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¿Por qué los metaleros somos tan puristas?

Todos los que amamos el boleo de mecha eventualmente nos volvemos unos cerrados radicales que olvidamos las razones por las cuales abrazamos el lado oscuro de la fuerza y, de paso, a la especie humana…
17.6.16

Ilustración por Natalia Mustafa.

Hay dos etapas claves en la vida de todo metalero (y con todo respeto y humildad me incluyo dentro de este gremio… si me dejan, claro). Una inicial, en la que somos unos neonatos que no sabemos nada de nada, que recién estamos distinguiendo las diferencias entre death, thrash, heavy y black, y que ahí más o menos diferenciamos a Iron Maiden, Megadeth y escasamente a Slayer (aún nada de Sabbath). Es una bonita etapa en la que, al tiempo que dejamos ser a nuestras greñas lentamente, apenas estamos saliendo de la crisálida. Ya en la segunda nos convertimos en unos radicales puros y duros a los que todos los géneros nos saben a mierda, todas las bandas nos dan asco salvo un selecto puñado, tipo Pyaemia y Goat Semen (que solo nosotros y diez personas más conocemos), y casi nadie es digno de escuchar las mismas cosas que nosotros. Unos pocos elegidos. Los soldados del metal. Nuestra patria. Todas las personas que amamos el boleo de mecha eventualmente nos volvimos eso. Unos cerrados radicales. Unos puristas de puta madre. Unos haters buscapleitos que olvidamos las razones por las que abrazamos el lado oscuro de la fuerza y, de paso, a la especie humana…

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Por lo general nos volvemos metaleros en algún punto de la adolescencia gracias a que un primo mayor nos mostró la senda al regalarnos un casete de Sodom, o porque un día vimos por ahí el video de “One” de Metallica o la camiseta con la portada de Eaten Back to Life de Cannibal Corpse… también pudo ser que, durante los primeros dos miles, vía MTV, descubrimos el nu-metal y eso nos motivó a seguir buscando cosas más pesadas. En todo caso fue amor a primera vista. Algo hermoso… Cualquiera haya sido el camino que nos condujo a la senda del metalero facho, en todo caso, para la gran mayoría esto comenzó con un impulso de inconformidad y rebeldía. Y es que cuando tienes 16, mucho acné, unas tremendas ganas de follar reprimidas y un odio profundo por tus padres, pasa que empiezas a cuestionarlo todo y la música de moda te da asco, porque aparte no sabes bailar. Entonces, en ese momento de confusión absoluta, pertenecer a un movimiento que se alza contra todo y a todo le saca el dedo corazón, se convierte en un remanso de libertad. En un desahogo para tu alma atormentada.

Pero, ¿qué pasa después de este momento de infatuación?

Pues nada, que comienzas a caminar por aquellas tierras oscuras con tu camisetica negra roída por las ratas y tus ricitos criollos formando un afro más que una lacia crin, y resulta que tus pares te desprecian. Te creen indigno, un ser que no merece escuchar metal, un culicagado perdido en el mundo que cree que nadie lo entiende, un maldito poser. Entonces resulta que ahora no solo te joden, te juzgan y te critican en la casa, en el colegio, en la calle y en el bus, sino que también te joden en tu propia iglesia.

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Cagada, ¿no?

Que te digan poser es peor que insulten a tu mamá, peor que quedarse dormido en una fiesta para levantarse sin media ceja, peor que tirarse un sonoro pedo en clase de español. Que te digan poser es simplemente inadmisible. Es algo que no puede pasar nunca. Pero en fin, pasa, y la única forma de evitar que un orco más maloso que tú cuestione tu nivel de metal en la sangre es demostrando que no estás en el metal para hacerte el malo ni porque quieres llevarle la contraria a tu santa madre ni porque estás atravesando "una etapa", sino porque de verdad se trata de la materia espiritual que pone tu vida en movimiento. Algo así como tu alma. Tu savia. Tu religión.

¿Y cómo se logra esto?

Pues, en principio, escuchando música como si tu propia puta vida dependiera de ello. Disco tras disco de bandas clásicas como Sabbath, Judas Priest, Kreator, Napalm Death, Suffocation, Parabellum… que a su vez te llevarán a grupos con nombres extraños como Putrid Pile, Goretrade o Mincing Fury and the Guttural Clamour of Queer Decay. Después habrá que tomar cetenares de cajas de Moscato en fondo blanco, pasar noches enteras en parques fríos y lóbregos intentando sacar punteos en una vieja guitarra, dejarte crecer la mecha así seas un churco zambo, llenar de parches metaleros tus ajetreados jeancitos negros e ir a cuanto concierto de metal haya. Pero así y todo, el verdadero respeto de tus pares te lo ganarás es a los golpes. O sea, pogueando hasta romperte la madre.

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Ya una vez te sabes todas las alineaciones de Death, has escuchados los 16 álbumes de estudio de Iron Maiden (más todos los en vivo y los tributos), eres capaz de nombrar de memoria todas las bandas base de cada género y te han torcido la nariz en un pogo, podrás decir que estás cada vez más cerca de ser un verdadero metacho. Solo faltará definir de qué tipo: un caripintado amante de la oscuridad, un extremo fanático del terror o un encuerado que anda en moto.

