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¿Importa que Michael Angelakos, el vocalista de Passion Pit, sea gay?

¿Será que hoy día las salidas del clóset ya no son tan impactantes como antes? ¿La homosexualidad superó el obstáculo del morbo? ¿Dejó de ser algo trascendente? ¿Es el inicio de la tan anhelada igualdad?
12.11.15

Fotos por Steven Brahms

Recuerdo que al día siguiente que el RBD Christian Chávez hizo pública su estúpida y poco sorprendente salida del clóset, uno de esos periódicos amarillistas de 5 varos, famoso por sus explícitas portadas de cadáveres batidos en sangre y vísceras, incluyó un escandaloso recuadro al respecto que decía: “¿A POCO?”. El balazo del periódico, sin duda minimalista, homofóbico e irónico al mismo tiempo era honesto, con la chusca caricatura que el mismo güerito se construyó de sí mismo en aras de mantenerse alienado a la gallardía mirrey de sus compañeros; era risible y chocante ver al Christian con las caderas torcidas, las nalgas paradas, soplándole a sus uñas para secar el barniz, hablando de que las morras de la nueva generación estaban bien buenas

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Lo misma sensación de perplejidad tuve cuando Michael Angelakos, vocalista de Passion Pit, salió del clóset mientras Bret Easton Ellis lo entrevistaba en su altamente recomendable Podcast One a unos cuantos meses del lanzamiento de Kindred, el más reciente álbum de su banda. Según Angelakos, aún se encuentra en la etapa de que no con cualquiera habla de su orientación sexual: “Cuando alguien entiende lo que haces te descoloca un poco y puedes ser tú mismo, porque no tienes por qué defender tu trabajo. Cuando pasó esto, finalmente decidí que lo mejor era comentarlo aquí. No sé muy bien qué ha pasado, pero era un instinto. Simplemente necesito hablar con gente sobre el hecho de que soy gay. Y ya está. Es así como tiene que ser”.

Desde que escuché por primera vez el álbum debut de Passion Pit, Manners, detecté guiños a una pegajosa mariconería de sofisticación festiva. Cuándo me preguntaron una opinión de la propuesta musical de la banda de Cambridge, recuerdo que dije: está divertido, electrojoto universitario, como que es la banda que escucharán los estudiantes de diseño de modas e industrial y esos diseñadores gráficos que pagan diplomados patito en Historia del arte y se mueren por ser los office boys de una galería.

No lo dije peyorativamente. Me gustan la mayoría de los tracks de Passion Pit, a pesar de que están muy insertados en la fórmula hipster dance de reciclar el electropop de los 80 con beats y estribillos radio friendly, destinados a la pista de baile con outfits de Urban Outfitters.

Además, sus letras siempre abordaban el tema de las pasiones escondidas, las fiestas, los excesos y el voyeurismo como paliativos a un dolor impreciso y la búsqueda de una tranquilidad interna anhelada.

Angelakos mantuvo una relación buga durante de 10 años con Kyrsti Mucci, estilista con la que contrajo matrimonio en 2013, pero el destino anal en inevitable: “Quería tanto a Kirsty y por ella fue que también quería tanto ser heterosexual, no quería lastimarla… Fue ella quien me ayudó a reconocer mi propia sexualidad”. Actualmente se encuentran separados y según Angelakos, no sabe exactamente qué hacer: si hacer frente a los prejuicios propios de su orientación sexual o a la separación de la que hasta no mucho era su esposa.

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La noticia ha causado un sutil revuelo en los medios musicales.

¿Es que hoy día las salidas del clóset ya no son tan impactantes como antes? ¿La homosexualidad superó el obstáculo del morbo buga? ¿Dejó de ser algo trascendente? ¿Es el inicio de la tan anhelada igualdad?

