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Así estuvo Lollapalooza Chile 2014

Apuntes sobre las presentaciones más gozadas y sufridas en la cuarta versión chilena del festival. Desde Vampire Weekend a Julian Casablancas.

Que se sepa: Lollapalooza Chile es el festival que actualmente cuenta con la mejor organización en Sudamérica. Cada versión ha ido superando a la anterior: se han corregido los problemas de distribución de los escenarios, se ha dado la posibilidad de ingresar alimentos y bebestibles, se han potenciando las actividades de reciclaje ('Rockea y recicla', 'Reforestemos Patagonia'), los talleres (grafiti, breakdancing), y, por sobre todo, se han ampliando los géneros de la parrilla.

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Este año, por ejemplo, podías optar entre vislumbrar si la neozelandesa Lorde tiene tanta onda en vivo como dicen o asegurarte un buen rato al ritmo de los Pixies. Del mismo modo tenías que elegir entre dejarte llevar por el flow aletargado de Kid Cudi o cantar a todo pulmón los himnos de Arcade Fire.

Los datos duros arrojan que fueron 160 mil asistentes —sumando los dos días— los que se congregaron a lo largo de la explanada del Parque O’Higgins para disfrutar de esta cuarta versión de Lollapalooza Chile. Desde rezagados de los ochenta que cerraron la jornada al ritmo de New Order a mozalbetes acompañados por sus padres que tararearon las canciones de Gepe y 31 Minutos en medio de un bosque que contaba con un halfpipe y talleres de grafiti y pintura en la onda de Warhol y Basquiat.

Al respecto, Marcelo Soto, encargado de la plataforma cultural Cian, me compartió que en Kidzapalooza —el espacio familiar de este festival— en esta oportunidad le dieron énfasis al reciclaje para así fomentar la causa ambiental. En sus palabras: "Lo que realizamos este año es una mezcla entre el arte, diseño y reciclaje. Para esto recogimos el imaginario de los niños y decoramos las zonas con dragones y dinosaurios realizados con cartón y plástico reciclado". Sin soltar un lata de spray, Fabián Araya (Faya), un muralista de 26 años y miembro del Colectivo Cluster Cultural, complementó: "La idea con las intervenciones es mostrarle a los niños lo que es el street art. Que se interesen por pintar y aprendan algunas técnicas".

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Pero no todo es miel sobre hojuelas: el primer día de Lollapalooza, según lo que conversé con asistentes de varios países, estuvo flojo en cuanto a line up. Una situación desfavorable para este festival que durante el domingo albergó las bandas más esperadas de la parrilla. En mi caso, el día sábado, preferí llegar directamente a la presentación de Nine Inch Nails. Antes, Juan Peralta, un venezolano de 25 años radicado en Santiago y proveniente de la ciudad de Valencia, me comentó: "Los años anteriores llegabas temprano para no perderte ninguna banda. Ahora, recién tipo 6 de la tarde, comienzan a aparecer las agrupaciones que te podrían interesar. Hoy, por ejemplo, vi un poco de Imagine Dragons y Phoenix. Este día vine especialmente a ver a Nine Inch Nails". Esta situación, claro, se revirtió el día siguiente.

A continuación un repaso de la jornada.

Sábado

Cae la tarde sobre el Parque O’Higgins y Nine Inch Nails está por salir a uno de los escenarios principales. Se trata del espectáculo más esperado del primer día de Lollapalooza. Parte del público, que se aglutina contra las rejas como si fuese la hora peak del Transantiago, comenta que Trent Reznor ha montando un show de luces más desquiciado que el que acompañó a la gira del disco The Slip. Un venezolano que se hace llamar 'Bobby Perú' me dice que la gracia de la producción como Reznor condensa imagen y sonido. Mientras se arregla el jopo, su amigo Manuel Ramos, de 38 años y también venezolano, aporta que se siente como si tuviera 17 y que escucha NIN desde Broken.

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Treinta minutos después de esto veo a los dos venezolanos saltando al ritmo de March of the Pigs. Les hago una seña y el siniestro Bobby Perú, con su presumido jopo —ahora desarmado— suelta una sonrisa incómoda mientras se acomoda el marco de sus lentes de pasta. No creo que sobreviva para cuando suene "Head Like a Hole". Se le ve frágil y de seguro deslizará una lágrima cuando suene "Hand Covers Bruise" (el tema de Mark Zuckerberg) o "Hurt" (el tema que grabó Johnny Cash antes de morir).

