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RockOut Fest: CUMBRE INTERNACIONAL DE ROCK DEFORME

"Sería bueno para el resto de países de Latinoamérica que esta franquicia se expanda. Somos varios los que nos quedamos dormidos al leer el cartel de otros festivales en la región."
10.12.14

El asfalto ardiente de la carretera que comunica a Santiago De Chile con la ciudad balnearia de Viña Del Mar estaba atascado de coches a las 13hs del sábado 6 de diciembre. El RockOut Fest, una transformación feliz de lo que fue el festival Maquinaria en años anteriores, parecía tener un éxito inusitado. Pero no era tan así. La conjunción de turistas-express-de-finde-largo más un multi accidente de autos dejaba a todo el mundo lejos del Espacio Broadway, el recinto elegido para la locura musical que duraría más de 10 horas. No habría atascos debidos al RockOut, pero no precisamente porque este haya carecido de éxito. “Decidimos hacer algo más artesanal, más pequeño. Pusimos 15.000 tickets a la venta y ya llevamos más de 14.000 vendidos” me decía Leonardo Valeria, el responsable de este festín distorsionado en medio de la aridez montañosa.

La logística comenzaba a funcionar exactamente a las 14hs en uno de los tres escenarios -todos similares en tamaño-. Cómo Asesinar a Felipes lo tomaba por asalto y entre samples noir y sintetizadores-aplanadora, comenzaba a descargar su arsenal. Los “desafiantes del Sol”, como Koala Contreras –voz de CAF- llamaba al público, se acercaban sin pausa a las tablas. Para quien no los conozca, estamos ante una auténtica esperanza musical de la región. Los Felipes son, ante todo, un conjunto de inconformistas. Bajan a tierra una epopeya sonora extraterrestre. Vale, ¿prefieren definiciones convencionales? Lo intentaré: jazz de trío+hip hop profundo y retorcido+ambiente de soundtrack oscuro. Es lo mejor que puedo definir a un grupo al que hay escuchar -y en lo posible ver- para entenderlo. Tocaron entero su último EP V -producido por Bill Gould de Faith No More y grabado en sus estudios de Oakland- de seguido y luego saltaron entre algunos de sus mejores temas del pasado. La transgresión sonora y la irreverencia en las formas musicales tienen unos padrinos de lujo en el barrio de Ñuñoa en la capital chilena.

Aún con los CAF despidiéndose, comenzó a atronar Helmet en el otro escenario. ¿Quién hubiese apostado a que Page Hamilton y los suyos estuviesen tan vigentes? Eso, siguen en actividad, y siguen en sus quince. “Unsung”, “Wilma’s Rainbow”, “In The Meantime” y sobre todo “Just Another Victim” aquella mítica colaboración con House of Pain son iconos noventeros deluxe, así lo evidenciaba el exaltado público “guachaca”.

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Thurston Moore acompaña sus declaraciones a los periódicos de Argentina y Chile con coherencia escénica; “Sonic Youth no murió” era el titular repetido. Y es la conclusión luego de ver su show, no porque haya hecho un auto tributo, para nada, simplemente es que su espíritu está tan presente en su banda de toda la vida como en su banda actual. Ruido etéreo y canciones abiertas para mirar la nada y, mientras tanto, esperar emociones mágicas como devolución, que finalmente siempre aparecen.

Sin respiro, Melvins –Buzz Orborne y Dale Crover acompañados por Trevor Dunn en bajo- empezaban con el pulso drone de “Eye Flys”, un comienzo avasallante y tímido al mismo tiempo, en el que Mike Patton (amigo de la casa si los hay), desde el costado del escenario arengaba por más power “Louder, Dunn, louder!”, gritaba. Junto con Slayer, Melvins son el grupo que mejor me representa esto de la “maldad”, de la mala onda, sólo que los Melvins de vez en cuando juegan al freak –con covers extraños y colaboraciones atípicas- y lo hacen muy bien, así que el mérito es doble. Dale Crover es una bestia atómica: golpea, arenga, empuja, no te deja en paz. Incluso de momentos se hace más grande que los riffs de Buzz, yunques fundamentales del rock experimental. El público agradece la visita a clásicos como “Honey Bucket”, “Hooch” y “Nigh Goat”, pero se lo ve enganchado a la electricidad del trío durante todo el setlist. Melvins logró llevar un show a pleno día, al lugar que más cómodo le queda: el de la suciedad, el polvo, el chamanismo rockero más oscuro.