La escena en la que se mueven bandas como Passion Pit es una donde las palabras como tolerancia e inclusión son parte de una constitución implícita de un convivio que se jacta de progresista. No descartaría que son convicciones que lleguen a usarse como accesorios del outfit ideal para una noche de gin tonics de diseñador, pero vamos, funciona. Son ambientes donde la homosexualidad no es atacada. En los conciertos de Passion Pit no hay pedo que a la hora de sonar “Swimming In The Flood”, dos batos se avienten una buena sobadera de barbas y braguetas. Por lo mismo, la idea de permanecer en el clóset con tal de salvaguardar una imagen heterosexual que no altere el contrato con la disquera resulta anticuada. No es que Passion Pit sea una banda que genere fanáticas mujeres que se masturben con la imagen y voz de Angelakos. Aunque el corporativismo, incluso el más independiente, suele esconder siempre turbios secretos bajos sus alfombras de comercio justo.

Que Angelakos no sea por mucho el primer homosexual de la escena indie puede explicar la menguada intensidad de la noticia en los medios donde cualquier sospecha de homosexualidad es pólvora: Kele Oreke, vocalista de Bloc Party, Rostam Batmanglij, guitarrista de Vampire Weekend, Ed Drost, vocalista de Grizzly Bear, y Bradford Cox, líder de Deerhunter, son abiertamente homosexuales —y curiosamente, ninguna de estas bandas gozan de popularidad en los círculos gays más allá de la homosexualidad hipster, que incluso califican a bandas como Perfect Pussy de misóginas y violentas. Por supuesto, también estána Joel Gibbs de los Hidden Cameras, Antony Hegarty de Antony and the Johnsons o el gran Stephen Merrit de los Magnetic Fields, que ya ostentan el título de íconos gays y a menudo son solicitados para dar voz a discursos a favor de los derechos lésbicos, gays y trans.

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De acuerdo con el podcast (que es una deliciosa muestra en el horizonte cultural del autor de American Psycho), Angelakos padece trastorno bipolar, y ha tenido que hacer frente a dos intentos de suicidio. Quizás este padecimiento explicaría en parte su personal y respetable decisión de permanecer en el clóset.

En los terrenos homosexuales, la noticia de Angelakos simplemente pasó de largo.

Los sencillos “The Reeling” y “Little Secrets” del Manners alcanzaron el puesto 34 y 39 respectivamente del Top Billboard Alternative Songs. Para la promoción de su segundo disco, Gossamer (según los críticos su grado máximo de lucidez y talento), hicieron una presentación en SNL y algunas canciones de Passion Pit llegan a sonar en determinados clubes gays —digamos, los alternativos, pero no en todos. Hablando en términos proporcionales, los seguidores de Passion Pit son en su mayoría hetero.

Puede ser que Passion Pit represente una minoría dentro de los gustos populares homosexuales, que sólo consumen propuestas musicales aprobadas por el comité del cliché consumista. Prueba de ello es cómo la extraordinaria y provocadora propuesta musical de Perfume Genius, quien nunca hace alarde de su salida del clóset (¿alguna vez estuvo dentro?) no goza de la misma popularidad y aceptación que Adam Lambert, cantante gay salido de las filas del reality American Idol y que es uno de los nombres más cotizados por la comunidad.

Para muchos gays, el nombre de Passion Pit debe sonarles a la nueva fragancia de Marc Jacobs.

A pesar de que los homosexuales suelen pavonearse con una imagen de sensibilidad culta y una supuesta sagacidad para dominar a cultura pop, es un hecho que prefieren leer las reflexiones monogámicas de Sam Smith o cualquier dato curioso de Martha Debayle que hojear si quiera los títulos de Bret Easton Ellis. Parecen estar más al pendiente de los pianos que lame Miley Cyrus. Pareciera que últimamente los gays se empecinan en construirse una identidad a partir de sólo aquello que puedan imitar de forma amanerada, fácil y bobalicona y de digestión insoportable y después no quieren saber de nada más. Cualquier propuesta que escape a ese molde empiezan a tener tintes de raros y hasta de intolerancia.