FYI.

This story is over 5 years old.

La pura puntita

Manual del ejecutivo de ventas: misión y visión

Lee esto en la oficina, y reléelo en el infierno.

Este cuento forma parte del libro Vórtices viles, que se publicará este mes en Tierra Adentro.

Érase una vez un ejecutivo de ventas que, asignado a una epopeya alrededor de la República por la lucrativa empresa para la que trabajaba heroicamente y con excelentes evaluaciones semestrales, tomó una noche una conexión aérea de Tijuana a Saltillo o de Mérida a Guadalajara: el trayecto parecía cualquiera, dado que en todas las ciudades lo esperaba siempre el mismo traje arrugado, la misma prisa, el mismo contrato impreso mil veces con los espacios libres para el nombre y la firma. Y érase que nuestro ejecutivo de ventas, agotado de cargar un portafolio y un maletín con rueditas a lo largo de toda la infraestructura aeronáutica del país, escuchó con poca atención cuando las sobrecargo le enseñaron por milésima vez las medidas de seguridad para sobrevivir la falta de oxígeno o presión. Y confundió las voces ensayadas con el canto de unas sirenas, y sintió sueño, y cayó dormido como se cae a un abismo.

Publicidad

Nuestro ejecutivo de ventas, todavía con una corbata que parecía soga y los zapatos lustrados, se soñó pendular sobre la plancha de un barco nocturno. Alcanzó a ver sobre cubierta un manojo de hombres con petos a medio resplandecer y espadas envainadas, los rostros ocultos bajo cascos griegos que semejaban las escobas del carrito del conserje del edificio corporativo. Un soldado con los pelos largos como trapeador le señaló un escritorio abandonado en la popa; le reclamó en el idioma de los faxes y los teléfonos de tonos algo que no alcanzó a comprender pero que le pareció una maldición que auguraba el infierno eterno. Una espada con punta de grafito empujó a nuestro ejecutivo de ventas sobre la plancha, hasta que el equilibrio en números rojos se volvió una caída larga que pareció durar toda una junta ejecutiva. El cuerpo empapado salpicaba aún cuando nuestro ejecutivo se supo abandonado a su suerte sobre una balsa improvisada que los hombres de los cascos como escoba tuvieron la bondad de lanzarle en el último momento. En medio de la noche, el ejecutivo alcanzó a ver el enorme buque alejándose a son de remos, sus fuegos reflejados contra el movimiento del mar, las estrellas tintinando contra el oleaje como pequeñísimas ciudades vistas desde muy alto. Nuestro ejecutivo de ventas pensó con alguna nostalgia en su cubículo y en la planta que ahí lo aguardaba. Y luego se soñó cansado y se soñó dormido en el sueño.

Publicidad

El ejecutivo de ventas despertó sobresaltado por un viento malintencionado cayéndole sobre la mollera, con la noche recia. Abajo alcanzó a ver todavía las constelaciones repartidas sobre el mar movedizo; arriba, la ilusión de un ángel o de un cometa. Se sintió aún a la deriva, igual que tantas noches al despertar en un hotel desconocido, en una ciudad cuyo nombre siempre tardaba varios minutos en recordar; se preguntó cuánto más le tomaría a la marea llevarlo al infierno prometido. Y entonces, como regalo último de la providencia, la voz de una sirena reventó desde la noche: “iniciamos descenso”. Y la balsa entró en un remolino o en una cascada y se precipitó a los abismos, y llegó tan hondo que las estrellas reflejadas en el oleaje se vieron grandes, muy grandes, y aparecieron hombres pequeñísimos que crecieron hasta volverse casi de tamaño normal y vibraciones y turbulencias que sólo podían ser obra de Belcebú.

Y érase que cuando la balsa se detuvo y el ejecutivo de ventas estuvo seguro de que había arribado con éxito digno de empleado del mes a la puerta del infierno, las luces se encendieron y la gente se paró a recoger su equipaje de mano. El ejecutivo de ventas tardó todavía un rato en cuestionar lo importante: mientras recogía de un zarpazo su maletín con rueditas de una banda que daba vueltas con artes desconocidas y diabólicas, se preguntó si el mismo traje arrugado, la misma prisa, el mismo contrato impreso mil veces con los espacios libres para el nombre y la firma tendrían alguna importancia para el encargado de las evaluaciones de desempeño en ese infierno.

Publicidad

Si tienes una historia en galeras, mándanos una probadita a sisi.rodriguez@vice.com

Más ficción aquí:

Autos usados

Cabeza de perro

All songs composed, played and sung by myself