Fui a ver un partido al Bernabeu sin tener ni idea de fútbol

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Fui a ver un partido al Bernabeu sin tener ni idea de fútbol

Bocadillos, minis de cerveza en el bar de los ultras y ver el Real Madrid-Villareal desde la fila 20 del Fondo Sur. Así es descubrir que Casillas ya no juega en España y que en el estadio no hay enchufes para cargar el móvil.
22.4.16

No me gusta el fútbol, pero tampoco soy un marciano. Como hombre nacido en España, por cojones, en algún momento me ha tenido que gustar o al menos fingir que me gustaba. Lo practiqué de niño para no morder la lona de los marginados en el cole y me divertían las barajas de futbolistas, álbumes de cromos y El Día Después, en Canal+.

Pero a partir de ahí, salvando unas prácticas en un diario deportivo (cubrí un Teresa Herrera, ojo) y mis fugaces incursiones en los Celtarras (de espaldas al campo) y, más adelante, en sus archienemigos Riazor Blues (confirmando así que lo que me atraía era el folclore), desconecté totalmente. Hasta ayer, que mi compañero de trabajo David Merino me prestó el carné de socio de su padre para acompañarle al Bernabéu.

Excepto la de "con el sol se alzarán las banderas y las palmas volverán a sonar", el resto parecían canciones de cumpleaños infantil, supongo que por haber sustituido a los viejos supporters por un coro corporativo que llaman Primavera Blanca, al que ningún aficionado hace caso

La gente cree que, aunque no te guste el fútbol, sabes cuándo se juega un clásico o cualquier cita que para ellos es superimportante. Pero no es así. Cuando no te gusta el fútbol se te olvida que España juega la final del Mundial en Sudáfrica porque te pilla volviendo en tren del BBK Live de Bilbao. ¿Sabías tú que ese año tocaron allí Slayer y Faith No More? Pues eso.

El cadete Merino me lo tuvo que explicar todo, desde lo más básico: que el Real Madrid se enfrentaba al Villareal, un equipo valenciano; que es rarísimo que la Liga se juegue entre semana y la importancia de otros encuentros de la jornada, como el Depor contra el Barça (0-8, he hecho mis deberes).

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Lo que no me advirtió es que viajar en metro al estadio es besar las fauces de una compactadora de chatarra. Superado el contorsionismo, asomé a la superficie, saludé a mi anfitrión y nos dirigimos al bar Sherwood, que se supone punto de encuentro de los Ultras Sur, como indica el escudo con bandera española y hacha de la pared. Antes de irnos, nos entregaron octavillas moradas de Compromiso Blanco, la candidatura que quiere ver caer a Florentino y en la que al parecer también se cobijan los desterrados del Fondo Sur, justamente la grada donde se encuentran nuestras localidades.

Doy las gracias desde aquí a Don Ángel Merino, por quien ayer brindamos con bocatas comprados en ese lugar común que son los aledaños del estadio.

Tengo la misma sensación que aquella vez que el padre de una amiga me subió a su Ferrari y me sentía indigno y pensaba en todos los que matarían por estar allí. Si nunca has ido a un partido de fútbol has de saber que 1) no hay enchufes para cargar el móvil, 2) si llueve y te sientas detrás de la portería te mojas y 3) hay tanta luz que parece de día. Los equipos eligen saque o lado del campo y hay un minuto de silencio, que dura menos de un minuto, en este caso por los terremotos de Ecuador y Japón.

A partir de ahí se grita, se silba y se insulta mucho, al árbitro y en general. Por unos ruidos que hizo Cristiano Ronaldo (ahora es su grito de guerra) al recibir un Balón de Oro, ya no imitan el sonido de los orangutanes para insultar a los jugadores negros.

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No es como el baloncesto, donde hay triples y jugadas espectaculares con bastante frecuencia. En el primer cuarto de hora no sucedió absolutamente nada y el primer instante de mínima mención tampoco fue un gol por la escuadra, sino simplemente un balón que salvó Marcelo en el corner. Después del primer tanto, lo que llaman abrir la lata, la cosa ya se animó un poco, atacamos (es obligatorio usar el plural, incluyéndote en el equipo) con soltura y sumamos otros dos al marcador, que anunciaba cada gol en un luminoso con la foto del anotador.

Recuerdo que en los noventa en Galicia no se hacía eso, ni tampoco anunciaban que se sumaban tres minutos al final, ni había calefacción por infrarrojos, ni había que devolver el balón si caía fuera, ni te registraban al entrar: hubo un momento de pánico en el que tres agentes de la seguridad privada me retuvieron por hacer fotos con el móvil.

Por otro lado, permanece el término "pichichi", lo de comer pipas y entonar cánticos para que gane el equipo de casa. De los que sonaron en el Coliseo blanco, me gustó la adaptación de Madre anoche en las trincheras , pero el resto eran muy light, muy "illa illa, Juanito maravilla" en el minuto siete. Excepto la de "con el sol se alzarán las banderas y las palmas volverán a sonar", el resto parecían canciones de cumpleaños infantil, supongo que por haber sustituido a los viejos supporters por un coro corporativo que llaman Primavera Blanca, al que ningún aficionado hace caso.

Preguntando a los vecinos de la fila 20 me enteré de que Benzema es un macarra, que Casillas ya no es el portero y que Navas -que se iba a ir al Manchester- lo está petando y que Jesé canta reguetón en un grupo que se llama Big Flow

Sinceramente, si repito la experiencia espero que sea en un palco, porque he visto que hay bebida y canapés y no me entra en la cabeza que alguien pague 100 euros (oficial, no en reventa) por un asiento de plástico en invierno a la intemperie. Y espero que ese día el saque de honor no lo haga el patinador Javier Fernández sino mi paisano Cañita Brava y nos lo dedique a mí y a mi abuelo, que me llevaba de niño a ver al Depor (y al Fabril) y me compraba Kas de naranja.