar que los hombres deben pagar cuando quieren llevarse a una trabajadora sexual fuera del bar.

Por lo general, los dueños de los bares les pagan muy poco a las trabajadoras sexuales, entre 3,000 baht ($1,390 pesos) y 13,000 baht ($6,000 pesos) al mes. Pero para que en realidad reciban este salario, las mujeres que trabajan en los bares deben conseguir que les compren cierta cantidad de bebidas y cuotas, de no ser así pierden parte de su salario. También pueden perder dinero por cometer alguna infracción: multas por retrasos, por no asistir a las reuniones e incluso por cada kilo de peso que suban. Con tantas multas es posible, y bastante fácil, estar en números rojos y deberle dinero al bar al final del mes.

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A pesar de esto, las mujeres en Empower creen que la explotación no es inherente al trabajo sexual. Con una postura similar a la de Amnistía Internacional, argumentan que la explotación es el resultado de la falta de protección legal, respaldada por la actitud negativa y generalizada de la sociedad tailandesa hacia los trabajadores sexuales. Mientras que Empower hace campaña para un cambio social, Can Do busca modelar las condiciones de trabajo que los trabajadores sexuales quieren.


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"Trabajamos de acuerdo con la legislación laboral tailandesa", explica Janta. "Sólo trabajamos un turno de ocho horas, nos pagan de acuerdo con la ley de trabajo, no hay recortes salariales, tenemos un lugar de trabajo seguro y saludable, tenemos cuatro días libres al mes. Y tenemos acceso al régimen de seguridad social".

A diferencia de otros bares, los trabajadores sexuales en Can Do no se ven forzados a beber bebidas alcohólicas —si les compran una bebida pueden elegir si quieren alcohol, jugo o refresco—. Tampoco hay cuotas para que salgan del bar, dejando a las mujeres en libertad de ir y venir como les plazca.

Durante el día, las habitaciones que están detrás y arriba del bar se utilizan para reuniones, juntas, clases y talleres. Thanta Laowilawanyakul, una mujer ocurrente y sonriente que me dijo que la llamara "Ping Pong", señala que Can Do un espacio de vital importancia, ya que reúne a personas que no suelen mezclarse: trabajadoras sexuales de diferentes partes de la industria —desde bares, salones de masaje y burdeles— y de diferentes países. Es un lugar donde la gente puede reunirse, socializar, relajarse, intercambiar información y organizarse.

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Era viernes por la noche cuando visité el Can Do, por lo que a las 6PM Fah Sang-Hut, el más joven del grupo, abrió el bar y nos llevó a Hilton y a mí las primeras cervezas. Janta desapareció y regresó después con la boca pintada con un labial rojo.

En otros bares —en Loi Kroh y en otros distritos rojos de Tailandia— los trabajadores sexuales a menudo se ven aburridos y estresados, escupiendo en la calle, bajo la presión de atraer a los hombres o perder parte de su salario, pero en Can Do parece que hay un montón de cosas que hacer y poco de qué preocuparse.

Mientras esperan a los clientes, dos mujeres juegan billar, Sang-Hut trata de enseñarle a su amiga Peung como bailar en el tubo y un grupo de mujeres toman un coctel azul, el cual me dio una terrible resaca al día siguiente.

Malee ha sido trabajadora sexual durante décadas y también trabaja como activista de los derechos de los trabajadores sexuales.

Cuando entra un cliente, nadie parece estar interesado en él. A medida que las mujeres comienzan a desaparecer una por una, Janta (el cliente) admite a regañadientes que tiene una mala reputación: es demasiado tacaño. Al final lo dejan solo en el bar y finalmente se va, rechazado. Más tarde, cuando regresaba en bici a casa, lo vi recoger a una mujer de otro bar. Me pegunto si ella tiene una cuota que cubrir.