Y ahí, amigos, es cuando uno se vuelve radical. Una vez que firmas un contrato con el death, el black, el heavy o cualquiera de sus variaciones, te tocará sumergirte hasta el cogote, hasta un fondo en el que durarás unos buenos años. Y no, no basta conocer las bandas clásicas. ¡No! Te tocará saber cuál es la banda insignia del thrash de Estonia o cuál es grupo de gore más podrido de Tasmania. Porque si alguien te habla de una banda que no conoces, paila. A la hoguera. Expatriado.

Este es el momento en el que creas esa coraza negra que te aísla de todo lo demás. En tu mundo y en adelante, lo único que valdrá es tu preciado thrash, tu inmortal heavy o tu oscuro black. El resto: caca. Esos años en los que te emocionaban Korn y las máscaras de Slipknot serán motivo de vergüenza que deberán ser borrados de la memoria, porque si alguien de los tuyos se llega a enterar que “Molinos de viento” fue la primera canción que te aprendiste, paila. A la hoguera. Expatriado.

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Cuando al fin eres un metalero verdadero, un guerrero del ejecito de Mordor y un amante de los trapos negros, la cerveza, los golpes y las noches más profundas, tienes que defender tu estirpe. El metal se convierte en algo que debe permanecer impoluto. Un evangelio solo apto para unos pocos iniciados. Por lo mismo, aquellos que osen ensuciar el buen nombre de la música o rompan reglas, como usar cuquitos blancos, deben ser castigados. Y el castigo no es metafórico. Durante los 80 en Medellín, por ejemplo, era muy común que estos cruzados rompieran las camisetas de los casposos, que bien merecido lo tenían, porque ante todo, es muy importante mantener el metal verdadero. Ese que es crudo, pesado, rebelde, extremo y sobre todo, anticomercial y "underground". Ese que exponen bandas como Merciless, Possessed, Mayhem y Burzum. ¡Al diablo con Bullet For My Valentine, Guns n’ Roses, Rob Zombie y Marilyn Manson! A medida que avanzas por las sendas del metal vas entiendo por qué Lars Ulrich de Metallica en verdad no es un buen baterista o por qué no ha nacido, ni nacerá, ningún guitarrista mejor que Chuck Schuldiner.

De a poco y con rectitud irás ganando prestigio, y mientras rotan los tellos y cigarros, aprenderás de memoria y cual versículo bíblico que la noción del "true metal" la acuñó Manowar para reivindicar a las bandas que le dieron forma al género en una época en la que el glam y el hair metal le quitaron su carácter under y extremo y básicamente lo volvieron pop de fácil digestión. También aprenderás que el Inner Circle noruego llevó la cosa más lejos en su intento por mantener la pureza del black metal, ya que prácticamente el gran Euronymous elegía a dedo las bandas que pertenecían a este y atacaba a las que no eran tan puras. En Medellín, la noción del metal verdadero se enmarcó con fuerza en la ciudad durante los 80. Víctor Raúl Jaramillo, conocido por todos como Piolín, guitarrista y vocalista de la gran Reencarnación, cuenta que en la época del ultra metal los fieles eran tan cerrados porque no querían que la cosa se dañara. ¡Y tenía razón!

Finalmente llega el punto en el que ya no eres un niño perdido sino todo un guardián del conocimiento sagrado, con banda con nombre de venérea infernal y toda la cosa. Prometes ante los dioses y tu comunidad que siempre escucharás el true metal, pero nunca le dices a nadie que escondido en tu casa disfrutas escuchando bandas de metal core tipo August Burns Red y una que otra cumbia, claro. Eso sí, afuera eres el más malo, el más rudo, el que más sabe de metal indonés… pero muy en el fondo tiene unas ganas reprimidas de irte de fiesta, beber guaro y fornicar con una que te diga "papi". Además, honestamente, ya es como la quinta vez que vas a Melgar y soportar ese calor de negro te está resultando muy berraco.

Lo peor de todo es que gracias a toda la música que escarbaste para volverte true, descubriste cosas igual de pesadas y under que el metal como techno de Berlín o la música gitana serbia. Además, te diste cuenta de que tipos como Fenriz de Darkthrone dijeron que también les gusta el chispún. Entonces te pones a analizar que toda esa onda del metal verdadero y todos esos estrictos dogmas que profesas se los inventaron unos adolescentes en los 80 y que tú sigues repicándolos igual que todos esos curas y esos godos contra los que te has alzado. Mismo perro pero con distinto collar.

Entonces recuerdas la razón por la cuál te metiste en todo este rollo: la libertad. Entonces en ese momento tu purismo te parece una cosa un tanto aburrida. Así que le bajas el calibre a la cosa y desempolvas tus viejos discos de System Of A Down, compras un par de Radiohead y los pones junto a tus discos de Venom y Motorhead. El radicalismo al final te vale verga, pero eso no significa que te vas a volver emo… eso nunca. Pero a muchos nos pasa que luego de años enteros de aguacate, sábila y demás tratamientos caseros capilares, entramos en una tercera etapa en la que nos damos cuenta que en verdad el buen metal nunca morirá, porque sea como sea siempre van a existir bandas igual de brutales a las de la vieja escuela como Tears Of Misery, Wormrot o Destroyer 666. Al final lo que queda es el gusto por el metal verdadero que seguirás investigando más a fondo, hasta abajo, como los bailes que te comienzas a permitir de vez en cuando.