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La nube negra que nos une

¡POLLO PARA EL PUEBLO!

No nos engañemos, el grafiti se ha venido convirtiendo en una institución. Terrible dependencia del poder, patética idea de una democracia.

El general de Policía, rayando las paredes que había mandado limpiar (Revista Hekatombe, vía Facebook).

Ayer iba en mi bicicleta por la avenida Suba, día soleado, viento frío. Un grupo de unos diez borraba un grafiti, todos vestidos de negro, jóvenes hasta el último vello, parecían silenciosos y opacos, auque tal vez fue el color de sus ropas el que me confundió, tal vez sólo era otro grupito de muchachos felices. Pensé en el gesto de borrar que a veces puede ser mucho más poderoso que el de llenar.

Se me vino a la cabeza una imagen apocalíptica: todos los grafiteros de Bogotá saliendo en masa a borrar sus propios grafitis, en sus brazos largos rodillos y sendos recipientes con pintura gris ciudad, gris neutro, gris sin reproche. Los vi en mi fantasía orgullosos quitándole a los unos y a los otros el poder de decidir sobre el significado de sus pinturas y sus firmas, los vi por un segundo libres de tanta institucionalidad.

Porque no nos engañemos, el grafiti se ha venido convirtiendo en una institución; se lo están tragando de a poquitos los políticos y los gestores culturales que ven en él una fuente inagotable de decoración barata para las calles insipientes y llenas de casas partidas a la mitad. De un momento a otro se dio por sentado que el grafiti es un Arte con mayúscula y las calles una inmensa galería que no da trago gratis en sus inauguraciones. El grafiti se convirtió en la escudería estética tanto de la izquierda como de la derecha, unos utilizándolo como estandarte de expresión y de resistencia y los otros, como les gusta tanto, mostrándolo como la basura y suciedad que se nos viene encima si permitimos que ciertos valores morales sean pisoteados por la plebe.

Y nosotros los ciudadanos, como siempre, en la mitad de esta payasada pictórica, preocupados por los pelaos; porque a unos como a Bieber, la policía los protege para que Bogotá se vea más internacional y a otros les dispara para que Bogotá se sienta más segura. Un día borrando y al otro con pancartas ayudando a pintar prometiendo apoyo a la ciudadanía en sus decisiones, un día de izquierdas multi tonales, al otro grises y estáticos como la derecha. Preocupados por quiénes van a gobernar y de qué forma, como si eso dependiera de ellos y no de nosotros, esperando a que el papá nos deje pintar las paredes de nuestro cuarto como queramos, o que un día en un arranque de autoridad, nos lo pinte como a él se le de la gana.

Los grafiteros mientras tanto tampoco ofrecen demasiada resistencia, se dejan acompañar por la Policía, como paso el fin de semana pasado, y hasta dejan que el general de bigote haga unas pintas mentirosas sobre un grafiti al frente de las cámaras de un noticiero. Terrible  dependencia del poder, patética idea de una democracia.