Regresando al Can Do, tontamente empecé a tomar del cóctel azul y le pregunté más a Hilton sobre Empower. Ella le dijo a las de adentro que bajaran la música y me dijo que la organización la inició un activista llamado Chantawipa Apisuk y un grupo de trabajadores sexuales en 1985 en Patpong, un distrito rojo en Bangkok. Empower empezó siendo algo informal, como un grupo de mujeres que platicaban, luego como una clase de inglés y más tarde se convirtió en una organización de defensa para promover los derechos humanos de las trabajadoras sexuales. La intención era proporcionar un espacio que fuera de las trabajadoras sexuales donde pudieran organizarse y hacer valer sus derechos a la educación, la salud, el acceso a la justicia y participar en la política.

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Hoy en día, Empower tiene bases en varias ciudades tailandesas, incluyendo Chiang Mai, Phuket, Bangkok y Mae Sot. Tan solo en Chiang Mai la organización tiene un alcance en 239 bares, salones de masaje, burdeles y otros lugares en los que trabajan los trabajadores sexuales, ofreciéndole apoyo unas 3,500 mujeres.

Hilton dice que en 1985 no había otras organizaciones particularmente interesadas en el trabajo sexual en Tailandia. Hoy en día se puede decir que el panorama es otro —hay muchas organizaciones dedicadas a trabajar con trabajadores sexuales—. Pero Hilton insiste en que Empower es única. "Somos la única organización que trabaja con los trabajadores sexuales", dijo, explicando que Empower es dirigida por trabajadoras sexuales, y la agenda siempre la han establecido mujeres. Hilton asegura que otras organizaciones hacen sus propias agendas, por lo general, con la premisa de que el trabajo sexual es malo y que los trabajadores sexuales son víctimas ya sea de la pobreza o de la trata. Muchas de estas organizaciones incluso se oponen explícitamente al trabajo sexual por motivos religiosos.

Según ella esto hace que el trabajo de muchas ONGs sea inútil: al igual que perpetuar el estigma, simplemente no están interesados en comprometerse con los problemas prácticos a los que se enfrentan los trabajadores sexuales.

"Ellos dicen que están trabajando para los trabajadores sexuales", me dijo Van Derburg, "y tal vez nosotros queramos ir y aprender inglés con ellos, pero entonces ellos quieren que cambiemos nuestro trabajo y nuestra religión, así que en realidad sólo somos como sus víctimas". Ping Pong está de acuerdo con esto. "Utilizan a los trabajadores sexuales como voluntarios para hacer algunos trabajillos, pero no pueden estar al mando, manejar el presupuesto o diseñar el programa".

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"En otros lugares no puedes vender sexo y trabajar para esa organización, hacen que dejes de trabajar", añadió Van Derburg. "Algunos de ellos tienen la regla de que no puedes ir al lugar donde antes trabajabas o relacionarte con tus viejos amigos".

"Muchas de las mujeres con las que hablé tienen ambiciones más allá del trabajo sexual, pero eso no quiere decir que quieren dejar el trabajo sexual por completo. Al contrario, lo ven como un trabajo de medio tiempo potencialmente lucrativo y flexible, una elección que Empower apoya. "Hay más de 100 mujeres en Chiang Mai que ahora están en la universidad después de que terminaron de estudiar con nosotros", me dijo Hilton.

Al final saqué a colación un tema especialmente sensible para las mujeres: El tráfico sexual, y las numerosas iniciativas en Tailandia para detenerlo. En 2012, Empower publicó un informe condenatorio alegando que "hemos llegado el punto en la historia en el que hay más mujeres en la industria sexual tailandesa que están siendo víctimas de las prácticas contra la trata que mujeres que en realidad son explotadas por la trata".

Le pedí a Hilton que se explicara. "Hubo un problema masivo [con la trata], hasta casi 1998", me dijo. "Empower estuvo durante todo eso, estábamos en los burdeles, sabemos exactamente como se ve el problema de la trata". Ella insiste en que, desde la experiencia de Empower, el tráfico sexual en Tailandia ahora está casi extinto.

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Además, dijo que las estrategias empleadas por las organizaciones que luchan contra la trata tienen muchos puntos débiles. "Las mujeres que sabemos que están en trabajos forzados tampoco las quieren las estrategias que están ofreciendo ahora", me dijo, argumentando que lo que las autoridades tailandesas llaman "rescatar y repatriar' a las víctimas de la trata es en realidad un proceso violento, mejor descrito como "arresto, detención, y deportación". Las operaciones de rescate y repatriación a menudo son indiscriminatorias, de manera agresiva sacan a los migrantes que vienen por su voluntad sin documentos, en lugar de a las mujeres que son víctimas de la trata.