En cuanto termina la presentación de NIN —que de pronto ya figura como histórica dentro de este festival —la gente se va corriendo al otro extremo de la explanada. Pasa que allá, a las 21:45, van a tocar los Red Hot Chili Peppers, encargados de cerrar el primer día de Lollapalooza. Son 35 mil personas esperándolos y probablemente ninguna de ellos piensa que lo que vendrá será una decepción: comienzan con "Can't Stop" (¿lo último rescatable que se despacharon?) la que suena floja y sin onda. Todo lo opuesto al funk. "Californication", a continuación, no lo hace mejor: el sonido —sobre todo el de la guitarra— es paupérrimo y el fantasma de John Frusciante deambula en el escenario.

Decepcionados, parte de los asistentes comienzan a retirarse de la explanada para poder alcanzar locomoción a sus casas. Prendo un blond y opto por unirme a la caravana y dejar Parque O’Higgins.

Domingo

Es el segundo día de Lollapalooza Chile y Julian Casablancas se desplaza por el escenario principal como una versión fallida de sí mismo. Como una de esas tantas que aparecieron la década pasada tratando de imitar su estilo y estética. "Ize of the World", de los Strokes, suena tal como sonaría el ensayo de una banda de colegio que intenta sacar las notas a la mala: a pura oreja. El sonido es inentendible y unas chicas con una bandera de Uruguay se miran haciendo muecas de desconcierto. Y Casablancas, con una actitud de que todo le da lo mismo, atentando con el carisma que dicen que tiene cuando no está sobre el escenario, sigue cantando y siendo insoportable como cualquier borracho que todos los meses de septiembre, en otro contexto, celebrando las fiestas patrias, deambula por esta misma zona.

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Sigue el show. '11th Dimension', el single de su disco solista "Phrazes for the Young", suena tan nefasto que las adolescentes que se amontonaron desde temprano en la primera fila no saben si seguir meneando las manos en el aire haciendo como si todo estuviera bien o si apretar raja y zafar corriendo hacia el otro costado del Parque O´Higgins y de este modo lograr un buen puesto para ver a Vampire Weekend.

Junto a poco más de tres mil personas decido quedarme y tratar de descifrar que temas son los que está interpretando The Voidz, la banda de punk sintético que acompaña al líder de Strokes desde hace seis presentaciones, y que parece sacada de una oficina: como quienes se sientan en la misma silla, día tras día, aburridos de ser desgraciados.

Cuatro temas antes que todo termine con una versión de 'Take it or leave it', una que está a años luz de la del Summer Sonic, la gente comienza a retirarse en estampida. Me sumo y a lo lejos Casablancas sigue siendo un sketch de The Lonely Island y yo no puedo dejar de quererlo y desearle mejor suerte cuando se anime a volver, con menos copas de vino en el cuerpo, por estas tierras.

Al otro extremo del parque figuran dos gringas borrachas de Jack Daniel's que, animadas por los mozalbetes de Vampire Weekend, muestran sus tetas blancas de pezones naranja mientras suena "Ya Hey". Intento hacer una foto, pero no puedo porque unos tipos parecidos a los Winklevoss, a los que se les descompuso la cara en ese instante, hace rato percibieron que no les sacaba el ojo de encima a sus viejas.

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Ya Hey es el momento peak por parte de los neoyorkinos y ocurre antes de que toquen "Campus" y después de "A-Punk". Una tripleta de punk africano que hace bailar a todos y que marca el debut en Chile de estos adolescentes amigos de Lena Dunham. Sin duda una de las sorpresas de un festival en donde el grueso de las bandas y solistas ya había tocado en este país.

A solo pasos, en la tienda de merchandising, gente mal oliente y quemada por el sol y el solarium hace cola para comprar camisetas de sus bandas favoritas. En una de las filas está Geraldine Ruiz, una chica de dieciocho años que presume un disfraz de Pikachu y que me pregunta si sé donde puede conseguir M. Le digo qué no y me cuenta que su pokémon favorito es Eevee y también que está esperando por Lorde.