Cambio de escenario y Blind Melon sonando. Bueno, sonando entre las ondas de los locales Los Morton que, con su ejemplar juego de dos baterías, descontrolaban el escenario “chileno”. Quizá el único punto a reclamar al festival fue ese: se mezclaban los sonidos de los grupos que coincidían en tiempo. No era el contexto adecuado para una banda como Blind Melon, aunque el respetable no los abucheó y ni tiró petacas de pisco vacías. Buen show, mal entorno.

Llegaba la hora de uno de los platos fuertes: Fantômas. El supergrupo de Mike Patton, Buzz Osborne, Trevor Dunn y Dave Lombardo presentando su repertorio mas “pop”, una recorrida de punta a punta de su The Director’s Cut (2001), compilado de versiones de famosos soundtracks reconstituidos con la inconfundible locura marca de la casa.

Si bien se extrañó algo de la insana intensidad de sus shows convencionales, donde presentan sus temas o “páginas” -algunas de unos pocos pero enfermizos segundos- el show es casi perfecto. “Casi” porque el mencionado inconveniente del sonido invasor de otros escenarios infectaba el humor de Mr. Patton, un personaje que sigue fascinando: grita con sus venas a punto de estallar, mientras luce una elegante guayabera de hilo paraguayo. El concierto sirve para acrecentar la leyenda de Patton en Chile, quien goza allí de un tributo a veces desmedido, aunque comprensible. “Cape Fear”, “The Godfather” y “Twin Peaks: Fire Walk With Me” helaron la sangre con esos crescendos trascendentales donde Dave Lombardo se convierte en un sujeto de otro planeta. Cierre con el cover de T Rex “Chariot Choogle” y gran debut en suelo sudamericano.

Comenzaba otro de los shows más esperados: Devo. Todos los músicos que me tocó entrevistar antes del festival, se relamían cuando hablaban de que compartirían el escenario con Devo. Prueba de ello fue que la mayoría estaban viendo su show desde atrás del escenario. Los veteranos del new wave deforme estuvieron a la altura. Una fiesta de colores y mensajes consistentes. Cambios de vestuario, caretas, hits inoxidables (“Whip It”, “Beautiful World”, “Jocko Homo”, “Girl U Want”), un sonido ejemplar y alegría para todos los que vivirían con un “energy dome” en la cabeza, que no eran pocos.

Parar terminar con la seguidilla de nombres potentes, Primus se presentaban a las 22hs. Una vuelta especial; la primera en Chile con la formación clásica: Larry LaLonde (guitarra), Les Claypool (bajos y voz) y Tim Alexander (batería), este último en muy buena forma, recién recuperado de un ataque al corazón. Prepararon un setlist asesino de toda su discografía (“Last Salmon Man”, “Mr. Krinkle”, “Too Many Puppies”, “Winona’s Big Brown Beaver”, “Jerry Was A Race Car Driver”, etc.). La solvencia del grupo en vivo no es algo que un servidor vaya a descubrir ahora, pero sí hay que destacar que siempre lleva a la sorpresa de un modo u otro. En esta ocasión hice especial foco en mi Primus favorito y quizá el menos “popular”: Larry LaLonde. Verlo tocar es como entender la matemática desde el delirio. Imaginemos qué haría cualquiera de nosotros con una base de Les Claypool: nos daría un ACV, haríamos algo horrible o simplemente quedaríamos estupefactos y abandonaríamos la sala mientras llamamos a nuestro terapeuta para que nos atienda de urgencia. Sin dudas hay humanos superdotados y Larry es uno de ellos. La forma en que pasa del blues psicodélico a la “ridiculez” (¿cómo definir esos sonidos extraños y casi absurdos?) absoluta es increíble. Un verdadero músico de avant-garde. Y sirve como metáfora la forma de tocar del guitarrista para reflexionar sobre el RockOut Fest: este bicho raro de los festivales de rock dio un primer paso exitoso.

Sería bueno para el resto de países de Latinoamérica que esta franquicia se expanda. Somos varios los que nos quedamos dormidos al leer el cartel de otros festivales en la región. Mucho evento para figurar y mucha música para “gente que no le gusta la música”, últimamente.