En el informe, Empower describe un incidente en el que 50 policías armados irrumpieron en un karaoke bar y detuvieron a ocho mujeres que trabajaban allí, todas migrantes birmanas, encerrándolas en los baños cuando intentaban escapar. Se le ordenó a las mujeres poner sus huellas digitales en las declaraciones escritas en tailandés, las cuales no podían entender. Sus teléfonos y objetos personales fueron confiscados y fueron detenidas durante más de un mes.

La postura de Empower en cuanto a la trata es controversial —contradice directamente a organizaciones como a la ONU, la cual cree que el tráfico sexual sigue siendo un problema importante en Tailandia— pero es difícil hacer caso omiso de las voces de las mujeres migrantes que han sido testigo y han experimentado tanto la trata como las iniciativas contra la trata.

Un dibujo educativo en la pared del salón de clases de Empower, arriba del bar Can Do.

Van Derburg está particularmente informada sobre el tema, ella viajó voluntariamente a Tailandia desde su aldea en Birmania cuando tenía 15 o 16 años, en un momento en el que el tráfico sexual era común. Ella rechaza firmemente la historia convencional sobre la trata de personas y la etiqueta de "víctima".

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Yo decidí emprender una aventura y, con suerte, construir una mejor vida para mí y mi familia", escribe en internet, "era natural para mí convertirme en la cabeza de la familia. Nadie más iba a proveer… Millones de nosotras, chicas jóvenes de todo el mundo han estado en esta situación y han tomado la misma decisión".

Cuando llegó a Tailandia, Van Derburg, al igual que Janta, tuvo varios trabajos domésticos que consideraba aburridos, antes de que un amigo la animara a intentar el trabajo sexual cuando tenía 21 años. Descubrió que podía ganar más dinero como trabajadora sexual del que jamás había ganado antes.

En total, 206 tailandeses y trabajadoras sexuales migrantes, entre ellas Van Derburg y Janta, participaron directamente en las investigaciones de Empower y muchos más fueron entrevistados. En la introducción del informe, escriben de manera elocuente y mordaz sobre los dobles estándares sexistas que experimentan las trabajadoras sexuales migrantes, hacen la siguiente pregunta: "¿Por qué el mundo tiene tanto miedo de tener mujeres jóvenes, de clase trabajadora, que no hablan inglés y que no son blancas por ahí?

"Nos vemos obligadas a vivir con la mentira moderna de que los controles fronterizos y las políticas contra la trata son para nuestra protección", continúa el informe. "Ninguna de nosotras cree esa mentira o quiere ese tipo de protección. Nos han espiado, arrestado, separado de nuestras familias, nos han confiscado nuestros ahorros, interrogado, encarcelado y puesto en manos de hombres con armas de fuego, con el fin de enviarnos a casa … todo en nombre de la 'protección contra la trata de personas'".

En Tailandia, como en el resto del mundo, parece que muchas personas todavía no están dispuestas a escuchar a los trabajadores sexuales. Pero las mujeres en Empower son ingeniosas, tenaces y están decididas a cambiar esto al encontrar continuamente nuevas maneras de comunicar su mensaje, hasta que finalmente sean escuchadas.

"Tenemos nuestra obra con el nuevo teatro, un libro y una película", dice Mai. "Tratamos y nos aseguramos de que tenemos un lugar en diferentes espacios sociales y en diferentes escenarios y foros, para que cualquier tipo de persona de la que hablemos también hable desde el punto de vista de los trabajadores sexuales".

Al salir Ping Pong del bar, dijo que tenía una última cosa que quería decirme. Ella sugiere una solución simple para las personas que tienen algún problema con el trabajo sexual. "La gente que dice: 'las trabajadoras sexuales esto o aquello, o lo que sea', no necesitan estar preguntándole a otras personas nada sobre las trabajadoras sexuales", dice ella. "Es 2015; ¡vayan a preguntarle a una trabajadora sexual!"