Paralelo están tocando los Pixies que pasan de visita en Chile. O eso parece. Como sea: ya he perdido la cuenta de las veces que han tocado por acá. Así que en medio de su show aprovecho de conversar con un camarógrafo mexicano que está cubriendo Lollapalooza para un blog y que dice ser fanático de Vice. Me comparte, también, que estar viendo a la banda de Black Francis le significa todo un dilema porque no quiere perderse a Nicole que toca al otro costado del parque. Agrega que Nicole es toda una leyenda del pop chileno. Le digo que de ella sólo me gustan sus tetas [bubis]. Y él dice: ¡Vaya que están padres! —o algo así— mientras suena Caribou y me molesto al vislumbrar que esta tarde los Pixies no tocarán Gigantic —que habla sobre vergas gigantes— ya que Kim Deal ha sido remplazada por Paz Lenchantin.

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El sol comienza esconderse en la cordillera de Los Andes y Kid Cudi está por subirse a un escenario emplazado en un domo en medio del Parque O'Higgins. Esta es, claro, una de las gracias de esta versión chilena de Lollapalooza: la diversidad de zonas en donde se esparcen los artistas de la parrilla. Al interior del domo, cuando comienza el espectáculo, las adolescentes que repletan la cúpula se mueven tal cual como lo hacía el público en Homerpalooza.

"Just What I Am", "Brothers" y "Marijuana" pasan tan pegadas que parecen sacadas del primer mixtape de este rapero de Ohio que esta tarde debuta en Chile con su propuesta de rap aletargado. Las visuales incrementan el efecto y un amigo colombiano me pregunta dónde puede comprar una Rana René como la que porta un tipo unos metros adelante. Kid Cudi, a la vez, dice algo sobre creer en sí mismo y todo lo que le costó llegar a donde está. El público lo apoya y las fumarolas de mariguana, que lo cubren todo, se desvanecen cuando comienza a sonar la versión bailable de "Pursuit of Happiness".

De pronto todo el mundo piensa que está en la fiesta de Project X y no me queda otra que unirse al jolgorio. Quizá esta es la transición adecuada para luego irme corriendo al escenario en donde en cosa de minutos tocará New Order.

'Es hora de volverse loca,' me suelta un argentino con una camiseta del Unknown Pleasures antes de meterse una uña de coca en la zona más alejada del Parque O’Higgins y segundos después de que en el escenario aparezca la banda de Bernard Sumner. A los minutos, una chica de casi 30 años, mientras suena "Bizarre Love Triangle", comienza a esparcir un líquido gelatinoso y fluorescentes sobre los asistentes mientras comienza a despojarse de su ropa. Desde el suelo se levanta una polvareda salada y, sin embargo, me da lo mismo porque en el aire también transita una vibra que no se había dado en ningún otra presentación de este festival ideado por Perry Farrell.

Pasan una colección de hits —"True Faith", "The Perfect Kiss", "5 8 6", "Blue Monday". Y entonces sucede. En las visuales de la pantalla, acaso con la misma utilidad que la torre de luces de Nine Inch Nails, aparecen los muchachos del Ku-Klux-Klan cargando una gigantografía de Ian Curtis en la tranquilidad de una playa. Es el video para "Atmosphere" que dirigió Anton Corbijn. Es la señal que anuncia que el final está por llegar y que se escucharán las versiones de Joy Division que New Order incorpora en su repertorio desde el Reading de 1998.

Pienso: Bernard Sumner y sus amigos ya lo inventaron todo treinta años atrás. Los sintetizadores de bandas y solistas como Chromatics, Grimes, Javiera Mena o MGMT son meras copias de las composiciones descartadas de los de Manchester. Su presentación en Glastonbury 1987 es un material al que es obligación regresar. Y verlos en vivo, mientras la noche me cae encima, amontonado junto a diez mil personas, en el cierre de Lollapalooza, escuchando versiones de Joy Division, es una experiencia que me hace conectar, aunque sea por minutos, con algo indescifrable y que con los años comienza a desvanecerse.

No sé cómo llamarlo. Sólo sé que esta es la última noche de la cuarta versión de Lollapalooza Chile y New Order está tocando "Love Will Tear Us Apart" en medio de algo similar a un bosque mientras a lo lejos se revientan fuegos artificiales.