Todo es igual, pero todo es diferente: Así fue la presentación de ‘Nonato Coo’, de Niños del Cerro

Todo es igual, pero todo es diferente: Así fue la presentación de ‘Nonato Coo’, de Niños del Cerro

La vida de un grupo de amigos veinteañeros tiene cautivado a los fanáticos de la música en Santiago de Chile; y quedó más claro que nunca en la presentación oficial de ‘Nonato Coo’, su LP debut.
18.7.16

Fotos por Carlos Molina

Si hace algunos años en Chile sorprendió la explosión de los sintetizadores pop de Javiera Mena, las zoo-letras de Astro, y el folk más comercial de Gepe, por estos días la historia se ha alejado de los brillos, las entradas a alto costo, y los públicos masivos. Una nueva historia comienza en el circuito musical nacional, y de fama y millones saben poco: más bien, los responsables ahora son un grupo de veinteañeros, en el que muchos suelen estar más cerca de los 15 que de los 30 años, que provienen de los suburbios de Santiago, la capital, y que han tomado por asalto los bares, cambiaron los tragos destilados de alto costo por las cervezas en lata, y las tarimas exageradas por parques.

A diferencia de las bandas de otras generaciones, que se cruzaban de brazos al no tener espacios para tocar o que simplemente insistían a algún bar hasta conseguir una fecha, los integrantes de esta nueva escena acostumbran a tocar en los patios de los mismos amigos, haciendo eventos abiertos en Facebook, sabiendo que no van a quedar hechos un desastre. Al final sólo son músicos-amigos haciendo una comunión, dispuestos a recibir con los brazos abiertos a quien quiera compartir un poco de marihuana o unas galletitas mientras suenan los acordes que están en boca de todos por estos días.

Tras publicar el año pasado el excelente Nonato Coo, su álbum debut, los Niños del Cerro se han vuelto todo un fenómeno en la capital chilena, convirtiéndose en quizá los mayores exponentes de este circuito de artistas que apenas hace un año no salían de sus comunas natales, lejos de los clásicos bares y salas de concierto de Santiago, entre los que también se encuentran sus amigos de Patio Solar, Planeta No o El Cómodo Silencio de los que Hablan Poco.

Para su primer capítulo discográfico, los oriundos de la comuna La Florida convirtieron sus anécdotas juveniles en una excelente radiografía de lo que significa ir a ver a tu novia en bicicleta, quedarse sin micro luego de una fiesta, o jugar juegos pirateados en alguna consola. Sus canciones se sienten menos como hits y más como historias de algún amigo del colegio, y eso es parte de la razón de su éxito, que hace unos días los llevó a agotar las entradas en dos noches consecutivas de la Sala Master de la Universidad de Chile para celebrar el nacimiento físico de Nonato Coo, varios meses después de su publicación en formato digital.

Guardias que tienen más años que todos los integrantes de la banda juntos, sillas establecidas, y una capacidad para un poco más de cien personas. El espacio se siente lejano para ver a una agrupación que te invita a quitarle el micrófono a su vocalista y terminar alguna de sus frases con toda pasión, como si estuvieses cantándole a tu amor adolescente, a tu padre injusto, a tu cerebro confundido. Pero la compostura no duraría mucho. La segunda canción terminó de calentar las gargantas de los asistentes que dejaron sus asientos y se vieron hipnotizados por las guitarras que tantos fines de semana han escuchado en bares pequeños o centros culturales lejanos al centro. En esta ocasión no habían cervezas a 500 pesos ni hamburguesas de lentejas para los vegetarianos, como acostumbra a pasar en las tocatas de este circuito musical, pero sí habían las ganas de revivir los pasajes compuestos con la cordillera de fondo, alejado del ajetreado centro capitalino y más cercano a los almacenes de barrio.

A pesar de ser nombrados la banda revelación del Premio Pulsar durante este año, y de estar cosechando todos los fines de semana los buenos frutos de su álbum debut, ir a una tocata de Niños del Cerro siempre es volver a un lugar acogedor y común. Se repiten las caras; las bandas hermanas se hacen covers, como si sus piezas se trataran de grandes éxitos radiales; los integrantes de formaciones se pasean por colaboraciones como si nada; y no es raro que algún exaltado fanático vuele por los aires cuando Simón Campusano le canta a los paraderos de su infancia. Pertenencia real y al cien, como cuando las presentaciones se hacían en la casa de algún vecino. Las canciones son de todos y cada una de sus frases es gritada hasta que la gargantas empiezan a desgarrarse.

Pero los Niños no tienen tiempo para creerse estrellas, para evitar el saludo, o tocar con menos ganas porque ya llevan cuatro días seguidos en tocatas. La fuerza es pura y se siente, y el hype y la popularidad —que hasta los llevó a ser teloneros de José González— no pasan por su cabeza. Y justamente por eso es tan agradable volver a verlos en directo.

“Seguimos con la misma incertidumbre, yo estoy igual que cuando estaba estudiando música,” dice Simón Campusano, vocalista de la banda. Aún cuando sus conciertos se llenan de gargantas listas para pasar un buen rato, su nombre empieza a esparcirse por distintos ámbitos, y su nivel en vivo le hace toda la justicia a la placa, el responsable de las letras y la voz sólo busca seguir componiendo, creando. Cuando Campusano toma su guitarra se ve vida, pero cuando cuenta que ya tiene cinco o seis temas listos de un nuevo álbum los ojos le brillan como si hubiese conseguido un anhelado Nintendo 64 en alguna navidad noventera.

“Yo tengo la mitad del disco hecho, cinco o seis canciones. Como banda ya tenemos tres armados y los otros los estamos pensando.” Todo inspirado en la música que tienen como referente. Desde Deerhunter hasta Pavement, los santiaguinos se pasean por una gama de sonidos que planean continuar en una nueva sesión de estudio, la cual promete llegar cargada de nuevas máquinas, potenciando el ambiente más cálido y análogo que le dan al resultado final.

La vida de un grupo de amigos veinteañeros tiene cautivado a los fanáticos de la música en esta parte del mundo. Pero mientras su éxito crece, “ser la revelación” parece ser un dato extracurricular que no tiene cabida en las preocupaciones de la agrupación, que entre tocatas de apoyo y presentaciones propias, sigue puliendo la calidad que tienen como un todo, la cohesión y sincronización que muestran, el corazón que entregan, las anécdotas que son capaces de compartir en formato canción, y la intención de corearle a la vida junto a los suyos.

Simón dice que no ha cambiado mucho. Tal vez su vida sigue siendo igual, su casa la misma que le da vista a las antenas disfrazadas, y su mente continúe funcionando como siempre. Pero como simple espectadora, siento que ha cambiado más de lo que Campusano es capaz de dimensionar: Chile ya no tiene que ser el “paraíso del pop” con esas entradas a precio ridículo; ya podemos ser la plaza más cercana en una tarde de primavera junto a los amigos de siempre, mientras los Niños del Cerro hacen lo suyo, junto a los suyos, abrazando la vuelta larga hasta perderse.