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La peculiar moda de vestir bien para repartir puñetazos

Lebemann es un ultra suizo muy peculiar. En su primera colaboración con VICE Sports nos explica de dónde y por qué abrazó la moda de ir bien vestido a los estadios para emborracharse y pegarse puñetazos.

por Lebe Mann
30 Agosto 2016, 6:30am

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Lebemann —que significa bon vivant— es un casual suizo. Según la definición del Diccionario Urbano, esto le convierte en "un hooligan de fútbol que se viste con ciertas marcas de ropa". Cuando llega el momento de pegarse con los demás, Lebemann solo lleva ropa de Stone Island, Lacoste y otras marcas de su gusto. En su primera columna para VICE Sports, nos explica cómo adquirió esta forma de vida:

En ojos del público general, los hinchas de fútbol —en particular aquellos que no rehuyen de una buena pelea— son vistos como un grupo de borrachos analfabetos que están en el paro.

Más fútbol: Cómo los ultras violentos pusieron de moda la ropa pija

En primer lugar, muchas gracias por el cumplido. Hasta cierto punto puedo entender por qué la gente piensa de esta manera; esta estirpe de hinchas está demasiado presente en el mundo del fútbol. No me malinterpretes, no estoy en contra del comportamiento antisocial, y de hecho lo exijo.

No hay nada más épico que invadir una ciudad desconocida y ver el rostro de las personas que son incapaces de comprender el ajetreo provocado por unos jóvenes bien vestidos y bajo la grave influencia del alcohol. Ninguno de los transeúntes imaginaría que este grupo de vándalos se dirige a un partido de fútbol.

Y de eso se trata: de gilipollas, sí, pero gilipollas con estilo.

Imagen vía Facebook

Esta forma de ver la vida no surgió de la nada. Cuando era niño, mi abuelo me llevaba a los partidos. Era un hombre robusto con manos grandes como ladrillos y que siempre iba bien vestido. Al ser un tipo de clase trabajadora que vestía el mono de trabajo durante toda la semana, la oportunidad para arreglarse era cosa exclusiva del fin de semana. Aún puedo escucharle diciéndome: "Siempre debes lucir impecable para ver los partidos de fútbol e ir a la iglesia". Para muchos, el fútbol funciona como un sustituto de la religión, así que su comentario tiene mucho sentido.

Incluso en la escuela fui el primero en ponerme una camisa debajo del jersey. Cabe mencionar que tenía estilo para vestirme desde antes, a pesar de que el conjunto que acabo de mentar me hacía parecer un estudiante de empresariales. Tejanos combinados con unas zapatillas de lona Lacoste, un jersey azul y una camisa blanca —sin meter por dentro de los pantalones— era un look bastante impresionante.

Te estoy hablando de la época en que empecé a ir al estadio regularmente y sin la compañía de un adulto. En lugar de parar atención a lo que sucedía en el terreno de juego, prefería fijarme en el ambiente de las gradas. Había gente con bufandas, hombres con camiseta, skinheads y un pequeño grupo que destacaba sobre el resto por su forma de vestir.

Por entonces, las chaquetas de seda con patrones —de Best Company y Chevignon— eran muy populares y se combinaban con polos de Fred Perry o Lacoste. Por lo general, eran mezclas coloridas y no tenían nada que ver con los requisitos de llevar cosas de tu equipo que tienen los ultras actuales.

Pronto me di cuenta del tipo de hombres que eran y me fascinó su cultura, pero, hasta ese punto, no había tenido contacto alguno con ellos. Más tarde, cuando cumplí 16 años, me metí en un programa de aprendizaje de idiomas de Londres. Esto explica gran parte de lo que ocurrió a continuación...

Mi año de intercambio en Millwall

Ahí me encontraba, en una ciudad extranjera sin más conexiones sociales que mi familia de acogida. Resulta que el padre de mi nueva 'familia' era un hincha del Millwall y un tipo chungo. Como sabía que me gustaba el fútbol, me llevaba a los partidos de casa en el estadio The Den.

Estar dentro de ese notable coliseo era algo electrizante. El ambiente era hostil para cualquiera que no fuese aficionado de los Lions. Había un fuerte olor a cerveza rancia y los pies se te quedaban pegados al suelo. Vamos, que era el paraíso puesto en la tierra.

Pasaron semanas y meses. Gracias a mi habitual asistencia a The Den me familiaricé con otros jóvenes de mi edad y empecé a ir a los partidos con ellos. Rápidamente me di cuenta de que Londres era diferente en términos de moda. Era un look muy británico: abrigos y cárdigans con logos de Stone Island poblaban las gradas.

Aficionados del Millwall en The Den. Imagen vía Imago / BPI

Al lunes siguiente me salté las clases para buscar por las tiendas de la zona. Por supuesto, no existían los teléfonos inteligentes, así que uno debía esforzarse de verdad para encontrar los auténticos tesoros de la moda —un trabajo difícil en una metrópolis como Londres—. De alguna forma logré completar un conjunto con una chaqueta negra, gorro Stone Island, un jersey Lacoste de rayas azul marinas y blancas, unos Levi's 501 azul oscuro y un par de Reebok Classics blancas. Ahora sí que me veía como los demás chicos sentados a mi lado en el estadio.

'Bonjour tristesse'

Todo lo bueno tiene un final, ya sea tu nueva aventura amorosa con la chica de la oficina que te hacía las mejores mamadas o tu año de intercambio en Londres. Podría escribir un libro completo de las historias que presencié ahí; tal vez algún día las vuelva a contar.

De todas las experiencias que viví allí, la de los ultras británicos bien vestidos es la que me acompañará toda mi vida. Desde ese momento hasta ahora, por lo tanto, me he gastado una parte considerable de mi salario en comprar esas marcas concretas.

Sin embargo, en casa las cosas no cuadraban. Los ultras seguían vistiendo cazadoras negras, pantalones de deporte y riñoneras. El panorama que me encontré era decepcionante... bienvenido a casa.

De pronto decidí hacer las cosas a mi manera, y al principio se rieron de mí. El grupo no estaba familiarizado con ese tipo de pulcritud por aquel entonces.

Imagen vía Facebook

La pregunta inevitable: ¿Por qué?

Como entenderás, el look casual dejaba una impresión bastante buena en las chicas. Créanme, hablo desde la experiencia. Al principio, lo mejor que te podía pasar era charlar con algunas un sábado por la tarde y, unas horas y habladurías después, te veías en medio del bar de copas.

No obstante, toda luz tiene sus sombras: con los años algunos abrigos se hicieron añicos, algunas gafas de sol se perdieron en taxis italianos y ciertas camisas terminaron en la basura porque las manchas de sangre no se iban.

Pero no era solo la ropa. Tenía que ver con los conciertos a los que fuimos juntos, las persecuciones por la ciudad para comprar abrigos y zapatos... es decir, toda la cultura que había detrás de eso. Las reuniones con personas que pensaban igual que tú en los momentos en los que no hablabas con los puños y decidías pasar un rato agradable más allá de la violencia.

Por ejemplo, cuando las personas que se revientan y emborrachan en los partidos se sientan juntas en una mesa de una boda en Génova, riendo y bebiendo juntos, me pregunto: ¿Quién o quiénes son los verdaderos antisociales en esta sociedad de hipócritas?